Laos: el regreso de Obama a la escena del crimen

Barack Obama a su llegada al aeropuerto de Laos. Foto: AP / Gemunu Amarasinghe Barack Obama a su llegada al aeropuerto de Laos. Foto: AP / Gemunu Amarasinghe

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El presidente Barack Obama regresó al escenario del crimen masivo cometido por Estados Unidos: Laos, país que recibió durante una década bombas como gotas de lluvia.

El pequeño país del sudeste asiático es el más bombardeado per cápita del mundo. Aquella operación militar, una de las más mezquinas en un tiempo en que Estados Unidos las coleccionaba, sigue matando a la población y entorpeciendo el desarrollo del país.

La ignorancia sobre esa tragedia contrasta con la abundante filmografía y literatura sobre la guerra en la vecina Vietnam. Aviones estadounidenses lanzaron más de 2,5 millones de toneladas de bombas entre 1964 y 1973 en 580.000 misiones, a una media de misión cada ocho minutos. Son más bombas de las que cayeron conjuntamente sobre Japón y Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Causaron un número indeterminado de muertes, obligaron a centenares de miles de personas a desplazarse o a vivir enterrados, borraron aldeas y ciudades y dejaron un perdurable legado.

Diez de las 18 provincias del país continúan hoy “seriamente contaminadas” tras haber recibido 270 millones de bombas racimo. Son 210 millones más de las que lanzó Estados Unidos en las tres guerras de Irak. Están diseñadas para estallar antes de tocar el suelo y esparcir artefactos del tamaño de una pelota de tenis con un radio destructivo de 30 metros. Pero los errores de fabricación impidieron que la cuarta parte detonara. Sólo un 1 % de ellas han sido desactivadas cuarenta años después, según la ONG Legacies of War. En 2008 aún mataban a 300 personas anuales, hoy “sólo” a una cincuentena. Algunas áreas del país probablemente nunca serán limpiadas, sostiene la ONG.

Casi la mitad de los 20.000 muertos desde el final de la guerra han sido niños que por sus colores vivos y formas redondeadas las confundieron con juguetes. La pobreza extrema del país explica que también mueran campesinos, quienes asumen el riesgo de arar tierras peligrosas, y chatarreros, que buscan unas monedas a cambio del metal. En Laos, un país en vías de desarrollo y eminentemente agrícola, buena parte del territorio no se puede cultivar y algunas infraestructuras han sido frenadas por el riesgo de detonaciones. No es raro que los niños abandonen la escuela para cuidar a sus padres minusválidos.

“Ayudar a Laos es una obligación moral”, asumió Obama la semana pasada en Laos durante la cumbre ASEAN que agrupa a las naciones asiáticas. “Sabemos que los remanentes de esa guerra siguen destrozando vidas”, añadió.

La intervención del primer presidente estadounidense que pisa Laos se antoja corta. Primero, porque como ocurrió recientemente en Hiroshima, evitó las disculpas. Y después, porque los 90 millones de dólares prometidos durante los próximos tres años son decididamente ridículos si los comparamos con los 16 mil millones que costaría limpiar el país de bombas estadounidenses o con los 17 millones de dólares diarios que gastaba en aquellas misiones aéreas. En apenas diez días de bombardeos invirtió más que en labores de desactivación en los últimos 24 años. La eliminación completa de bombas en Laos sólo le supondría el 3 % de su gasto militar de 2014.

Peter Kuznick, historiador de la American University, agradece que esta vez señalara a su país como el culpable y evitara etéreas frases de sujeto indeterminado como aquella “la muerte cayó del cielo” escuchada en Japón.

“Colocó la culpa en Estados Unidos, donde tiene que estar. Aunque después se evadió y dijo que ‘Comparto el reconocimiento del sufrimiento y sacrificios de todas las partes del conflicto’. Es una extraña e inmoral fórmula dado que una parte estaba tirando bombas y la otra las estaba recibiendo”, señala por email a Apro.

La operación fue, además, ilegal. Laos era neutral por el tratado firmado en Ginebra en 1962 pero pronto quedó arrastrada por la teoría del dominó por la que Washington pretendía embridar el comunismo en cualquier parte del mundo y a cualquier precio. La decisión fue tomada por un puñado de gerifaltes y ocultada al Congreso en flagrante violación de la ley estadounidense. Sólo siete años después del inicio de los bombardeos, el presidente Richard Nixon fue forzado a admitir públicamente la operación.

