El legado del patriarca

Cadetes sostienen imágenes de Castro en la Plaza de la Revolución. Foto: AP / Ricardo Mazalan Cadetes sostienen imágenes de Castro en la Plaza de la Revolución. Foto: AP / Ricardo Mazalan

Nadie debe llamarse a engaño: ni en ausencia de Fidel Castro ni después que se vaya Raúl, se debería esperar un gobierno que transforme el sistema para contentar a los políticos del Norte, señala Rafael Hernández, director de Temas, la revista sobre cultura y sociedad más importante de Cuba. En un ensayo escrito en exclusiva para Proceso, el intelectual cubano afirma que la llegada a un “socialismo democrático” no debe estar centrada en una política de partidos, sino en el buen funcionamiento de las instituciones representativas del sistema político de la isla, incluidas la transparencia y la rendición de cuentas.

Fidel montó sobre Fidel un día/

se lanzó de cabeza contra el dolor contra la muerte/

pero más todavía contra el polvo del alma.

Juan Gelman

LA HABANA (Proceso).- Los grandes reformadores no siempre se han caracterizado por reunir detrás de sí el consenso unánime de la humanidad, ni siquiera de su propio pueblo. Su mérito no radica en haber conseguido la aprobación universal, sino en haber construido un proyecto incluyente de progreso y justicia, libertad y convivencia humana, así como las normas con que éstas se estiman, cuyo significado real sólo puede asentar el tiempo.

Me pregunto qué hubiera arrojado una encuesta nacional del New York Times acerca de Abraham Lincoln, la mañana del 14 de abril de 1865, en víspera de su muerte, víctima de una conspiración esclavista. Me pregunto si habría sido celebrado como el héroe nacional que preservó a la Unión y la salvó de la ignominia de la esclavitud, al enorme costo de 700 mil vidas, millones de lisiados de guerra y la ruina de vastos territorios, especialmente de grandes propiedades y haciendas en el sur –que entonces era la tercera parte de Estados Unidos.

Me pregunto si el pensamiento de Lincoln hubiera convocado entonces el halo de reverencia nacional y mundial que adquirió luego, y que se vino a materializar en un monumento a la orilla del Potomac, sólo 57 años después.

Los países de nuestro Sur que han conocido grandes reformadores, como Benito Juárez o Mahatma Ghandi, saben que tuvieron enemigos atroces, internos y externos, muy superiores por su fuerza y recursos; y que muchos los consideraron obstinados e inflexibles, por su tenacidad y determinación, que tildaban de pura terquedad. Fueron precisamente algunos de esos rasgos polémicos los que inscribieron sus nombres, más allá de fronteras nacionales, en la historia y el legado común.

A veces ese reconocimiento se demora en llegar. Me pregunto si los racistas norteamericanos hoy mismo ya se habrán reconciliado con Lincoln.

Miles despiden las cenizas de Fidel Castro en La Habana. Foto: AP / Natacha Pisarenko
Miles despiden las cenizas de Fidel Castro en La Habana. Foto: AP / Natacha Pisarenko

El gran árbitro

Las lecciones de Fidel Castro –para Cuba y también para mucha gente en el mundo– no son las de la conformidad, el pragmatismo o el fatalismo geográfico. Influyó sobre sucesivas generaciones por su rebeldía ante el orden establecido; por cantarles las verdades a poderosos con los signos ideológicos más diversos, y no arrodillarse ante ninguno; por ejercer a fondo los postulados martianos de “Patria es humanidad” y “Un pensamiento justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército”. Su pensamiento y obra no enseñan, como norma de vida, a evitar “buscarse problemas”, callarse la boca ante los intereses creados, esperar que los cambios vengan de otra parte o de afuera.

Al mismo tiempo, como muchos saben, ni en la guerra ni en la paz fue un temerario, sino un estratega que evitó siempre riesgos innecesarios; ni un sectario o un extremista en política, sino un artífice de alianzas que parecían quiméricas, entre tendencias rivales. Fue el gran árbitro entre esas tendencias, que logró juntar en un mismo partido. Defendió con vehemencia sus ideas, pero no fue dogmático y mucho menos fanático. Utilizaba razones y argumentos extraídos de la historia de Cuba y del mundo, con un dominio asombroso de datos y referencias –que revelaban una vasta cultura– impresionante hasta para interlocutores con ideologías muy ajenas.

Muchos de sus errores como dirigente se explican por sus propias virtudes. Estaba convencido, como San Pablo y el Che Guevara, de que la educación y el trabajo, en un medio ideológico favorable, lograban transformar a cualquiera, y hacerlo un hombre nuevo. Que la teoría era importante, pero no había aprendizaje mejor que ponerse a hacer las cosas, incluso darles responsabilidades de Estado a veinteañeros. Creía que ganando los corazones y las mentes de muchos se podían incluso quemar etapas. Y que esperar a que las condiciones maduraran era puro inmovilismo. Que no era bueno mantener deudas con una superpotencia aliada, aunque para eso todos tuviéramos que irnos a cortar caña; que la ciencia y la técnica eran la base del desarrollo, y que si los simples ciudadanos aprendían de genética pecuaria, íbamos a producir más leche per cápita que Holanda o Nueva Zelanda. Que el socialismo realmente existente en otras partes no era verdad; y que si se relegaba la meta de una sociedad sin clases, era probable extraviarse por el camino.

Miles despiden las cenizas de Fidel Castro en La Habana. Foto: AP / Natacha Pisarenko
Miles despiden las cenizas de Fidel Castro en La Habana. Foto: AP / Natacha Pisarenko

Nuevo modelo socialista

Se repite hasta la saciedad que Fidel era el doctrinario, el intransigente ideológico, y Raúl el pragmático, el político realista.

