Cachemira: el estallido de violencia

Enfrentamientos en Cachemira por nueva política alimentaria. Foto: Xinhua / Javed Dar Enfrentamientos en Cachemira por nueva política alimentaria. Foto: Xinhua / Javed Dar

NUEVA DELHI, (apro).- Entre los puestos de control de la policía y las persianas de las tiendas cerradas está la calle vacía, que sólo se llena cuando brotan los fuertes enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de seguridad. En cuatro meses de batalla campal en la Cachemira, India, hay alrededor de un centenar de muertos y 20 mil heridos. La región vive su peor crisis en los últimos seis años.

Armados con piedras y palos, los jóvenes cachemires se enfrentan sin miedo a la policía y al ejército indios, que portan gases lacrimógenos y escopetas de perdigones, unas polémicas armas que están causando estragos en la gente, especialmente en los ojos. Tras cada protesta, llegan a los hospitales personas que han sufrido los daños de unas balas que estallan en pedazos al impactar en un cuerpo, en una cara.

Desde principios de julio las autoridades mantienen en la zona de Srinagar, capital del estado de Jammu y Cachemira, y en los distritos próximos severas restricciones de movimiento y reunión y un toque de queda que durante el verano fue permanente. Ahora es intermitente, según cómo se desarrolla cada día porque la violencia se ha reducido, pero no desaparece.

Los establecimientos están cerrados por la huelga general y los bloqueos impuestos por los grupos separatistas, liderados por la Conferencia Hurriyat. Los centros educativos llevan más de 120 días sin abrir sus puertas. Internet y los servicios de telefonía están limitados, los tenderos y gasolineros aprovechan la noche para vender a hurtadillas y en las horas de rezo los vecinos comentan la crisis, a pesar de que las reuniones de más de tres personas están restringidas.

Los enfrentamientos han disminuido en el sur del valle de Cachemira pero se han mantenido en el centro y en el norte. Recientemente, la jornada del último Eid ul-Adha, la fiesta musulmana del sacrificio, terminó con un saldo de al menos tres muertos en diferentes choques con la policía.

Pocos días después, la violencia volvió a estallar tras la muerte de dos niños de 11 y 14 años, supuestamente por las heridas de los perdigones y el gas de los antidisturbios. Después de sus funerales, se convocaron manifestaciones de rechazo que acabaron en enfrentamientos. La misma escena que ha visto Cachemira a lo largo de todo el verano. Ahora se ha sumado, además, una ola de incendios contra escuelas en distintas zonas del valle.

La intervención de las fuerzas de seguridad indias ante el estallido de violencia ha sido muy discutida en el país, especialmente por el uso de armas de balines. El gobierno indio aseguró que la policía iba a sustituir esa munición por proyectiles de pimienta, pero los agentes han seguido disparando perdigones.

De hecho, recientemente un tribunal superior de Cachemira rechazó la prohibición de los perdigones, señalando que “siempre que haya violencia por turbas ingobernables, el uso de la fuerza es inevitable”. Los detenidos en todo este tiempo se sitúan alrededor de los 10 mil.

“Burhan, tu sangre traerá la revolución”

El origen de las protestas fue la muerte el 8 de julio de Burhan Wani, militante musulmán de 22 años de edad abatido por la policía. La misma suerte que corrió su hermano hace un año. El joven Burhan, de clase media, se unió a la militancia tras vivir un encuentro con policías en el que se sintió humillado. Era miembro del grupo separatista Hizbul Mujahideen, considerado terrorista por Delhi, aunque a él no se le vinculó con ningún atentado. Ahora se ha convertido en un símbolo del independentismo más allá de las redes sociales, donde ya reinaba.

Después de que la noticia de su muerte corriese por la red, decenas de miles de personas acudieron a su funeral. Allí surgió un lema que presagiaba lo que vendría: “Burhan, tu sangre traerá la revolución”. El luto se convirtió en manifestaciones contra la presencia policial en Cachemira que terminaban a pedradas contra los agentes desplegados. Estos respondieron con balas. Luego vinieron el toque de queda, los coches patrulla destrozados, los ojos reventados y casi 100 funerales.

Cachemira vuelve a vivir un déjà vu. La última vez fue en 2010, cuando una ola de violencia acabó con 112 muertos. La región, de mayoría musulmana, es el principal foco de conflicto entre India y Pakistán desde la independencia de ambos en 1947.

Dos guerras y numerosos conflictos menores lo confirman. La región, partida entre dos potencias nucleares, es reclamada por ambas y sus habitantes se dividen entre quienes sienten que están en el lugar adecuado, quienes quieren formar parte del país vecino y quienes anhelan el suyo propio. A eso se suma un descontento generalizado por el paro, la corrupción y el desarrollo económico.

