Y ahora, “terrorismo de bajo costo”

Los más recientes ataques yihadistas en suelo francés –la masacre de Niza y el asesinato del sacerdote Jacques Hamel, por ejemplo– obedecen a una lógica que los sofisticados sistemas antiterroristas del mundo occidental no han alcanzado a comprender y no saben cómo encarar. Se trata de los terrorismos “de proximidad”, “de bajo costo” o “de los pobres”, que se sirven de individuos desadaptados, con problemas psicológicos, quienes son fácilmente influenciables a distancia. Es el terrorismo de “tercera generación”, definido y detallado en un libro, Llamado a la resistencia islámica (de Abu Moussab al-Souri), que circula en internet desde hace años.

PARÍS (Proceso).- Sólo tres monjas y una pareja de ancianos asistían a la misa matutina que celebraba Jacques Hamel el pasado martes 26 en la iglesia de Saint-Etienne-du-Rouvray, un municipio de Normandía con una población de 28 mil personas.

Eran casi la 09:30 horas y la misa estaba a punto de terminar cuando dos hombres vestidos de negro irrumpieron en el templo. Gritaban frases en árabe que ninguno de los presentes entendió. Una de las monjas logró deslizarse fuera de la iglesia en el momento en que los intrusos ordenaban al sacerdote de 86 años que se arrodillara.

“Supe lo que iba a pasar”, dijo después la religiosa, quien pudo dar la alarma mientras los terroristas degollaban al anciano.

Policías de la Brigada de Investigación e Intervención de la vecina ciudad de Rouen llegaron muy pronto. Cercaron la iglesia e intentaron negociar con los terroristas. En vano. Protegiéndose con sus rehenes aparecieron en el umbral del templo. Gritaron Allahu Akbar (Dios es grande) al tiempo que disparaban sus armas ligeras. Los policías respondieron. Los yihadistas cayeron acribillados.

Esas escenas horrorizaron a los franceses que aún seguían impactados por el “camión loco” lanzado a toda velocidad sobre una multitud la noche del jueves 14 en Niza, que mató a 84 personas e hirió a más de 300.

Seis días después de esa masacre, el miércoles 20, el Estado Islámico (EI) difundió en internet un video de siete minutos en el que dos yihadistas francófonos aparecían de pie detrás de dos “presos” arrodillados, vestidos con overoles rojos y presentados como espías.

Uno de los terroristas reivindicó el atentado de Saint-Etienne-du-Rouvray y el otro se dirigió al presidente francés: “Fíjate bien en esa escena, Francois Hollande”, le dijo, “porque muy pronto se va a repetir con tus propios ciudadanos en las calles de París, Marsella, Niza y en toda Francia…”

Luego los dos hombres decapitaron a los presos.

Seis días más tarde Adel Kermiche y Abdel-Malik Petitjean ultimaron de la misma manera a Jacques Hamel.

Al mismo tiempo que se siguen interrogando sobre el asesino de Niza, los franceses descubren a otros dos terroristas surgidos en un pueblo perdido en la bucólica Normandía que tanto inspiró a los pintores impresionistas.

Día tras día surge más información sobre Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el tunecino de 31 años que enlutó a Niza, descrito por sus familiares y vecinos como solitario, depresivo, violento y sin mayores convicciones religiosas.

Ahora las investigaciones judiciales revelan que planeó su crimen durante meses y que tenía cómplices. Aún falta establecer si actuó en coordinación con el EI o simplemente bajo su influencia. Parece prevalecer la segunda hipótesis.

“Malhechores terroristas”

Los lazos de Kermiche y Petitjean con el EI son más claros. El mismo 26 de julio la organización terrorista reivindicó el asesinato del sacerdote de Saint-Etienne-du-Rouvray en un comunicado que difundió Amaq, su agencia de propaganda, y al día siguiente hizo circular en la web un video en el que los dos yihadistas prestan juramento de lealtad al EI.

Según el vespertino Le Monde, que tuvo acceso al expediente judicial de Kermiche, este francoargelino de 19 años, que radicaba con sus padres a dos kilómetros de Saint-Etienne-du-Rouvray, padeció problemas psicológicos en su niñez y fue atendido en un centro especializado hasta los 13 años.

En su adolescencia frecuentó una institución terapéutica y pedagógica en la que su temperamento agresivo generó conflictos. A los 16 años renunció a estudiar y no tardó en relacionarse con Adel Bouaun, un joven integrista musulmán que jugó un papel determinante en su radicalización.

En marzo de 2015 Kermiche intentó viajar a Siria pero fue detenido en Alemania, devuelto a Francia y puesto bajo control judicial. Dos meses más tarde se esfumó; llegó a Turquía, donde fue detenido y de nuevo deportado a Francia. Acusado de “asociación de malhechores terroristas para perpetrar atentados”, el joven pasó 10 meses en detención preventiva mientras se investigaba su caso.

