Mujer que inspiró la escultura de “la Diana Cazadora” recibe las “Alas de la Ciudad”

La glorieta de la Diana Cazadora en la CDMX. Foto: Fernando Gutiérrez Juárez La glorieta de la Diana Cazadora en la CDMX. Foto: Fernando Gutiérrez Juárez

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Hace 76 años, Helvia Martínez Verdayes Díaz Serrano posó horas enteras ante el escultor Juan Fernando  Olaguíbel, para crear la escultura que hoy corona la glorieta del Paseo de la Reforma conocida como “la Diana Cazadora”.

Este miércoles, en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento, la dama que inspiró la figura de la “Flechadora de las Estrellas del Norte” recibió el reconocimiento “Alas de la Ciudad” de manos del jefe de gobierno, Miguel Ángel Mancera, quien también le entregó una tarjeta de Pensión Alimentaria y un dispositivo del Sistema de Alerta Social (SAS).

“Doña Helvia, muchas felicidades, muchas gracias por haber dado esta muestra de arte a la Ciudad de México y por esa valentía, que hoy nosotros seguiremos mostrando con orgullo al mundo”, le dijo el funcionario.

Como agradecimiento, ella le entregó una réplica miniatura de la escultura. “Es para mí un honor que me hagan entrega de las Alas de la Ciudad, porque este es un símbolo de identidad de esta mi hermosa Ciudad de México, lugar en el que yo nací y en el que he vivido toda mi vida”, reviró.

El origen

En su número 802, de marzo de 1992, la revista Proceso publicó la entrevista titulada Yo le quité la pantaleta a la Diana”, evoca el exregente Corona del Rosal.

En sus líneas, el texto –basado en una conversación periodística con el exregente Alfonso Corona del Rosal– hace el recuento de cómo en el sexenio del presidente Manuel Avila Camacho (1940-1946) la escultura fue catalogada como un atentado al pudor por miembros de la Liga de la Decencia, encabezada en aquel tiempo por el ingeniero Núñez Prida.

“Cuando Manuel Avila Camacho era presidente de la República y mi paisano Javier Rojo Gómez, jefe del Departamento del Distrito Federal, yo estaba como secretario particular de este último. Olaguíbel se presentó con Rojo Gómez para proponerle el proyecto. Le mostró un boceto de la estatua. A Rojo Gómez le gustó la idea y aprobó el proyecto. El contrato se firmó en 1942. No recuerdo cuánto costó, pero fue barata para la época. Olaguíbel nunca abusó. El trabajaba más para su obra. Era muy desinteresado”, contó el exregente.

“Se le hizo su pedestal –el elemento central de la fuente en cantera fue diseñado por el arquitecto Vicente Mendiola– y se inauguró con el aplauso popular. Aunque el autor la bautizó como Flechadora de la estrella del norte, el pueblo le cambió el nombre por el de la Diana Cazadora.

“Originalmente, la Diana estuvo en la entrada del Bosque de Chapultepec. Ahí permaneció poco tiempo porque surgió una corriente en contra que pidió su retiro. Según ellos, la Diana era impúdica.”

“Con el dolor de Olaguíbel, la Diana fue bajada para ponerle un taparrabo”. El propio escultor se encargó de hacerlo.

“Según cuenta Vicente Leñero en Una Diana para la Diana, reportaje publicado en Revista de Revistas en noviembre de 1974, Olaguíbel realizó una operación sencilla –”sólo tres puntos de soldadura”–, con la esperanza de que después, pasada la tormenta, pudiera retirar con facilidad la prenda que cubrió pubis y cadera de la Diana.

“Así, cubierta en su parte más íntima, permaneció la Venus mexicana durante 25 años.

“Pasó el tiempo y cuando llegué a la jefatura del DDF, Olaguíbel me buscó y me dijo: ‘General, desde hace 20 años traigo una puñalada adentro. Fue un sacrilegio que me hayan obligado a bajar la estatua y a ponerle un taparrabo. Déjeme repararla’.”

–¿Cómo piensa hacerle? –interrogó Corona del Rosal.

–¡Fácil! –respondió el escultor.

Y explicó: “Le recorto una parte de arriba de las caderas y otro poco de abajo, a la altura de las piernas. Fundo esas piezas y se las agrego. La Diana va a quedar perfecta”.

–Bueno, si es así, hágalo –asintió el funcionario.

“Meses después –relata el también alguna vez dirigente nacional del PRI– me llamó Olaguíbel para anunciarme que la Diana ya estaba terminada.

“Fui a su taller. Una vez ahí, Olaguíbel me dijo que tenía algunos defectos que no se notarían mucho una vez montada. Se refería a los puntos de la soldadura que no pudo borrar. Después me pidió una oportunidad para hacer mejor una estatua gemela, con el mismo molde.

“Quería fundirla y de ahí sacar la otra. Le dije que eso saldría caro y me aseguró que no, que él asumiría parte de los costos. Consentí el proyecto.

“Para entonces el licenciado Gustavo Díaz Ordaz tenía la opinión de que los funcionarios provincianos colocados en puestos importantes dentro del gobierno hicieran algo en favor de sus lugares de origen. A mí me autorizó para hacer obras: metí alumbrado, arreglé la plaza principal, restauré monumentos coloniales.

“Luego pensé en que si la Diana iba a ser fundida, sería mejor conservarla. Pero no por el DDF porque seguramente iba a parar en un corralón.”

“Si no se recupera la Diana ese hubiera sido su destino. Por eso pacté con Olaguíbel. Le pregunté que si ya la había fundido y me respondió que no, que estaba por hacerlo.

“–Véndamela a mí antes de que la funda, al cabo que es de su propiedad. Pero deme un precio razonable.

“Accedió. No me acuerdo cuánto le pagué; creo que fueron 100,000 pesos de entonces. Los pagué de mi peculio. Y la estatua la doné a Ixmiquilpan. Le hice una fuente. Allí está la original, la que quedó con los defectos causados por la soldadura. Ya se aclimató a mi tierra.”

“Yo fui el que le quité la pantaleta a la Diana Cazadora”, rememora y suelta una carcajada socarrona.

“Según cuenta Vicente Leñero, Corona del Rosal aceptó despojar del taparrabo a la Diana porque “…en su famosa Diana ha rendido un merecido homenaje a la mujer mexicana y, como buen artista, plasma su obra en una bella estatua que no puede contener nada de inmoral al exaltar en su desnudez sus más preciadas cualidades, viéndola, con justicia, en forma de una diosa”.

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