Un campo de golf antiecológico

La española Carlota Ciganda en la segunda ronda de golf en Río. Foto: AP / Alastair Grant La española Carlota Ciganda en la segunda ronda de golf en Río. Foto: AP / Alastair Grant

Uno de los desastres más escandalosos vinculados con los Olímpicos tiene que ver con el campo de golf construido para la justa: era inútil, pues Río ya contaba con uno de categoría mundial; se destrozó una reserva ambiental para erigirlo; se le regaló el terreno aledaño a una constructora para que levantara 23 edificios de lujo; se ocultó su costo, y se fomentó la opacidad en el ejercicio del erario. Todo para ocho días de competencia, en la que ni siquiera participarán los mejores del planeta.

RÍO DE JANEIRO (Proceso).- Atrás de un letrero que reza “Reserva Golf”, colocado en un pequeño edificio de vidrio, los futuros propietarios de cientos de departamentos de lujo beben champán frente a la maqueta del desarrollo, que será edificado en el barrio exclusivo de la Barra de Tijuca. En total, el complejo inmobiliario constará de 23 edificios de 22 pisos cada uno. Las edificaciones rodearán el campo de golf olímpico y ya están a la venta.

“El sol nace para todos, pero no con esta vista”, anuncia la página web del desarrollo: “Tener un campo de golf a la entrada de su propia casa… en ninguna otra gran ciudad del mundo. Usted tendrá este privilegio: vivir enfrente del mar, de la vegetación de la Reserva de Marapendi y, además, tener el campo de golf olímpico como horizonte”.

La promoción de la empresa es verdadera: las autoridades locales de Río de Janeiro entregaron 53 mil metros cuadrados de una reserva ambiental a la constructora RJZ Cyrela, para que erigiera sus 23 edificios a cambio de que construyera gratuitamente un campo de golf para los Olímpicos.

Por eso, activistas de la organización ¿Golf para Quién? se quedaron cuatro meses acampando en frente de las obras. Protestaron contra la destrucción de la Reserva de Marapendi, la única que quedaba en la zona.

Después de varias “visitas” de la policía municipal, que se llevaba el material de los campistas, los activistas abandonaron el campamento Ocupa Golf y reconocieron su derrota: “Ya está perdido, la reserva está perdida, una obra inútil va a ser construida”, dijo entonces Sergio Ricardo, ambientalista y miembro de la organización.

“Lógico, ecológico y económico”

Desde el inicio, la obra fue considerada como inútil, dado que Río de Janeiro ya posee dos campos de golf. Uno de ellos –el Itanhangà Golf Club– está incluso en el mismo barrio de Barra de Tijuca, es reconocido internacionalmente y es parte de los “100 mejores campos de golf del mundo”, según una lista hecha por la revista especializada Golf Digest, de Estados Unidos.

De hecho, todas las grandes competencias internacionales de golf en Brasil tienen lugar en ese sitio. Parecía lógico, ecológico y económico usar el desarrollo de 27 hoyos para la justa olímpica –que necesita nada más 18 hoyos.

Pero resulta que el Itanhangà Golf Club nunca fue considerado como una opción ni por el Comité Olímpico Internacional (COI) ni por el ayuntamiento de Río de Janeiro, según contó su alcalde, Alberto Fajerman, en una carta dirigida a las autoridades locales en 2012.

El encargado de la prensa del COI, Philip Wilkinson, dice a Proceso que “simplemente no existía la posibilidad de usar ninguna instalación de golf existente. Es una decisión técnica basada en un informe que no puedo comunicar ni detallar, pero es una decisión técnica”.

Fajerman dudó públicamente de la existencia de ese “informe secreto”: “De cualquier manera, si el golf necesitaba adaptación, lo podíamos hacer a un precio bastante inferior y sin tocar una reserva”.

Al anunciar el proyecto, el 7 de marzo de 2012, el entonces alcalde de Río de Janeiro, Eduardo Paes, presumió “el ahorro” que significaba para la municipalidad asociarse con RJZ Cyrela: “Vamos a ahorrar al menos 60 millones de reales de dinero público, y tendremos, al final, un nuevo campo que será público durante los 20 próximos años”.

Esas cifras, repetidas innúmeras veces en conferencia de prensa por Eduardo Paes, parecen exageradas.

James Francis Moore, especialista en construcción de circuitos de golf en Estados Unidos, comenta a la reportera que un campo que cuesta más de 10 millones de dólares es de muy alta calidad. La empresa encargada del diseño en Río de Janeiro, Hanse Golf Design, está domiciliada en Estados Unidos. Su encargado de prensa, Tom Naccarato, rechazó comentar tanto el diseño como el precio del campo, quejándose de todos los periodistas que lo llaman desde Río con “una visión muy negativa”.

