La medicina y los músicos

 Al Dr. Malaquías López Cervantes, con fraternal agradecimiento

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En un texto anterior (Proceso 1720) hablamos sobre aquellos personajes que lograron plasmar su amor por la ciencia de los sonidos sin menoscabo de su actividad profesional como artistas de la curación y artífices de la salud. Así, con las variantes propias de cada individualidad, mencionamos a los versados en ambas disciplinas que optaron por dedicarse a la música ‒Berlioz y Kreisler como ejemplos paradigmáticos‒, a los que prefirieron ejercer la medicina ‒Pasteur, Jenner y Schmidt‒ y a aquellos pocos que fueron capaces de escindirse para acatar ambas vocaciones. De estos últimos, raros por la facultad de llevar una doble vida, nos enfocamos en Borodin y Aniceto Ortega.

Pero antes de acercarnos a otros personajes análogos en su exitosa dualidad profesional ‒los traemos a cuento para sumarnos a los festejos de este 23 de octubre‒[1] acaso sea pertinente trazar algunos paralelismos que nos ayuden a entender el fenómeno de la anchurosa devoción que, desde siempre, los galenos le han profesado a la música (sin duda, su cultivo es la actividad más socorrida por la comunidad planetaria de médicos, siendo bastante anormal toparse con alguno que no sea melómano).

Para empezar, digamos que el médico antepone cualquier sacrificio en aras de curar o mantener en vida a sus semejantes; igualmente el músico dedica todo su esfuerzo por darle vida a las obras que compone o interpreta. Ambos saben de la fragilidad de la existencia ‒tanto la física como la intangible del sonido‒ y no ahorraron energía ‒contabilizada en interminables años de estudio‒ para desentrañar sus misterios y buscar su terapéutica. En un ejemplo nítido, pensemos en la sala operatoria como un escenario teatral donde se pone a prueba el virtuosismo del cirujano quien, si no sale airoso puede depararle la muerte al paciente (el músico que yerra en público, daña o mata a la obra que interpreta). Ahondando, el cirujano se prepara mentalmente para la proeza por realizar y cuando ingresa al quirófano todo está listo para recibirlo ‒igual que el solista que es aguardado por orquesta y público‒ y una vez comenzada la operación no hay manera de interrumpirla. La esterilización del instrumental y la pulcritud de la bata se equiparan al cuidado extremo de los instrumentos musicales y a la vestimenta de gala del concertista.

Asimismo, la conclusión de una cirugía exitosa suscita vítores y felicitaciones; las mismas que el músico obtiene por haber revivido la partitura que se le asignó. Y para rematar, sobresale el hecho de que, invariablemente, se elija música de concierto para acompañar las faenas del quirófano, remitiéndonos a la deseada simbiosis que se opera entre un médico artista y un músico sanador: ambos fueron escogidos para hacer alarde de una inquebrantable presencia de ánimo, de una fina acuidad sensorial, de una soberbia precisión de gestos, al punto que la coincidencia de estos factores los posibilita para navegar, cuales demiurgos o chamanes, entre los linderos de la muerte y la vida, o también, para surcar las fronteras entre la nada y la armonía.

Orgullosamente prusiano En la hermosa isla de Rugen, a orillas del Mar Báltico, tuvo lugar el nacimiento de Theodor Billroth (1829-1894), un hombre extraordinario que logró avances importantes en la medicina sin dejar de lado su notable faceta de músico. Habiéndose criado en un ambiente propicio para el desarrollo de su sensibilidad artística ‒sus abuelos habían sido cantantes de ópera y su madre pianista‒, Theodor inició el estudio de la música a temprana edad. El piano fue el instrumento electo y el repertorio sajón lo exaltó hasta el delirio. Tanto amaba tocar el instrumento que su desempeño escolar fue mediocre. En su adolescencia no albergó ningún recelo sobre su futuro como concertista, sin embargo, sus padres lo convencieron de que sería prudente cursar una carrera menos etérea. Su condición para estudiar medicina fue que seguiría tocando con la intensidad acostumbrada. Al concluir sus posgrados en las universidades de Göttinguen y Berlín, quedó claro que su talento se enfilaría hacia la cirugía. En ella asentaría precedentes impensables para su época: realizar las primeras extirpaciones de laringe, píloro y esófago; amén de ser pionero en prevenir las infecciones post operatorias (se le considera un padre de la asepsia y un precursor del uso de la bata blanca).