La “guerra secreta” exigió que los militares negasen primero los bombardeos y después asegurasen que sólo atacaban objetivos militares. La prensa fue prohibida para evitar los efectos que en la opinión pública causaban las fotos de niños vietnamitas abrasados con napalm. “Lo ilegal lo hacemos inmediatamente, lo inconstitucional nos lleva un poco más de tiempo”, resumió el secretario de Estado y premio Nobel de la Paz, Henry Kissinger.

El ritmo de las misiones se cuadriplicó después de que Estados Unidos rebajara su campaña en Vietnam. “Bueno, teníamos todos esos aviones ahí y no podíamos dejarlos sin hacer nada”, explicó un representante en el Comité de Relaciones Internacionales del Senado en 1969.

Laos estaba en el momento y lugar equivocados. La operación buscaba romper la Ruta Ho Chi Minh por la que se abastecían las tropas de Vietnam del Norte y las guerrillas del Vietcong en Vietnam del Sur. Los bombardeos buscaban borrarla del mapa por lo que los civiles no fueron en este caso víctimas colaterales sino el objetivo.

Laos era entonces un polvorín, con los comunistas de Pathet Lao apoyados por Vietnam del Norte librando una guerra civil contra el gobierno fiel a Washington. Estados Unidos reclutó y entrenó a la etnia hmong y colocó al frente al sanguinario Vang Pao, quien utilizó a niños soldados cuando se acumularon las bajas y se financió con el tráfico de opio. Todas esas operaciones tenían el beneplácito de Estados Unidos, que incluso prestaba sus aviones para transportar la droga. Pero la ayuda más decisiva llegó de los pertinaces bombardeos. Los aviones no podían aterrizar cargados de artillería así que cuando no encontraban sus objetivos en Vietnam se dirigían a Laos.

El drama ha sido descrito en el imprescindible libro Voices from the Plain of Jars: Life under an Air War por Fred Branfman, un activista en Laos. Así lo recuerda una campesina superviviente: “Los aviones bombardeaban todos los días. Después de que bombardearan mi pueblo, bombardearon las carreteras y los caminos y destrozaron completamente los arrozales. Tuvimos que cavar agujeros cada vez más alejados porque teníamos miedo. Cuando llegaban los aviones estábamos tan asustados que ni siquiera comíamos. Sentía lástima por mis hijos porque cuando venían los aviones no dejaban de llorar. Estaba tan asustada que ni siquiera podía cerrar mis ojos por la noche. En 1968 no quedaba ninguna casa en mi pueblo y todos mis búfalos y vacas estaban muertos”.

“Los bombardeos fueron relativamente ligeros hasta 1967. Cuando Nixon tomó el poder, todas las reservas desaparecieron. La vida se volvió imposible en los pueblos. La gente se escondió en las junglas y sólo trabajaban durante la noche. Vivieron en cuevas, en trincheras o agujeros (…) Lo que hizo Estados Unidos en Laos fue horrible, pero no diría que fue peor que lo que hizo en Camboya o Vietnam. Todo formó parte de la de la misma atrocidad absoluta, uno de los crímenes más inhumanos de toda la Historia”, añade Kuznick.

La siniestra ironía es que los millones de muertos en Camboya, Vietnam y Laos no sirvieron para frenar al comunismo sino para apuntalarlo. Pathet Lao alcanzó la victoria en 1975, dos años después de que Estados Unidos detuviera los ataques con la firma de los acuerdos de paz en París. Vietnam del Norte también se impuso y los comunistas siguen mandando hoy en el país. Y sólo el rencor por los bombardeos posibilitó que una pequeña guerrilla como los jemeres rojos aglutinara el apoyo necesario para llegar al poder en Camboya. Pol Pot y sus secuaces aniquilarían a la cuarta parte de su pueblo en un caso único de autogenocidio. El actual primer ministro, Hun Sen, es un exjemer rojo.

Las bombas racimo son especialmente dañinas porque su desactivación es complicada y siguen matando civiles muchos años después del fin de la guerra. Estados Unidos no figura entre los 116 firmantes de la Convención contra las bombas racimo que prohíbe su uso, fabricación, venta y almacenamiento. Desde el 11-S las ha utilizado en Afganistán, Irak y Yemen y las ha vendido a Israel (que las utilizó contra Líbano en 2006) y Arabia Saudí.

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