La Revolución musical cubana

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Ante la desaparición física de Fidel Castro Ruz es inadmisible no incorporarse al coro planetario que la lamenta o la celebra pues, ciertamente, su figura de dictador tiránico rivaliza con la del líder apasionado que empeñó la vida en pos de la dignificación ‒con un rasero supuestamente igualitario‒ de su pueblo. No obstante, hemos de atenernos al balance logrado por su largo mandato en cuanto a la materia sonora, y más en concreto a aquella que le atañe a esta columna, es decir, la música de concierto.

Podemos aseverar, como parte del distanciamiento objetivo que nos impone la muerte del personaje, que él mismo se adelantó a los veredictos del futuro clamando que la historia se encargaría de absolverlo. Ahora que la leyenda viviente deja de existir comienza el proceso para que la realidad vaya aquilatando los paradigmas establecidos al tiempo que se van deplorando las pérdidas que antes habían sido conquistas.

Dicho lo anterior, será aconsejable hacer una contextualización de las precarias condiciones en que se encontraba Cuba antes del ascenso al poder del comandante y, delinear un breve perfil histórico sobre la cultura musical cubana, antes y después de la Revolución de 1959. Con ello, el balance aludido se impondrá con sus propios hechos… Hagamos, en primer término, un recuento sumario arrancando en el Siglo XVIII.

De los siglos previos no hay mucho que decir, salvo que no sobrevivió ningún vestigio del arte prehispánico en la entonces isla de Colba. Tampoco se hayan ejemplos destacados de una plástica popular cubana durante el periodo colonial y con respecto a la arquitectura es la misma tónica, al menos en comparación con otros países hispanoamericanos. En cambio, en el arte sonoro el cubano forjó ‒y sigue forjando‒ una música con una sólida fisonomía propia que descuella por su pujanza rítmica y su acendrado sabor bailable. Lo primero que podemos establecer es que sobrevivieron algunas guarachas criollas que datan de la mitad del Siglo de Las Luces y que ya entrado en Siglo XIX comenzó a florecer una abundante serie de contradanzas cubanas, las cuales tuvieron una acogida sensacional en la sociedad europea de entonces. Entre ellas, con apelativos distintos, hallamos habaneras, americanas, danzas habaneras, tangos habaneros, etcétera. Fue también la época de oro del famoso Teatro Tacón, considerado otrora como el recinto teatral más grande y más lujoso del continente y por sus avances técnicos como el tercero del Orbe, después de la Scala de Milán y la Ópera de Viena. Asimismo, en el decimonónico emergieron los primeros virtuosos y creadores nativos que sentaron las bases de un acrisolado nacionalismo musical. De éstos debemos mencionar a los insignes compositores Manuel Saumell (1817-1870) e Ignacio Cervantes (1847-1905)[1], a los violinistas mulatos José White (1836-1918)[2] y Claudio José Brindis de Salas (1852-1911), quienes recorrieron el mundo subyugando a sus públicos (al igual que Brindis de Salas, White vino a México y entabló amistad con Ricardo Castro) y, por supuesto, al revolucionario, músico y poeta Felipe Figueredo (1818-1870), autor de La bayamesa, canción patriótica que devendría en Himno Nacional. Sobre Figueredo es imposible no asentar que fue uno de los hacedores de la primera guerra independentista de Cuba ‒vendría después la que organizó José Martí en 1895‒ y que su compromiso por derrocar a la tiranía de su era le valió la cárcel y la pérdida de sus bienes, empero, logró con su labor artística ‒fue autor de la letra y la música del himno‒ unificar los sentires de los “rebeldes” y en octubre de 1868 pudo ver cómo el alzamiento armado tomaba forma y se convertía en lo que Castro mismo llegó a considerar como la única Revolución que había precedido a la suya.

Entrados en el Siglo XX es cuando se inicia una difusión en gran escala de la música popular cubana, en gran medida por la comercialización que hicieron Hollywood y Nueva York de ella. Guajiras, sones, boleros, congas, rumbas, mambos, cha cha chás y salsas le dieron la vuelta al mundo y no quedó sala de baile libre del contagio propiciado por la publicidad.[3] Pero en cuanto a la educación de los conservatorios ‒y de las escuelas cubanas en general‒ la situación hacía eco de las grandes carencias y de la fachada de oropel que los gobiernos espurios querían presumir. Miseria y hambre eran la norma para la mayoría de los cubanos y para la clase adinerada se disponían las diversiones más ostentosas y los placeres más socorridos. No en balde el turismo yankee de entonces se trasladaba a la isla para concederse los “recreos” que no hallaba en su tierra. Recordemos aquí que la morbosa inclinación del norteamericano por los vicios ‒alcohol, drogas, juego, pornografía y sexo, por orden alfabético‒ hizo de La Habana un casino-prostíbulo con vista al mar de proporciones bíblicas, tanto, que el derrocamiento de Fulgencio Batista vendría a significar un impulso definitivo para Las Vegas. Y esto debido, en parte, a que los empresarios estadounidenses al amparo del abyecto régimen de Batista fueron expulsados por la Revolución y que no quisieron perderse las ganancias millonarias que sus negocios de “entretenimiento” les producían.

