China: la diplomacia del panda

BEIJING (apro).- El símbolo nacional de China y de muchas organizaciones animalistas está enhorabuena: el panda ha dejado de estar en peligro de extinción, según la última lista de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Este fósil viviente de manchas negras sobre su pelaje blanco es ahora “vulnerable”, lo que supone pasar del cuarto al quinto peldaño en una escala de nueve.

Existen pocas relaciones tan estrechas en el mundo entre un país y un animal como la de China y el panda. No es raro que los nacimientos de pandas en zoológicos encabecen los noticiarios, ni que algunos ejemplares reciban la atención mediática de las estrellas de Hollywood.

Tres años atrás abrió un canal para retransmitir en directo al centenar de ejemplares de un centro de Chengdú, una suerte de Gran Hermano, con 28 cámaras encendidas durante las 24 horas.

El peludo plantígrado, decididamente adorable, ejerce también las relaciones públicas en un país que no disfruta de la mejor reputación global. Lo resumió años atrás Cu Tiankai, máximo representante diplomático chino en Estados
Unidos: “Hay dos embajadores chinos en Washington: yo y el cachorro de panda del Zoológico Nacional”.

La diplomacia del panda explica las transformaciones del gigante asiático: ese animal ha servido para romper su aislamiento internacional, fortalecer vínculos con gobiernos de la misma cuerda, celebrar acontecimientos históricos y, últimamente, como arma política y económica.

Wu Zetian, la única emperatriz china, inició la tradición en el siglo VII regalando una pareja de pandas a su homólogo japonés. Madame Chiang Kai-shek retomó la práctica en 1941 con otra pareja destinada al zoológico del Bronx para agradecer la ayuda estadunidense durante la Segunda Guerra Mundial. Y Mao Zedong, el Gran Timonel y fundador de la república, popularizó el envío de pandas a aliados comunistas como la antigua Unión Soviética o Corea del Norte.

Algunos de los mayores acontecimientos de la Historia reciente también están ligados a los pandas. Estados Unidos recibió una pareja dos meses después de la visita del presidente Richard Nixon en 1972, que propiciaría el ingreso de China en la ONU y el fin de su ostracismo global. Dos pandas llegaron en señal de amistad a Hong Kong en 1999 para conmemorar el fin de la época colonial británica y el regreso a la madre patria celebrado dos años antes.

China ha enviado al resto del mundo, en el último medio siglo, a 64 ejemplares. Paradójicamente son Japón, su principal rival asiático, y Estados Unidos, su contendiente global, los que encabezan la lista con 14 y 13 animales, respectivamente. Sólo México cuenta con pandas en Latinoamérica, desde que en 1975 llegaron Yingying y Beibei. El zoológico de Chapultepec fue el primero en lograr un nacimiento fuera de China, y la pareja es aún la más prolífica en el exilio tras haber engendrado a siete cachorros, de los que cuatro han sobrevivido.

Los pandas han servido para aliviar tensiones o como armas diplomáticas en contextos complicados. Beijing tuvo que esperar cuatro años para que Taiwán los aceptara, porque los sectores independentistas de la isla rebelde los veían como caballos de Troya. No ayudó a vencer las reticencias que la pareja se llamara Tuan Tuan y Yuan Yuan, que en mandarín significa Reunificación. Sólo la subida al poder de Ma Ying-Jeou, más afín a Beijing, desatascó el problema.

Otras veces han servido de elemento de presión, normalmente con el Dalai Lama de por medio. China insistió a Estados Unidos para que repatriara dos pandas en 2010 tras una reunión de Barack Obama con el líder espiritual del Tíbet. También aclaró a Austria que cualquier contacto con él arruinaría la planeada llegada de los pandas.

