La nueva carrera espacial

El ensamblaje del Tiangong-2 o Palacio Celestial. Foto: China Space Report El ensamblaje del Tiangong-2 o Palacio Celestial. Foto: China Space Report

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Parecía cosa del pasado, pero la carrera espacial revivió… y con todas sus oscuras implicaciones. Sin embargo, y a diferencia de la vivida en la Guerra Fría, hoy los contendientes son Estados Unidos y China. Mediante la exploración del cosmos, la construcción de una estación orbital y la edificación de una base permanente en Marte, el país asiático quiere mostrar músculo en la Tierra. Esta competencia ha beneficiado a la ciencia, pero también ha alimentado las tensiones militares y los resquemores entre ambas superpotencias.

Poco tiempo después de que Neil Armstrong pisara la Luna por primera vez (en 1969), Mao Zedong se lamentaba de no poder enviar “ni una patata” al espacio. Hoy China protagoniza varios de los proyectos más estimulantes relacionados con la exploración del espacio: descubrir la cara oculta de la Luna, enviar una sonda a Marte, construir una nueva estación orbital… La carrera espacial china, tan reciente como apresurada, resume el auge de ese país. El prestigio, las necesidades energéticas y las utilidades civiles y militares alimentan la conquista china de las estrellas.

Esa nación anunció el nacimiento de su programa estelar en la década de los setenta, aunque las convulsiones de la Revolución Cultural lo detuvieron y no mostró señales relevantes hasta dos décadas después. China envió a su primer hombre al espacio en 2003 y tres tripulantes dieron –cinco años después– el primer paseo por el espacio. Las misiones se suceden a un ritmo febril desde entonces, y 12 taikonautas (como se conoce a los astronautas chinos) han estado ya en el espacio. En 2014 ese país envió una sonda alrededor de la Luna y la hizo regresar… la primera misión de ese tipo en 40 años.

Un fogonazo contra la oscura inmensidad del desierto del Gobi despidió la semana pasada a un laboratorio espacial. Desde la base de lanzamiento de Jiuquan (Mongolia Interior) partió el Tiangong-2 o Palacio Celestial, que supone una zancada decisiva en el plan chino de abrir una estación permanente alrededor de 2020. El laboratorio esperará, a casi 400 kilómetros de altura, la llegada, a mediados de octubre, de dos astronautas a bordo de la nave Shenzhou-11. Será la primera misión tripulada de China desde 2013. Ambos exploradores permanecerán en el laboratorio durante un mes, lo que será un récord: ningún taikonauta ha estado más de 15 días en el espacio.

El Tiangong-2 es una versión muy mejorada de su predecesor, lanzado en 2011. Contiene una cabina para los astronautas y sus experimentos, y otra para el equipo. Facilita a sus ocupantes tareas cotidianas como dormir y comer, fundamentales para una larga estancia en el espacio, y la ejecución de experimentos científicos. Muchas de esas características están pensadas para la estación permanente, que será un hito para China. No será tan grande como la construida por Estados Unidos, Japón, Europa, Rusia y otros países, pero tendrá una capacidad similar para experimentos científicos.

China empezará su construcción en 2018 y planea que esté operativa dos años después. Coincidirá con la jubilación por falta de fondos de la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), liderada por Estados Unidos, lo que convertirá a China en el único país con presencia permanente en el espacio.

Ese proyecto es una paradoja: se lanzó como respuesta a la humillante exclusión que China sufrió en la ISS por el recelo de Washington a compartir tecnología sensible con Beijing en 2011. Hoy muchos astronautas europeos ya estudian mandarín, y algunas voces en Estados Unidos piden la alianza con los que antes despreciaron. Aún no hay acuerdo sobre qué hacer con la ISS y las expectativas son sombrías. Estados Unidos concentra sus esfuerzos en Marte, por lo que Rusia y Europa podrían alinearse progresivamente con China en el espacio.

