La Marcha de la Diversidad

Marcha del Orgullo Gay en la Ciudad de México. Foto: Miguel Dimayuga Marcha del Orgullo Gay en la Ciudad de México. Foto: Miguel Dimayuga

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Debo confesar que soy una darwinista. Intelectual y vitalmente. Que la teoría de la realidad que me ha parecido la más confiable para entender al mundo y guiar mi propia vida ha sido la teoría de la evolución, cuya primera certeza es que las formas vivas nunca están estáticas, sino que han tendido y tienden a variar indefinidamente, dando origen a la diversidad exuberante que es la naturaleza.

Por eso amo la diversidad humana. Por eso me emociona la Marcha del Orgullo de la Comunidad de la Diversidad. Una comunidad que hace años se llamaba simplemente LGB (lésbica gay bisexual) y ha ido acumulando variaciones hasta llamarse hoy LGBTTTIP (lésbica gay bisexual transexual trasvesti transgénero intersexual pansexual). Y a la que seguramente se le irán agregando más siglas durante el siglo (onanistas, poliamorosos, para empezar), hasta que su nombre llegue a incluir la H de heterosexual.

Y es por eso para mí una fiesta asistir a esa marcha que cada año recorre Paseo de la Reforma llenándolo de una explosión de colores como ninguna otra marcha, con la alegría con que la vida en un jardín desbarata la monotonía de los verdes y los llena de azules, amarillos, rojos, morados, blancos.

El contingente de señores en hot pants dorados con alas de mariposa a la espalda de los torsos desnudos y tostados. El de las señoritas de bigotes y bototas de minero, shorts de mezclilla y piernas divinas entre una y otra cosa. El batallón de una cuadra de las transgénero: divas con crepé en el pelo, uñas de 10 centímetros, tacones de 15: monumentos bamboleantes de la “feminidad” que las mujeres biológicas abandonamos hace tiempo.

Hace ya ocho años, mirando con Carlos Monsiváis pasar la marcha desde un café en la acera del Paseo de la Reforma, me comentó que lo espléndido de nuestro siglo era que en él los señores normales y las señoras normales –es decir, aquell@s en la norma estadística, en la mayoría: aquell@s con corbata o con marido– defendían ya el derecho de los señores a usar hot pants y alas de mariposa ante la intolerancia de los señores fúnebres de Provida.

El triunfo cultural de la diversidad en realidad no es más que la cultura alcanzando al darwinismo científico. Como cultura, los occidentales hemos relegado la idea de que hay un control sobrenatural sobre la vida y una sola forma de ser humano. Todavía más, con Darwin apreciamos la diversidad de formas como una riqueza y equiparamos a la diversidad con la libertad y a la libertad con la creatividad.

Y son en efecto sinónimas. La libertad es al final de cuentas del tamaño del número de las opciones de lo posible. Yo defiendo a la mujer transgénero no porque yo quiera serlo, sino porque podría serlo si quisiera, o no.

¿Quién todavía en nuestro mundo lucha contra la diversidad? Dime quién y te enseñaré a un antidarwinista. A decir: los sacerdotes ortodoxos de las religiones precientíficas: las religiones monoteístas. Señores (porque son todos señores) que aún defienden la idea de una sola forma posible de ser (en cada religión su forma única), de sólo dos géneros sexuales (macho y hembra) y creen al erotismo el Satán de lo divino (mientras más amas con el cuerpo, menos amas la idea sobrenatural de Dios, lo que es del todo cierto).

Pero cuidado. Que estos sacerdotes sean los últimos enemigos de la diversidad no los vuelve anodinos. Al contrario, mientras más minoritarios, más extremistas. Mientras más arrinconados, más desesperados, más violentos y letales.

La masacre de Orlando, este mes, vino a recordárnoslo. El Hamlet de Orlando, un pobre tipo dividido entre ser un musulmán ortodoxo o un gay, entre ceder al totalitarismo del Corán o al erotismo de su cuerpo, vino a suicidarse llevándose consigo a otros 49 hombres que estaban esa noche de fiesta. (Por cierto, tal como el Hamlet de Shakespeare, dividido entre el fantasma de su padre y el rey vivo, terminó por asesinar a toda la corte de Dinamarca, incluido su príncipe heredero, él mismo.)

Acá en nuestro mundo en español, que fue alguna vez católico total y forzosamente, los sacerdotes ortodoxos son igualmente enemigos de la libertad, y ahí están insultándola e intentando retrasarla cada que logra un derecho más. Considérese cómo hoy mismo desde los púlpitos culpan a la diversidad de todos los males nacionales: los divorcios, el de­samor, la crisis del PRI (aunque no sé si ese sea un mal o un bien). Y eso sin importarles la contradicción en que están instalados: la curia católica es la institución con mayor densidad de homosexuales en el planeta.

Contra eso, contra la hipocresía y contra los restos de la intolerancia hemos salido este sábado a caminar Paseo de la Reforma. Con miles y miles de amigos de la diversidad hemos marchado en pro de la libertad propia y ajena. Celebrando que la Ciudad de México es una de las más libres del planeta. Un mérito de nosotros mismos, sus habitantes, un orgullo también nuestro.

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