Seguir siendo humanos… en Siria

PARÍS (apro).- “Se necesitaría un libro entero para describir la hambruna que azota a la cárcel de Saydnaya. Un instante después de que acabábamos de comer empezábamos a arrastrarnos por el piso de la celda en busca de un grano de arroz o de bulgur (trigo). Nos veíamos como pollos. Muy de vez en cuando nos traían naranjas. Nos las comíamos toditas: la cáscara, las hojas… todo. Por supuesto, nos comíamos también los huesos de las aceitunas. Solíamos cortarlos en dos o tres pedazos. No quedaba nunca la mínima huella de comida en la celda… Comíamos absolutamente todo lo que nos traían…”.

Habla Jamal A., expreso del régimen de Bachar el Assad. Cuenta cómo logró mantenerse con vida en el inframundo de las celdas sobrepobladas y hediondas de la cárcel militar de Saydnaya, considerada como la peor de Siria.

“Después de algún tiempo inventamos un sistema de intercambio comercial –sigue diciendo–. Entendimos que nos íbamos a morirnos todos de inanición y que nos tocaba buscar la manera de compartir la comida. Soy comerciante de oficio. Tenía negocios en Damasco y por lo tanto tomé la iniciativa de fijar los precios. Nuestra moneda era comida y ropa. Cada día los presos se me acercaban con un pedazo de pan, una cucharada de arroz o de mermelada para preguntarme cuánto valía su mercancía”.

Precisa:

“En realidad todo empezó cuando uno de mis compañeros de infortunio me dijo que había perdido toda esperanza de salir vivo de ese lugar. Me confesó: ‘Ni siquiera siento coraje. No pienso en mi mujer. Tampoco recuerdo a mis hijos… Lo único que siento es hambre. Me siento hambriento. Sólo pienso en comida’.

“Estaba sentado a su lado y me preguntaba cómo podía ayudarlo. ¡Estábamos luchando tan duro para sobrevivir! Si yo te daba mi comida, me podía morir, pero si tú me regalabas la tuya, pues corrías el riesgo de morir…

“Finalmente acabé dándole la mitad de mi pedazo de pan y toda mi ración de arroz. Y fue así como empezó nuestro intercambio comercial porque en realidad no le regalé comida sino que le propuse una transacción. Le expliqué que la mitad de mi pan le iba a costar un pedazo de pan entero, pero que él me podía pagar a plazos dándome la cuarta parte de su ración de pan durante cuatro días seguidos. Se trataba de un préstamo con intereses”.

Enfatiza Wael, compañero de detención de Jamal A.:

“¡Estábamos tan hambrientos todos y nos sentíamos tan miserables! Pero ese comercio nos ayudó a sobrevivir. Fue lo que nos permitió repartir la comida entre quienes sufrían más. Fue también lo que nos mantuvo con la mente activa. Estábamos siempre planeando, negociando, regateando, discutiendo o defendiéndonos. En otras palabras, seguíamos siendo humanos. Antes, un solo pensamiento ocupaba nuestro cerebro: comer, comer, comer. Después empezamos a cooperar, a actuar todos juntos. Poco a poco nos pusimos a intercambiar comida por ropa, porque la gente sufría mucho frío…”

Jamal A. y Wael viven ahora fuera de Siria en un campo de refugiados. Los investigadores de Amnistía Internacional (AI) que los entrevistaron no especifican a qué país tuvieron que exiliarse.

Sus testimonios salen publicados en El infierno de las cárceles sirias, un informe demoledor queAI dio a conocer el pasado 18 de agosto y en el que la organización arroja luz sobre la tragedia de decenas de miles de presos sometidos a tratos inhumanos.

Basándose en los relatos de 65 exdetenidos, Amnistía describe las distintas técnicas de torturas que el régimen carcelario sirio inflige a los presos e ilustra estas descripciones con dibujos.

Según un estudio de Human Rights Watch citado por AI, se estima que 17 mil 723 presos murieron durante su cautiverio entre el principio del conflicto sirio, en marzo de 2011, y diciembre de 2015.

“Esa cifra equivale a un promedio de 300 fallecimientos por mes. La situación se degradó en forma vertiginosa. Entre 2001 y 2011 habíamos podido documentar un promedio de 45 muertes violentas mensuales en las cárceles sirias. Y eso nos parecía ya una situación de extrema gravedad”, destaca Amnistía Internacional.

La organización hace también particular hincapié en la increíble capacidad de resistencia de los presos –civiles de todos los estratos sociales y de todas edades— que en su inmensa mayoría sólo aspiraba a una apertura democrática del régimen.

El caso de Jamal A., que volvió a crear relaciones humanas en el sótano dantesco de la cárcel militar de Saydnaya, es el más emblemático, pero Amnistía International cita otros ejemplos de esa voluntad férrea de los presos para escapar de la demencia y de la muerte. A veces su estrategia de sobrevivencia resulta atrozmente paradójica.

“Los guardianes nos obligaban a seleccionar de entre nosotros a los cinco presos que se llevaban diariamente a la sala de tortura –relata un expreso–. Nos organizábamos para salvar a los muy jóvenes y a los ancianos. Formamos un grupo de veinte hombres fuertes. Tres de nosotros casi siempre se ofrecían como voluntarios. Yo era uno de estos tres porque necesitaba gritar. Estaba muy preocupado porque me había vuelto completamente insensible. Había dejado de sentir dolor físico y ya no sentía emociones. Eso puede parecer extraño, pero yo era voluntario para la tortura porque ansiaba volver a sentir algo”.

Asegura otro:

“Me obligaban a quedarme sentado durante una hora y a mirar cómo apaleaban a los detenidos. Los golpeaban con todo tipo de artefactos: mangueras, barras de silicón o barras de hierro a las que habían amarrado bolas con clavos. Las tres primeras veces que me tocó presenciar ese siniestro espectáculo me puse a llorar. Me castigaron golpeándome también. Debíamos quedarnos impasibles durante toda la hora. Entonces empecé a decirme que lo que vivía y veía no era real, que se trataba de una película de terror que iba a acabar pronto…”

Confía un tercero:

“Uno cree que en la cárcel la mejor manera de parar el curso del tiempo es pensar en su familia y en sus amigos. Pero muy pronto uno aprende a despegarse de ellos. Empecé a olvidar. Me olvidé por completo del rostro de mis amigos de la universidad. Luego me olvidé de todos los rostros de la gente que había conocido en los años que precedieron mi detención. Me remonté más y más lejos en el pasado, y me olvidé de más y más gente hasta sólo conservar el rostro de mi madre tal como lo veía cuando yo era muy joven”.

En 1947 Primo Levi, sobreviviente del campo de exterminación de Auschwitz, publico Si esto es un hombre, uno de los primeros grandes testimonios sobre el holocausto. El libro, hoy considerado como una lectura imprescindible sobre el tema, pasó totalmente desapercibido en Italia y en el resto de Europa. Fue sólo a partir de 1963 que empezó a tener el eco mundial que merecía.

Escribe Primo Levi en Esto es un hombre:

“Entonces nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro: nos han quitado las ropas, los zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán, y si nos escuchasen no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre permanezca algo nuestro, algo de lo que hemos sido”.

Jamal A., Wael y algunos de sus compañeros entrevistados por Amnistía Internacionalsupieron preservar en la cárcel de Saydnaya “algo de lo habían sido”.

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