El priista que todos llevamos dentro

En circulación bajo el sello de Editorial Grijalbo En circulación bajo el sello de Editorial Grijalbo

La frase “El priista que todos llevamos dentro”, que en su momento formuló el panista Carlos Castillo Peraza, atañe a todos por igual, nos dicen María Scherer Ibarra y Nacho Lozano en su libro que lleva precisamente ese título. El volumen, que acaba de ser puesto en circulación por Grijalbo, recoge 37 entrevistas de los autores a políticos, empresarios, artistas, periodistas e intelectuales que abordan el tema. Con autorización del sello editorial, aquí se reproducen dos de ellas.

Luis Estrada, cineasta

Luis Estrada Rodríguez es director, guionista, escritor y pro­ductor de cine. Le dicen El Perrito porque es hijo del famo­so director José El Perro Estrada. Sus filmes más exitosos –La ley de Herodes, El infierno y La dictadura perfecta– comparten como columna vertebral la crítica feroz al sistema político mexicano. Además han sido censurados por los gobiernos en turno, y Damián Alcázar ha sido el protagonista de todos ellos (y del resto de sus películas).

La ley de Herodes es una comedia sobre la corrupción. Un mundo maravilloso es el retrato del gobierno de Vicente Fox. El infierno describe el narcotráfico en México. Y La dictadura per­fecta desnuda la relación entre el gobierno y los medios de comunicación.

Cuando lo entrevistamos, en los estudios Churubusco, es­taba por estrenarse la última.

–¿Has escuchado la frase “todos llevamos un pequeño priista den­tro”?

–No sólo la he escuchado, la he vivido y padecido desde que nací en este país. Seguro la escuché por primera vez de mi padre, que siempre fue muy crítico y muy combativo del sistema. No sé si en algún momento dado yo fui el que de pronto hizo alguna reflexión sobre la forma en la que nos comportamos, sobre la forma en la que nos conducimos en nuestras relaciones profesionales, personales, familiares. Hay siempre este resabio de haber sido producto de un momento y un tiempo histórico en donde creo que la influencia del priato, o del PRI, no era nada más en términos políticos, sino en términos culturales, sociales, económicos, y casi me atreve­ría a decir que también familiares. Sí había una presencia idiosincrásica y cultural de haber sido parte de un sistema porque, quieras o no, si vives en un país en el que la influencia del PRI está en todos los ámbitos, es muy difícil abstraerse de ello.

–¿Incluso en el cine?

–Por supuesto, pero como parte de la cultura del país. Yo creo que si algo ha sido relevante de mis películas, buenas o malas, fue haber roto muchos tabúes que estaban como par­te de un código muy priista sobre qué se puede decir y qué no, con qué instituciones no te debes meter y, por supuesto, con qué personajes no te debes meter. Mis últimas cuatro películas han sido como una prueba de que esa cultura priista también se puede, de alguna forma, combatir. A lo largo del priato, los mecanismos de control en términos de la cultura, pero muy en particular sobre el cine, eran propios realmente de una dictadura. Durante muchísimos años en México para poder filmar una película tenías que someterla a la Secretaría de Gobernación, y como un proceso normal al que todo mundo accedía, tú presentabas tu guión y la Segob te decía qué podías, qué tenías que cambiar de tu película si la querías hacer… Hay historias del siglo XX, que además yo conocí muy bien, de muchas películas que no se exhibieron, una de las más famosas fue La sombra del caudillo. Decidieron que eran películas subversivas o demasiado fuertes por los temas que trataban, y no se exhibieron durante mucho tiempo.

–Eso le pasó a La ley de Herodes…

–La ley de Herodes, en 1999, fue en muchos sentidos una película muy visionaria porque se adelantó a algo que estaba ya como una sensación colectiva de un enorme malestar, de un hartazgo, justamente sobre esa cultura priista. Es decir, es como el huevo y la gallina, no sé qué fue primero. Pero yo me sentía harto, hasta la madre de lo que me había tocado vivir, porque además una generación como la mía no conocía otra cosa, y me atrevo a ser todavía más temerario, no conocemos otra cosa. Si lo que me preguntan es si todos llevamos un priista dentro, creo que los que más notoriamente llevaban un priista dentro fueron los presidentes panistas.

