Un siglo y medio de Conservatorio (Cuarta parte)

La Camerata Salzburg, a cargo del director francés Louis Langrée y del violinista invitado Julian Rachlin en el Conservatorio. Foto: Cultura

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Acorde con la ilación que llevamos trazada desde que se gestó la fundación del Alma mater de la música en México, nos corresponde ahora retomar lo concerniente a su nacionalización. Podrá recordarse que el acuciante motivo que orilló la inclusión del conservatorio dentro de las escuelas del sector público, fue básicamente pecuniario. En efecto, los próvidos donativos aportados por los benefactores de la Sociedad Filarmónica aunados a las magras y discontinuas subvenciones gubernamentales ‒éstas por disposición de Juárez, respetadas sucesivamente por Lerdo de Tejada‒ estaban por debajo del presupuesto elemental que la institución requería para su sobrevivencia. Vayamos a la misiva que Ignacio Ramírez ‒en ese momento Ministro de la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública‒ envió en enero de 1877 al Dr. Liceaga, Presidente de la Sociedad Filarmónica, para enterarnos de las cifras y de otros detalles relevantes:

“…atendiendo al adelantamiento del pueblo por medio de la instrucción, en todos los ramos que cultivan las naciones civilizadas, el encargado del Supremo Poder Ejecutivo ha observado que el Conservatorio, para cubrir su presupuesto de diez y ocho mil pesos, no cuenta sino con quinientos pesos anuales, procedentes de las donaciones de sus socios, y con las subvenciones irregulares que recibe de la Tesorería General. Para asegurar el porvenir de tan importante establecimiento es indispensable que el gobierno se encargue de sus gastos y dirección de trabajos, sometiéndolo a las reglas que son comunes para los demás establecimientos dependientes del Supremo Gobierno. En tal virtud, el C. Presidente Interino [Juan N. Méndez] dispone que el Conservatorio figure en el número de los colegios nacionales, cubriéndose su presupuesto por la Tesorería Federal. En consecuencia, se nombrará un director para el mencionado establecimiento. Las cátedras profesionales seguirán impartiéndose por las personas y con las dotaciones que forman su plan de estudios vigente. Las demás cátedras y los empleados secundarios, serán reglamentados por esta Secretaria…”

Entendida la magnitud del déficit financiero que había asolado a la institución en su primera década de vida y cómo la buena voluntad del Ejecutivo vino a solventarlo, conviene que sepamos las cantidades que, a partir de la nacionalización, se destinarían para los sueldos de la plantilla docente (residiendo aquí una de las principales llagas que han recubierto, desde siempre, a la dermis conservatoriana). Cabe subrayar que, no obstante la módica suma de los honorarios, ya no se le exigiría al profesorado que impartiera alguna cátedra sin ser retribuido y que, aunque fuera exigua, era mejor que la miseria habitual. Sin embargo, resulta sintomático que, sin importar la homologación con los otros colegios nacionales, a los maestros de música se les pagara menos; así, por ejemplo, el gasto anual destinado en esos años para la nómina de la Escuela de Agricultura y Veterinaria, con 29 alumnos inscritos y 13 profesores, era la de $19,600. La pregunta que nace de la comparación es obligada (téngase presentes los $18,000 destinados para una escuela con un millar de inscritos y 45 maestros): ¿no era igual de valiosa la labor de un profesor zootecnista que entrenaba a sus alumnos a curar animales, que la de un maestro filarmónico que saneaba y fortalecía el espíritu, la mente y el cuerpo de sus discípulos a través de la música?…

Mas tornemos a los números para eliminar suspicacias. La Tesorería destinó tres categorías de sueldos para el conservatorio (en su acepción anual): de 240, de 360 y de 600 pesos, para distribuirse de forma bastante arbitraria, es decir, la primera cifra para maestros de instrumento, la segunda para profesores de canto y solfeo y la tercera para los responsables de las cátedras de composición, materias teóricas y dirección coral.

