Un siglo y medio de Conservatorio (Quinta parte)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Tal como asentamos en la última entrega de esta serie dedicada al Alma Mater de nuestra música, procederemos ahora de forma más expedita ligando su aposentamiento físico ‒crisol de desatinos en el manejo institucional y prueba auténtica de su perpetuo estatus provisorio‒ con los movimientos en las cúpulas del poder, tanto del Ejecutivo como de su dirección interna. Así, anotamos que hubo cuatro sedes provisionales ‒la Escuela Nacional de Medicina, la Academia Beristáin-Caballero[1] y dos locales más en préstamo[2]‒ antes de su traslado al edificio de la Ex Universidad[3], donde logró establecerse a lo largo de cuatro décadas, es decir, desde 1868 hasta 1908. Cabe destacar que el edificio universitario, no obstante su belleza arquitectónica, era totalmente impropio para satisfacer las necesidades básicas de una escuela de música.

¿A qué necesidades nos referimos?… pues a disponer, en primer término, de espacios acústicamente idóneos ‒que en su interior no haya ecos ni reverberaciones excesivas y que estén aislados para evitar la contaminación sonora hacia y desde el exterior‒, por no hablar de la exigencia de disponer de salones de ensayo, biblioteca, cubículos de estudio, auditorios, taller de reparación de instrumentos, etcétera. Ninguno de los cuales se encontraba en aquel sitial conservatoriano, debido a que era un vetusto edificio colonial concebido como residencia particular.[4] Podrá comprenderse, entonces, cómo en esos cuarenta años se palió la precariedad como mejor se pudo, quedando de manifiesto la desidia gubernamental para solventar los requerimientos que conlleva el aprendizaje de la música. Parangonando el caos sonoro del conservatorio, podríamos citar una escuela de pintura donde la iluminación fuera tan mala que se confundieran los colores, o una de escultura donde se enseñara a tallar piedras de hule espuma. Así de irracional y así de grave es lo relativo al silencio que debe imperar en un conservatorio que se precie de serlo, ya que la materia prima con la que se trabaja son los sonidos puros, amén del adiestramiento del oído para percibir en ellos sus texturas más tenues y su compleja interacción para formar armonías.

En cuanto a la regencia del país, huelga apuntar que la permanencia del conservatorio en esa, su quinta sede, corrió al parejo del gobierno de Porfirio Díaz. Y como tal, con sus taras francófilas y su menosprecio por lo vernáculo, quedó registrado para la historia que nos ocupa. Sin embargo, habremos de reconocer algunos de los aciertos de la administración porfiriana, ya que redundaron en grandes beneficios para la institución, pero antes es menester hablar del individuo que ascendió a la silla directoral al tiempo de la remoción del cura Caballero. Se trató del doctor Agustín Balderas, quien encarna el único caso de un director cuya actividad profesional no fuera de músico. Balderas era un barítono aficionado que logró mantenerse en el puesto durante un lustro (1877-1882), pereciendo de una manera terrible, mas lo traemos a colación por corresponder al homenaje que queremos rendir a quienes dejaron la vida por la causa.

Aunque parezca absurdo, no es de sorprender que se hubiera elegido a un médico como titular, dada la estrecha filiación inicial que hubo entre el conservatorio y la Escuela Nacional de Medicina, de hecho, la primera opción antes de Balderas ‒maestro de francés en la primera década conservatoriana‒ había recaído en el Dr. Eduardo Liceaga ‒Secretario de la Sociedad Filarmónica y maestro de acústica y fonografía‒, quien declinó por encontrarse demasiado ocupado con sus otras tareas, la titularidad del Hospital Materno Infantil y la gestación del Hospital General de México. Pero volviendo a Balderas, hemos de citar que su periodo directivo no trajo avances y que sólo es recordado por haber promovido, al inicio de su gestión, una colecta para ayudar al Estado a saldar la deuda “americana”. A todos los maestros, Balderas les solicitó con lo poco de voz que le quedaba, que cedieran el uno por ciento de su sueldo, topándose con una respuesta insólita: en su mayoría estuvieron dispuestos a aumentar el porcentaje. Es de reconocer que por más incapaz que fuera para el cargo, Balderas lo ejerció con heroísmo, pues un cáncer en la lengua le fue carcomiendo la existencia ‒pensemos en la cruenta ironía que eso implica para un cantante‒ hasta llevárselo a la tumba.