Desde hace casi tres décadas la Cachemira india sufre un conflicto entre los soldados y la insurgencia armada que ha costado miles de vidas, a pesar de que en los últimos años los choques han reducido. Esa disputa ha convertido a esta región en una de las más militarizadas del mundo, con medio millón de efectivos sobre el terreno.

El pasado 18 de septiembre tuvo lugar el peor ataque de los últimos años contra una base militar india. Cuatro asaltantes “fuertemente armados” entraron de madrugada en el complejo cachemir de Uri, cerca de la frontera con Pakistán. Murieron 19 soldados. Según las investigaciones del ejército indio, los insurgentes estaban relacionados con el grupo separatista cachemir Jaish-e-Mohammed, el “Ejército de Mahoma”.

Ese asalto hizo volar por los aires las ya dañadas relaciones entre India y Pakistán. El ministro indio de Interior, Rajnath Singh, rápidamente culpó al país vecino, al que llamó “estado terrorista”.

Vikas Swarup, portavoz indio de Exteriores, dijo: “El ataque subraya que la infraestructura del terrorismo en Pakistán sigue activa”.
La respuesta en Islamabad no se hizo esperar. El gobierno paquistaní rechazó esas “acusaciones infundadas e irresponsables” y el jefe del ejército, el general Raheel Sharif, aseguró que sus tropas están “totalmente preparadas para responder a las amenazas directas e indirectas” de la India.

Delhi, que ha reforzado su presencia policial en la región con 10 mil efectivos más, suele acusar a Islamabad de dar apoyo a la militancia separatista. Sólo este año, según el gobierno indio, su ejército ha respondido a casi una veintena de intentos de infiltración a través de la Línea de Control, la frontera de facto entre ambos países.

Existe un alto al fuego fronterizo que, sin embargo, se ha roto en numerosas ocasiones bajo un sinfín de acusaciones mutuas. Esos señalamientos se han incrementado en las últimas semanas, así como el intercambio de disparos en la frontera, que se ha saldado con decenas de muertos, tanto civiles como militares.

Diálogo y astucia política

“Los gobiernos indios perciben el conflicto como un problema de orden público y no como una cuestión política. Esto ha llevado a una alienación de los jóvenes cachemires, que han sido criados en un ambiente de armas y medidas de seguridad drásticas”, afirma a apro Sarral Sharma, experto del Instituto de Estudios de Paz y Conflicto, que cree que hace falta más diálogo.

“El gobierno del estado debería haber sido más proactivo en el manejo de la situación sobre el terreno. La reacción llegó tarde. Con la estructura de la seguridad estatal deteriorada, las fuerzas de seguridad tuvieron que recurrir al uso de medidas excesivas, como el uso de perdigones”, opina el investigador.

Según los analistas, la actual crisis de Cachemira muestra la incapacidad del gobierno estatal (una coalición entre el hinduista BJP y el regional PDP) para afrontar el problema y sostienen que el Ejecutivo nacional está demasiado distante.

“Las tropas pueden contener la violencia, pero no crear paz. Eso es tarea de la astucia política, pero hay un déficit endémico tanto en el estado como en el país”, señala a apro Ajit Singh, analista del Instituto de Gestión de Conflictos.

Hace pocas semanas, el gobierno de Cachemira cerró las posibles conversaciones con los separatistas. “Las negociaciones sólo se pueden tener con aquellos abiertos al diálogo, no con aquellos que provocan a los jóvenes”, sentenció la jefa del Ejecutivo estatal y líder del PDP, Mehbooba Mufti, tras reunirse con el primer ministro indio, Narendra Modi, del partido BJP.

Mientras tanto, el gobierno paquistaní aprovecha la ola de violencia en la Cachemira india. Denuncia el “uso de fuerza excesiva” en una región que asiste a una “crisis humanitaria”, según dijo el primer ministro paquistaní Nawaz Sharif, que ha pedido a la comunidad internacional que actúe para “acabar con el derramamiento de sangre”.

Lo cierto es que el comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad Al Hussein, reclamó en Ginebra a los gobiernos de los dos países que una misión de la ONU tuviese “acceso incondicional a ambos lados de la Línea de Control”, una petición que el ministerio indio de Exteriores ha rechazado, con el argumento de que no hay ni punto de comparación entre la situación en el lado indio y el paquistaní, el cual “se ha convertido en un centro de exportación global de terrorismo”.

En Delhi sostienen que el gobierno liderado por Nawaz Sharif sigue diferenciando entre “buenos y malos terroristas” por patrocinar a grupos insurgentes y piden a Pakistán que “no glorifique a terroristas como mártires”, como hizo ante la muerte de Wani.

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