Turquía: Un golpe doble a la democracia

Soldados turcos rodean a simpatizantes del presidente turco Recep Tayyip Erdogan en Estambul. Foto: AP / Emrah Gurel Soldados turcos rodean a simpatizantes del presidente turco Recep Tayyip Erdogan en Estambul. Foto: AP / Emrah Gurel

Primero fue el levantamiento militar en Turquía, el pasado viernes 16. Después, y como consecuencia, una enorme purga en todos los estamentos del Estado, que servirá para reforzar a un presidente Erdogan cada vez más autoritario e impopular. Y en el origen del fallido cuartelazo está el descontento castrense –que se proclama garante del laicismo oficial del país– ante un gobierno islamista que en los últimos años se ha desecho –incluso con fabricación de pruebas– de funcionarios públicos ajenos a la religión.

ESTAMBUL (Proceso).- Eran las 10 de la noche del pasado viernes 15, hora en la que miles de vehículos colapsan las calles de esta ciudad, cuando dos camiones de transporte de tropas tomaron posiciones a la entrada del primer puente que une los continentes europeo y asiático sobre el estrecho del Bósforo y los militares que descendieron de ellos ordenaron detener el tránsito.

Al mismo tiempo, desde Ankara llegaban noticias de que un avión F-16 sobrevolaba la capital y poco después se empezó a escuchar el chirriar de las orugas de los tanques sobre el asfalto. Debía tratarse de una alarma por atentado, en un país que, desde hace un año, ha sufrido una decena de grandes ataques terroristas atribuidos a grupos armados kurdos y al Estado Islámico.

Nadie se atrevía a pronunciar la palabra maldita: golpe. Una palabra que parecía totalmente desterrada del vocabulario turco después de haber sufrido durante décadas la tutela de los militares, quienes derrocaron gobiernos electos en 1960, 1971, 1980 y 1997. No al menos hasta que el primer ministro, Binali Yildirim, confirmó que se trataba de “un levantamiento de una facción del Ejército”

Esa noche, Turhan –nombre ficticio de un joven oficial de las fuerzas armadas que pidió el anonimato– recibió un mensaje en su celular. Debía incorporarse de inmediato a su cuartel. Decidió, en cambio, encerrarse en casa de un amigo, pues ignoraba si su unidad se había mantenido leal al gobierno o participaba de la rebelión: “El Ejército está muy dividido, nadie confía en nadie pues no sabe a qué grupo pertenece”, comenta.

Desde luego, en parte del estamento castrense –que se autoproclama garante del laicismo oficial del país– hay, desde hace años, una insatisfacción creciente con el gobierno islamista y con el presidente Recep Tayyip Erdogan, sobre todo porque en los últimos años se han producido intensas purgas utilizando procesos judiciales en los que al menos parte de las pruebas han sido falsas.

El rumbo de Turquía tampoco les gusta a esos militares, pues las veleidades autoritarias de Erdogan han provocado una intensa polarización en la sociedad y su personalismo a la hora de manejar la política lo ha llevado a aventuras, como involucrarse en la guerra de Siria y enemistarse con potencias vecinas, así como negociar directamente con el grupo armado kurdo PKK –considerado una organización terrorista por Ankara y odiado por los militares– para después declararle la guerra con un alto costo en vidas humanas: más de mil 700 muertos, de los cuales casi 600 son de las fuerzas de seguridad.

Tanques militares toman el control de Ankara. Foto: AP
Tanques militares toman el control de Ankara. Foto: AP

Sublevación anunciada

Erdogan fue precisamente uno de los primeros objetivos de los golpistas. Tras el asalto a la Comandancia de las Fuerzas Armadas y tomar como rehén al jefe del Estado Mayor, el general Hulusi Akar –al que no lograron convencer de que apoyase la sublevación–, y el intento infructuoso de tomar la sede de los servicios secretos, una veintena de comandos de los equipos de lucha subacuática de la Armada y del Departamento de Operaciones Especiales fueron despachados hacia la localidad de Marmaris, en la Costa Turquesa. Su objetivo: matar al presidente.

