La reconquista de Mosul

Civiles pasan un control de fuerzas iraquíes en Tob Zawa, cerca de Mosul, Irak. Foto: AP / Khalid Mohammed Civiles pasan un control de fuerzas iraquíes en Tob Zawa, cerca de Mosul, Irak. Foto: AP / Khalid Mohammed

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El conflictivo mosaico de fuerzas –algunas de ellas enemistadas entre sí– dispuestas a sumarse a la gran alianza para derrotar al movimiento yijhadista en Irak conlleva el riesgo de agudizar el conflicto regional. Turquía está incluso actuando por su cuenta al incursionar ya en Irak sin el consentimiento de Bagdad y en abierto desafío a Washington. Millones de personas buscarán refugio a raíz de la ofensiva… Decenas de miles podrían morir.

La propaganda iraquí e internacional lo presenta como el inicio de un momento de gloria: el de la derrota en Irak, que debería ser seguida muy pronto en Siria, de la organización Estado Islámico, el enemigo de todos que creció como trueno, el que amenazaba con imponerle a la región el yugo medieval de las cimitarras y las ejecuciones tan creativas como brutales.

Unos 45 mil hombres en armas, pertenecientes a facciones rivales entre sí, entraron oficialmente en campaña en la madrugada del lunes 17 en la ofensiva que debería culminar en la toma de la ciudad de Mosul: el ejército iraquí y los peshmergas kurdos, las milicias chiitas y las tribus sunitas, la fuerza aérea de la coalición liderada por Estados Unidos y la iraní.

A esto hay que sumar los tanques, los 2 mil soldados del único de los enemigos de Estado Islámico cuya ayuda no quieren los demás, el integrante indeseado de esta amplia alianza: Turquía.

En desafío abierto a Washington, y con insultos contra el primer ministro iraquí, el presidente Tayyip Erdogan está utilizando su presencia militar en suelo iraquí (más de 3 mil milicianos sunitas entrenados por sus fuerzas) para presionar a Barack Obama y forzarlo a entregarle a su gran enemigo, el clérigo Fethullah Gülen.

A sabiendas de que es una provocación contra el gobierno y el pueblo iraquíes, Erdogan hace alarde de su intención de participar en los ataques y de que nadie se lo puede impedir.

Entre tanta energía militar, la suerte de los civiles que están quedando en medio se está perdiendo de vista. A los 3 millones y medio de refugiados que ya duermen en tiendas en el país, durante los preparativos de esta campaña, en los últimos tres meses, 150 mil personas se han sumado al contingente de desplazados. Es lo de menos: actualmente Naciones Unidas y otras organizaciones han preparado sitios para albergar a unas 60 mil, pero el peor escenario que han previsto es que, del millón y medio de personas que se estima que todavía permanecen en Mosul, pueda salir nada menos que 1 millón de hombres, mujeres y niños escapando de la opresión del grupo armado también conocido por sus siglas en árabe: Daesh.

“Si son menos, sí que los podríamos acomodar”, dice David Andrés Viñas, portavoz en Medio Oriente de la organización humanitaria Save The Children. ¿Cuántos menos? ¿800 mil? ¿Medio millón? “Con 200 mil sí que podemos”.

La capacidad de respuesta, además, por ahora se limitaría a proveer alojamiento, desde tiendas adecuadamente montadas hasta la carpa más elemental, y servicios básicos. Hace falta mucho más, sin embargo, para atender a esta población traumatizada por la guerra y por la violencia extrema del Estado Islámico, especialmente para los niños.

Educación, atención psicológica y psicosocial, educación, porque, advierte Viñas, es urgente “evitar que haya una generación entera perdida por el conflicto”. Otra más.

Desplazados cruzan un punto de revisión en Qayara, al sur de Mosul, Irak. Foto: AP / Marko Drobnjakovic
Desplazados cruzan un punto de revisión en Qayara, al sur de Mosul, Irak. Foto: AP / Marko Drobnjakovic

Erdogan a la ofensiva

En su carrera hacia la concentración del poder, el presidente Erdogan está aprovechando el fallido golpe militar de julio pasado para arrancar de raíz la fuerza de los seguidores de Fethullah Gülen, encarcelando a miles de ellos y expulsando de las fuerzas de seguridad, la administración pública, los medios de comunicación y la educación privada a unos 100 mil más, sean o no auténticos miembros o simpatizantes de la comunidad Hizmet fundada por Gülen.