Muerto Balderas sobre la arena de lucha conservatoriana, Porfirio Díaz se encargó personalmente de la designación del sucesor, recayendo en el musicólogo francés Alfredo Bablot D´Olbreusse, quien personifica al único extranjero al frente de la institución.[5] No debe sorprender su nacionalidad y que por ella haya contado con apoyo gubernamental irrestricto, puesto que a su palabra se le dio todo el crédito que nuestro malinchismo exige. Empero, para bien del Conservatorio, Bablot se encargó en los diez años de su gestión de llevar a cabo una transformación de fondo (la suya ha sido, quizá, la más luminosa de todas). En primer lugar decretó la necesidad de un plan de estudios de vanguardia (1883) y tuvo una especial preocupación por dotar al conservatorio de acervos propios y de un instrumental a la altura de su cometido. Para tal fin, se compraron en Europa las principales ediciones de partituras de autores consagrados ‒el nuestro es de los pocos Conservatorios del mundo que puede presumir la posesión de ediciones príncipes de las obras completas de Bach, Händel, Monteverdi, Beethoven, Mozart y Berlioz‒ y se adquirieron instrumentos musicales a granel. Por si fuera poco, solicitó con éxito al gobierno de Díaz, tanto la creación de un sistema de becas para que los alumnos de más talento pudieran estudiar fuera del país, como un incremento en el sueldo de los maestros. Asimismo, Bablot se encargó, por vez primera, de reunir partituras de músicos mexicanos para la colección conservatoriana e intentó crear un museo de instrumentos musicales precortesianos. Esto último se quedó a medias ya que, también Bablot dejó la vida para acrecentar la del Conservatorio. Con la muerte en ciernes, viajó a Francia para expirar el último aliento al cobijo de sus querencias. También para él una loa interminable.

Fallecido el irrepetible maestro galo, las dos administraciones siguientes trataron infructuosamente de continuar sus pasos. Fueron éstas la de José Rivas y la del eminente pianista y compositor Ricardo Castro.[6] La de Rivas, a pesar de haber durado catorce años (1892-1906) no consolidó nada y la de Castro tuvo todo para haberlo conseguido pero, ¡Hélas!, la muerte volvió a interponerse. Es de mencionar que Castro había sido becado por Porfirio Díaz para culminar sus estudios en Europa al tiempo que analizaba de cerca el funcionamiento de los conservatorios de mayor envergadura ‒Paris y Berlín, sobre todo‒, con el fin de regresar a México para implantar en el nuestro las modificaciones que creyera pertinentes. En enero de 1907 Castro puso manos a la obra con el vigor típico de los triunfadores y, once meses después cayó fulminado por agotamiento físico. Tenía sólo 43 años. Es justo incluirlo en la lista de nuestros mártires.

Por otra de las sinrazones que nos caracterizan, el noble edificio que amparó los endebles destinos del conservatorio durante los cuatro decenios aludidos se derribó, y una vez más hubo de emprenderse el doloroso éxodo en espera de una nueva sede. La mudanza había de ser temporal y se tuvo como promesa el usufructo de algún inmueble que, realmente, pudiera ser digno de albergar a tamaña institución, sin embargo, la temporalidad duró seis años (1908-1914), y el usufructo recrudeció los vicios y las incomodidades de antaño. El malhadado edificio ‒situado en Puente de Alvarado #43‒[7] no sólo era tan inadecuado como el anterior sino que, además era insuficiente. Se cancelaron clases y se apilaron libros. Se cercenaron asignaturas y se apiñaron pianos mientras afuera, en las calles aledañas, el fragor de la Revolución se ponía en marcha, dándole competencia a las desafinaciones de las trompetas y los baquetazos de los timbales. Ante semejante panorama, la enseñanza conservatoriana habría de entrar en un letargo cuyos derroteros serían ignotos aún para los nigromantes… (Continuará)

[1] Estaba ésta en la esquina entre Canoa y Factor, actuales Donceles y Allende. Se aprovecha esta nota para agradecer mucha de la información sobre estos tópicos a la doctora en Historia Betty Zanolli Fabila, quien realizó en 1996 una tesis sobre la Profesionalización de la enseñanza musical en México, obra señera en su género.

[2] Se trataba de dos inmuebles situados, acorde con la denominación antigua, en las calles de San Juan de Letrán n° 2 y Puente de Leguízamo # 68 (hoy Eje Central y Argentina, respectivamente).

[3] Se ubicaba en la hodierna esquina que ocupan las calles de Seminario y Moneda.

[4] Fue convertido en cascajo en 1911, como parte de esa criminal manía demoledora a la que somos tan afectos.

[5] Para bien o para mal, en nuestro Conservatorio Nacional se ha preferido siempre a los directores mexicanos ( A parte de Bablot hubo otro extranjero, el español Simón Tapia Colman, pero al momento de ejercer el cargo ya se había naturalizado mexicano. Gran diferencia con la Unión Americana, por ejemplo, que ha elegido para la dirección de sus mejores centros de enseñanza musical, a personajes con el mayor número de méritos artísticos, sin importar su nacionalidad.

[6] Se recomienda la escucha de algunas de sus obras Audio 1: Ricardo Castro – Vals Capricho (Gustavo Rivero Weber, piano. RADUGA, 1992) Audio 2: Ricardo Castro – Mazurka mélancolique. (Raúl Herrera, piano. MEXIDISCO, 1990)

[7] Hoy también desaparecido.

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