El monopolio, fruto de la “libre competencia”

El monopolio, fruto de la “libre competencia”
Carlos Pereyra
La crisis de la industria automotriz exigía una nueva política en relación con esa rama central de la economía mexicana En 1976 hubo una disminución del 12% en la venta de vehículos y en los meses transcurridos de este año se acentuó la caída La lentitud en el incremento de componentes nacionales en el ensamblaje de automóviles obliga a importaciones escalofriantes de materias primas (593 millones de dólares en 1976), encarecidas por la devaluación, lo que decidió frecuentes aumentos de precios: 10% cuando se devaluó el peso, 35% autorizado para los modelos 1977 y una cifra todavía indeterminada —alrededor del 13%— a raíz de la eliminación reciente del control gubernamental de precios, es decir, un total de casi 60%
El deterioro de la industria automotriz tiene el origen principal en su estructura irracional: para un reducido mercado interno existen siete plantas ensambladoras de 33 modelos diferentes Ninguna economía a escala es posible en esas condiciones ya ello se debe, en buena medida, el incumplimiento de los decretos presidenciales (1962 y 1971) que fijaban la obligación de un 60% de partes nacionales en cada unidad La producción de vehículos con alto porcentaje de componentes importados generó saldos negativos de divisas por muchos miles de millones Esta industria ha sido un factor decisivo en el déficit de la balanza comercial ¿Qué modificaciones introducirán las medidas adoptadas a finales de junio?
El contenido de la nueva política automotriz se resume en eliminación del control de precios y de las cuotas de fabricación, estímulos a la incorporación de partes mexicanas hasta alcanzar 75% en cada unidad, trato preferencial para las empresas mayoritariamente mexicanas e incitación al consumo de vehículos con menor cilindrada Con ello se pretende elevar la composición nacional de los vehículos y disminuir importaciones, racionalizar la producción reduciendo el número de modelos fabricados y mayor eficiencia que permita incrementar exportaciones convirtiendo esa industria en generadora de divisas la estrategia utilizada supone una confusa mezcla en virtud de la cual el Estado interviene más activamente y, a la vez, se quita el mecanismo para controlar los precios
El primer resultado fue el previsible aumento en el costo de los vehículos; se venderán menos autos pero a mayores precios lo que permitirá a los monopolios transnacionales que dominan esta industria mantener su nivel de ganancias Ello ocultó ciertas ventajas de la nueva política como, por ejemplo, reservar la incorporación de motores diesel en camiones y autobuses a empresas de capital mayoritariamente nacional En la imposibilidad de prever si se conseguirá apresurar la hasta ahora lenta incorporación de autopartes mexicanas, la atención pública se ha precipitado en la nueva concesión a las exigencias empresariales: la liberación de precios Más aún por cuanto se anunció la próxima aplicación de este retroceso a otros productos como textiles, acero, petroquímica, etc, propiciando un clima en el que los empresarios pretenden desaparecer el control de precios sobre ¡más de 20,000 artículos!, por cierto nunca controlados con eficacia, como se advierte por el continuo aumento en el costo de la vida
Si los reajustes en la política automotriz conducen a cierta racionalización de esta industria, no tendrá efectos negativos la liberación de precios en esta rama de bienes no necesarios, cuyos consumidores tienen ingresos medios y altos Pero sí, por el contrario, con esta medida se inicia una nueva orientación basada en el liberalismo económico, entonces el costo social del esfuerzo encaminado a obtener nuevas inversiones privadas será muy elevado Hay ya suficiente experiencia de lo que ha significado el establecimiento del liberalismo económico en otras sociedades latinoamericanas Añadir un sistema de precios incontrolados a las anteriores decisiones de congelar salarios, otorgar subsidios fiscales y privilegios en el financiamiento, equivale a someter el interés social a los objetivos inmediatos del empresariado
Distintos voceros del sector privado han redoblado su entusiasta propaganda a favor de “una economía de competencia libre donde los precios se regulen por la oferta y la demanda” Este anacronismo olvida, simplemente, que la “competencia libre” quedó suprimida hace mucho tiempo por la estructura monopólica en muchas ramas de la economía Carece de sentido reanudar la gastada polémica sobre el “capitalismo sin trabas” cuando éste fue aniquilado por el desarrollo de los monopolios El mito de la economía libre fue desterrado hace ya varios decenios en todos los países capitalistas y el intervencionismo estatal es ya una necesidad indiscutida Los intentos por reimplantar el liberalismo económico en los países del cono sur arrojan resultados que no podrían ser más deleznables

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