La oleada migratoria destapa los horrores mexicanos

Niños ven la televisión en el albergue "Todo por Ellos" para migrantes en Tapachula, México. Foto: AP / Eduardo Verdugo. Niños ven la televisión en el albergue "Todo por Ellos" para migrantes en Tapachula, México. Foto: AP / Eduardo Verdugo.

El fin de los Juegos Olímpicos de Brasil y las recientes tragedias naturales en Haití expulsaron oleadas de migrantes que atraviesan México rumbo a Estados Unidos. Y este hecho –“una emergencia humanitaria”, según activistas– ha revelado fenómenos sumamente oscuros en nuestro país: la xenofobia más cruel, la falta de coordinación entre autoridades, el abuso contra los más necesitados, la hipocresía de muchos y la incapacidad gubernamental para reaccionar de modo adecuado.

TAPACHULA, Chis. (Proceso).- Los casi 15 mil africanos que han atravesado la frontera sur en su viaje rumbo a Estados Unidos exhibieron la inoperancia de las instituciones públicas para articularse y atender una “emergencia migratoria”, denuncian activistas y defensores de derechos humanos.

El paisaje tapachulteco, acostumbrado a ver sólo a algunos hondureños o cubanos migrantes cotidianamente, se transformó en julio pasado, cuando grupos de 10 y hasta 20 hombres y mujeres negros empezaron a atravesar sus calles, mercados, tiendas, bancos. Estaban a las afueras de las posadas y pequeños hoteles. De pronto eran cientos y después miles, por doquier.

Algunos representantes empresariales y ciudadanos exhibieron su miedo y su racismo. Se dijeron preocupados por esta oleada migratoria. Pero otros reconocieron la derrama económica que trajeron, sobre todo en el sector hotelero y de alimentos.

Otros, los peores, especularon y difundieron el bulo de que algunos de los expatriados tenían ébola, lo que atemorizó a la población. La Secretaría de Salud chiapaneca tuvo que salir a desmentir tal mentira.

La vía creciente

Desde 2013 empezó a aumentar, poco a poco, el flujo de migrantes negros. Ese año ingresaron al país 668 hombres y mujeres. En 2014 fueron mil 279. En 2015 la cifra aumentó a 3 mil 275. Pero en 2016 se desató el raudal, que ya superó la capacidad de respuesta de las autoridades locales y federales.

La mayoría de los migrantes proviene del Congo, pero también arribaron de la India, Nepal, Bangladesh, Ghana, Pakistán, Senegal, Somalia, Mali, Guinea, Eritrea, Camerún, Gambia, Togo, Angola, Costa de Marfil, Nigeria, Sierra Leona y otros 25 países del continente africano.

Todos los días hacían largas filas afuera de la estación migratoria Siglo XXI del Instituto Nacional de Migración (INM), hasta donde todavía acuden para solicitar el “oficio de salida”, que ellos llaman “salvoconducto”.

Según el delegado en Chiapas del INM, Jordán Alegría Orantes, se han emitido 13 mil 465 oficios de ese tipo, documentos que les dan 20 días naturales para salir por cualquier frontera.

Se les extiende ese papel al no haber una representación consular de muchas de esas naciones en el sur de México.

Para darles el oficio se les arma un expediente. Y, ahí, muchos refieren que salieron de su tierra por hambruna, desempleo, violencia o guerra en sus naciones. Pero antes de llegar a México hicieron una escala previa: explican que antes de los Juegos Olímpicos de este año, Brasil contrató mucha mano de obra africana que llegó en barco o avión.

Terminado Río 2016, los obreros quedaron desempleados. Y decidieron migrar hacia el norte, rumbo a Estados Unidos. Pasaron por Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras hasta llegar al río Suchiate, la frontera de México con Guatemala.

Aun cuando existen ochos puestos migratorios en los más de 900 kilómetros de frontera entre México y Centroamérica, la mayoría de los trashumantes ingresó por Tapachula, lo que causó un cuello de botella. Así, unos 30 empleados del INM trabajaron durante agosto y septiembre casi las 24 horas del día para tramitar las solicitudes de salida.

Para emitirlas, se busca en una base de datos federal que los solicitantes no tengan órdenes de búsqueda y aprehensión.

Entre los cientos de problemas que estas personas enfrentan se encuentra el hecho de que muchos son engañados con documentos falsos que les venden algunos coyotes, como falsas solicitudes de salida y pasaportes apócrifos. Ya se han interpuesto denuncias penales al respecto.

Un funcionario federal que pidió el anonimato asevera que no se sabe si detrás de esta gran oleada de migrantes hay alguna red internacional de traficantes de humanos, pero que en todo caso es la justicia federal e internacional la que debe investigar. Por ahora, el INM sólo es una oficina de trámites para extenderles el oficio de salida.

Como sea, el hecho de que actualmente casi todos se encuentren varados en Tijuana se explica porque, en cada una de sus oficinas migratorias, el gobierno de Estados Unidos sólo atiende de 50 a 60 solicitudes de asilo por día.

