El pulpo

jueves, 3 de noviembre de 2016 · 18:40
En 1957, me acuerdo haber comprado en la librería Zaplana el Manual de Zoología Fantástica de Jorge Luis Borges, que ese año editó en México el Fondo de Cultura Económica. No sé si fue en ese momento que me llamó la atención el Kraken, que es un pulpo; posteriormente, en 1984 Alba Rojo me pidió que ilustrara ese texto, que también había ilustrado Rodolfo Nieto en 1965. Mi acercamiento al pulpo se dio antes. Fue de niño, cuando leí Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, una edición mexicana que tuve gracias a la librería del profesor Beltrán. También vi la película basada en este libro: hay escenas inolvidables, como aquella donde un pulpo atrapa al submarino. Yo tendría 13 años entonces y son imágenes que no se borran. [caption id="attachment_461287" align="alignnone" width="702"]El pulpo, de Francisco Toledo. El pulpo, de Francisco Toledo.[/caption] Manual de zoología fantástica “El Kraken” Jorge Luis Borges El Kraken es una especia escandinava del zaratán y del dragón de mar o culebra de mar de los árabes. En 1752, el dinamarqués Eric Pontoppidan, obispo de Bergen, publicó una Historia natural de Noruega, obra famosa por su hospitalidad o credulidad; en sus páginas se lee que el lomo del Kraken tiene una milla y media de longitud y que sus brazos pueden abarcar el mayor navío. El lomo sobresale como una isla; Eric Pontoppidan llega a formular esta norma: “Las islas flotantes son siempre Krakens.” Asimismo, escribe que el Kraken suele enturbiar las aguas del mar con una descarga de líquido; esta sentencia ha sugerido la conjetura de que el Kraken es una magnificación del pulpo. Entre las piezas juveniles de Tennyson, hay una dedicada al Kraken. Dice, literalmente así: Bajo los truenos de la superficie, en las honduras del mar abismal, el Kraken duerme su antiguo, no invadido sueño sin sueños. Pálidos reflejos se agitan alrededor de su oscura forma; vastas esponjas de milenario crecimiento y altura se inflan sobre él, y enormes, baten con brazos gigantescos la verdosa inmovilidad, desde secretas celdas y grutas maravillosas. Yace ahí desde siglos, y yacerá, cebándose dormido de inmensos gusanos marinos hasta que el fuego del Juicio Final caliente el abismo. Entonces, para ser visto una sola vez por hombres y por ángeles, rugiendo surgirá y morirá en la superficie. [caption id="attachment_461288" align="alignnone" width="702"]El pulpo, de Francisco Toledo. El pulpo, de Francisco Toledo.[/caption] Los trabajadores del mar “El monstruo” Víctor Hugo Estando admitidos todos los ideales, si el terror es un objeto, el pulpo es una obra maestra. La ballena tiene la enormidad, el pulpo es pequeño. El hipopótamo tiene una corteza, el pulpo carece de armadura. La jararaca tiene un silbido, el pulpo es mudo. El rinoceronte tiene un cuerno, el pulpo no tiene cuerno alguno. El alacrán tiene un dardo, el pulpo no tiene dardo. El buthus tiene tenazas, el pulpo no tiene tenazas. El aluato tiene una cola que ase, el pulpo no tiene cola. El tiburón tiene aletas cortantes, el pulpo no tiene aletas… Y el pulpo es, sin embargo, el más formidablemente armado de todos los animales. ¿Qué es pues el pulpo? Es la ventosa. (…) Los pulpos tienen tanto de fantasmas como de monstruos. Están probados y son improbables. Ser es su hecho; no ser sería su derecho. Son los anfibios de la muerte. Su inverosimilitud complica su existencia. Tocan la frontera humana y pueblan el límite quimérico. Negáis el vampiro, y se os aparece el pulpo. Su hormigueo es una certidumbre que desconcierta nuestra seguridad… Parece que pertenecen a aquel comienzo de seres terribles, que el soñador entrevé confusamente por la carrera de la noche. [caption id="attachment_461289" align="alignnone" width="702"]El pulpo, de Francisco Toledo. El pulpo, de Francisco Toledo.