La ausencia de contactos entre las dos superpotencias revela su pugna geopolítica y supone una forzosa excepción en el programa del gigante asiático. China quiere compartir su carrera con países en vías de desarrollo, ha firmado un acuerdo con la ONU para el uso de su estación permanente y su colaboración con la Agencia Espacial Europea ha alumbrado fecundas misiones sobre investigación del clima en el espacio y sus repercusiones en los satélites.

A estos planes Beijing destina cada año unos 6 mil millones de dólares, mil millones más que Rusia pero muchos menos que los casi 20 mil millones del presupuesto de Washington. Como sea, Estados Unidos realizó 19 lanzamientos exitosos en 2013, por 14 de China. Pero Beijing, que elige cuidadosamente sus proyectos, se ha ganado ya el respeto por sus tremendos avances en viajes tripulados, ciencia espacial y exploración extraterrestre.

Su programa es el más dinámico del mundo, certifica Alanna Krolikowski, experta en tecnología china de la Universidad de Harvard. “Está consiguiendo progresos muy rápidos en tecnología espacial y está entre los líderes en algunas áreas, como los satélites de observación terrestre, pero sus logros y avances técnicos aún no son comparables a los de Estados Unidos y Rusia, que llevan activos varias décadas”, señala por email a Proceso. La experta cita la ISS o el Sistema de Posicionamiento Global estadunidense como ejemplos de superioridad respecto de sus homólogos chinos.

Para el presidente chino, Xi Jinping, es prioritario que su país adquiera el estatus de potencia espacial. La carrera en este rubro sirve de termómetro geopolítico, de un modo que en algo recuerda la pugna que hubo entre Estados Unidos y Rusia durante la Guerra Fría: las victorias ahí arriba se trasladan aquí abajo con resonancia acentuada. China le discute a Estados Unidos la primacía en el Pacífico, lo relevará como mayor potencia económica la década próxima y espera que algún logro espacial histórico abroche el rebase. La tendencia ya favorece a China. Estados Unidos no ha enviado a ningún astronauta al espacio desde 2011 sin ayuda rusa, y su regreso a la ISS está ahora en manos de empresas privadas, como Boeing. Obama ha recortado el presupuesto de la NASA que no está vinculado con la lucha contra el calentamiento global y ha retrasado la planeada llegada a Marte hasta 2030.

Beijing busca prestigio en el espacio mientras Washington se interesa en la ciencia, opina James Lewis, experto del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales. “En la carrera espacial entre Estados Unidos y Rusia, el objetivo era el prestigio y la influencia global. Después de ‘ganar’, Estados Unidos perdió el interés. China, por el contrario, usa su programa para conseguir ventajas políticas. Su carrera espacial tiene importantes propósitos domésticos e internacionales”, aseguró el experto ante el Congreso de su país. Esa divergencia de objetivos impide hablar de una carrera espacial, añade, pero su país debería focalizar sus esfuerzos en misiones pragmáticas y viables para desmentir lo que dijo el año pasado un alto militar del ejército chino: que Estados Unidos cuenta con la capacidad pero no con el deseo.

Beijing no ha sufrido grandes tragedias, como las explosiones de los transbordadores estadunidenses Challenger (en 1986) o el Columbia (en 2003), pero sí ha tenido fracasos. Su primer intento de enviar una sonda a la órbita de Marte falló por la explosión del cohete. El robot lunar Conejo de Jade compendia las luces y sombras de su programa: en 2013 se convirtió en la primera sonda no tripulada que se posaba en la Luna en las últimas cuatro décadas pero, tras varios días y mucha fanfarria nacional, el robot dejó de funcionar por razones desconocidas.

Como sea, el cohete chino Larga Marcha-5 es capaz de transportar 25 toneladas. Y el laboratorio espacial puesto en órbita la semana pasada llevaba a bordo el reloj más exacto del mundo. Fue diseñado en Shanghái y atrasa apenas un segundo cada mil millones de años. El proyecto era perseguido por Europa y Estados Unidos, pero sus recortes presupuestarios lo frenaron. El reloj fue definido por la prensa nacional como una prueba de que China ha ocupado la delantera tecnológica.