El devastador sismo de Sichuan en 2008, que causó casi 100 mil muertos y destrozó 23% del hábitat de los pandas, estimuló la práctica por la necesidad imperiosa de encontrarles nuevos acomodos. También a partir de entonces cambiaron las intenciones, sostiene un estudio de la Universidad de Oxford de 2013. Muchas de las entregas están relacionadas con contratos tecnológicos o de recursos naturales. El zoológico de Edimburgo recibió dos pandas poco antes de que se cerraran acuerdos en materia de salmón, energías renovables y vehículos por un valor de 4 mil millones de dólares. Escocia relevó así como suministrador de salmón a Noruega, que acababa de sufrir las sanciones por la concesión del Premio Nobel de la Paz al disidente Liu Xiaobo.

Los investigadores también certificaron que parejas de pandas llegaron a Canadá, Francia y Australia coincidiendo con acuerdos comerciales sobre uranio, que China necesita para incrementar su capacidad nuclear.

Beijing también ha modificado las condiciones de la diplomacia del panda. Aquellos generosos regalos son ahora préstamos tan farragosos como onerosos. El acuerdo con el país receptor requiere de las firmas de los ministerios de Construcción, Bosques y Exteriores antes del visto bueno del primer ministro chino.

Los científicos estudian si las instalaciones son adecuadas y ordenan reformas en caso contrario para después empezar a entrenar a los cuidadores. Esas reformas y los 200 mil dólares anuales que cuestan los cerca de 15 kilos de bambú diarios que necesita un panda son sólo las migajas de la factura. El alquiler de cada ejemplar supone un millón de dólares por año y el contrato tipo estipula que sean una pareja. Si tienen descendencia, Beijing recibe otros 600 mil dólares y tiene derecho a reclamar al cachorro cuando cumpla tres años. Algunos zoológicos ya han alegado problemas económicos para plantearse el final del préstamo si no cambian las condiciones.

Su salida de la lista de animales en peligro de extinción ha incomodado a China, que ve en la medida un exceso de triunfalismo y teme que se acentúe el debate sobre los excesivos recursos destinados a su emblema nacional. La organización con sede en Suiza alude a criterios numéricos. Su población ha pasado de los mil 596 ejemplares en estado salvaje en 2004 a mil 864 en 2014. Hay otros 375 en cautiverio (217 en China y 158 en el extranjero). En la década de los ochenta se contaban menos de un millar y los incipientes procesos de industrialización y urbanización que amenazaban sus hábitats dibujaban un panorama tétrico.

China ha aumentado las reservas, protegido los bosques de bambú, prohibido las talas, creado corredores para que las comunidades interactúen y perseguido con saña la caza furtiva.

La Administración Forestal Estatal de China alude a la letra pequeña. Las 33 comunidades de pandas parecen muchas, pero 24 de ellas están en peligro. Muchas tienen menos de una treintena de miembros y 18 no alcanzan la decena, lo que complica su reproducción. Los corredores han aumentado, pero la amplitud de algunos no supera el kilómetro. La superficie de bosques de bambú crece, pero asoma la amenaza del calentamiento global que podría reducirla en 35% en los próximos 80 años. Y Sichuan, la provincia que concentra al 80% de los pandas en libertad, registra una continua actividad sísmica.

Algunas entidades conservacionistas habían lamentado ya que los pandas concentren demasiada atención, recursos económicos y políticos. Otros animales como los insectos, menos adorables, pero mucho más relevantes para el ecosistema, son ignorados. Preservar los bosques de bambú, su única dieta, es muy costoso y no beneficia más que a los pandas. China ha mostrado menos afecto por otras especies autóctonas como los delfines de río, castigados por la presa de las Tres Gargantas, o los pangolines, que en el sur del país acaban en estofados.

Ninguna medida sobra en China para salvar a su símbolo animal. Desde 1963 acude a la inseminación artificial para contrarrestar su abulia sexual. Su época de celo apenas dura unos días al año y los esfuerzos para estimularles, incluso con películas pornográficas y viagra, son de eficacia escasa. El cuadro se agrava con sus serios problemas reproductivos. El 90% de los machos son estériles y 78% de las hembras no pueden quedar preñadas. Las crías apenas pesan un centenar de gramos (mil veces menos que un adulto) y no pueden moverse durante sus cinco primeros meses, lo que dificulta su supervivencia en estado salvaje.

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