“Me parece que es lo más terrible que le pasó a la expecta­tiva que había en este país sobre una transición, sobre una consolidación democrática. La forma en la que se comporta­ron Vicente Fox y Felipe Calderón es la prueba fehaciente de que, efectivamente, no todos llevamos un priista, sino que hay unos que lo llevan de corazón, lo llevan tatuado en el pecho y en el alma…”

–¿Cuáles son los tabúes que rompió La ley de Herodes?

–Resultó visionaria porque presagió que, de una manera o de otra, el PRI iba a salir de Los Pinos. Creo que estaba en el ambiente, pero atreverse a hablar del PRI, por su nombre, que fue la primera película que lo hizo, atreverse a hablar de Miguel Alemán como el fundador del sistema político mexicano, y a hacer un juego de espejos sobre el presente del país después de la gran crisis del 94-95, y la forma en la que impactó por los temas –los magnicidios, el levantamiento de Chiapas, el efecto tequila, el error de diciembre, los escándalos enormes de corrupción de Carlos Salinas y la familia– no era común. Pero también en términos de historias personales por las que todo el mundo se vio afectado.

“(…) La reacción que hubo de parte del Estado para tratar de impedir que la película se viera en su momento, además de vergonzosa, fue un escándalo de proporciones globales que permitió que la película pudiera llegar a los espectadores. Pero la intención de que la película no se viera no fue ni siquiera de unas personas, no fue ni siquiera del propio PRI, no fue ni siquiera del presidente de la República, sino del sistema, por un miedo muy estúpido…”

–¿Por qué sigue ganando el PRI las elecciones?

–Tampoco existe una cosa con la que puedas uniformar la conducta política de un país; efectivamente, creo que obedece a una suma de particularidades regionales. Nada ejemplifica mejor que la famosa pinta o graffiti de la que ya muchos han hablado: “Que se vayan los pendejos y regresen los rateros”, porque también fue tan desastrosa la hipotética transición o alternancia, que fue determinante para que la gente pensara, con muy mala memoria, que no eran tan malos como pensa­mos (…)”

–¿Tiene razón el presidente en lo que dijo sobre nosotros y nuestra milenaria relación con la corrupción?

–Creo que está simplificado, y es ridículo y escandaloso que lo diga él. Parte de su responsabilidad tendría que ser, justamente, combatirla con el ejemplo.

–¿Cómo ha sido tu relación, como creador, con el PRI?

–Ha variado mucho con los años. Porque también, y aquí sí hay un matiz importante, y a pesar de que todos pertenez­can al mismo sistema político, que todos obedezcan casi a las mismas reglas de ese sistema, sí ha existido el estilo personal de gobernar, que marcó Reyes Heroles. Ese estilo personal de gobernar le ha dado matices y particularidades a cada uno de los presidentes priistas o de los funcionarios priistas. No es lo mismo Echeverría que López Portillo, que De la Madrid, ni que Salinas, ni que Zedillo, ni que Fox, ni que Calde­rón, ni que Peña Nieto. Yo, por ejemplo, me declaro haber sido víctima, y es muy autocrítico lo que te voy a decir, víc­tima pero también beneficiario de la ilusión salinista cuando los primeros cinco años de Salinas…

–¿Y Zedillo?

