Alemania: pánico colectivo en tiempos de terrorismo

Policías después del tiroteo en un centro comercial de Múnich. Foto: AP / Matthias Balk / DPA Policías después del tiroteo en un centro comercial de Múnich. Foto: AP / Matthias Balk / DPA

BERLÍN (proceso.com.mx).- En tiempos de terrorismo, sucesos como el tiroteo en Múnich, en el que nueve personas murieron y el agresor se suicidó con posterioridad, desatan el terror psicológico entre la población y dejan al descubierto, además, la vulnerabilidad no sólo de un país poderoso como Alemania sino de toda Europa.

Y es que si bien las autoridades descartaron este sábado que los hechos estuvieran vinculados con algún grupo radical islámico y por ende que se tratara de un acto terrorista, los antecedentes más recientes (Bélgica, Francia, y/o Turquia, en los que murieron cientos de personas a manos de radicales) hacen cobrar conciencia a las autoridades y población que el terror puede llegar en cualquier momento hasta las puertas de su propia casa.

Más aún, se vive una nueva forma de terrorismo, cuyos objetivos dejaron de ser grupos bien focalizados  y apuntan ahora hacia gente inocente como víctimas principales.  Ante ello no existe ningún tipo de protección policiaca segura.

Apenas habían pasado escasos cuatro días desde que un joven afgano atacó con un hacha y un puñal a los pasajeros de un tren regional en Bavaria, cuando de nueva cuenta en el sur de Alemania el terror se volvió a hacer presente.

Minutos antes de las 18 horas del viernes 22, la policía de Múnich recibió una llamada de emergencia por un tiroteo registrado en la calle Hanauerstr, en las inmediaciones del centro comercial Olympia, al norte de la ciudad.  En ese momento se creía que al menos tres hombres armados comenzaron  a disparar en contra de la gente. El caos se apoderó de inmediato de la ciudad entera y el suceso generó un inusitado operativo policiaco.

Todo era confusión y elucubración. Nadie se atrevía a señalar que se trataba de un acto terrorista del Estado Islámico, pero muchos, la mayoría, lo pensaba.

Como en una película de Hollywood, la policía bávara comenzó como nunca antes lo había hecho a alertar a la población de evitar los lugares públicos, ponerse a salvo en un lugar seguro en caso de encontrarse en la calle y no salir de sus casas. Todo tipo de transporte público fue suspendido, la estación central de trenes fue totalmente evacuada, decenas de trenes cancelados y la alerta llegó hasta los conductores de las carreteras del país: se les pidió no circular en dirección a la capital bávara.

El temor y terror de la policía y las autoridades tenía un fundamento: los autores del atentado se habían dado a la fuga y se encontraban armados.

Durante las horas posteriores la información fluyó a cuenta gotas y de manera imprecisa. Sólo una cosa era clara para muchos: Alemania era víctima de un acto de terror y, tal como sucedió recientemente en Francia y Bélgica, las autoridades se encontraron impotentes ante una nueva forma de terrorismo: aquel que llega en el momento y lugar más inesperados y en contra de objetivos que no se pueden focalizar, civiles inocentes.

Por más de dos horas, la televisión pública alemana transmitió reportes en vivo de la situación y tanto conductores como especialistas especularon sobre la naturaleza del suceso.  “No podemos descartar cualquier hipótesis”, dijo en entrevista Peter Altmeier, ministro de la Cancillería, en referencia a que el tiroteo fuese un acto terrorista vinculado con grupos radicales islámicos, como el Estado Islámico, o a que lo hubiese llevado un ala radical derecha. Un testigo del tiroteo en el centro comercial aseguró que uno de los autores gritaba mientras disparaba: ¡Extranjeros de mierda!

Fue hasta el sábado 23 por la mañana cuando hubo más claridad: el atacante fue un joven germano-iraní de 18 años, a quien las autoridades señalaron como David S. y que habría cometido Amoklauf, un término alemán que refiere a un ataque de locura con impulsos homicidas.

Lo anterior se desprendió del cateo que la policía realizó en la vivienda que el joven compartía con sus padres. En su habitación, los agentes encontraron literatura sobre casos de Amok, en los que estudiantes cometen matanzas. David S también habría recabado amplia información sobre la matanza cometida por  el noruego Anders Breivik hace  justo cinco años.

La hipótesis de un acto terrorista quedó descartada. Sin embargo, en tragedias de este tipo el fantasma del terror se hace presente y recuerda cada una de las vividas recientemente y que mantienen en vilo a Europa.

Algunos ejemplos de ello: el atentado el 7 de enero de 2015 en contra del semanario francés Charlie Hebdo, en el que murieron 12 personas y otras 11 resultaron heridas y la muerte de otras cinco personas días después en distintos puntos de París; el intento de atentado en agosto del año pasado en el tren de alta velocidad Thalys, que corría de Ámsterdam a París y, más recientemente, los ataques la noche del 13 de noviembre también en París en los que murieron 137 personas, la mayoría de ellas en el teatro Bataclán.

Pero no sólo Francia  ha sido objetivo del terror islamista. También Bélgica lo fue en marzo de este año cuando un doble atentado reivindicado por el Estado Islámico mató a 30 personas y dejó a más de 200 heridas en el aeropuerto de Zaventem y en una estación de Metro.

Aún existen muchas preguntas sin respuestas en el caso del tiroteo en Múnich, sobre todo sobre el móvil y autoría del atentado, pero tanto al gobierno como a la sociedad alemana les queda claro que la “suerte” con que hasta el momento había contado la economía más poderosa de Europa está llegando a su fin con sucesos como el de este 21 de julio.

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