Pese a semejantes antecedentes estuvo en la misma celda que un detenido islamista saudita… En todo caso Kermiche tuvo un comportamiento ejemplar y logró convencer a la juez que lo investigaba de que se había arrepentido y quería rehacer su vida.

El candidato frustrado para luchar en la yihad recobró una semilibertad el pasado 25 marzo: tenía la obligación de llevar una pulsera electrónica y sólo podía salir de la casa de sus padres cuatro horas al día: de las 08:30 a las 12:30.

El pasado martes 26, a las 09:25, junto con Petitjean, Kermiche se lanzó al asalto de la iglesia de Saint-Etienne-du-Rouvray armado con cuchillos, una pistola, falsos cinturones de explosivos y un temporizador de cocina.

Hasta el cierre de esta edición (el jueves 28) no se conocían detalles de la biografía de Petitjean, de 19 años, quien llevaba algunos meses viviendo en Aix les Bains, al pie de los Alpes. No tenía expediente judicial y los servicios de inteligencia no lo tenían fichado como una persona en proceso de radicalización. No había huella de él en ninguna parte. No llevaba consigo credencial alguna y salió tan desfigurado por el proyectil que le alcanzó el rostro que quedó irreconocible.

Según la escueta información oficial sobre su caso, fue un servicio de inteligencia “amigo” que señalo muy tarde a su homólogo galo que un individuo no identificado, que había intentado llegar a Siria desde Turquía, se aprestaba a cometer un atentado en Francia. La información era vaga. Las unidades antiterroristas francesas sólo empezaron a sospechar un día después del crimen que el yihadista de Normandía era el individuo señalado.

Si bien el atentado perpetrado por Kermiche y Petitjean “sólo” cobró una vida, su fuerza simbólica es demoledora en Francia: matar de esa forma horrible a un sacerdote anciano al pie del altar de una pequeña iglesia de campo tiene un eco profundo en la memoria colectiva de la mayoría del pueblo galo.

¿Fueron ideados por el EI en sus feudos de Irak y Siria estos dos más recientes atentados “artesanales” que acaban de sacudir a Francia? Nadie lo cree, ni las autoridades judiciales ni los expertos franceses dedicados a la problemática del Islam radical.

Todos insisten en la horizontalidad de la red terrorista del EI y los distintos grados de autonomía de acción de la que disponen sus “soldados” que operan en Europa. Según los casos y según los especialistas, van surgiendo los conceptos de yihadismo de proximidad, yihadismo de rizoma (tallo horizontal y subterráneo), yihadismo de bajo costo, yihadismo por mimetismo, yihadismo de los pobres…

Todos también recalcan la importancia ideológica en la gestación de la multifacética yihad contemporánea de Abu Moussab al-Suri y de un colectivo de ideólogos de la “guerra santa” que firma sus escritos con el nombre de Abu Makr Naji.

El ideólogo sirio-español

Según Gilles Kepel, experto en el mundo árabe contemporáneo, del Islam y del terrorismo islámico, autor de una quincena de libros sobre estos temas, la trayectoria Al-Souri –sirio-español nacido en Alepo en 1958– es fuera de lo común.

En 1976 ese estudiante en ingeniería integró la Vanguardia Combatiente, rama militar de los Hermanos Musulmanes sirios. Después de la sangrienta masacre que en 1982 desató Hafez el-Assad (padre del actual presidente sirio, Bashar el-Assad) en la ciudad de Hama para sofocar la rebelión fomentada por esa organización, Al-Souri se refugió primero en Francia, donde vivió dos años, y luego en 1985 en España, donde se casó con una andaluza y obtuvo la doble nacionalidad. Su flamante pasaporte español le permitió recorrer Europa con mucha facilidad.

A lo largo de siete años, Al-Suri observó y analizó con suma atención la realidad europea. En 1989 dejó España para mudarse a Afganistán, después de que el ejército soviético se retiró de ese país. En medio de la guerra civil que no tardó en desatarse, Al-Suri empezó a escribir el Llamado a la resistencia islámica mundial, un texto político religioso que es capital para entender la esfera yihadista actual.

En 1992 Al-Souri volvió a Andalucía y se involucró de lleno con el Grupo Islámico Armado de Argelia y con el Frente Islámico de Salvación en la guerra civil que sacudía a ese país. Cuatro años más tarde, tras el triunfo de los talibanes, volvió a Afganistán y fue enlace de los ideólogos de Al Qaeda y el mismo Osama Bin Laden con la prensa internacional, al mismo tiempo que seguía trabajando en su “gran obra” teórica.

Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y de la guerra que Georges Bush desató contra Afganistán, Al-Suri se refugió en Pakistán, donde puso el punto final al libro que publicó en 2004 en formato electrónico. Ese trabajo causó sensación en el mundo islámico radical.

