El encanto hiperbólico

EL ENCANTO HIPERBOLICO
José Antonio Alcaraz
Autocita: “El `gran público’ del Siglo XIX cultivó con singular devoción tres manías musicales cuyas consecuencias sufrimos aún hoy (a decir verdad, los auditorios en general no han cambiado mucho): a) el consumo inmoderado de cualquier mercancía operística; b) la pianofilia; c) el culto fanático, el apetito ciego por la figura del `virtuoso'”
Encuadre: Estas tres circunstancias convergen en la figura y obra de uno de aquellos que en su tiempo fueron los grandes compositores pianistas: Louis Moreau Gottschalk (1829-1869), nacido —of all places— en Nueva Orleans
Durante el periodo romántico proliferaron los virtuosos pianísticos que escribían innumerables potpourri, fantasías, paráfrasis, variaciones y cuadrillas sobre temas operísticos y —como tan sabrosamente lo ha reseñado Raymond Lewenthal— ofrecían veladas cuyo repertorio estaba fundamentalmente integrado por todas esas paráfrasis, glosas exégesis y metamorfosis Además de esta actividad derivativa, para demostrar sus facultades ante el teclado, escribían piezas con títulos cargados de sugerencias sentimentales en que proliferaban cascadas de arpegios, velocísimas escalas, trinos gorjeadores y cristalinos, así como dramáticos trémolos que servían de fondo de una melodía marchita desgranada en énfasis declamatorios
Ocasionalmente elaboraban también obras para piano y orquesta, donde el marco instrumental subrayaba con entusiasmo irrefrenable su propia actividad tipificada por una bombástica opulencia
Ubicación: En su cotización general actual, Gottschalk está al lado de —entre otros— Alkan (1813-1888), Scharwenka (1850-1924) y Henselt (1814-1899), nombre todos que dirán muy poco, si es que algo dicen, al consumidor musical medio En consecuencia Gottschank es hoy en la siempre oscilante apreciación musical un `actor de carácter’, pero según van las cosas podría predecirse que pronto ascenderá al rango coestelar Esto no deja de entrañar una gran paradoja, pues a mediados del Siglo XIX solía citarse su nombre junto a Chopin (1810-1894) y al epítome del género: Franz Liszt (1811-1886), quien aún hoy muy merecidamente sigue conservando su posición y reputación como legendaria figura básica del `star system’
En la música de Gottschalk con frecuencia se escuchan, con melancólica ternura salonesca, los acentos de las músicas negras norteamericanas (El banjo) y caribeñas (Souvenir de Puerto Rico), tal como en las Rapsodias húngaras de Liszt se dejan oír y desbordantes y glamurizados ciertos giros magiares o melodías centroeuropeas
Visión ingenua y artificiosa esta de Gottschalk, pero que hoy tiene ya la aureola, ajada fragancia sepia, de la nostagia prefabricada Actitud bien lejana al verdadero sentir nacional de un Smetana (1824-1884), Músorgski (1839-1881) o Weber (1786-1826), e incluso de cierta conducta fundamental de Dvorak (1841-1904) y Borodin (1833-1887)
La inclusión de los materiales “éticos” por muy distorsionados que estén, lógicamente se traduce en una cierta novedad sonora cuyo perfil inédito acaba de redondearse por el uso de esas tretas ingeniosas y-o espectaculares, tendientes a demostrar las capacidades mecánicas superlativas de ejecución en el intérprete
No nos dejemos engañar: por muy audaces que aparenten ser con frecuencia algunas de estas articulaciones, hasta llegar incluso a tomarse como `presagios’ de ciertos recursos modernos, se trata sólo de resultantes tangenciales Estas, son en su mayoría, producto de trapecismos escalofriantes que querían espeluznar, apabullar o epatar a un público que sólo esperaba el retumbante final de la primera pieza de cualquier recital para empezar a idolizar
Se asistía a programas pianísticos y funciones de ópera, sin poder diferenciar muy bien lo que separaba a éstos de las trepidantes emociones y pastatiempos de Barnum o el Cirque Médrano
El desparpajo y frivolidad deslumbradora de esos públicos, acabó por ejercer una influencia abierta sobre los artistas vocales o pianísticos y fincar para ellos un deslinde particularmente difícil de las actividades musicales propiamente dichas y las acrobaticas (Ni qué decir que va en muy otro sentido la consideración del circo como aportación nutrición de actividades artísticas, llevada a cabo por Cocteau y Satie)
La permeabilidad de este eslabonarse, fue percibida y reseñada con particular penetración y sentido del humor por Marcel Proust (1870-1922): lo mismo en la `Soirée’ submarina —que originalmente se desarrollaba en l’Opéra Comique—, en el salón de Madame Verdurin, o en la conducta de Charlie Morel, dejó el implacable taxidermista de la burguesía y aristocracia francesas, un testimonio vivido de esta ósmosis (¿simbiosis?)
Sin embargo tras todo esto, o quizá al lado, residen virtudes suficientes en la música de Gottschalk, que propician una gradual `resurrección’ suya
Las causas que concurren a fundamentar el proceso son tan numerosas y diversas que bien podría llenarse un volumen con su estudio, para contribuir así a enriquecer la literatura, tan necesaria, acerca de la sociología musical
Cabe apuntar en esquemático inventario algunas de ellas: 1) la búsqueda de la propia tradición (lo que ha llevado a revalorar a muchos compositores, hasta hoy vistos con negligencia, en sus respectivos países); 2) una investigación objetiva acerca de los posibles valores de la música pianística otra que la escrita por los compositores solemnes y trascendentes del XIX, como resultado del pluralismo conceptual de nuestro tiempo; 3) la necesidad de ampliar el repertorio para que sirva como vehículo a la p??ta en relieve de la personalidad interpretativa de algunos pianistas, que quieren individualizarse en sus grabaciones
Por otra parte hay ciertos atractivos, y hasta valores, en las músicas pirotécnicas para teclado: el relajamiento auditivo tan agradable que produce muchas de ellas y el `suspenso’ acrobático, constituyen una posibilidad de opción y gozo ¿Por qué debemos estar loando eternamente lo `sublime’?
Todo tipo de producción musical, incluso Vivaldi (1678-1741) y los fotostáticos barrocos italianos, es susceptible de estudio y consumo Por eso es muy saludable el que se cuenta en la actualidad con fuentes para la revaloración de Gottschalk (sin que haya sido del todo injusto el que estuviera olvidado un buen tiempo): por una parte los trabajos de investigación del musicólogo uruguayo Francisco Curt Lange (quien recibió para ello la beca Guggenheim en 1967) y la edición de sus diarios “Notes of a Pianist” (1857-1868) realizada por Jeanne Behrend en 1964; por la otra la actividad pública en concierto o disco de sus campeones, los pianistas Eugene List y Leonard Pennario, y el director Igor Buketoff
Todo esto, porque el próximo sábado 9 de julio a las (7 de la noche) Miguel García Mora —intérprete ejemplar y defensor de la música mexicana de concierto— tocará en su recital de la Biblioteca Franklin varias obras de Gottschalk y su contrapartida: las músicas mexicanas de salón
Ocasión propicia para obtener una imagen más precisa de este hiperornamentado compositor, ampuloso pero nítido, como nuestro Ricardo Castro (1864-1907); ambos poseen felizmente lo que, con tanta agudeza, Penelope Gilliatt cifra en su ensayo acerca de Jean Renoir como “la elocuencia de lo trivial”

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