María Espinoza, adicta a los golpes

María Espinoza, medallista olímpica. Foto: Miguel Dimayuga María Espinoza, medallista olímpica. Foto: Miguel Dimayuga

Antes del taekwondo, María del Rosario Espinoza probó los guantes de boxeo. Desde niña, cuenta su padre Marcelino, era buena para los trancazos. Hija de un pescador, la atleta se crió ayudando a su abuelo en las labores del campo y vendiendo nopales y pan casa por casa. Luego de la medalla obtenida por la mexicana en Río 2016, publicamos este perfil que apareció en la edición 1659 de la revista Proceso del 17 de agosto de 2008.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- No había cumplido ni cuatro años pero ya traía puestos los guantes de box con los que se sonaba a su primo y sus vecinos Marcelino, su padre, aficionado a este deporte, gozaba viendo a María del Rosario, la segunda de sus tres hijos, pegarle con tanta fuerza a los varones Casi 15 años más tarde, aquella niñita de pies grandes se convertiría en la tercera atleta mexicana en conquistar un título mundial en taekwondo.

Nacida el 29 de noviembre de 1987 en La Brecha, un pequeño poblado del municipio de Guasave, Sinaloa, en donde viven alrededor de 2 mil personas, María Espinoza está en la antesala de la gloria olímpica que buscará en Beijing 2008.

A Marcelino Espinoza no le alcanzó el talento para ser pugilista profesional. Sus cualidades le dieron para ser sparring de El Borrego Chávez, hermano del excampeón mundial Julio César, mientras estudiaba en Culiacán, pero en aquellos tiempos el mar era tan bondadoso con los pescadores que abandonó la escuela y se fue a la costa en un intento por hacer fortuna en una cooperativa. Su sueño truncado de emular a José Pipino Cuevas lo proyectó años después en sus hijos, quienes lo miraban entrenar todos los días.

“Compré mis guantes y como mis niños me veían, pues les daban ganas de echar chingazos, me imagino que ya lo traían por herencia. Le poníamos los guantes a Chayito y a su primito Jesús Rogelio, y n’ombre, se echaban chingazos. La María se lo sonaba. Desde chiquita era buena para los trancazos. Si le hubiera gustado la habría dejado que fuera boxeadora y yo le habría enseñado. Salió buena para todos los deportes, tenía agilidad para el futbol, basquetbol. Cuanto deporte se le ponía enfrente lo practicaba”, detalla el padre de la atleta.

Pero a María la cautivó el taekwondo desde que vio a su hermano y a una prima ir a la escuelita del pueblo donde daba clases el entrenador Rubén Contreras. Del box no volvería a acordarse.

“No me gustaba. De todas formas me ponía los guantes y mi papi era muy feliz. Me ponía con los hombres, pero era sólo un juego porque quería que uno de sus hijos fuera boxeador. Mi hermano no tenía muchas cualidades y era muy flojo. No aprendí golpes ni la técnica, nomás me decía pégale aquí o allá. Una vez que vi cómo era el taekwondo me gustó más. Me gustaba mucho competir, pero la parte formativa y la técnica me costaron un poco de trabajo, porque además no tenía mucha elasticidad, pero sí tiraba muy fuerte las patadas”.

Hiperactiva y traviesa desde sus primeros pasos, a María le encantaba chapotear en los charcos que se formaban en los días de lluvia. Pasaba horas jugando a embarrarse de lodo, hasta que Felicitas, su mamá, la llevaba a tomar un baño.

Por petición de su marido, la mujer le lavaba su larga cabellera con champú de manzanilla, que se la dejaba brillante y le aclaraba el color. Después se lo trenzaba y lo adornaba con listones de colores. La coquetería quedaba para mejor momento cuando María, de apenas cinco años, empezaba a entrenar.

La escuelita de taekwondo estaba instalada en la casa ejidal de La Brecha. Era tan grande como vieja. Los casi 20 niños que tomaban clases tenían que llegar temprano a barrer el cemento y la cal que se desprendían de paredes y techo y que dejaban el piso cubierto de polvo.

“Antes de entrenar teníamos que barrer porque siempre se estaba cayendo la pared o el techo. Era una construcción muy vieja. Cuando llovía la cosa se ponía peor. En un cuartito nos cambiábamos todos. Los niños que entrenábamos teníamos mucha fuerza porque la mayoría trabajábamos en el campo”.

Mientras su padre se embarcaba en los navíos camaroneros de Topolobampo y Guaymas, María del Rosario Espinoza Espinoza se crió ayudando a su abuelo paterno en las labores del campo. Entre carretas, caballos y vacas la chiquilla se curtió.

“Me encantaba irme con mi abuelo a sembrar calabazas y maíz. Cortábamos comida para los animales, íbamos a los mangos y a cortar fruta. Todo lo cosechábamos ahí (en sus tierras). Yo aprendí un poquito las técnicas de sembrar y también a cortar leña y pasto, aunque estaba muy chiquita”.

