Una mexicana en París

El embrujo que la Ciudad Luz ejerce sobre propios y extraños es híper sabido, no obstante, es una urbe despiadada con quienes no tengan algo valioso que ofrecerle. Así ha sido desde que Clodoveo, Rey de los francos, la convirtió en capital de su imperio después de derrocar a los romanos en el año 508. Tampoco sorprende que, a partir del decimonónico se haya convertido en una meca para los artistas de todas las disciplinas. Con respecto al arte sonoro y en lo que toca a los músicos mexicanos, son innumerables los casos en los que la seducción cundió y el hechizo perduró. Manuel M. Ponce, por ejemplo, vivió dos temporadas en ella, con el fin de empaparse de las técnicas de vanguardia en la composición. Y lo mismo sucedió con José Rolón, Ricardo Castro y Gustavo E. Campa, quienes ahí transcurrieron fructíferas temporadas de aprendizaje.

Hoy, la compositora Patricia Moya se yergue como una heredera de los ilustres compatriotas que la precedieron en su enamoramiento parisino, con la diferencia que ella sí cortó las amarras con México, y que hizo de París su lugar de residencia y su espacio preferido para la creación musical. Para saber más de sus trayectos vitales, solicitamos una entrevista que reproducimos con regocijo.

Cuéntanos cómo se gestó la decisión de dejar nuestra Patria y cómo fue la senda de la adaptación a tu nueva vida en Francia…

Al principio fue un acto doloroso, mas conforme me fui habituando a las nuevas costumbres y a los rigores del clima, la sensación de estar en el lugar adecuado fue decantándose. Por supuesto que no fue fácil, sobre todo el primer año, pero las añoranzas iniciales se esfumaron en cuanto empecé a degustar los inacabables tesoros de Francia. Para poder sufragarme el boleto aéreo tuve que malbaratar mi Renault, y lo hice a sabiendas que era un gesto simbólico del adiós a la Patria que, a la larga, iba a depararme buenas venturas.

        Sé que te formaste inicialmente en nuestro Conservatorio Nacional, dinos desde tu perspectiva actual cómo recuerdas tus años de estudiante…

De chica mis papás oían mucha música clásica y también las canciones en francés e italiano que estaban de moda. Así que cuando decidí estudiar música “en serio” en el Conservatorio Nacional sabía ya de épocas y estilos, cosa que fue muy útil en mi formación. Entré al Conservatorio gozosa de aprender. Estudié solfeo como todos y cursé piano con María Teresa Castrillón, pero también tomé dos años de violín, uno de percusiones, varios años en el coro del maestro Alberto Alba y hasta un año de trompeta. Cuando capté las deficiencias en las clases de escritura, preferí viajar a París para adquirir conocimientos más sólidos. Un ejemplo nítido es que las clases de armonía en el Conservatorio eran “a dos voces” con el piano, y en Francia son a cuatro voces con cuatro claves diferentes o bien como cuarteto de cuerdas, así que en seguida el cerebro se acostumbra a escuchar, por así decirlo, en cuatro instrumentos simultáneos. Aquí estudié en la Schola Cantorum que fundó Vincent D´Indy y después en L´Ecole Normale de Musique con el condecorado con la Legión de Honor Michel Merlet.

En tu árbol genealógico hay personajes importantes que seguramente influyeron en tu decisión de convertirte en compositora, háblanos de ellos…

Mi abuelo fue el compositor yucateco Efraín Pérez Cámara; mi madre, la doctora Edmée Pérez Vega fue, en su juventud, una bailarina clásica que formó parte del Ballet Moderno de México junto con Amalia Hernández y Colombia Moya entre otros. Mi padre fue el director de teatro Víctor Moya, que trabajó con el escenógrafo Julio Prieto. Pienso que todo el ambiente artístico de la casa influyó en mi decisión, pero también ya traía yo, como quien dice, la música por dentro. Y es que desde niña siempre andaba cantando la música que me atraía y terminé por hacerla parte de mi ser.

