Recetas para ser un buen crítico

RECETAS PARA SER UN BUEN CRITICO
Raquel Tibol
John Canaday —excrítico de arte y actual crítico de restaurantes y comidas del New York Times— ofreció el lunes 27 de junio (en la Escuela Nacional de Pintura y Escultura de la SEP) su primera conferencia en México, sexta y última estación de una gira que por encargo del Departamento de Estado de los Estados Unidos viene realizando por América Latina Hombre práctico, organizó sus intervenciones por la vía de la máxima simplificación y el mínimo esfuerzo En Chile, Brasil, Perú, Colombia, Venezuela y ahora México, ha venido repitiendo las mismas dos conferencias La primera se refiere a la relación entre artistas, críticos y público, y la segunda a las corrientes actuales del arte en los Estados Unidos John Canaday no habla ni entiende la lengua española, pero en plan de facilitar las cosas aprendió a leer sus textos en ese idioma La parte de preguntas y respuestas se lleva a cabo con intérprete Después de haber repetido una veintena de veces la misma lectura, su pronunciación sigue por demás deficiente Hubiera sido preferible, como se acostumbra en las reuniones internacionales textos escritos no modificables, que el conferenciante leyera los primeros párrafos en inglés (para que conociéramos su voz y su ritmo expresivo), y su intérprete el total del escrito en buen castellano
Curioso resulta que en estos momentos, en que la crítica de arte viene jugando de manera creciente un papel liberador, el Departamento de Estado desempolve al jubilado John Canaday para que llegue, con toda la pompa de los auspicios al más alto nivel, a dictar recetas superficiales, conservadoras y anacrónicas Su prédica va encaminada a crear desconfianza, a distanciar a los artistas y al público de los críticos, satanizando todo lo que sea militancia crítica racional y exaltando la evaluación hipersensible de la producción artística Un crítico sabrá que una obra es buena —aseguró— si le provoca esa divina sensación del pequeño shock o se le estremecen las vísceras
Ante la posición sentimental humanista barajada por Canaday, conviene recordar algunos conceptos de Francisco Posada, Decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Colombia: “El sentimentalismo humanista se presenta como el personero del hombre en general, siendo una de sus más hipócritas formulaciones Las `emociones poseen un muy preciso fundamento de clase’ ya que el modo como aparecen es histórico `Las emociones no son en modo alguno humanas en términos generales o temporales’ Por eso las emociones pueden ser sometidas a la crítica”
Demostró un total rechazo por cualquier expresión de conciencia social artística Se expresó con desprecio e ironía respecto de las muy interesantes y fructíferas batallas feministas en el específico terreno del arte, mientras que al muralismo popular de las minorías marginadas (negros, chinos, puertorriqueños, chicanos, etcétera) lo juzgó con patrones de refinamiento individualista Con una prepotencia en la que podía suponerse la subyacencia de cierto racismo, y haciendo gala de ignorancia para subrayar su desprecio, dijo estar enterado de que en Nueva York sólo se ha realizado ese tipo de murales comunitarios en el barrio de Harlem “Desgraciadamente —afirmó— están hechas por pintores que no tienen ninguna capacitación ni talento, que quizás quieren expresar algo, pero no han adquirido el vocabulario necesario” Y con paternalismo esteticista sentenció: “Una idea admirable, pero un fracaso en arte” Con esto John Canaday estaba demostrando que sus nociones de forma, medios, técnica y función están aniquiladas en un sentido de belleza que el arte contemporáneo rechaza para dar preeminencia al hecho del arte como una elaboración de la realidad, porque —como decía Brecht— existe no sólo el poseer el carácter popular sino también el llegar a poseer el carácter popular, para que la obra de arte pueda llegar a ser expresión de un grupo social
Después de rechazar el criterio elitista sustentado por José Ortega y Gasset en su célebre ensayo La deshumanización del arte, precisó tres síndromes de la enfermedad que padece la crítica: el síndrome Van Gogh, el del arte como fenómeno histórico y el del oráculo délfico El primero, que se observa en críticos y artistas, consiste en suponer que todo artista ignorado e incomprendido es un genio Al explicar lo que entendía por síndrome de arte histórico, rechazó la secuencia de corrientes y escuelas como valor para la crítica Este enfoque objetivo choca con su criterio de los artistas como seres supremamente dotados para transformar la experiencia en arte “La historia —había dicho antes— no tiene importancia sin los artistas” El síndrome del oráculo délfico consiste en que el crítico se supone creador de la historia, se endiosa y es endiosado, utiliza un lenguaje enigmático Sin mencionarlos por sus nombres y citando como ejemplo a la revista Artforum, dijo que hay críticos que son culpables de la prosa más oscura e impenetrable que se haya escrito en idioma inglés Estos críticos niegan de hecho la función de la crítica que consiste en ser enlace entre el arte y el público; es cuando la crítica se convierte en un asunto exclusivo para los críticos mismos
Después John Canaday precisó algunas reglas de conducta para los críticos de arte: los críticos no deben participar en los movimientos artísticos; la tarea del crítico es sólo la evaluación y la defensa del arte serio, del arte bueno; los críticos no deben conocer personalmente a los artistas aunque esto les signifique muchos sacrificios y no familiarizarse con ideas, métodos de trabajo, pues ha de ser la obra la que todo lo exprese; si el artista discute con el crítico, éste puede encontrar en la obra méritos que ésta en verdad no posea La función del crítico, afirmó de manera rotunda, no es alentar a los artistas, concepto que hizo extensivo a toda la sociedad La sociedad no está en deuda con el artista ni le debe consideración alguna, y para subrayar estas ideas expresó: “Nunca nadie me ha pedido que invierta dinero en un negocio porque el negociante es muy delicado” En el sentido del apoyo, puso como excepción a los artistas reprimidos y ejemplificó con los alemanes en la época de Hitler En vista de que venía de haber leído el mismo texto en Santiago de Chile, le pregunté sobre la represión sufrida por los artistas chilenos, víctimas del pinochetismo auspiciado por el mismo Departamento de Estado que a él lo traía recorriendo América Latina Poniendo cara de asombro negó que en Chile hubiera habido represión contra los artistas, dijo ignorar el asalto a la casa del poeta Pablo Neruda y otros hechos semejantes, y con elegante satisfacción dijo haber tenido la oportunidad de ver una exposición de cincuenta años de pintura chilena, en la que participaron pocos pintores pero todos excelentes Dijo que el trabajo en Chile por parte de la crítica consistía en alentar a los coleccionistas para que el arte tenga un mejor desarrollo, y terminó aclarando que no tenía capacidad para hacer declaraciones de índole política, mientras observaba, como pidiendo apoyo, a los funcionarios de la embajada de los Estados Unidos que ocupaban toda la primera fila del salón de actos de La Esmeralda, quienes, junto con la mayoría del público, aplaudieron con mucho respeto y entusiasmo al emisario cultural (¿por qué no culinario?) de la Casa Blanca

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