Un siglo y medio de Conservatorio (Penúltima parte)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Como podrá recordarse, en la entrega anterior de esta serie nos quedamos en que la muerte impidió que la gestión de Ricardo Castro al frente del Alma Mater de nuestra música consolidara los logros que se le auguraban. Por ello, es de mencionar que Castro había sido becado por Porfirio Díaz para culminar sus estudios en Europa al tiempo que analizaba de cerca el funcionamiento de los conservatorios de mayor envergadura, con el fin de regresar a México para implantar en el nuestro las modificaciones que creyera pertinentes. En enero de 1907 Castro puso manos a la obra con el vigor de los triunfadores y, once meses después, cayó fulminado por agotamiento físico. Tenía sólo 43 años de edad. Es justo incluirlo en la lista de los mártires que ofrendaron la vida a la causa conservatoriana. [1]

Por otra de las sinrazones que nos caracterizan, el edificio universitario que amparó los destinos del conservatorio durante cuatro decenios se derribó,[2] y una vez más hubo de emprenderse el éxodo en espera de una nueva sede. La mudanza había de ser temporal y se tuvo como promesa el usufructo de algún inmueble capaz de albergar a tamaña institución, sin embargo, la temporalidad duró seis años (1908-1914), y el usufructo agravó las incomodidades. El infeliz edificio ‒situado en Puente de Alvarado número 43‒[3] no sólo era tan inadecuado como el anterior sino que, además, era insuficiente. Se cancelaron clases. Se apilaron libros. Se apiñaron pianos mientras afuera, en las calles aledañas, el fragor de la Revolución se ponía en marcha, compitiendo con las desafinaciones de las trompetas y los baquetazos de los timbales. Ante tal panorama, la enseñanza conservatoriana entró en un limbo cuajado de incertidumbres.

Así pues, con el deceso de Castro, tocó el turno en la dirección a Gustavo E. Campa, quien se enfiló inteligentemente por la ruta ya establecida, en otras palabras, también fue comisionado por Porfirio Díaz para viajar a París[4] en aras de empaparse del funcionamiento de su Conservatoire y también, como lo hiciera su predecesor Bablot, se encargó de la compra de mejores instrumentos musicales y de una revisión del plan de estudios. Asimismo, Campa se empeñó en fortalecer las actividades académicas, iniciando un plan de concursos internos que imitaba el sistema francés de premiar a sus alumnos más destacados y sentó las bases para que se iniciara formalmente el estudio de la Historia de nuestra música. En retrospectiva, podría decirse que la suya fue también una de las administraciones más fructíferas del historial conservatoriano.

No está por demás asentar que al momento de la demolición del referido edificio universitario, se destruyó igualmente el Teatro del Conservatorio que se había levantado con tantos sacrificios. Por ende, al carecer la sede provisional de un espacio adecuado para la presentación de conciertos, el gobierno se vio forzado a rentar el Teatro Arbeu las veces que fuera necesario, es decir, un día sí y el siguiente también.

Instalado en el poder supremo Francisco I. Madero, al Conservatorio se le trató con especial deferencia, no obstante la crisis desatada por el conflicto revolucionario. Es cierto que sufrió ‒al parejo de la flamante Universidad Nacional, de la Normal para maestras y de las escuelas primarias del D.F‒ un recorte presupuestal, sin embargo, fue un desvelo personal de Madero colaborar en la edificación de un mejor país mediante la enseñanza de la música. Por tal motivo, no sólo subvencionó a la Orquesta Sinfónica del Conservatorio, sino que respetó el financiamiento otorgado por Porfirio Díaz para la Orquesta Beethoven,[5] amén de designar el uso del Anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria para los requerimientos de extensión académica que hubiere menester. Por orden suya se impulsó la creación de “orfeones” y de coros en los diferentes barrios de la capital y se hizo una invitación para que las diversas colonias extranjeras se unieran en la fundación de grupos corales donde participara el mayor número posible de ciudadanos. Todo ello en pos de fomentar la cultura musical que, en sus vislumbres, un pueblo educado debería poseer.

Lamentablemente, el magnicidio de Madero y la usurpación de la silla presidencial por parte del asesino Victoriano Huerta, vinieron a complicar los derroteros conservatorianos hasta lo inverosímil. Por insensato que suene, se inició el proceso para militarizar a la institución, así como un reordenamiento académico/administrativo regido por la Secretaria de Guerra y Marina. En el decreto presidencial correspondiente pudo leerse: “Con el fin de aprovechar los valiosos elementos de las Escuelas dependientes de esta Secretaria, el C. Presidente de la República se ha servido acordar: […] que se organice con el personal masculino del Conservatorio Nacional de Música una ACADEMIA DE INSTRUCCIÓN MILITAR, para los efectos de la defensa nacional, durante el tiempo que señale esta Secretaría.” Así, con la áspera égida de la milicia y la adscripción al plantel de un Coronel de Infantería como instructor de artes marciales, se pretendió que los educandos se volvieran tan diestros en el manejo de sus instrumentos como de rifles y fusiles. El uso del uniforme militar –aún durante conciertos y exámenes públicos‒ se tornó obligatorio y las bajas calificaciones se castigaron con encierros. En suma, un compendio de aberraciones, para que los artistas que producía la nación obtuvieran el grado militar que la dictadura huertista requería.

