Los vaniloquios del autócrata

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Por circunstancias prescindibles de ser narradas, el titular de esta columna visitó Los Pinos en noviembre de 1975, es decir, cuando faltaban ocho meses para que Luis Echeverría asestara el golpe contra el Excelsior de Julio Scherer, y un año para que Proceso lograra darse a luz. El cuadragésimo aniversario que ahora se celebra ‒o bien las bodas de rubí entre la veracidad periodística que blande el semanario y la fidelidad de sus lectores‒, es un móvil idóneo para abrirle paso a los siguientes jirones de memoria.

Sobra aclarar que, paradójicamente, habría que revalorar la agresión de Echeverría puesto que, en este caso, fue disparadora del indómito proyecto editorial que ha sabido sortear toda suerte de escollos y que, al cabo de cuatro décadas de subsistencia, se ha vuelto una referencia obligada para desdecir las mentiras oficiales con que el poder presidencial ‒junto a la inicua casta gobernante que lo acolchona‒ se mantiene a flote. Indefectiblemente, el empleo de la primera persona del singular es obligado, dada la necesaria autenticidad que debe conferirle al testimonio por relatar.

Así pues, con el candor que me deparaban mis doce años de edad, me vi caminando por las frondosas arboledas de la residencia presidencial. Iba tomado de la mano de mi padre, quien tenía un asunto ‒la difusión de un libro sobre la generación de Juárez‒ que tratar con el mandatario de ingrata reminiscencia cuyos delirios lo situaban, al final de su ominosa gestión, como Secretario General de la ONU. Nada sabía de su responsabilidad en la matanza de Tlatelolco, ni de los “halcones” que había mandado apostarse para perpetrar la masacre del Jueves de Corpus; tampoco de sus compulsiones mesiánicas, o de su aviesa participación en la Guerra sucia; sólo tenía conocimiento de sus dislates lingüísticos ‒célebre aquel de “ni nos perjudica ni nos beneficia, sino todo lo contrario”‒ y de sus manías protocolarias, como las guayaberas y las aguas de Jamaica. En retrospectiva, pienso que de haber estado consciente que iba a conocer a un genocida, el miedo me habría atenazado la mano, aún antes de extendérsela.

De la breve antesala, recuerdo que me cautivó el suntuoso eclecticismo de la decoración (quién podría haber imaginado que así vivía el jefe de una nación “tercermundista”, donde la pobreza se enseñoreaba con el garbo de una actriz en decadencia) y la fugaz aparición de una mujer de rostro adusto. Era la “compañera” María Esther que rondaba la oficina de su marido y que, al saber que tenía una audiencia próxima, se limitó a articular un saludo cortante.

Muy distinta fue la salutación del Presidente, ya que abrazó efusivamente a mi padre en remembranza de los años estudiantiles que habían transcurrido en la misma escuela (la otrora preparatoria de San Ildefonso). Cuando fui anunciado como el heredero recibí un ampuloso apretón de manos y concluidas las formas de presentación, vinieron las predecibles menciones a los amigos comunes y las preguntas de cortesía sobre el desempeño y la salud de consortes e hijos. Repentinamente, sin embargo, algo sacudió al mandatario, pues como un perturbado que acabara de recuperarse de un extravío me preguntó clavándome los ojos: ‒ ¿Quieres que nos tomen fotos…?[1]

Un tímido “Sí, señor Presidente” motivó la orden para que, de inmediato, se apersonaran dos fotógrafos. Inútil cavilar que tras el gesto amigable para el niño intruso se celaba la enfermiza obsesión de que cada instante del líder se perpetuara en todas las actitudes imaginables. ¡Cómo no había de documentarse al maniático autor de la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados en las poses que su ego demandara!

Llegado el momento de hablar del libro paterno, el camarada Echeverría transformó su habla ordinaria para adaptarla al sonsonete que adoptaba en sus discursos. Frases aprendidas de memoria resonaron al aire, en la demagogia plena que era de esperarse. “Mi gobierno es un aliado en la lucha por el desarrollo cultural; porque se apoya a la cultura mexicana en acción, siendo prioritaria la educación como germen racional de la transformación histórica.” Y aquí el libro venía a cuento, ya que expresó a modo de elogio que “se estaba frente a una tarea histórica común, que no admitía la dispersión de voluntades. Si el saber [como los contenidos del volumen] dejaba de servirle a la comunidad, acabaría siendo fuente de más desigualdad.” Por tanto, “no queríamos una aristocracia de intelectuales, sino de intelectuales que combatieran las formas aristocráticas en la sociedad [quizá aludía a los hombres de la Reforma].”