Asumida la grave disparidad en la correlación mérito-compenso, hemos de dirigirnos a la designación del nuevo titular del conservatorio, pues implicó una renuncia, por demás injusta. Como ya habíamos establecido, el clérigo Agustín Caballero había aceptado desinteresadamente el cargo debido a su esclarecida vena pedagógica y sus incuestionables virtudes como músico ‒era director de la Academia Beristáin-Caballero, de la que se derivaron los primeros inscritos del conservatorio‒, mismas que durante su gestión, impidieron que su religiosidad entrara en conflicto con la observancia laica que imponía la Constitución de 1857. Por tanto, su remoción implicó un desdén al estoicismo que distinguió a su regencia. Para catar al personaje apuntemos los datos disponibles (podrían servirnos para contraponerlos con las escasas cualidades de algunos de los posteriores directores que han desvirtuado a la institución):

Se ignora su lugar y fecha de nacimiento, así como los particulares de su educación artística, mas se sabe que sus primeros reconocimientos avinieron en su juventud, dada su producción musical ‒compuso obras vocales, misas y piezas para piano y órgano‒[1] y su impulso a la ópera en México. En cuanto educador, fundó la academia citada, consagrando sus energías a la docencia. Su sentido del deber trascendió las fronteras de la música, pues a la muerte de su amigo Beristain, se sintió en la obligación de esposar a su viuda; no acabando ahí los quebrantos, sino que el deceso de ella, apenas ejercida la vida marital, lo arrojó a una viudez sin atenuantes. De ahí que su fe se impusiera para aducir la mortandad a un designio superior, ingresando por ello al seminario. Creado el conservatorio, no sólo aceptó la dirección sin goce de sueldo, sino que alternó sus funciones pías y directorales con la entrega a la enseñanza ‒también ad honorem‒ de varias cátedras de tiempo completo: la de Orquestación e Instrumentación y la de todos los instrumentos de arco. Sobra aclarar que su salida del conservatorio aceleró su deceso, ofreciendo su alma a Dios pocos años después.

Para concluir con los datos aportados por “El Nigromante”, digamos, nada más, que la Secretaría de Justicia creyó oportuno modificar la carga curricular de los estudiantes del conservatorio, agregando las materias auxiliares de Escritura, Aritmética, Teneduría de libros, Historia de México, Gramática, Geografía y Arte para ministrar los primeros auxilios a enfermos y heridos, pero eliminando otras tan decisivas como las de Estética, Historia de la Música, Declamación, Grafía musical, Órgano y Fisiología e Higiene de los aparatos de la voz y el oído. Con este absurdo se evidenciaría la sempiterna incapacidad del Estado para entender las necesidades que comporta la formación de un músico y su empirismo para procurarla.

Establecido lo anterior, podremos avanzar de forma más escueta vinculando el aposentamiento físico de la institución ‒espejo prístino de incongruencias en el manejo institucional y prueba veraz de su perenne estatus provisorio‒ con los movimientos en las cúpulas del poder, tanto del Ejecutivo como de su dirección interna.

A este punto, conviene recordar que los inicios de la actividad conservatoriana tuvieron lugar en la Escuela de Medicina antes de transferirse al edificio de la Ex Universidad. En el ínterin ‒mientras alistaba la sede universitaria‒ se usaron en préstamo las aulas de la Academia Beristain-Caballero y también de manera provisional se emplearon otros dos locales impropios (en la actual calle de Argentina # 68 y en San Juan de Letrán # 2 hoy Eje Central). Asimismo, apuntamos que la carencia de un espacio idóneo para presentar conciertos ‒crisoles y pináculos de la actividad académica y justificaciones de los esfuerzos laborales y administrativos‒ se zanjó utilizando el patio del antiguo Palacio de la Inquisición y la capilla del recinto universitario. Tendrían que pasar ocho años de mudanzas e incomodidades para que el conservatorio pudiera disponer de un teatro propio. Fue este producto de donativos, suscripciones, una hipoteca y de una pequeña subvención gubernamental, cuyo costo ascendió a $17,761, los cuales pusieron de manifiesto el compromiso e idealismo de quienes se sumaron a la causa. Para dar un ejemplo, Antonio García Cubas, encargado de la obra, renunció a sus honorarios y donó íntegro su sueldo como cartógrafo durante la construcción.

Tristemente, como suele suceder en nuestro atrabiliario país, el edificio fue demolido sin importar la envergadura de su historia. Ahí se escucharon por primera vez en México las sinfonías de Beethoven y Brahms[2] ejecutadas por la orquesta del Conservatorio y en su escenario se cimentaron muchos de los alumnos que darían lustre a la música mexicana…

[1] En apariencia están todas perdidas, pero se cree que algunas subsisten en la Biblioteca Nacional de Venezuela ¿…?.

[2] Se recomienda la audición de alguno de los movimientos de cualquiera de ellas. Audio 1: Ludwig van Beethoven – Scherzo de la Sinfonía n° 2 op 36. (London Symphony Orchestra. Alfred Scholz, director. (CLASSICA, 1990) Audio 2: Johannes Brahms – Allegro Giocoso de la Sinfonía n° 4 op. 98. (Berliner Philharmoniker. Claudio Abbado, director. DEUTSCHE GRAMMOPHON, 1990)

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