Naturalmente, fue necesaria la cooptación de un nuevo director que se plegara a los deseos del tirano, recayendo la designación en Julián Carrillo, quien no tuvo inconveniente en permitir que el Conservatorio se transformara en cuartel. De hecho, de tiempo atrás se había dedicado a la promoción, en gran escala, de las bandas militares. Lo afortunado del caso es que la pesadilla militarizada tuvo una vida efímera, concluyendo con la deposición paralela de Huerta y de Carrillo a mediados de 1914.

Acaeció precisamente con la salida de Carrillo de la dirección, que el Conservatorio accedió a su nueva sede ‒la séptima de su historia‒, pretendiéndose que fuera la definitiva. Empero, volvieron a repetirse las incongruencias y el “novel” inmueble resultó igual de impropio que los anteriores. El “nuevo” plantel había sido la vieja residencia del Mayorazgo de Guerrero ‒situada en los números 14 y 16 de calle de Moneda, adyacente a Palacio Nacional, todavía en pie‒, y como tal era nula para proporcionar, sobre todo, el aislamiento acústico. De modo que una vez más volvieron a paliarse las carencias, tornándose habitual el caos sonoro a lo largo de 33 años. Para darnos una idea de lo que aquello significaba, repárese en que se hizo imperativo mandar a las percusiones y los alientos de metal ‒tubas, trombones, etcétera.‒ a la azotea… Aunque curiosamente, el uso de ésta para impartir las materias citadas ‒que con lluvia se cancelaban‒ sería uno de los alicientes para que la Presidencia se decidiera a buscarle, hacia 1946, otro acomodo al Conservatorio, dado que hasta las oficinas de Palacio Nacional se alcanzaban a oír los ruidosos tientos estudiantiles.

Obviamente, permaneció la falta de un teatro para audiciones y conciertos, resolviéndose la cuestión con el usufructo de varios espacios, por demás ineficaces: el Ex Templo de Santa Teresa y algunos salones del antiguo Museo Nacional, hoy Museo de Culturas Populares. En cuanto al Teatro Arbeu, su renta se volvió ocasional.

Lo interesante del asunto es que por esta cuestionable sede desfilaron muchos de los hombres más insignes de nuestra música, tanto en calidad de maestros como de directores. Mencionemos a algunos de estos últimos para apreciar la valía intrínseca: Rafael J. Tello (designado por el mando villista), Eduardo Gariel (nombrado por Carranza), nuevamente Julián Carrillo, Carlos del Castillo (designado por Obregón y Vasconcelos), Carlos Chávez (personaje clave para la desvinculación del Conservatorio de la esfera universitaria, factótum del Instituto Nacional de Bellas Artes e impulsor de la erección del siguiente plantel), Manuel M. Ponce, Silvestre Revueltas, José Rolón y Blas Galindo.[6]

En lo que respecta a la problemática, baste por ahora con decir, que ninguno de los prohombres señalados logró resolverla sino, nuevamente, paliarla. Mas la abordaremos en el texto conclusivo…

[1] Se les notifica a los lectores de la página electrónica que la primera cuartilla de este texto es prácticamente idéntica a la última del texto pasado, mas se repite porque en la versión impresa salió mutilada en todo este segmento.

[2] Una vez demolido el edificio, el terreno baldío albergo durante varios años las funciones del Gran Circo Vázquez Hermanos.

[3] Hoy también desaparecido.

[4] Durante su ausencia fue designado como director interino Carlo J. Meneses, a la sazón director de la Orquesta sinfónica del plantel y uno de los responsables del la consolidación del movimiento sinfónico nacional.

[5] Comenzó a funcionar desde 1908, teniendo como miembros a profesionales y aficionados. La fundó Julián Carrillo.

[6] Se recomienda la audición de obras compuestas por estos personajes. Audio 1: Silvestre Revueltas – Sensemayá (Orquesta Sinfónica de Xalapa. Luis Herrera de la Fuente, director. OPUS MAGNUM, 1992). Audio 2: Blas Galindo – Sones de mariachi. ( Royal Philharmonic Orchestra. Enrique Bátiz, director. ALFA, 1992).

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