–Con Zedillo fue con el que tuve la peor historia; fue el presidente que quiso censurar La ley de Herodes. Como cabeza de ese gobierno, de ese Estado y de ese sistema, de pronto vio una amenaza en la película y cometió los actos más vergonzo­sos de los que yo tenga memoria. Tuvo una relación un poco extraña con la cultura porque tampoco le interesaba. Zedillo, después del famoso error de diciembre y del efecto tequila y todo, vaya, no tenía dinero para darse esos lujos de decir: “Este año vamos a producir tantas películas”. Ya casi al final del sexenio trató de enmendar la plana porque el cine nacio­nal tocó fondo. En términos de cantidad de producción y de apoyos por parte del Estado, no ha habido, ni siquiera en los sexenios panistas, un momento tan crítico para el cine y la cultura como el sexenio de Zedillo. Yo creo que a muchos de ellos (presidentes del sexenio zedillista a la fecha) no les gusta, en el caso concreto de mis películas, lo que hago, para cada uno han sido una molestia, una piedrita en el zapato. Fue muy insólita la forma en la que Calderón se expresó de El infierno en una entrevista con Denise Maerker. Le preguntó si había visto la película y primero le dijo que no, que no la había visto –una mentira–. Como si la realidad no fuera suficiente para sepultar sus discursos esquizofrénicos y optimistas.

–¿En algún momento te provocó miedo el PRI?

–Terror, pánico. Cuando ocurrió lo de La ley de Herodes, fue tan fuerte su reacción, se atrevieron a hacer cosas tan ver­gonzosas como tratar de sobornarme, como amenazarme, como estrenar la película con copias piratas, como tratar de destruirla. Lo que me pasó con esa película es un poco como lo que me está pasando con La dictadura perfecta. Es que pre­cisamente la experiencia de lo que provocó la película se vol­vió una continuidad de la misma, o sea, en La ley de Herodes hice una película sobre el poder, la corrupción, la impunidad y el autoritarismo, y la experiencia después resultó en una ex­periencia sobre mi relación con el poder. Y en el caso de La dictadura perfecta, sobre el poder de los medios, sobre la mani­pulación que tienen sobre la sociedad y sobre su relación per­versa para proteger mutuamente sus intereses, de la televisión y de los medios de comunicación y que ellos hayan decidido ignorar.

–¿Tú llevas un priista dentro?

–Espero que no… Creo que no llevo un priista dentro…

* * *

Roger Bartra, antropólogo, sociólogo y académico

Roger Bartra es, sin duda, uno de los más reputados intelec­tuales mexicanos. Su trabajo ha sido reconocido en todo el mundo. De hecho, es el investigador social mexicano más traducido al inglés.

Bartra es hijo de los escritores catalanes Agustí Bartra y Anna Muriá, exiliados en México tras la Guerra Civil espa­ñola. Es doctor en sociología por La Sorbona. Es miembro del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM desde 1971.

El investigador emérito, quien dirigió algunos años la re­vista cultural La Jornada Semanal, fue elegido miembro de la Academia Mexicana de la Lengua en 2012.

Fango sobre la democracia y La fractura mexicana son conside­rados libros indispensables para entender la transición a la de­mocracia. Su obra más conocida es La jaula de la melancolía, un clásico sobre nuestra identidad.

–Ha recibido decenas de premios y distinciones, por ejemplo, el Premio Universidad Nacional, el nombramiento como investigador emérito del Instituto de Investigaciones Sociales, el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Historia, Ciencias Sociales y Filosofía.

–¿Tiene fondo eso de que “todos llevamos un pequeño priista dentro”?

–Es una buena frase. Yo diría que es buena en la medida en que refleja la presencia en México, así la entiendo yo, de una cultura priista profundamente enraizada y extendida. No creo que haya un inconsciente priista en la cabeza de cada mexicano. Creo que es un fenómeno de cultura política. Yo haría un paralelismo con el pensamiento de Perón. El peronismo en Argentina es también una cultura política muy extendida y muy enraizada, y se podría decir que cada argentino tiene un “peroncito” en la cabeza.

“Existe una cultura política priista que se ha cocinado durante decenios y que ha impregnado las prácticas políticas de la sociedad mexicana y de muchos estratos de la población. En ese sentido estamos, más allá de un fenómeno ideológico, ante un fenómeno cultural. No psicológico pero sí cultural. La cultura es algo que nos envuelve, que nos rodea, que nos empapa, que nos inunda, y hay efectivamente una cultura priista que uno puede observar, desde luego, en los políticos. Cualquier tendencia ideológica tiene algo que uno reconoce como parte de la cultura priista.”