Los expertos de todo el mundo están expectantes ante la misión china que permitirá descubrir los secretos del lado oscuro de la Luna en 2018. El proyecto nunca ha sido intentado por el resto de potencias por su elevada complejidad: requiere un cohete de centenares de toneladas que sea capaz de viajar 250 mil millas, una sonda de alunizaje y un robot con sensores y cámaras. China pretende medir la concentración de helio-3. Es un combustible para fusión no radioactivo y ligero, prácticamente inexistente en la Tierra, y que podría ser la solución a los problemas energéticos. Se calcula que el helio-3 que contiene la Luna sería suficiente para cubrir las actividades humanas durante los próximos 10 mil años.

China también planea enviar a un hombre a la Luna. La NASA ha pospuesto el proyecto y ni Rusia ni la ESA pueden acometerlo por sí mismas. Eso deja solo a Beijing, que probará el cohete Larga Marcha-9 en 2025 y podría intentar la misión un lustro después.

En el imaginario colectivo, la Luna “pertenece” a Estados Unidos desde que Armstrong plantara ahí la bandera de las barras y las estrellas. Beijing persigue una imagen tan icónica como aquélla… pero tomada en Marte. Es revelador que China y Estados Unidos recientemente anunciaron que mandarán una sonda exploradora al planeta rojo en el mismo mes: agosto de 2020. Será el aperitivo al envío de astronautas. La NASA pretende que los suyos pisen suelo marciano en la década de 2030 y Beijing ha sugerido que podría tener su base permanente en 2040.

La pugna también tiene su relevancia militar. Desde el espacio se espían los ejércitos ajenos y se guían drones y misiles. Ninguna guerra se puede ganar ya sin satélites, y los asesinatos quirúrgicos ordenados por Obama revelan la destreza adquirida. China también se esfuerza en discutir la tradicional primacía estadunidense en ese campo. Ya en 2007 derribó un satélite propio en lo que muchos interpretaron como un aviso a Estados Unidos. Recientemente ha puesto en órbita al Aolong-1, un robot dotado con un enorme brazo metálico con la finalidad declarada de recoger basura, pero que también podría inutilizar naves rivales. Un satélite chino probará por primera vez la comunicación cuántica a grandes distancias y su éxito le daría a Beijing una ventaja imbatible en el campo del espionaje. Los cuantos son unidades indivisibles que se conectan directamente sin intermediarios, por lo que no pueden ser duplicados ni separados, lo que los convierte en la primera forma de comunicación completamente segura.

Un apocalíptico informe del Congreso estadunidense del pasado año señalaba que Beijing veía la guerra en el espacio como “inevitable” y que “debía dominarla”. “Para el ejército chino, el uso del espacio puede facilitar los ataques a larga distancia, la guía de misiles con precisión, la mejora de la interconectividad y la articulación de sus fuerzas armadas”, añadía.

El contexto ofrece interpretaciones opuestas. Algunos expertos opinan que los chinos no hacen nada en el espacio que no haga o haya hecho el resto. A la exagerada percepción de peligro, razonan, contribuyen el habitual secretismo chino, el poder del ejército o y el anhelo de frenar los recortes del presupuesto estadunidense de Defensa. Otros juzgan la amenaza como tangible. “Están desarrollando y probando sistemas de medidas y contramedidas. Algunas son únicas, como el sistema antisatélite de ascensión directa que puede alcanzar la órbita geoestacionaria. Estados Unidos y la URSS nunca desarrollaron ese sistema, ni siquiera en la Guerra Fría”, señala por email un analista de Defensa que exige el anonimato.

El elevado riesgo de una confrontación y la relevancia de la carrera espacial también podría estimular la colaboración, como ocurre en la lucha contra el calentamiento global o la crisis económica global. Una misión conjunta entre las dos superpotencias parece hoy tan quimérica como lo parecía entre Washington y Moscú hasta que la nave Apollo-Soyuz aceitó sus relaciones en 1975.

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