Lo que se reveló el martes 11 de septiembre es que muchos haitianos, tras los desastres naturales que recientemente azotaron su isla, buscaron salir de su país, y al ver la facilidad con que México extendía ese documento a los africanos, se empezaron a identificar como originarios de aquel continente.

El jurista Édgar Corzo Sosa, en una visita realizada el martes 11 a Tapachula, señaló que, de hecho, 80% de los atascados en el norte son originarios de Haití, y sólo 20%, africanos.

En tanto, el delegado del INM Alegría Orantes explica que las autoridades mexicanas actúan “de buena fe” ante los migrantes: “Si mienten, si son haitianos y se dicen africanos, ellos podrían tener problemas para poder entrar a Estados Unidos, que es el objetivo principal que persiguen”.

Si bien también pueden pedir refugio en México alegando las condiciones que los obligaron a migrar, abunda, ninguno lo ha solicitado. En Chiapas sólo esperan a obtener el oficio de salida y piden que algún familiar les deposite dinero para tomar un camión o un avión que los lleve hasta la frontera norte.

Al principio decidieron ir a Tijuana, donde se concentró la mayor parte. Ahora ya van a Mexicali, o más recientemente, a San Luis Río Colorado.

En Tapachula, los autobuses llamados “tijuaneros” solían salir los miércoles y los sábados, pero ante el aumento de la demanda, las más de 10 “agencias de viajes” han programado corridas casi a diario. Los viajes más económicos salen entre mil 300 y mil 500 pesos. Pero en autobuses con clima y todas las comodidades cuestan hasta 2 mil 200 pesos.

El viaje es largo, pesado. Tres días y tres noches, dicen los prestadores de este servicio, que buscan en las calles y hoteles a hombres y mujeres para ofrecerles sus servicios.

El verdadero rostro, revelado

Agustín Figueroa Flores, de la Fundación México Presente, detalla que a la migración ya tradicional proveniente de Centro y Sudamérica, a los migrantes africanos y haitianos, y los cubanos, se ha sumado recientemente la de ciudadanos chinos.

Todo esto puso en alerta a las organizaciones civiles: México no está preparado para atender este fenómeno debido a la mala situación económica por la que atraviesa, a la crisis institucional que padece y a la inseguridad que campea.

Dice que muchos de los albergues no reciben apoyo gubernamental y sobreviven con donativos de los feligreses de la Iglesia católica. Todos están desbordados, saturados. Ya no hay espacios para más migrantes:

“Hemos pedido al gobierno que decrete una emergencia humanitaria, pues estamos ante una situación complicada en la que todos los migrantes tienen que recibir atención y México debe asumir su responsabilidad. Lo mismo que exigimos para nuestros connacionales en Estados Unidos también debemos otorgarles a los que vienen migrando desde el sur.”

Refiere que, en el marco del Plan Mérida, México ha recibido más de 2 mil 300 millones de dólares para, entre otras cosas, aumentar la seguridad en los límites con Guatemala y Belice. Sin embargo, México lo ha invertido con una perspectiva militarista y policiaca, no humanista o colaborativa.

Paralelamente, cuestiona que las instituciones del gobierno federal no hayan querido o podido vincularse entre ellas ni con las organizaciones de la sociedad civil para atender la crisis actual.

Más que tratar de frenar la migración, considera, México debe regular y garantizar los derechos humanos. “Cumplir con las normas internacionales, sin embargo, no lo hace”, resume.

Y el país no puede colocarse en una posición de superioridad moral. Figueroa recuerda que muchos migrantes huyen de conflictos bélicos, pobreza o hambruna, realidades parecidas a las que se viven en Centroamérica y algunas regiones de México.

El sacerdote César Cañaveral, de la Pastoral de Movilidad Humana en la Diócesis de Tapachula, confirma que ni la sociedad ni el gobierno están preparados para grandes oleadas migratorias.

Lo que se está viviendo es “una migración desorganizada”, define. Y lo alarma el hecho de que algunos sectores de la sociedad manifestaron actitudes sumamente xenofóbicas.

Esto evidencia que la frontera sur no está acostumbrada a vivir y convivir con el extranjero en paz. Debido a ello, hubo personas que abusaron de los africanos en todos los ámbitos, y al gobierno la situación se le fue de las manos: no entendió la complejidad del fenómeno y todo lo redujo a un mero trámite migratorio.

Más allá del INM, agrega, para todas las demás instancias municipales, estatales y federales, el fenómeno de la migración africana pasó inadvertido. Ante la ausencia del Estado mexicano, organizaciones como la suya tuvieron que responder con una actitud asistencialista.

Otra de las malas noticias evidenciadas por el reciente fenómeno demográfico, continúa, es que la frontera sur sigue siendo una zona olvidada por el gobierno.

Salvador la Cruz, del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova y Ordóñez, opina que antes incluso de que fuera notoria la migración africana y haitiana ya existía una emergencia humanitaria, a la que las autoridades jamás le han dado relevancia, sino que, por el contrario, se esfuerzan en ocultarla.

En esta frontera sur, zanja, se discrimina y criminaliza al migrante, sea del país que este sea. Los medios impresos locales no son sensibles a la problemática y multiplican las actitudes xenofóbicas.

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