Durante la temporada de veda –que se extendía desde septiembre hasta marzo, y a veces abril–, el dinero escaseaba en la casa de los Espinoza, a pesar de que la cooperativa ayudaba a los pescadores con algunos pesos mientras no había trabajo en el mar
María y Ángel, su hermano, acomodaban en una canastita pan casero que horneaban su mamá y una tía, así como los nopales que cortaban de una mata que había en su casa. A pie o en bicicleta los niños vendían de puerta en puerta las viandas.

“En aquel tiempo pasábamos dificultades económicas porque yo tenía otra visión. Llegaba la veda y todo ese tiempo no trabajaba, y la cooperativa prestaba dinero. Después ya no me sentaba a ver qué me caía porque ya tenía a la Chayito en el taekwondo. Entonces había que hacer pan y vender nopales, porque se acababa el dinero. Yo siempre usé un lema que le decía a mi vieja: trabajo para mis hijos. Nunca me pesó darles nada. Tú sabes que hacer una carrera deportiva desde chiquito, cuesta lana; todo eso me costó a mí y nunca me rajé”, cuenta Marcelino Espinoza.

“Nosotros siempre batallamos en eso. Había momentos buenos, otros muy malos y teníamos que vender de todo para que pudiera ir a mis competencias o de la Brecha a Guasave a entrenar. Muchas veces no fui a competir porque no teníamos dinero, pero mis papás siempre trataban de hacer el esfuerzo para que pudiera ir”, recuerda la taekwondoína.

Cuando María cumplió 10 años, su entrenador se mudó a Culiacán. En Guasave encontró una nueva escuela. Tan grandes eran sus deseos por continuar en el taekwondo que hasta allá iba y venía sola todos los días.

“Me iba en camión de La Brecha a Guasave, que está a una hora de camino. Salía de la escuela y corría a tomar el camión. Entrenaba y me regresa a mi casa. Cuando pasé a la secundaria me iba de aventón con mis profes, hasta que cumplí 14 años y nos fuimos a vivir a Guasave porque mi hermano ya estaba en la prepa y a mí me veían muy cansada por la escuela y el entrenamiento”.

Ya en Guasave, fue el entrenador Rolando García quien descubrió las cualidades de su alumna. María entrenaba dos horas al día. Comenzó a destacar en los campeonatos municipales y estatales, hasta que en el año 2000 participó por primera vez en la Olimpiada Nacional. Tres años más tarde, con 175 metros de estatura y calzando del número nueve, Espinoza ganó su primer oro en la competencia infantil y juvenil más importante de México.

El éxito le valió un lugar en el Centro de Alto Rendimiento La Loma de San Luis Potosí, donde se concentró con el entrenador español Ireno Fargas y la profesora Verónica Márquez. Hasta entonces la sinaloense supo lo que eran los juegos panamericanos y centroamericanos, los mundiales y las competencias importantes.

“Antes no tenía mucha idea de lo que eran esas competencias. Sólo había visto los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, pero no sabía cómo era el proceso para llegar. Yo quería ser una de las personas que estaban ahí compitiendo y sentía ganas de estar ahí cuando lo veía, pero no se lo contaba a nadie”.

Al fin apegada a su familia, María Espinoza, de tan sólo 16 años, se enfrentó a un mundo nuevo al que tuvo que adaptarse, desde probar sabores distintos en la comida hasta descubrir que en el centro del país la amistad se entiende de otra forma que en el norte. A pesar de sus tristezas, nunca lloró ni se arrepintió de haberse ido de Guasave.

“Tuve muchísimos problemas de adaptación porque no conocía a nadie y para uno como provinciana era muy complicado, sobre todo por las costumbres que tienen en esta parte del país. La comida es diferente, tuve que adaptarme a los profesores nuevos y aprender sus sistemas. Tampoco me adaptaba a la forma de ser de las personas que primero te dicen una cosa y luego otra. En el norte uno entrega luego luego la amistad, todos son tus amigos, y allí era lidiar con formas de ser diferentes. Nunca me dio miedo, pero tristeza y nostalgia sí, por el recuerdo de no estar con mi familia”.

La primera competencia internacional de María Espinoza fue el Campeonato Panamericano Juvenil en Río de Janeiro en 2004, donde cosechó medalla de oro y la motivación necesaria para seguir adelante.Llegó entonces el selectivo de primera fuerza, en el que sus triunfos le dieron un lugar, que hasta ahora mantiene, en la selección nacional.

“Cuando nos dijeron que ganó oro en el panamericano estábamos en La Brecha y dijimos ‘chinga su madre, qué alegría’. Ella es mi sangre y si cuando uno ve triunfar a un mexicano en la tele se le enchina el cuero y hasta las lágrimas se te salen, que lo haga una persona que es hija tuya, es lo máximo. Nunca me pasó por la mente que Chayito llegara a donde está ahorita”, dice emocionado el señor Marcelino.