Si nos atenemos a los datos duros habría que decir que antes del advenimiento de la Revolución castrista, el 59% de la población cubana era analfabeta y que en ese mismo porcentaje carecía de todo lo elemental. De los cinco millones de habitantes de esos años, casi tres conocían por el derecho la desnutrición, la mortandad infantil y juvenil, el desempleo y el envilecimiento gradual que la miseria les iba deparando. Podríamos decir que la Cuba antes de Castro era tan injusta como lo siguen siendo todas las naciones latinoamericanas, con México en los primeros lugares de malnutrición infantil, criminalidad, rezago educativo e impunidad legal. Podría inquirírsenos, ¿cómo es que con la pésima educación cubana de antaño surgieron tantas figuras de relieve como las que citamos? Cayendo la respuesta en la obviedad: en su gran mayoría debían buscar una instrucción superior emigrando (Cervantes, White y Brindis de Sala estudiaron en París, Figueredo en Barcelona y el mismo José Martí cursó las carreras de Derecho Civil y Filosofía y Letras en Madrid y Zaragoza).

Con este horizonte bosquejado, enfoquémonos ahora en los postulados revolucionarios y en sus resultados tangibles, aún dentro de lo intangible como la sustancia sonora. Castro Ruz se propuso, al precio que fuera, alimentar, educar, preservar y valorar el patrimonio y darle trabajo a todos los cubanos, sin excepción alguna. La ayuda de la Unión Soviética naturalmente favoreció las faenas, pero el embargo y los boicots del imperio norteamericano cobraron su cuota, sobre todo en el plano económico. Aún así, el sueño democrático invocado por Fidel signó sus realizaciones y están ahí, a la vista de quien se digne concederles su preeminencia.

En la Cuba del comandante se abolió el analfabetismo y se acabó la desnutrición. Proezas que por su propio peso absolverían cualquier infierno instaurado en sus dominios. En la hermana república se construyeron aulas aún en los poblados más remotos del territorio haciendo de ella la nación con el mayor número de maestros per capita en el mundo. Por si eso no bastara, habríamos de insistir en que de los cientos de miles de niños que duermen en las calles del planeta, ninguno es cubano. Y ahí están los avances en la medicina y en el deporte para sustentar los logros…

Mas tornando a lo que nos compete, la realidad también nos sorprende: Los conservatorios cubanos alcanzaron un nivel de primer mundo, especialmente en la práctica coral. Los estudiantes de música destacados de la nación pudieron irse a la URSS y a su regreso se dedicaron a educar a sus compatriotas de acuerdo al adagio de Marti: “Al nacer, todo hombre tiene derecho a que se le eduque y después, en pago, el deber de contribuir a la educación de los demás.” Vendrían en cascada la creación de la Casa de las Américas, el nacimiento de la Nueva Trova cubana y el apoyo estatal para la Canción de Protesta. Germinarían los proyectos magnos como el Ballet Nacional de Cuba, por instancias directas del comandante y con respecto a los teatros, también por mediación suya, habrían de encargarse de nivelar sus programaciones, favoreciendo la difusión y la creación de la música propia. Un ejemplo prístino: El Teatro Lírico Nacional pone en escena el mismo número de óperas y zarzuelas cubanas que las del repertorio universal.

Desde estas páginas aventuramos un réquiem para desear que con la muerte de Castro Ruz surja un nuevo amanecer para Cuba, como aquel de 1959. Un amanecer que la convierta en una nación verdaderamente civilizada, responsable al fin de las libertades, los sueños y los errores de todos los que la conforman. ¡Que sus mares de músicas se proyecten, ahora sí, hacia la realización de una Cuba libre, aún sin Fidel…!

[1] Se aconseja la escucha de su danza Los muñecos. Audio 1: Ignacio Cervantes – Los muñecos. (Alauda Ensemble. Samuel Máynez, director. Nestlé, 2003)

[2] Se recomienda la audición de su concierto para violín. Audio 2: José White – Allegro moderato del concierto en Fa sostenido menor. (Rachel Barton, violinista. Encore Chamber Orchestra. Daniel Hege, director. CEDILLE RECORDS, 1997)

[3] Se sugiere la escucha de una de las más famosas melodías de la música cubana. Audio 3: Moises Simons – El manisero. (Orquesta de Cámara Música Eterna. Guida López Gavilán, director. EGREM. 2000)

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