Sin embargo, cuando llegaron al hotel donde el mandatario pasaba unos días de asueto y se abrieron paso a tiros a través del edificio, se dieron cuenta de que ya no estaba allí. Hacía horas que había escapado al cercano aeropuerto de Dalaman y, desde allí, camuflado su vuelo como el de un avión comercial, se trasladó a Estambul, donde el Primer Cuerpo del Ejército, leal al gobierno, le había prometido protección.

Erdogan, al parecer, habría estado al corriente del golpe, por eso pudo huir. Prácticamente desde su llegada al poder, en 2002, los islamistas turcos han reforzado los poderes de las fuerzas de seguridad bajo control del gobierno para construir un contrapeso al antaño todopoderoso Ejército turco, el segundo más numeroso de la OTAN.

Entre otras cuestiones, como el aumento de efectivos y armas pesadas de la policía, el Ejecutivo arrebató hace unos años los Sistemas de Vigilancia Electrónica al Estado Mayor –las llamadas “orejas” de los militares, que les permitían espiar en todo el país– y los puso bajo control de la Organización Nacional de Inteligencia (MIT). Los servicios secretos, así, habían alertado en los últimos seis meses hasta en 15 ocasiones de la posibilidad de un golpe, por lo que se iniciaron varias investigaciones.

Estaba claro que en agosto se iba a producir una purga importante en las Fuerzas Armadas, pero aún más: el Ejecutivo, a través de la prensa afín, lanzó rumores de que en la semana del 18 al 24 de julio se producirían detenciones de militares contrarios a Erdogan.

“Los golpistas se vieron obligados a adelantar sus planes porque sabían que iban a ser purgados”, explica a Proceso un alto funcionario turco.

Es más, el mismo viernes 15, hacia las 15:00 horas, el MIT obtuvo información sobre que esa misma noche se iniciaría la sublevación. Avisados los militares, hubieron de anticipar la acción, inicialmente prevista para las 03:00 horas del sábado 16, cuando la mayoría del país estaría durmiendo, y lanzar su operación horas antes, cuando el tráfico atascaba las principales avenidas de Ankara y Estambul.

“Adelantar sus planes se convirtió en una acción suicida”, escribió el martes 19 en el diario Al Monitor el exmilitar y analista Metin Gurcan.

“Los golpistas se inspiraron en el golpe del 27 de mayo (de 1960), en el que los militares actuaron fuera de la cadena de mando”, sostuvo el general de división Ahmet Yavuz en declaraciones al portal T24.

Si el resultado no hubiese sido tan grave –más de 250 muertos y mil 500 heridos, bombardeos a edificios militares y civiles, incluido el Parlamento–, el levantamiento hubiese resultado incluso histriónico, pues los sublevados parecían seguir un manual golpista de plena Guerra Fría, olvidando que el mundo ha cambiado mucho desde entonces: ocuparon la cadena pública TRT e hicieron leer un comunicado declarando el “estado de excepción”, pero olvidaron que decenas de otras cadenas mantuvieron sus transmisiones. No lograron bloquear la señal de satélite ni las comunicaciones.

Para cuando llegaron a uno de los principales canales privados de televisión, CNN-Türk, los periodistas y técnicos se las ingeniaron para seguir transmitiendo.

Tanques militares toman el control de Ankara. Foto: AP
Tanques militares toman el control de Ankara. Foto: AP

“Una apuesta arriesgada”

En esa misma televisora había comparecido horas antes Erdogan, mediante una llamada de FaceTime, y pidió a la población “subirse a los tanques, tomar las calles y las plazas”, así como dirigirse al aeropuerto Atatürk de Estambul en el que iba a aterrizar, a la vez que ordenaba a las compañías de telefonía que regalasen minutos y megabytes a todos los clientes para que pudiesen retransmitir lo que pasaba en directo a través de las mismas redes sociales que anteriormente tanto había criticado.

“¿Qué van a hacer ustedes? ¿Van a disparar contra el pueblo?”, retó a los militares en directo.

Era una apuesta arriesgada, podía haber provocado una matanza mayor, pero Erdogan ha demostrado ser un hábil estratega. Conoce a su pueblo.