Turquía no ha aportado pruebas de la implicación de Gülen en la intentona de golpe militar. La determinación de Erdogan, sin embargo, es tal que ha puesto cualquier otra prioridad personal o nacional en segundo sitio, incluidos los compromisos de su país con la alianza militar de la OTAN y los precarios equilibrios de Medio Oriente.

Los diplomáticos occidentales señalan que Erdogan cree que Estados Unidos necesita más a Turquía que a la inversa, y por eso está practicando un juego duro que complica la lucha general contra el Estado Islámico e incluso está coqueteando con Vladimir Putin, presidente de un país que es un rival centenario de Turquía, Rusia, pero que, como Erdogan, es un político pragmático que sabe que los acercamientos entre Moscú y Ankara, sean reales o de pacotilla, provocan escalofríos en Europa y Estados Unidos.

Con el pretexto de enfrentar a Daesh, las tropas turcas asentadas en la base de Bashiqa, cerca de Mosul, han entrenado a una fuerza de alrededor de 3 mil sunitas iraquíes que en los hechos servirán como brazo militar al servicio de Turquía en el país vecino, y que ahora serán la punta de lanza para ganar territorios en la retirada de los yijadistas del Estado Islámico.

El Parlamento iraquí ha aprobado resoluciones exigiendo la salida del ejército extranjero, manifestantes han hostigado la embajada turca, diversas personalidades han llamado al boicot económico contra Turquía (que le harían perder los 11 mil millones de dólares que exporta anualmente a Irak, además de ver expulsadas a las mil 58 empresas turcas que operan en el país), y el primer ministro Haider al Abadi ha advertido que “el comportamiento de Turquía es inaceptable y no queremos iniciar una confrontación militar con Turquía”.

Erdogan le respondió: “Me estás insultando. Ni siquiera eres mi interlocutor, no estás a mi nivel. No tienes el mismo valor, la misma calidad. Tus gritos desde Irak no son importantes para nosotros. Deberías saber que iremos por nuestra cuenta” en la ofensiva sobre Mosul.

Un presunto miembro del Estado Islámico es detenido durante una redada en Tob Zawa, cerca de Mosul, Irak. Foto: AP / Khalid Mohammed
Un presunto miembro del Estado Islámico es detenido durante una redada en Tob Zawa, cerca de Mosul, Irak. Foto: AP / Khalid Mohammed

Preparativos de emergencia

Un mapa del norte de Irak, elaborado por la BBC con base en información del Alto Comisionado de Naciones Unidas para refugiados, muestra los territorios controlados por cada facción y “puntos de monitoreo” en los trayectos carreteros donde terminan los que domina Daesh. Ahí, la gente que huye, particularmente los hombres, serán revisados para evitar que se infiltren combatientes yijadistas.

Más allá, en zonas del gobierno de Irak y del gobierno autónomo kurdo, se despliegan seis campos de refugiados; se planean dos más al tiempo que se evalúan sitios para establecer otra docena. Hace falta dinero, como siempre. Ante las emergencias humanitarias, nada alcanza. Y se teme que ésta pueda llegar a ser la peor de origen humano, no natural, en la historia reciente.

Se calcula que para finales de mes ya habrán construido cinco nuevos campos, y con suerte podrán ser establecidos unos 20 pequeños campos de emergencia, lo que significa que las condiciones de vida serán las más básicas. A quienes arriben a ellos, les entregarán un “equipo de albergue de emergencia” que cuesta 80 dólares: consiste en pala, martillo y desarmador, cuatro estacas de madera, 30 metros de cuerda, seis tornillos, 10 estaquillas de metal y dos lonas, para una familia. Por ahora, hay 50 mil de estos equipos, con 5 mil más llegando cada semana.

Para recibir de inmediato a la gente que escapa, los campamentos de emergencia deberán estar cerca de Mosul: quedarán expuestos, entonces, al fuego de mortero de Daesh.

