Un siglo y medio de Conservatorio (VII de VII)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Con esta entrega concluimos la serie dedicada al Alma Mater de nuestra música, no estando por demás recordar que adoptamos sus aposentamientos físicos como espejos de su problemática y de los desatinos gubernamentales que han venido afectándola a lo largo de su historia. Así, apuntamos que en sus primeros 81 años de vida, el Conservatorio deambuló en condiciones de precariedad extrema, concluyendo con el usufructo de su séptima sede (1914-1947), donde transcurrió 33 años en medio del caos sonoro.

Asimismo, anotamos que la carencia de un auditorio propio fue la norma ‒salvo la efímera existencia del Teatro del Conservatorio que se ubicaba a un par de cuadras de su quinta sede, demolido arbitrariamente‒ y que se resolvió con la renta de los teatros Arbeu y Renacimiento y con la utilización de otros espacios igualmente inadecuados.[1]

Pero antes de encaminarnos a la construcción de su siguiente sede, es menester detenernos en los avatares que trajo consigo la ocupación de la silla presidencial por parte de Venustiano Carranza. Por un lado se verificó un cese total de la plantilla de maestros ‒en gran medida por haber sido empleados de las administraciones de Victoriano Huerta y de Francisco S. Carvajal‒, con una consecuente clausura de actividades[2], pero por otro se implementó, por vez primera (una vez reabierto), un programa pionero en cuanto al giro que debía dársele al Conservatorio, dejando de ser una escuela de iniciación, para convertirse en un centro de educación superior que formara, tanto a alumnos con un talento comprobado para la música, como a maestros especializados en ejercer la docencia musical. El evolucionado plan contempló la creación de escuelas preparatorias anexas al Conservatorio, donde a la par de la instrucción regular, a los educandos se les avivaban las facultades musicales en un ambiente del que surgiría la deseada profesionalización. El propio Carranza lo expresó en estos términos:

“El mejor plan de estudios para el Conservatorio Nacional de Música, será aquel que, partiendo de nuestro medio ambiente y de nuestra idiosincrasia fije en el vasto territorio nacional las bases del arte músico y del teatral; para conseguirlo, es necesario que el establecimiento docente de que se trata, no sólo atienda a la formación de concertistas, sino también a preparar verdaderos maestros de música que, haciendo un estudio especial de la ciencia pedagógica en sus aplicaciones a la enseñanza de la materia, salgan aptos para ejercer el magisterio…”

Huelga decir que la idea promulgada por Carranza ‒prohijada también por Adolfo De la Huerta y José Vasconcelos cual titular de la Secretaría de Instrucción Pública‒ sobre la necesidad preparar masivamente a la juventud ‒y a los maestros que habrían de guiarla‒ para que de ahí se seleccionaran los mejores candidatos que ingresarían al Conservatorio era brillante y que abría el camino para la necesaria depuración del alumnado, con la consecuente excelencia que la música exige. Además, por supuesto, de haberse contemplado sabiamente que la formación del músico mexicano debía cimentarse en patrones propios, emanados de su realidad sociocultural específica, empero, el asesinato de Carranza y la breve estadía presidencial de De la Huerta ‒el único mandatario que hemos tenido con una formación musical completa (era cantante distinguido)‒ impidieron que la idea cristalizara como se había planeado, diluyéndose en programas ineficaces llevado a cabo por maestros sin la preparación adecuada… Mas esto pertenece a la problemática y la abordaremos al final del texto, no obstante, debemos señalar que con estas medidas se esparcieron las semillas del exacerbado sentir nacionalista que habría de brotar poco después (recordemos al muralismo y a las grandes músicas inspiradas en temas y ritmos autóctonos).[3]

Enunciado lo anterior, es momento de proyectarnos a los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, puesto que en ellos surgió la posibilidad de buscarle un nuevo acomodo al Conservatorio ‒ya anotamos que los ruidosos tientos estudiantiles llegaban hasta Palacio Nacional‒, otro que debería ser definitivo, dadas las penurias acumuladas en ocho décadas. Por tanto, la cancelación de las relaciones diplomáticas entre México y Alemania consintió que se expropiara un terreno inmenso donde se asentaba el Club Hípico de la colonia germana en el D. F. (ahí se ejercitó, entre otras, la caballería de la Gestapo destinada a México y hubo colgadas fotografías de Hitler). Los 53 mil metros cuadrados del terreno daban para destrabar la fantasía de quien quisiera imaginarse una escuela de música ideal faltando, nada más, que el gobierno absorbiera los costos de un gran proyecto arquitectónico.

