Tres maneras de ver un acuario

Acuario, de Francisco Toledo. Acuario, de Francisco Toledo.

En Nápoles hay un acuario muy famoso; en 1902 Paul Klee lo visitó. Yo fui a conocerlo porque sabía que él había estado ahí. Henri Michaux, gran admirador de Klee, hace una descripción muy bella de un acuario en Un bárbaro en Asia. Años después, cuando Juan Martín me contaba de sus viajes por Europa, me relató lo que le había sucedido durante su visita al acuario. En 1990 la Galería Juan Martín organizó un homenaje a Klee. Yo visité el acuario de Nápoles en 1962 y entre los pulpos no vi ninguna cara conocida.

Acuario, de Francisco Toledo.
Acuario, de Francisco Toledo.

“Diarios”

Paul Klee

(Nápoles, Pascua de 1902)

El acuario es muy interesante. Particularmente expresivos son los bichos sedentarios, como pólipos, estrellas, mejillones. Luego hay unos monstruos reptantes de ojos venenosos, hocico inmenso y buche abolsado. Otros estaban hundidos en la arena hasta la orejas, igual que los seres humanos en sus prejuicios. Los pulpos comunes parecen mercaderes de obras de arte; en especial uno me echaba una mirada confianzuda y comprometedora, como si yo fuese un nuevo Böcklin y él un segundo Gurlitt. ¡Niente affari! Un angelical animalito gelatinoso (transparente-anímico) nadaba de dorso en continuo movimiento, dándole constantemente vueltas alrededor de una fina banderita. El espíritu de un barco hundido.

Acuario, de Francisco Toledo.
Acuario, de Francisco Toledo.

“Un bárbaro en Asia”

Henri Michaux

(Traducción: J. L. Borges)

En Europa un acuario está formado por muchísimos recipientes, piletas y jaulas con cristales donde se encuentra lo que uno ha visto en todas partes, hasta en su plato. En efecto, las inscripciones dicen “trucha”, “perca”, “lucio”, “platija”, “carpa de tres meses, carpa de un año, carpa de dos años”, etcétera; a veces un bagre, y cuando se quieren hacer bien las cosas, un crustáceo, un pulpo y dos o tres hipocampos.

En cambio el acuario de Madrás es muy pequeño. Apenas tiene veinticinco compartimentos. Tal vez no hay dos que sean insignificantes. La mayoría aturde.

¿Qué pez puede rivalizar en rareza con el Antenarius hipsidus? Una gran cabeza bonachona, cabeza gigantesca de filósofo, pero con tanta sabiduría en el mentón como en la frente, un enorme mentón con algo de casco de caballo, no muy salido, pero muy alto. Dos aletas, que son dos patas delanteras sobre las que se encoge como el sapo y el jabalí. Si las mueve a izquierda o derecha o contra los vidrios, esas patas son verdaderas manos con antebrazo, manos fatigadas que no dan más.

Tiene una cresta sobre la nariz, es del tamaño de una rana, de un amarillo de chaleco de franela, con esa misma consistencia y hasta lunarcitos que sobresalen, y uno se pregunta cómo esa ave de corral emplumada no es inmediatamente devorada por los vecinos.

Pasa las horas acurrucado, inmóvil, y tiene un aire estúpido que no miente. Si una presa no pasa junto a su boca no se mueve. Pero si pasa justo a su alcance, entonces sí, las mandíbulas se abren, atrapan, se cierran y hacen “clac”.

Cuando la hembra pone, cuatro metros de gelatina y de huevos le salen del cuerpo.

Entre los Tedrodones la mayoría parece artificial, hechos de marroquín o de tela para pijamas, y los más hermosos de piel de ocelote o de leopardo. Parecen tan rellenos, inflados, deformes. Pero estos odres son unos rabiosos (Tetrodon oblongus, Karam pilachaï); en cuanto hay uno que esté un poco fatigado o enfermo, se juntan, lo agarran, unos por la cola, otros por las aletas delanteras y lo sujetan con fuerza, mientras los demás le arrancan pedazos de la carne del vientre. Es su gran diversión.

No hay uno que conserve la cola entera. Siempre hay algún sadista famélico para tirarle un mordisco antes que tenga tiempo de darse vuelta.

El Mindakanskakasi tiene una mancha oblonga en el ojo. Sobre una hermosa pupila negra tiene la mancha, una gran raya azul oscuro, canal sombrío que se prolonga hasta lo alto de la cabeza.

Cuando está enfermo, no puede mantenerse horizontal. Anda con la cabeza baja y la cola a flor de agua.

Acuario, de Francisco Toledo.
Acuario, de Francisco Toledo.

Juan Martín en el acuario de Nápoles

Juan Martín fue al acuario de Nápoles a la hora en que todo mundo va a dormir siesta, el lugar estaba desierto, era un sitio fresco, por eso se quedó mucho tiempo.

Después de un rato, cuando ya se iba, el guardia le preguntó si ya había visto todo. Juan Martín respondió que sí, y el guardia le dijo que le faltaba ver un pez, que si quería conocerlo tenía que pagarle.

Entonces fueron donde estaba el pez, el guardia sacó un palo de escoba y comenzó a moverlo e irritarlo, el pez empezó a sacar escamas, plumas, cuanta cosa tenía escondida y que sólo aparecían cuando estaba enojado. Juan Martín dijo que era maravilloso, pagó y se fue.

Acuario, de Francisco Toledo.
Acuario, de Francisco Toledo.

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