La irrelevancia de México en América Latina

Integrantes de las FARC en Putumayo, Colombia. Foto: AP / Fernando Vergara Integrantes de las FARC en Putumayo, Colombia. Foto: AP / Fernando Vergara

BOGOTÁ (apro).- Dentro de unos días, Colombia vivirá el suceso histórico más importante de sus últimos 50 años: la firma de la paz con la guerrilla de las FARC.

Y ese hecho, cuyos protagonistas centrales serán el presidente colombiano Juan Manuel Santos y el jefe máximo de esa organización insurgente, Timoleón Jiménez o Timochenko, será también un acontecimiento histórico para América Latina.

No sólo porque las FARC son la guerrilla más antigua y poderosa del hemisferio, sino porque su enfrentamiento con el Estado colombiano durante más de medio siglo era ya un anacronismo en una región donde la izquierda puede llegar al poder por la vía electoral.

La guerra con este grupo armado ha impactado a toda América Latina. Basta recordar que el conflicto con las FARC ha servido para justificar la presencia militar de Estados Unidos en Colombia, con todo lo que esto implica para el equilibrio geopolítico en la región.

La incidencia estadounidense en Colombia ha ido mucho más allá de la asesoría militar y ha incluido su participación en operaciones de inteligencia y el suministro de armamento. Con frecuencia ha tenido la fachada de cooperación para combatir el narcotráfico.

La guerra interna en Colombia ha afectado de manera directa a naciones vecinas como Ecuador, Venezuela y Panamá, hacía donde han huido miles de desplazados por la violencia. Pero, además, las FARC han usado las fronteras comunes con esos países como retaguardia estratégica.

El peso de la coca

El conflicto colombiano ha estado atravesado por el narcotráfico, un fenómeno que por la violencia que lleva implícita, estremece en lo más profundo a México, los países centroamericanos, Venezuela y, desde luego, a Colombia.

La producción de hoja de coca y de cocaína ha sido el combustible de la guerra en Colombia desde finales de los 80, cuando se convirtió en su principal fuente de financiamiento. Y todo lo que ocurra en este país en materia de cultivos ilícitos tendrá un efecto regional, especialmente en México y Centroamérica, donde están las rutas de acceso de las drogas al mercado estadounidense.

Uno de los seis pactos del Acuerdo Final de Paz entre el gobierno colombiano y las FARC es el de “solución al problema de las drogas ilícitas”, mediante el cual esa guerrilla se compromete a desvincularse de cualquier relación que pudiera haber tenido con el narcotráfico y a trabajar con el gobierno en un programa de sustitución de cultivos ilícitos.

Esto, sin duda, significará una reconfiguración del negocio del narcotráfico en la región, en el cual los carteles mexicanos tienen un papel central.

Por todo esto, la ceremonia de la firma de la paz con las FARC, que tendrá lugar el lunes 26 de septiembre en el balneario caribeño de Cartagena, será un acontecimiento con sabor a cambio de época. Cuenta con el aval de la comunidad internacional y, desde luego, de toda América Latina.

A Cartagena, donde el presidente Juan Manuel Santos y Timoleón Jiménez sellarán con sus firmas el fin de la guerra, llegarán 13 presidentes latinoamericanos, entre ellos Raúl Castro, de Cuba, país anfitrión y garante del proceso de paz con las FARC, junto con Noruega.

Está confirmada, además, la asistencia de los presidentes Michelle Bachelet, de Chile; y Nicolás Maduro, de Venezuela; que fueron acompañantes de la negociación de paz.

Según la canciller colombiana, María Ángela Holguín, también estará presente el mandatario mexicano Enrique Peña Nieto, cuyo gobierno –atrapado en el descrédito por acontecimientos como la invitación de Donald Trump a Los Pinos, la noche de Iguala, Tlatlaya, Tanhuato, Nochixtlán y la “Casa Blanca”— ha acentuado la irrelevancia de México en los grandes asuntos de la región, entre ellos, desde luego, el proceso de paz con las FARC.

Cuando este arrancó, en 2012, el entonces presidente de México, Felipe Calderón, rechazó una solicitud de su colega colombiano, Juan Manuel Santos, para que su país fuera acompañante de los diálogos con las FARC.

El argumento del panista, que en su momento causó desconcierto en Colombia, fue que si en calidad de acompañante reconocía a las FARC como interlocutor político, corría el riesgo de que los carteles mexicanos de la droga pidieran a su gobierno el mismo estatus.

Cuando Peña Nieto fue electo presidente dijo que una de sus prioridades sería “recuperar los espacios y la presencia de México en América Latina y el Caribe”, pero nunca pudo. Los problemas internos lo dejaron atado de manos en el escenario internacional.

Históricamente, México había sido protagonista en los procesos de paz de la región, como el de El Salvador y Guatemala, en los 80 y los 90. Incluso, Tlaxcala fue sede, en 1991, de unos diálogos entre el gobierno colombiano y las FARC.

Y México fue parte del grupo de países amigos del proceso de paz entre esa guerrilla y el gobierno del presidente Andrés Pastrana, entre 1999 y 2002.

Como dice a Proceso la internacionalista Sandra Borda: “México ya venía en una especie de ocaso en materia de liderazgo a nivel regional, en buena parte por los temas a nivel interno, pero si además de eso recibes casi como un estadista a alguien que te ha insultado como Trump, pues ahí sí que nadie te vuelve a mirar”.

Es un hecho que Peña Nieto tendrá un lugar marginal en la foto de la paz en Cartagena.

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