–¿En qué la observa usted?

–Es un poco difícil de decir, por eso me gusta la frase de Castillo Peraza. Es algo que está oculto; yo lo observo en términos generales como la enorme influencia del nacionalismo revolucionario. Es una cultura, también es una ideología, desde luego, pero es también una práctica cultural cotidiana muy compleja y muy ramificada y que tiene muchos años de desarrollarse.

“Yo creo que esa cultura, y por lo tanto ese pequeño priista que tienen los mexicanos dentro de la cabeza, está en crisis. Desde hace bastante tiempo esa cultura priista, ese nacionalismo revolucionario, entró en crisis. Pero el que esté en crisis no quiere decir que haya desaparecido ni que vaya a desaparecer completamente, pero sí que han aparecido serias fisuras en lo que es esa cultura priista tradicional, y eso se ha hecho evidente con la reforma energética, en la cual los priistas tienen la hegemonía y, de hecho, han tirado por la borda el tradicional nacionalismo revolucionario de raíz cardenista.

“Eso es a nivel más de la política. Yo diría que en esa cultura también hay una tradición: la corrupción, en todos los sentidos, no solamente directamente del robo, sino la corrupción misma de la política, la corrupción del quehacer político, la corrupción de la élite política como oficio. No solamente el predominio de la hipocresía. Es muy difícil concebir un político que no sea en alguna medida hipócrita, es decir, que oculte sus intenciones, que manipule. Pero hay grados de hipocresía y yo creo que en México se ha llegado a grados intolerables, a tal punto que hay una respuesta de esta cultura priista que es el discurso vacío. Es una especie de cantinflismo, hablar mucho y no decir. Pero esta tendencia del discurso de los políticos, que no se les entienda nada, esa especie de humo, de niebla, eso está ligado a estos vicios muy propios de la cultura política mexicana incubada por el PRI.”

–Pero no es exclusiva de los políticos.

–No, claro que no. Los políticos viven en una esfera que no está aislada de la sociedad, está por encima de la sociedad. Tienen poder, manipulan el poder, pero responden a tenden­cias reales. Eso no quiere decir que toda la población mexica­na vive sumergida en la cultura priista. En ese sentido, la ocurrencia sobre el priista que llevamos dentro es exagerada, pero bueno, es una metáfora. No todos los mexicanos tienen un priista dentro. Es posible que ni siquiera la mayoría. Puede ser que no pasen de 50%, no lo sé. Pero es un número sufi­cientemente elevado como para teñir la cultura política mexi­cana con esas características.

–¿Coincide en que el PRI ha tenido la habilidad de tomar los rasgos más característicos de la cultura del mexicano?

–Yo no creo que exista un carácter nacional mexicano. En La jaula de la melancolía critico esta idea. Los psicólogos que se han dedicado a estudiar esto han perdido miserablemente el tiempo. No han encontrado ningún carácter nacional uni­ficado de los mexicanos y por lo tanto no hay una cultura priista, digamos, que sea más o menos fiel reflejo de una con­ciencia nacional, de una identidad nacional. Pero tampoco es cierto que las instancias gubernamentales hayan creado esta cultura política nacionalista revolucionaria simplemente como un instrumento. Es un problema bastante más comple­jo. Para empezar, le llamamos cultura priista, pero yo creo que hay que reconocer que el PRI no existió como un verdadero partido hasta muy recientemente, básicamente hasta que fue derrotado, y sobrevivió gracias a que se convirtió en un par­tido político, pero anteriormente en realidad era el brazo electoral instrumental de una élite política, de una burocracia política que cambiaba sexenalmente y que estaba alojada prin­cipalmente en las instancias gubernamentales…

–¿Tampoco cree que podamos hablar del priista?

–No. Es una metáfora. Suponiendo que hay ese pequeño priista insertado en la conciencia de los mexicanos, ese priista está en crisis. Está dividido, está fragmentado (…) cada vez fue más claro que nuestra cultura es múltiple, es muy plural, es muy compleja, y que no se puede unificar.

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