Amén de que, “nada dañaba más al país que enfrentar el destino de sus centros educativos al de sus instituciones políticas ¿…?” No en balde “había estimulado mediante actos concretos el fortalecimiento de los centros de educación superior,” porque sabía que eran la “conciencia viva de la sociedad.” Y más vaniloquios, de los que se extrajo la promesa de una difusión masiva del libro. En todas las secundarias del país habría de distribuirse gratuitamente. ¡No faltaría más!, e iba “su palabra de por medio…”

Ya no importa dilucidar que nada de lo prometido llegaría a buen puerto, pues las promesas rotas atiborraron, junto a sus muertos, el ensangrentado armario de su actuación política, no obstante, valdría la pena reconsiderar las declaraciones sobre la supuesta “lucha por el desarrollo cultural”, y el manido “fortalecimiento de los centros de educación superior”, para catar la magnitud de su autoritarismo y los efectos que vinieron en cadena (el silenciamiento del Excelsior como ejemplo de ultraje postrero y la gestación de Proceso como tiro salido por la culata). Con tres ejemplos nos bastará.

En primer término es de citar al individuo que fue escogido, por mero amiguismo, como director del INBA dentro de su naciente administración. Se trató de un cronista de toros y ópera cuyos apellidos rezumaban sus méritos: Miguel Bueno y Malo, mejor conocido como “El regular”. Vengan las palabras de Monsiváis para entender el porqué de su penosa despedida del puesto apenas trece meses después de su designación: “Que yo sepa es uno de esos personajes de novelas que nunca llegan a sobresalir en ellas (y tampoco allí). No tiene importancia, aunque exagero porque sí la tiene: cada una de sus obtusas declaraciones alimenta mi álbum de recortes predilectos. Dios es justo y Miguel Bueno se fue a dormir [con su expulsión del INBA] el sueño de los torpes.”

En segundo término es de referir el dedazo del que emanó el primer director del Conservatorio de ese sexenio. Fue este un compositor renombrado[2], aunque ajeno a los problemas de la institución. Ni había estudiado allí, ni era profesor titular y, para colmo, era extranjero. Era el español Simón Tapia Colman cuya relación con el autócrata surgió, no por asuntos de índole cultural, sino por los negocios conjuntos en terrenos de Acapulco (Tapia Colman había iniciado su actividad como empresario inmobiliario con Alemán y vería expropiado el predio que Echeverría destinó para el Centro de Convenciones del puerto). Para resumir su trayectoria conservatoriana, asentemos que la comunidad lo apodó “El zopilote”, pues se la pasó “planeando”. Para su infortunio, un repudio generalizado lo evacuó del cargo dieciocho meses después de su designación.

Y para rematar anotemos la investidura, como factótum de la vida musical del país, a Carlos Chávez. Aunque llevara años de reclusión, Echeverría creyó que era el indicado para sanear los agravios sonoros de la patria. Irónicamente, el tirano no previó que el revivido Chávez iniciaría su mandato autonombrándose director de la Sinfónica Nacional y que lo primero que haría para oxigenarla sería volar a Nueva York para contratar músicos gringos. Memorable por inesperada, fue la reacción de los orquestales: Chávez levantó la batuta en el primer ensayo y se topó con brazos caídos haciendo caso omiso de su autoridad. De ahí su renuncia, y la salida forzosa con la batuta entre las piernas.

A punto de finalizar la audiencia, el mandatario quiso saber a qué me dedicaba y al enterarse de que estudiaba el violín, confesó en tono melodramático: “siempre he admirado a los músicos, puesto que logran encantar multitudes. Si no hubiera estudiado leyes habría escogido el violín como carrera [sic]. Es un instrumento mágico capaz como ninguno, de atraer simpatías…” Quién le hubiera dicho que, de haberlo sabido, las multitudes que gobernó habrían votado para que se dedicara al violín, en lugar de que las hubiera expoliado con sus encantamientos de estadista fallido…

[1] En la página web del semanario se reproduce una de las tantas fotografías a las que se alude.

[2] Se recomienda la audición de algunas de sus obras. Audio 1: Simón Tapia Colman – Primer movimiento de la sonata “El afilador” (Juan Luis Gallego, violín. Consuelo Roy, piano. CODA OUT, 2010). Audio 2: Simón Tapia Colman – Segundo movimiento de la sonata para violonchelo. (Nuria Gañet, chelo. Consuelo Roy, piano. CODA OUT, 2010)

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