Concluido su doctorado, Theodor se trasladó a Suiza y ahí, al tiempo que daba clases para la universidad de Zurich y aprendía a tocar la viola, tuvo ocasión de conocer a Brahms, quien se volvería uno de sus mejores amigos. Poco después y quizá para seguirlo, Billroth se estableció en Viena, ciudad donde la bifurcación de actividades floreció en el modo que su temperamento artístico demandaba. No dejó pasar una velada sin hacer música ‒a menudo componía canciones para sus amigos‒ y Brahms encontró en él a un colega con los tamaños suficientes para hacerle críticas a sus obras recién compuestas. Prácticamente todas las partituras de cámara de Brahms fueron estrenadas en la Billrothhaus y como prueba del aprecio mutuo sobrevive un epistolario de trescientas cartas. No sobra anotar que los primeros cuartetos de cuerda de Brahms[2] fueron dedicados a Billroth y que éste consagró los últimos años de vida a indagar sobre las causas fisiológicas que determinan el gusto por la música. En sus escritos puede leerse uno de los credos de su vida: “otro de los absurdos de nuestra época es ver a la ciencia y al arte como opuestos, ya que la imaginación es la madre de ambos.”

Bajo el manto de Apolo Demetrius Constantine Dounis (1886-1954) vio la luz en Atenas y, al igual que Billroth contó con un ambiente familiar propicio y con un talento de insospechado alcance. A los siete años ofreció para sus atónitos coterráneos su primer recital como violinista y a las catorce realizó una gira por la Unión Americana como virtuoso de la mandolina.[3] Análogamente, la familia Duonis sugirió que una carrera menos volátil era la decisión correcta, por tanto, Demetrius se transfirió a Viena para matricularse en la Escuela de Medicina ‒sus especializaciones fueron la neurología y la psiquiatría‒, sin abandonar, por supuesto, su perfeccionamiento violinístico ‒fue discípulo del célebre Ondříček‒ como parte irrenunciable de su ser. Al estallar la Primera Guerra Mundial se enroló como médico de la armada griega y no desaprovechó la oportunidad de tocar para los heridos. Con ello cayó en la cuenta de las sustanciales mejorías que la música tenía sobre el ánimo quebrantado de los soldados. Firmado el armisticio, Demetrius retornó a su patria para convertirse en un aclamado profesor del conservatorio de Thesalonika, empero, sus grandes logros estaban todavía por llegar.

Siguiendo el consejo de un colega, emprendió la travesía oceánica para desembarcar en Nueva York. No tardó mucho en degustar, desde su apartamento en la Fifth Avenue, el sueño americano. Sus fabulosas dotes como observador y su amplio conocimiento de la psiquis humana lo catapultaron a la fama. Por su consultorio desfilaron aquellos instrumentistas que habían abusado de su cuerpo y que ya resentían averías en su ejecución. Estrellas de la magnitud de Heifetz, Primrose y George Neikrug se beneficiaron con los ejercicios específicos que les diseñó y merced a ellos pudieron seguir brillando. Como testimonio de su apolíneo ingenio, Duonis publicó 37 libros en los que titila su Artist’s Technique of Violin Playing: A Scientific Method for Obtaining, in the Shortest Possible Time, an Absolute Mastery of the Higher Technical Difficulties…

Un chilango en Nueva York Para el compatriota Samuel Zyman (1956), la decisión de volverse músico no fue tan precoz como en los casos precedentes, pues hubo de arribar a la universidad para tomarla. Su historia personal, también impregnada por un dualismo preliminar, reza que en su infancia recibió lecciones de piano y que en la adolescencia se inscribió en el conservatorio, pero que a la hora de elegir su senda profesional optó por inscribirse en la Facultad de Medicina de la UNAM. En el segundo año entendió que su corazón palpitaba más con los sonidos que con las patologías, mas tuvo el temple para concluir la carrera e, incluso, para ser maestro en su propia facultad. Tenía que proceder de su esposa la idea de participar en un concurso de composición para que su vida cambiara. El éxito de su primera obra sería la motivación para perseguir un doctorado en música y qué mejor lugar que la prestigiosa Juilliard School. Para reafirmar su valía, su segunda Alma Mater lo contrató como profesor. Desde la Big Apple van sucediéndose los frutos compositivos que una miríada de intérpretes se afana por saborear…[4]

[1] Desde 1937, el Día del Médico se celebra en México en este día. Se eligió por haber sido ese día la creación del Establecimiento de Ciencias Médicas en 1833, antecedente de la actual Facultad de Medicina de la UNAM.

[2] Se recomienda la audición de alguno de ellos. Audio 1: Johannes Brahms – Quasi minuetto del cuarteto op. 51 n° 2. (Quartetto Italiano. PHILIPS, 1997)

[3] Se sugiere la escucha de una grabación rara donde toca la mandolina. Acceda al vínculo: www.youtube.com/watch?v=RIv0LUWipoo

[4] Se recomienda la audición de alguna de sus composiciones. Audio 2: Samuel Zyman – Rítmico del concierto para arpa y orquesta. (Mercedes Gómez Benet, arpista. Orquesta de las Américas. Benjamín Juárez Echenique, director. URTEXT GIGITAL CLASSICS, 2010)

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