Los documentos desclasificados del gobierno de Estados Unidos revelan que él buscó el diálogo con los diez presidentes norteamericanos que le tocaron. Se olvida que lo hizo con algunos que intentaron liquidarlo (no solo política, sino físicamente) una y otra vez. Y que en su lucha por romper el aislamiento impuesto a la isla, extendió sus relaciones internacionales y de cooperación con gobiernos y movimientos muy diferentes, desde muy temprano, cuando nadie imaginaba la caída del Muro de Berlín.

Seguramente es cierto que Raúl lo superaba como administrador, en el sentido de la organización y la capacidad para gobernar desde la institucionalidad, el cálculo de costos y el control de gastos, el rigor sobre los presupuestos, la distribución de tareas y su chequeo sistemático, la coherencia y la descentralización de responsabilidades, la preeminencia de la ley y el orden como instrumentos de política.

Aunque Raúl ha demostrado una visión política mucho más allá de esas virtudes, es probable que el estilo de dirección de Fidel estuviera mucho más cerca de la cultura guerrillera que la del comandante del Segundo Frente.

La mayoría de los cubanos, incluso algunos de sus críticos, concuerdan que, en el ajedrez con Estados Unidos, su condición de Gran Maestro no ha tenido rival. Y que si estamos aquí todavía como país independiente, se lo debemos a él. Muchos dan por sentado que la última negociación con Estados Unidos contó con su guía estratégica.

Al margen de enunciados doctrinales, el lado práctico de su legado en política exterior –ante Estados Unidos y otros– se levanta sobre dos premisas irreductibles: no doble rasero, no precondiciones. Esa herencia suya es la Piedra de Rosetta de la política cubana.

Ahora bien, nadie debe llamarse a engaño sobre los límites de ese realismo. Ni en ausencia de Fidel ni después de que se vaya Raúl, se debería esperar que un gobierno que defienda el interés nacional de Cuba transforme el sistema para contentar a los políticos del Norte o por algún beneficio económico. Mirándolo desde abajo, donde tiene su arraigo la cultura cívica cubana, una política que negociara el modelo interno con los norteamericanos perdería su capital de legitimidad. O para decirlo al revés: cualquier gobierno futuro debe saber que la negociación de los temas de política interna con Estados Unidos mutilaría un consenso imprescindible para mantener la estabilidad política y hacer avanzar el nuevo modelo socialista.

Gabriela López espera su turno para despedirse de Castro en La Habana. Foto: AP / Rodrigo Abd
Gabriela López espera su turno para despedirse de Castro en La Habana. Foto: AP / Rodrigo Abd

“Realpolitik”

Un tema reconocido en la agenda cubana actual por el propio Raúl es la cuestión de un socialismo democrático.

El argumento típico que algunos asumen sin más, en el escenario de “una Cuba post Fidel Castro”, es que su ausencia permitiría avanzar rápidamente hacia una cierta “democratización”. Esta idea, para algunos tan convincente como un buen deseo, padece sin embargo, de ambigüedad conceptual y política, y más bien puede tener un efecto contraproducente para un socialismo democrático. Las cinco razones que demeritan este argumento no son teóricas o ideológicas, sino de realpolitik:

1.- Malinterpreta el clima político realmente existente en Cuba, al cifrar la agenda de la democracia en la política de partidos, en vez de hacerlo en la calidad del proceso electoral, y la superación de sus principales defectos (la nominación cerrada y el voto negativo). El foco de la democratización se encuentra en el funcionamiento sistemático de las instituciones representativas del sistema político según son descritas en la Constitución –incluida la transparencia y la rendición de cuentas (llamada en inglés accountability) de todos los cargos elegidos y también de los organismos de la administración central del Estado.

2.- Una “democratización” reducida al multipartidismo implica una lógica “desde arriba”, consistente en que el Partido Comunista de Cuba (PCC) convierta el orden político actual en un cierto “sistema de partidos” (quizás mediante una negociación interélites al estilo posfranquista), en lugar de promover que el propio PCC adopte un funcionamiento cada vez más democrático, desde sí mismo (como ha propuesto el propio Raúl), y en respuesta a sus bases (cerca de un millón de militantes, incluida la Unión de Jóvenes Comunistas), a las actuales demandas y problemas del sistema político y de la sociedad cubana.

3.- Relega a un segundo plano la condición fundamental de cualquier cambio democrático básico, centrada en fortalecer la participación ciudadana en las instituciones existentes, y sobre todo, en el sistema del Poder Popular, desde las circunscripciones hasta la Asamblea Nacional, los sindicatos, las demás organizaciones, y el propio Partido, o sea, en lograr que el sistema funcione según su concepción constitucional.

4.- Identificar este “momento democratizador” con la muerte de Fidel Castro propiciaría en el sistema político y sus instituciones una reacción autoinmune típica, que tiende a provocar una interpretación conservadora del legado de Fidel, en el sentido de promover el cierre político y fortalecer, a la larga, a las corrientes resistentes al cambio.

5.- Este argumento se salta el papel real de Raúl Castro y el contenido democrático de su plan de reformas, incluida su dimensión política, alcance radical, y convocatoria a la totalidad de la ciudadanía, no sólo a los socialistas y a los militantes, en una agenda verdaderamente nacional.

El legado de Fidel para el futuro de Cuba, parafraseando al poeta, es que sólo sacando el polvo de las viejas ideas se podrá vencer tanto el sentido común del capitalismo como los malos hábitos del socialismo, hacia una sociedad que sólo podrá ser más justa y equitativa si logra ser más próspera y democrática.

Una mujer se despide de Castro en La Habana. Foto: AP / Ramon Espinosa
Una mujer se despide de Castro en La Habana. Foto: AP / Ramon Espinosa

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