Un punto de revisión en Qayara, al sur de Mosul, Irak. Foto: AP / Marko Drobnjakovic
Un punto de revisión en Qayara, al sur de Mosul, Irak. Foto: AP / Marko Drobnjakovic

Al rescate de una generación

La conquista de Mosul por la organización Estado Islámico, en junio de 2014, provocó un aumento generalizado de precios. Pero desde que el ejército iraquí cerró las rutas de suministro, los costos se han multiplicado de nuevo. Un saco de 15 kilos de harina es 10 veces más caro; llega a los 300 dólares, por ejemplo. Faltan medicinas, no hay doctores porque muchos huyeron para no vivir bajo la opresión de los yijhadistas, y como además éstos prohíben que las mujeres trabajen, no hay enfermeras.

En las escuelas, Daesh cambió el currículum de estudios para ajustarlo a su ideología e intentar convertir a los niños para apoyar su causa. En el campo de refugiados en Dohuk, explica Viñas, “hablamos con una familia que había salido de una zona controlada por el EI y nos decían que no llevaban a los niños a la escuela desde hacía dos años porque tenían miedo de que les lavaran el cerebro, de que les enseñaran a construir bombas, por lo que preferían que los niños se quedaran en casa”.

En este momento, cientos de miles de familias esperan la aproximación de las tropas que vienen a expulsar a los entre 3 mil y 8 mil milicianos (así de inexactos son los cálculos) del Estado Islámico. Las bombas de los aviones ya se escuchan en la lejanía, en el esfuerzo por “ablandar” las defensas. Pero más tarde caerán sobre la ciudad en ataques que llamarán “quirúrgicos”, pese al saldo de víctimas civiles o “colaterales”.

Después llegará la lucha calle por calle, casa por casa. Muchos de los habitantes, que en su mayoría son sunitas, temen que las milicias chiitas y los soldados de la misma secta abusen de ellos, como ocurrió este año en las tomas de Faluya y Ramadi. La alternativa es escapar.

A Daesh, sin embargo, eso no le gusta: como en otras ciudades que ha defendido, les ha prohibido a los habitantes que salgan de la urbe, bajo pena de muerte. Y conoce todas las rutas que podrían ser utilizadas.

“Se enfrentan a una decisión imposible”, dice David Andrés Viñas, hablando desde Erbil, la capital de la Región Autónoma del Kurdistán, a 90 kilómetros de Mosul. “Si los atrapan, las consecuencias son terribles: hemos oído historias de familias torturadas y que han sido ejecutadas, destrozan sus casas. Si logran salir, hay francotiradores que les podrían disparar, y muchas zonas alrededor de la ciudad están llenas de minas antipersonales, dispuestas así precisamente para evitar que se marchen.”

La ruta en la que hay mayores probabilidades de salir con vida es la de las montañas, donde la gente va a perderse: “Unas familias que lograron huir tuvieron que andar dos días por ahí. Algunas personas murieron porque pisaron minas. Hay niños que llegan deshidratados y que incluso han muerto de sed”.

Por eso, Save The Children ha hecho un llamado a las tropas iraquíes y kurdas a establecer corredores humanitarios por donde puedan huir los habitantes de Mosul.

Faltará todavía resolver las urgencias de alojamiento y alimentación, sobre todo si se cumple el pronóstico fatal del millón de refugiados. Y eso no será todo: “Lo primero que hay que conseguir es salvar sus vidas y satisfacer sus necesidades básicas”, explica Viñas. “Después, ayuda psicológica, psicosocial, porque son niños y jóvenes que han sido víctimas de violencia extrema y han vivido situaciones traumáticas terribles que si marcarían a un adulto, pues más todavía a un niño. Es muy importante que haya educación, aunque sea en un contexto de emergencia. Cuando hablamos con los niños, con las familias, la primera cosa que te piden es agua, y la segunda es volver a la escuela”.

Si se espera terminar con los interminables ciclos de violencia, esto resulta imperioso: niños marcados por ella y, en el caso de los que sufrieron el yugo de Daesh, enseñados bajo una doctrina extremista, estarán en peligro de repetir lo aprendido. De ser una generación más atrapada para siempre en el conflicto.

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