En 2005 el sirio-español fue capturado por los paquistaníes, quienes lo entregaron a las fuerzas militares estadunidenses, las cuales a su vez lo entregaron en 2007 a Bashar al-Assad.

El virus “yihadista”

Según información que maneja Kepel, Al-Souri habría sido liberado por el presidente sirio en 2011. La meta de Al-Assad era clara: contaminar la embrionaria revolución democrática siria con el virus yihadista para privarla del apoyo occidental.

Actualmente no se conoce el paradero de Al-Souri.

Llamado a la resistencia islámica mundial nutre lo que Kepel llama el “yihadismo de la tercera generación”. Al-Souri parte de lo que considera el fracaso del “yihadismo de la segunda generación” que encabezó Bin Laden. Critica los ataques masivos contra Occidente, en particular los atentados del 11 de septiembre de 2001 que le hizo perder a Al Qaeda su feudo de Afganistán.

Al-Souri, por el contrario, brega por un yihadismo totalmente horizontal, de redes, cuyos combatientes, en el caso de los países occidentales, deben ser reclutados entre los musulmanes de la inmigración o los no musulmanes convertidos al Islam. Estos “soldados” tienen que integrar pequeñas células diseminadas en los países “enemigos” y deben actuar sin concertación centralizada y con plena libertad para elegir sus blancos y sus armas.

El ideólogo sirio privilegia los “blancos blandos”, esencialmente musulmanes bien integrados en la sociedad occidental e intelectuales que critican el Islam. Los judíos completan esa lista. La meta de Al-Souri es corroer y hacer explotar las sociedades occidentales.

La irrupción de YouTube y el desarrollo exponencial de las redes sociales electrónicas a partir de 2005 dieron un formidable eco a sus ideas, que los servicios secretos europeos y sobre todo estadunidenses subestimaron.

Los terroristas que cometieron los atentados de enero de 2015 en Francia siguieron los “preceptos” de Al-Souri al pie de la letra: asesinaron a los caricaturistas de la revista satírica Charlie Hebdo y atacaron un supermercado kosher, al tiempo que mataron a un policía francés de origen magrebí.

Lo mismo había hecho Mohamed Merah, un joven francoargelino de 24 años que cometió tres atentados en 2012 en Toulouse, matando sucesivamente a tres militares franceses de origen magrebí y a tres niños y un profesor de una escuela judía.

Los expertos franceses –académicos y policías– subrayan que el EI acentúa aún más “la descentralización” preconizada por Al-Souri, instando a todos los musulmanes, con o sin lazos con él, a golpear a los “infieles” estén donde estén y por todos los medios posibles.

Y mientras más el EI pierde terreno en Irak y Siria, más busca inspirar ataques mortíferos y autónomos con la esperanza de desatar enfrentamientos comunitarios y procesos de guerra civil en Europa.

Mohamed Lahouaiej Bouhle, que según la investigación judicial en curso se radicalizó muy poco tiempo antes de perpetrar sus crímenes al volante de su camión, parece ser representativo de ese nuevo “yihadismo relámpago y de bajo costo”.

Esa estrategia del caos a toda costa sembrado por “soldados del califato” improvisados –que en ciertos casos padecen problemas psicológicos que los vuelven vulnerables e influenciables– aparece muy claramente expuesta en Gestión de la barbarie, un libro de Abou Bakr Naji, un seudónimo detrás del que parece esconderse un grupo de ideólogos de la yihad y que fue publicado en 2004.

Escrito originalmente en árabe, pero traducido a varios idiomas, Gestión de la barbarie es definido por los expertos como el “perfecto manual de la Yihad” y como lectura de cabecera de todos los líderes terroristas islámicos, incluyendo a Abubakar Shekau, quien encabeza a Boko Haram en Nigeria. Tiene además una impresionante difusión. Figuró entre los 56 libros sobre terrorismo más vendidos en el mundo por Amazon, que finalmente lo sacó de su catálogo, pero su versión electrónica circula ampliamente en internet.

Según Hugo Micheron, investigador del Centro de Estudios Internacionales de la Escuela de Ciencias Políticas de París, especialista en el yihadismo, Gestión de la barbarie se puede comparar con Mi lucha, de Hitler.

Lo que preconiza este “manual del terror” es “simple”: sólo el caos total logrará que Occidente se someta al Islam y todos los medios son válidos para sembrarlo.

Abu Bakr Naji multiplica los ejemplos concretos: atacar a turistas occidentales que visitan los países árabes, secuestrar o asesinar periodistas, acelerar el ritmo de los atentados y combinar los “artesanales” con los más estructurados para crear un clima de pánico y de vulnerabilidad general, golpear los lugares frecuentados por multitudes… la lista dista de ser exhaustiva.

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