A propósito de tu abuelo, hay que enfatizar que fue un músico insigne y prolífico cuya obra no ha acabado de valorarse. Sus óperas y sus cuartetos de cuerda son piedras angulares de nuestro acallado nacionalismo, y también habría que decir que tuvo la enjundia para fundar, en colaboración con Julián Carrillo, la Orquesta Sinfónica América, nada menos que en Nueva York, pero mejor volvamos a ti y a tu labor creativa, ilústranos sobre tus filias y tus sueños…

El primer instrumento que alentó mi fantasía musical fue el acordeón. Eso fue porque estaba cursando la primaria en la Modern American School, donde daba las clases de este instrumento la señora Pertak, una maestra alemana. Con ella se formó un grupo y varias veces fui solista. Creo que fue entonces cuando comencé a hacer arreglos de piezas populares. Ahora escribo, claro está, para cualquier formación: cuarteto de cuerdas, solista con orquesta, coro, orquesta sinfónica, etcétera.[1] Lo más reciente en mi vida artística y que llena mis días de sueños es escribir música para cine. Obtuve una formación sobre hechura de bandas sonoras, también aquí en París. Y ya en lo concreto, fui invitada recientemente al Festival Internacional de Castrocaro en Italia. Allí, al final del festival, se presentaron varios cortometrajes de los compositores participantes: una polaca, un italiano, tres franceses y yo. La música se interpretó en el teatro principal con una orquesta en vivo frente a una mega pantalla donde se proyectaba el cortometraje. ¡Fue una experiencia inolvidable¡ Mis anhelos más recónditos de compositora son escribir música para películas y también para danza.

¿Qué extrañas de México que te parezca que la vida parisina no lo compensa?

Lo que extraño en México y que no hay en la vida parisina es la simpatía de la gente en el primer contacto. También la belleza única de los sitios arqueológicos con los que sueño y, claro, la comida de las diferentes regiones del país. Me encantan y aprecio también el buen humor del mexicano y las obras de nuestros grandes literatos.

Si alguna vez regresaras a nuestro país, ¿qué cambios te gustaría encontrar?

Normalmente voy a México una vez al año a conciertos y todo lo que tenga que hacer de papeleos y contactos. Aunque ahora estoy pensando seriamente en regresarme a México, pues 30 años de destierro ya han sido suficientes. Aprendí muchas cosas, tengo muy buenos amigos y trabajo pero siento que es el momento perfecto para volver. A pesar de las cruentas condiciones que atraviesa nuestra nación, y los terribles recortes presupuestales que se avecinan, tengo varios proyectos interesantes con destacados artistas mexicanos. Entre los proyectos están la grabación de mis “Poemas de Amor de Sor Juana” con el Ensamble Allaire que dirige Ericka Bañuelos; una música para la bailarina y coreógrafa Luisa Díaz González; el estreno de dos piezas que le compuse a la percusionista Mirna Yam y el estreno de “En la Espesura del Bosque” para corno inglés y orquesta que le escribí a Georgina Sotelo. Estoy también por empezar la escritura para un cuarteto con bandoneón que me pidió Arturo Pinzón. Así que por encargos no paro.

Dada tu larga experiencia como maestra de música en París, ¿qué enseñanza te gustaría compartir con los jóvenes compositores que no están seguros de poder hallar su voz interior y que temen por su futuro?

A los jóvenes les diría, como les he dicho a mis alumnos de diferentes países, que la música hay que amarla lo suficiente como para dedicarse a ella toda una vida. El arte es algo muy completo, pero de una enorme complejidad. Tiene que ver con las sensaciones, con las imágenes, con los sentimientos y por otro lado con el aspecto técnico pero, esencialmente está desvinculado del dinero. Eso viene después…..o casi no viene, pero hay que hacerlo a fondo sin medir consecuencias. Lo otro depende de muchas cosas… hasta de la suerte. Mi consejo es que si la música les gusta con una pasión incontrolable, sabiendo que hay altas y bajas, pues entonces ¡adelante! Si piensan en lo que van a ganar…. ¡Mejor que hagan un trabajo tan fijo como el de oficina!

Si pudieras volver al pasado, ¿cambiarías algo en tu manera de vivir?

A todo lo que he hecho en mi vida no le ha faltado entusiasmo, así que no cambiaría nada. Todo lo he decidido de acuerdo a las circunstancias del momento vivido. Es por eso que cambiar la maravillosa Ciudad Luz por la Ciudad de México no me aterra, al contrario, mis pulsiones existenciales siempre estuvieron jaloneadas por el amor al terruño, nunca dejé de ser una mexicana en París…

[1] Se recomienda la audición de su obra. Audio 1: Patricia Moya .Promenade abstraite et lumineuse, (Live Recording, 2015)

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