No se sabe en realidad cuánto gastó RJZ Cyrela para erigir este golf course, pero se sabe que tuvo un retorno impresionante sobre su inversión: además de obtener el permiso para los 23 edificios, logró también que se violentara el reglamento que limitaba a seis la cantidad de pisos.

A partir del precio inmobiliario del metro cuadrado en el barrio, ¿Golf para Quién? calculó una ganancia de mil millones de reales para la constructora, un dato que el Ministerio Público del Estado de Río consideró cierto en una investigación que realizó en 2015. La organización activista calculó también que se deberán utilizar alrededor de 1.8 millones de litros de agua diariamente para irrigar el terreno: “En los países húmedos se gastan 1.5 millones de litros y, en los países calientes, más de 2 millones; entonces, 1.8 millones de litros para Río de Janeiro está dentro de los patrones”, explica a esta revista el biólogo Marcelo Mello, de ¿Golf para Quién?

Compromisos abandonados

El golf también genera polémica porque en 2013 el COI anunció nuevas reglas “sustentables” para hacer un certamen lo más ecológico posible.

“Es una gran decepción porque perdimos una reserva ecológica para una competencia que va a durar apenas una semana –cuatro días para los hombres y cuatro días para las mujeres–. Es realmente un crimen ambiental y vemos que los compromisos ecológicos del Comité Olímpico son falsos, porque ellos tenían todo el poder de impedir este crimen”, agrega el biólogo.

A esto hay que añadir que todos los compromisos ambientales hechos por Río de Janeiro al COI fueron abandonados poco a poco.

En el “dossier de la candidatura Río-2016”, un documento de 614 páginas, se prometió una herencia ambiental importante para convencer al COI de que le diera la sede olímpica a Río.

Los saneamientos prometidos en la Laguna de Jacarepaguá, al lado del Parque Olímpico, y de la laguna Rodrigo Freitas, en el centro de Ipanema, para mejorar la calidad del agua, fueron “olvidados” rápidamente. Y otro objetivo (limpiar 80% de las aguas negras que desembocan en la Bahía de Guanabara, donde se realizarán las competiciones náuticas) tampoco fue realizado. Ahora, con la crisis económica en el estado de Río de Janeiro, mejorar el entorno de los 9 millones de habitantes que viven alrededor de la Bahía de Guanabara ya no será una prioridad.

Tampoco se logró el objetivo de plantar 24 millones de árboles para compensar las emisiones de bióxido de carbono (CO2) producto de la justa. La Secretaría de Medio Ambiente reconoció en un comunicado que fueron plantados nada más 5.5 millones de árboles y que tratará “de compensar las emisiones de carbono de otras formas”, que no explicita.

Según el informe Relatoría del impacto del carbono, del COI, el encuentro deportivo producirá 3.6 millones de toneladas de CO2, que serán compensadas entre la ciudad de Río de Janeiro (1.6 millones de toneladas) y la empresa que ya se contrató para compensar las 500 mil toneladas de CO2 de los Olímpicos de Sochi, en Rusia: la estadunidense Dow Chemical, socia del COI desde 2010.

Según el COI, Dow Chemical va a “mejorar sus procesos en América Latina para compensar los 2 millones de toneladas de emisiones de los Juegos”.

“Son buenas intenciones que nadie puede realmente controlar. Dow Chemical es una de las empresas más contaminantes del mundo. Que haga un esfuerzo en sus procesos está bien, pero quién sabe si efectivamente va a compensar las emisiones. Río de Janeiro no hizo su parte y el COI no lo está obligando a nada. Nos imaginamos que, por ser su socio financiero, tampoco va a reclamar algo a Dow Chemical si no compensa las emisiones”, agrega Sergio Ricardo.

Paralelamente, ¿Golf para Quién? critica el cálculo hecho por el COI: en el informe no hay una compensación especial por la pérdida de la biodiversidad en la Reserva de Marapendi.

Así, y después de 100 años de ausencia, el golf regresa a los Juegos Olímpicos, pero al costo de sacrificar una reserva ecológica, usar millones de litros de agua y productos químicos fitosanitarios para un certamen en el que no competirán los exponentes de la disciplina: los cuatro mejores golfistas de la categoría –Jason Day, Dustin Johnson, Jordan Spieth y Rory McIlroy– decidieron cancelar su participación por miedo al virus zika…

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