Volver posible lo (supuestamente) imposible

PARIS, (apro).- En junio de 2013, Regina y Chris Catambrone gozaban un idílico crucero por el Mar Mediterráneo a bordo de un lujoso yate. Acababan de pasar frente a la isla de Lampedusa cuando de repente vislumbraron una chamarra beige que flotaba en el mar.

La pareja se asombró. ¿Una prenda de invierno en pleno verano?

El capitán empezó entonces a contarles mil y una historias de hombres, mujeres y niños – presas fáciles de traficantes de seres humanos– ahogados mientras intentaban huir de la guerra y la miseria en embarcaciones de fortuna.

“Entendimos que nuestro paraíso era su infierno”, comentó escuetamente Chris Catambrone meses después.

El choque emocional convirtió el crucero en un profundo cuestionamiento personal para esa pareja estadunidense multimillonaria y de fuertes convicciones católicas.

Algunos meses más tarde, el 3 de octubre, naufragó un viejo barco carcomido al borde de cual se encontraban más de 500 personas de las que sólo se salvó un centenar.

La indignación fue mundial pero efímera, como siempre.

El Papa Francisco fustigó la indiferencia internacional y los Catambrone decidieron que no podían seguir con los brazos cruzados. Intentaron movilizar a sus riquísimos amigos. En vano. Buscaron patrocinadores institucionales. En balde.

Se lanzaron solos.

Crearon su propia organización no gubernamental Migrant Offshore Aid Station (MOAS) –Estación Flotante de Ayuda a los Migrantes– con sede en Malta. Compraron un “arrastrero” en Virginia y lo transformaron en barco de rescate dotándolo de dos drones-helicópteros equipados con cámaras de alta definición, sensores térmicos e infrarojos.

También se hicieron de dos lanchas de salvamiento marítimo último modelo y de una enfermería. Contrataron a una tripulación de una decena de marineros y en mayo de 2015 emprendieron su primera misión de rescate.

Klaus Vogel es alemán y el mar es su pasión. Capitán de navío, lo sabe todo sobre el destino trágico de los inmigrantes en el Mar Mediterráneo.

El choque que cambió su vida se dio en noviembre de 2014, cuando Matteo Renzi interrumpió la operación Mare Nostrum, un operativo humanitario de las Fuerzas Navales italianas que permitió salvar la vida de más de 200 mil personas a lo largo de un año.

La Unión Europea se negó obstinadamente a participar en la financiación de Mare Nostrum y Renzi botó la toalla.

Junto con Sophie Beau, exintegrante francesa de ONG internacionales, Vogel se lanzó en la misma aventura que los Catambrone: Conseguir un barco para salvar a sus “hermanos humanos en perdición”. Ambos fundaron SOS Mediterráneo que contó de inmediato con el apoyo de Médicos del Mundo y se levantaron las mangas.

A diferencia de la pareja multimillonaria, Bocel y Bea no contaban con fortuna personal alguna. Lejos de desanimarlos, ese detalle material los llevó a imaginar un “barco ciudadano” cuya compra y funcionamiento serían asegurados exclusivamente por micro financiación colectiva.

El pasado 7 de marzo, la tripulación del Acuarios salvó a sus 68 primeros inmigrantes frente a las costas libias. En cuatro meses rescató a mil 907.

El Acuarios, antiguo barco guardacostas alemán de 77 metros de largo puede acoger a 400 personas y cuenta con una pequeña clínica en la que un equipo médico atiende a los sobrevivientes de naufragios.

La mayoría padece problemas cutáneos, de deshidratación e hipotermia. Algunos presentan heridas por armas de fuego o blancas y casi todos resultan profundamente traumados porque les tocó vivir.

Phoenix realiza operativos de rescate esporádicos y actúa ahora en colaboración con Médicos Sin Fronteras. En ciertas temporadas, la ONG moviliza también otros dos barcos: el Bourbon Argos y el Dignity.

En cambio, desde que inició sus misiones Aquarius mantuvo una presencia permanente en el Mediterráneo y pretende seguir haciéndolo siempre y cuando se lo permita la solidaridad ciudadana. Por el momento ésta sigue siendo fuerte.

Y más vale, porque cada día en el mar cuesta 11 mil euros a SOS Mediterráneo…

El Aquarius –que lleva a bordo ocho toneladas de material médico, comida y ropa y cuenta con una tripulación de 11 marineros y siete socorristas– navega tres semanas sin parar y luego regresa por algunos días a Trapani (Sicilia), su puerto base antes de volver a salir.

MOAS, SOS Mediterráneo y MSF intervienen en aguas internacionales y en estrecha relación con los Maritime Rescue Coordination Centers (MRCC), una red de centros de rescate coordinada por las autoridades marítimas con sede en Roma.

Mientras más pasa el tiempo, más eficientes son sus misiones. Un solo ejemplo: según las autoridades italianas, de los 4 mil 500 inmigrantes rescatados en el Mediterráneo el pasado 5 de julio, 2 mil 500 lo fueron por las ONG, mil 100 por los guardacostas y 900 por barcos militares.

Ese día, simples ciudadanos pudieron más que fuerzas navales, barcos de comercio y guardacostas.

Recalca Sophie Beau: “Los políticos aún no han tomado la medida de la situación y no entienden que enfrentamos una crisis migratoria duradera. Ante tanta ceguera es el deber de la sociedad civil de contribuir de manera independiente, permanente y fuera de cualquier agenda política a misiones de rescate que los poderes públicos distan de cumplir de manera satisfactoria”.

A Klaus Vogel le gusta recordar la perplejidad de sus interlocutores cuando lanzó el proyecto de SOS Mediterráneo:

“Todos nos decían que éramos locos y a todos les dábamos la misma respuesta: “No somos locos, sino audaces. Loca en cambio es la sociedad que deja que se ahoguen así, día tras día miles de seres humanos”.

El recuento oficial de víctimas que cobró la travesía del Mediterráneo en el primer semestre de 2016 es de 2 mil 859 personas. Pero esa cifra dista de reflejar la realidad, ya que nunca se sabrá cuántas embarcaciones vulnerables y sobrecargadas desaparecieron en altamar.

Vogel y Beau suenan con una amplia movilización de la sociedad civil europea y con decenas de “naves-ambulancia ciudadanas” que además de salvar a los inmigrantes, acabarían por exhibir aún más a los dirigentes de la Unión Europea obligándolos por fin a enfrentar esa crisis migratoria, la más importante desde la Segunda Guerra Mundial.

¿Utópicos? No. Audaces. O… simplemente humanos.

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