Sus seguidores, cerca de la mitad de la población, lo adoran casi como a un ser divino y la idea del martirio se predica en esta zona de Medio Oriente, incluso entre la izquierda atea kurda y turca.

Aunque los oficiales dieron la orden de disparar contra los manifestantes, muchos soldados rasos –que, alegan, participaron en el alzamiento engañados, pensando que eran maniobras militares– prefirieron dejarse capturar por una población entre la que podían estar sus padres, hermanos o vecinos, antes que dispararles, pese a que ello significase caer en manos de los oficiales más exaltados, algunos de los cuales acuchillaron a soldados o los golpearon hasta la muerte.

“A pesar de que no estamos a favor de Erdogan, sabíamos que lo que vendría tras un golpe de Estado sería mucho peor”, justifica una socióloga turca que prefiere mantenerse en el anonimato.

Aunque algunas élites laicas en Turquía sigan acariciando el sueño de que los militares los libren de Erdogan, incapaces ellos de ensamblar una alternativa política creíble, todos los partidos del arco parlamentario salieron en defensa del gobierno democráticamente electo frente al golpismo, hartos de que sea la bota castrense la que dicte el camino.

Y, de hecho, la situación actual de Turquía mucho tiene que ver con los intentos de los “salvapatrias” castrenses, empeñados en rescatar al pueblo de sí mismo: la Junta Militar que dirigió el país entre 1980 y 1983 impulsó la religión islámica como modo de luchar contra los virus del librepensamiento, el ateísmo y el comunismo, y así, acabando con la izquierda por medio de juicios sumarísimos, torturas y ejecuciones, permitió que los islamistas se hiciera fuertes entre las clases populares y trabajadoras.

Luego, cuando un partido islamista alcanzó el gobierno, de la mano de Necmettin Erbakan –mentor político de Erdogan–, lo derribaron sin darle más de un año en el poder y con ello convirtieron en héroe al actual presidente turco, que fue también enviado a la cárcel pese a que entonces sólo era el alcalde de Estambul.

Ahora, en la noche del golpe, los analistas se hacen la pregunta siguiente: ¿Sí Erdogan y los suyos habían recibido información sobre presuntos planes golpistas, por qué no actuaron para evitarlo?

La respuesta la dio él mismo cuando, en la madrugada del 16 de julio, compareció ante los medios en el aeropuerto Atatürk, con la mirada inyectada del que ha escapado a la muerte y clama venganza: “Este golpe es un regalo de Dios”.

Ese mismo sábado 16 –cuando aún no se habían apagado los fuegos ni detenido los combates– comenzaron las purgas. Hasta el cierre de esta edición (jueves 21) habían sido cesados de sus cargos más de 60 mil funcionarios, desde jueces hasta profesores, a los que hay que sumar unos 10 mil detenidos –militares, jueces y policías, sobre todo– muchos de los cuales fueron alojados en pabellones deportivos por no haber suficiente espacio en las comisarías.

Tampoco había pasado una semana del fallido intento golpista cuando Erdogan declaró el estado de emergencia, que le permite restringir la libertad de movimientos, de expresión y de reunión, así como suspender la aplicación de la Convención Europea de Derechos Humanos, lo que el primer partido de la oposición, el socialdemócrata CHP, tachó de “golpe de Estado civil”.

Pero el hecho de que Francia haya tomado medidas similares en los últimos meses a raíz de los atentados sufridos le permite a Erdogan blindarse ante su opinión pública, despreciando las críticas, a las que califica como “la típica hipocresía occidental”.

Sin embargo, la rapidez con la que han actuado las autoridades turcas a la hora de cesar a funcionarios ha hecho sospechar a los dirigentes europeos de la existencia de “listas negras”, existencia que el gobierno no niega: “A muchas de esas personas las estábamos investigando por sus lazos con el grupo terrorista de Fethullah Gülen, pero el proceso judicial habitual impedía actuar contra ellos de manera efectiva. Ahora podremos hacerlo”, reconoce una fuente del Ejecutivo turco.

Miles respaldan a Erdogan en Estambul. Foto: AP / Petros Giannakouris
Miles respaldan a Erdogan en Estambul. Foto: AP / Petros Giannakouris

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