Fidel: de la revolución armada a la negociación hablada

Arranca despedida de Castro con balas de salva en La Habana. Foto: AP / Ricardo Mazalan Arranca despedida de Castro con balas de salva en La Habana. Foto: AP / Ricardo Mazalan

BOGOTÁ (apro).- El 9 de abril de 1948, día en que fue asesinado en Bogotá el popular líder liberal colombiano Jorge Eliezer Gaitán –un hecho que encendió la mecha del conflicto armado en Colombia–, Fidel Castro estaba en esta capital participando en el Congreso Latinoamericano de Estudiantes.

Tenía 21 años, estudiaba leyes en la Universidad de La Habana y dos días antes de ese acontecimiento que provocó una sublevación popular conocida como “El Bogotazo”, Castro había conocido a Gaitán, quien le pareció un político muy carismático y de ideas progresistas y antiimperialistas.

Años después, Fidel Castro había de describir su encuentro con Gaitán y la revuelta social que presenció en calidad de testigo de excepción, como hechos que lo marcaron en su formación de joven revolucionario.

Desde entonces, el fallecido líder cubano tuvo una cercanía afectiva y un interés político con Colombia. El mundo conoce la amistad que mantuvo desde los 70 con el Premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, quien tuvo una casa a su permanente disposición en La Habana y pasaba largas horas en la capital cubana hablando con él.

Cuando triunfó la Revolución Cubana, en 1959, Fidel Castro alentó desde el poder las luchas guerrilleras en América Latina.

En algunos casos, como en del nacimiento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en 1964, fue un referente y una inspiración.

En otros, como en el surgimiento de la guerrilla colombiana del Ejército de Liberación Nacional (ELN), fue mucho más que eso.

El acontecimiento fundacional del ELN fue un ataque a la policía y el Ejército en la población de Simacota, en el nororiental departamento colombiano de Santander, el 7 de enero de 1965. En esa acción participaron 27 hombres al mando de Fabio Vásquez Castaño, quien se había formado política y militarmente en Cuba y contó con el apoyo de Ernesto “Che” Guevara y Fidel Castro para fundar el nuevo grupo rebelde.

Era una organización de jóvenes, urbanos y universitarios en su mayoría, que apelaba a la unidad de obreros, campesinos, estudiantes, liberales y conservadores, “para derrocar la oligarquía”. Desde su nacimiento han proclamado un ideario guevarista y castrista.

Fidel y la lucha armada

Con el fin de las dictaduras militares en América Latina y el levantamiento de la proscripción a los movimientos comunistas y de izquierda en la región, Fidel Castro alentó la participación electoral de estas fuerzas políticas y varias de ellas comenzaron a ganar terreno en los gobiernos locales y en los poderes legislativos.

Socialistas que habían sido perseguidos por dictaduras militares, como Ricardo Lagos en Chile y Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, se convirtieron en presidentes de sus países.

En 1998, Fidel Castro ya hablaba de que la lucha armada como vía para llegar al poder había perdido vigencia. “Yo no recomendaría la lucha armada”, dijo ese año al comentar la actuación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México, cuyo alzamiento en armas solo había durado unos días en enero de 1994.
“En América Latina existieron condiciones diez veces como las de Cuba para hacer una revolución como la de Cuba”, sin embargo, “no es hoy lo que predicamos, ha cambiado el mundo mucho en estos tiempos” y “no podemos estar predicando lo que predicábamos hace 30 años”, afirmó Castro.

En julio de 2008, ya retirado del poder por una enfermedad intestinal por la que casi pierde la vida, el líder cubano escribió un artículo en el que hizo públicas algunas discrepancias con la guerrilla de las FARC. Señaló que mientras el comandante en jefe de ese grupo rebelde, Manuel Marulanda, Tirofijo, concebía una larga y prolongada lucha, él no compartía ese punto de vista.

Además criticó “con energía y franqueza, los métodos objetivamente crueles del secuestro y la retención de prisioneros en las condiciones de la selva” que las FARC habían empleado por años, lo que les generó la animadversión de amplios segmentos urbanos.

Ese mismo año, Fidel Castro publicó “La Paz en Colombia”, un libro en el que habla de la participación cubana en apoyo de diferentes procesos de paz en ese país desde los años 80.

El líder cubano estaba convencido de que el complejo conflicto colombiano, que tenía como protagonistas a las fuerzas del Estado, a los sanguinarios grupos paramilitares de extrema derecha y a las guerrillas izquierdistas, sólo podría resolverse mediante una negociación política.

Cuba alentó el proceso de paz con las FARC del Caguán, que se prolongó de 1999 a 2002 y que finalmente fracasó. José Arbesú, el encargado cubano de las relaciones con los movimientos de izquierda latinoamericanos, estuvo en Colombia respaldando esos diálogos.

En “La paz en Colombia” Fidel Castro escribió:

“Las fuerzas paramilitares, armadas por la oligarquía, cuyos efectivos se nutrían del enorme caudal de hombres que prestaban servicios en las fuerzas armadas del país y eran desmovilizados cada año sin empleo asegurado, crearon en Colombia una situación tan compleja que sólo había una salida: la verdadera paz, aunque lejana y difícil como otras muchas metas de la humanidad. La opción que durante tres décadas Cuba ha defendido en esa nación”.

En 1983, Castro tuvo una participación activa en el secuestro de Jaime Betancur, hermano del entonces presidente colombiano Belisario Betancur. Calificó ese plagio, cometido por una estructura urbana del ELN, como “carente de ética y del más elemental sentido político”.

Y 13 años más tarde jugó un papel decisivo en la liberación de Juan Carlos Gaviria, hermano del expresidente colombiano César Gaviria, que fue autoría de una pequeña guerrilla liderada por un rebelde conocido como “comandante Bochica”.

El repudio del fallecido líder cubano a los secuestros cometidos por la guerrilla y a “la captura y retención de civiles ajenos a la guerra” tenía, además de una dimensión ética, un sentido político.

El secuestro es una práctica que divorció a las FARC y al ELN de la mayoría de la población colombiana. Es, a final de cuentas, un delito de lesa humanidad.

En los últimos meses, mientras terminaban de negociar un acuerdo de paz con el gobierno colombiano –precisamente en Cuba, que fue sede de esos diálogos–, las FARC reconocieron que el secuestro había sido un error.

El ELN, que está por iniciar un proceso de paz con el gobierno en el que Cuba es uno de los países garantes, todavía defiende esa práctica como una forma de financiar la guerra.

El sábado pasado, al comentar la muerte de Fidel Castro, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, escribió en su cuenta de Twitter que el líder de la Revolución Cubana “reconoció al final de sus días que la lucha armada no era el camino (y) contribuyó así a poner fin al conflicto colombiano”.

Su muerte, el 25 de noviembre, ocurrió un día después de que el gobierno de Santos y la guerrilla de las FARC firmaran un acuerdo de paz definitivo.

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