[/caption] “Los Cantos de Maldoror” Isidore Ducasse (Conde de Lautréamont) ¡Oh pulpo de mirada de seda! Tú, cuya alma es inseparable de la mía: tú, el más hermoso de los habitantes del globo terrestre y que mandas en un serrallo de cuatrocientas ventosas; tú, en quien se moran noblemente, como en su residencia natural, por mutuo acuerdo y con lazo indestructible, la dulce virtud comunicativa y las gracias divinas. ¿Por qué no estás conmigo, tu vientre de mercurio contra mi pecho de aluminio, sentados ambos sobre alguna roca de la orilla, para contemplar ese espectáculo que adoro? ¡Oh!, cuando oigas el alud de nieve caer desde lo alto de la fría montaña, la leona que llora, en el árido desierto, la desaparición de sus pequeñuelos; la tempestad que llega a su destino; el condenado que muge en la prisión, la víspera de ser guillotinado; y el feroz pulpo que cuenta, a las olas del mar, sus victorias sobre los nadadores y los náufragos, dime si estas voces majestuosas no son más bellas que la risa sarcástica del hombre. (…) A veces, en noches de tormenta, cuando legiones de pulpos alados, que de lejos parecen cuervos, se ciernen por encima de las nubes, dirigiéndose con vuelo firme hacia las ciudades de los humanos, con la misión de avisarles que deben cambiar de conducta, el guijarro de ojos sombríos, a la claridad de un relámpago, ve pasar dos seres, uno tras otro; y enjugando una furtiva lágrima de compasión, que se desliza bajo su helado párpado, exclama: “Por cierto que lo merece; no es más que un acto de justicia.” Después de haber dicho esto, recobra su actitud huraña, y sigue observando con un temblor nervioso la caza del hombre, y los grandes labios de la vagina de sombra, de donde se desprenden incesantemente como un río de inmensos espermatozoides tenebrosos, que alzan el vuelo en el éter lúgubre, escondiendo en el amplio despliegue de sus alas de murciélago la naturaleza entera y las legiones solitarias de pulpos que se han vuelto taciturnos ante el aspecto de esas fulguraciones sordas e inexpresables. (…) Cuál no sería su asombro, cuando vió al Maldoror convertido en pulpo y aproximar hasta su cuerpo ocho patas monstruosas, cada una de las cuales, sólida correa, habría podido abarcar fácilmente la circunferencia de un planeta. Tomando por sorpresa, se debatió por unos instantes del viscoso abrazo que se estrechaba más y más… Mitología del pulpo Roger Caillois Un aporte más duradero de la fantasía de Denys-Montfort radica en la ferocidad constitucional que atribuye al pulpo. Para él, se trata de un ser malévolo en sí, dotado por la naturaleza de una propensión irresistible a la destrucción y a la matanza: el pulpo “destruye por destruir”, afirma él, por supuesto sin la menor prueba, lo cual es tanto más significativo. Lo pinta como un “asesino profesional que vive de crímenes y de sangre, perpetuamente al acecho en la vía pública, sin cuidado por el techo ni (por) el cubierto”. El pulpo en el Japón Por el lado opuesto, se deja igualmente constancia de su sensualidad, como uno de los rasgos esenciales de su naturaleza. Aquello se nota con toda claridad en la leyenda de la bella e impúdica Hiyo-hime, quien perseguía al monje An-chin con sus proposiciones inmodestas. El sacerdote se refugió en la campana del monasterio, alta de seis pies y con un peso tal que cien hombres no lograban levantarla. La campana se cayó y el santo quedó apresado dentro de ella. Kiyo-hime intentó romper el metal con su vara mágica y derretirlo exhalando su aliento encendido. En vano. Estuvo cambiada en bruja con cabeza humana y cuerpo de dragón y serpiente, o también en un pulpo gigante que abraza apasionadamente la campana con sus sinuosos tentáculos. Esa relación constante con la impúdica explica, sin duda, el papel equívoco que parece desempeñar el pulpo dentro del budismo. La lujuria del pulpo trasciende de la manera más explícita en una famosa estampa de Hokusai, quien usa de las capacidades de presión y succión del molusco. El pulpo, entre las nalgas de una mujer recostada, está golosamente pegado al sexo de su víctima consintiente y probablemente colmada, mientras la acaricia y la enlaza, la explora y la aspira con sus ocho brazos y sus ventosas.

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