En medio de las pugnas que desde entonces ya privaban en el equipo nacional de taekwondo, José Luis Onofre comenzó a trabajar con María Espinoza y un grupo de atletas que demandaban atención. Con las bases que había adquirido durante su estancia en La Loma y los conocimientos de su nuevo entrenador, María llegó en 2007 al Campeonato Mundial de taekwondo que se realizó en Beijing, China, donde obtuvo el título mundial en la categoría middle (menos de 72 kilos), al imponerse a la coreana Lee In-jong.

Con la medalla de oro que se colgó, Espinoza se convirtió apenas en la tercera campeona mundial mexicana en este deporte, detrás de Edna Díaz, quien lo consiguió en Madrid en 2005, y de Óscar Mendiola, quien lo logró en 1979.

“Algo que me propuse lo alcancé ¡Imagínate!, salir desde el ranchito para ganar del otro lado del mundo una medalla. Era un propósito. Cuando ganó Edna yo quedé en cuarto lugar sin medalla. Ya no quería quedarme ahí, por eso en 2007 regresé con la idea de ganar. Yo no decía ésta (rival) está fácil y ésta difícil; para mí todas eran igual y cada vez quería avanzar más. Nosotros nos habíamos preparado muy bien en Corea y tenía más confianza porque sabía que los coreanos no vuelan y hacen lo mismo que yo. Gané y dije le doy vuelta a ésta página, es un título y a seguir ganando”.

María es una realidad, dice categórico José Luis Onofre. “Llegará a los Juegos Olímpicos como campeona mundial y panamericana, como la primera mexicana en clasificar en el preolímpico mundial (en Manchester), y lo más importante: con la preparación correcta y sus objetivos bien claros de lo que quiere ser, con la ambición de ser diferente”.

A pesar de que María Espinoza es derecha, ha estado trabajando con su guardia izquierda. Su arma más efectiva es el pucho chagui, es decir, una patada que tira con la pierna delantera completamente extendida e impulsándose desde su lugar. También está practicando la tavol, una doble que pocas mujeres hacen y que la mexicana domina tanto en el ataque como en el contraataque.

“Estamos trabajando en la guardia cerrada, que se llama petos contrarios. Además María pega la tavol más rápido en combinación izquierda-derecha que derecha-izquierda. Le agregamos también el giro recto en ambos lados. Le va mejor cuando pega con la izquierda, y tiene una pegada tan impresionante que tiene que entrenar con hombres que pesen más que ella porque las mujeres no le aguantan la pegada, a veces los hombres tampoco. Otra ventaja que tiene es que calza del nueve y cuando pega, mete todo el empeine y es contundente. Aquí practicamos con muchachos que tienen la estatura de la china, como Arturo Farías, que es peso medio”, explica Onofre.

También en las técnicas de golpeo en la cara María Espinoza ha enseñado grandes cualidades. En el preolímpico de Manchester sorprendió a Sarah Stevenson con una parada en el rostro, empatando momentáneamente el combate, que finalmente perdió por 5 puntos a 3.

En el Abierto de Holanda, Espinoza volvió a enfrentar a la inglesa y perdió faltando cinco segundos para el final.

“Nos criticaron porque María quedó en quinto lugar en la gira de Europa en los abiertos de Holanda y Alemania. No es que me guste que pierda, pero eso le quita presión. Perdió con la inglesa pero le peleó con guardia diferente a la de Manchester. María salió feliz porque la estábamos probando y estuvo a punto de ganarle. No es excusa, pero la inglesa tiró una patada a la cara que no le pegó, pasó ligeramente fuera, pero la contaron los jueces. Esas dos derrotas nos ayudan”.

En el taekwondo, las mujeres normalmente pegan sacando la pierna de atrás o, si se deciden a atacar, se desplazan un poco y golpean. La técnica de María se parece más a la de los varones, quienes abren el combate con la pierna de adelante y luego rematan con la de atrás. Además de dominar esta táctica, la mexicana la combina haciéndola doble, o sea, abre con patada delantera y, sin caer al piso, mete la segunda con la pierna de atrás.

“María tiene un camino impresionante Con 20 años de edad, después de Beijing tiene en puerta dos Juegos Olímpicos más. Sabemos que hay factores externos, como las lesiones, pero ella está iniciando su camino en el deporte y todo a lo que aspira lo puede volver realidad si está bien centrada y nada provoca que pierda el piso”, concluye José Luis Onofre.

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Estudió Ciencias de la Comunicación y Letras y Literatura Hispánica en la UNAM. Fue reportera de información general en los noticieros Monitor de InfoRed. Desde 2000 ha sido reportera y conductora de deportes en distintos medios radiofónicos y televisivos. Estudió la Maestría en Periodismo y Asuntos Públicos en el CIDE.

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