Se deben a Carlos Chávez[4] los diálogos con la Presidencia, de los que emanó la orden de echar a andar la construcción que vendría a situarse en la futura avenida más elegante de Polanco (Av. Presidente Mazaryk). Si se trataba de darle a la nación un Conservatorio a la altura de sus posibilidades ‒durante el sexenio de Miguel Alemán se creyó que México estaba accediendo a la “modernidad” y, efectivamente, las arcas del gobierno rebosaron de dinero‒, no habría limitación de fondos. Y para canalizarlos hacia el sueño hecho realidad, se contrató a uno de los arquitectos más cotizados. Se trató de Mario Pani quien, coincidentemente se publicitaba como músico aficionado.

Al concebir su proyecto, Pani se enfocó en la monumentalidad y trató de conciliarla con la belleza de las formas, dentro de un entorno que propiciara la recreación de la vista y el sosiego del espíritu. Jardines en abundancia, fuentes gigantes, esculturas y espacios pletóricos de luz fueron parte de su atractivo, además de convertir las canchas de tenis del Club en cancha de futbol y de respetar la alberca al aire libre. En cuanto al edificio, una suerte de diapasón con dos teatros ‒uno al descubierto y otro techado‒, los inmensos ventanales fueron la novedad. No hubo reparos y se fijó una fecha para su culminación (como máximo a inicios de 1948), empero, la obra sufrió retrasos y al Conservatorio volvió a transferírsele a otra sede provisoria (a un piso de la Escuela Normal, miserable, estrecho y disfuncional), la cual vendría a sumarse como la octava de la serie. La transitoriedad de esta nueva mudanza duró dos años, en los que las actividades académicas estuvieron a punto del colapso.

Finalmente se procedió con la esperada ocupación del recinto ‒el noveno de la lista‒ y su inauguración tuvo toda la pompa imaginable (Marzo de 1949). Discursos laudatorios al mandatario, vítores para el arquitecto y, como era de esperarse, un concierto de bienvenida, sin embargo, atrás de la apariencia volvió a asomarse el hocico descarnado de la verdad. El señor arquitecto cometió pifias injustificables, mas su egolatría las pasó por alto. Empezando por el problema central del aislamiento acústico que ni siquiera fue motivo de preocupación, el edificio no dispuso de las suficientes aulas para albergar todas las clases, ni de los suficientes cubículos de estudio. Tampoco apareció un lugar destinado para biblioteca ‒en el inicio hubo de situársele en un ático mal iluminado y de difícil acceso‒ y con respecto al auditorio cubierto, el fiasco fue rotundo: no tuvo elevador de carga, ni taquilla, ni un sistema de iluminación efectivo, ni camerinos… ¿Y su acústica?… Mala y dispareja.

¿Y acaban ahí los desvaríos? Claro que no. Vinieron después las mutilaciones, llegando hasta el colmo ‒ya con la aparición del CONACULTA‒ de orquestar su venta en pos de erigir un Centro Comercial. Digamos sucintamente, que de la enormidad original, sobrevivieron los actuales 22 mil cuadrados y que de las tres mutilaciones la más indigna fue la de la zona perimetral norte sustraída para facilitar la vialidad de la Avenida Las Palmas (las otras dos fueron la aviesa concesión de Echeverría a la Embajada de Cuba y la gruesa franja destinada para otra Escuela Normal). ¿Y qué pasó de haberse derruido para moverlo a una décima sede? Pues más de lo mismo: se construyó un elefante blanco ‒en el CENART‒ con premisas similares ‒corredores y escaleras privilegiadas en lugar de los salones, mala orientación, peor aislamiento acústico y una cancha de basquetbol en vez de un auditorio‒ y su artífice (Teodoro González de León) se justificó declarando que conocía el trabajo de Pani desde dentro…

¿Y qué podríamos añadir sobre la problemática? Nada nuevo, salvo que es la metáfora musical de los tumbos que da el país, siempre en manos de arribistas enfermos de poder, cada vez más vanos e ignorantes. Y dado que las buenas intenciones sucumben ante los extravíos de conciencia, más nos vale alegrarnos por sus 150 años de supervivencia. Nada nos garantiza que el futuro nos depare silencio…

[1] El patio de la Escuela Nacional de Medicina, el actual Museo de Culturas Populares, y el Ex Templo de Santa Teresa.

[2] El cierre se realizó desde agosto de 1914 hasta finales de marzo de 1915.

[3] Se sugiere la escucha de alguna obra alusiva Audio 1: Carlos Chávez – Sinfonía india. (Orquesta Sinfónica de Xalapa. Luis Herrera de la Fuente, director. OPUS MAGNUM, 1992).

[4] Se recomienda, igualmente, la audición de otra obra de Chávez. Audio 2: Carlos Chávez – Zarabanda. (Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México. Enrique Bátiz, director. ASV. 1995)

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