Dominic Ongwen, víctima y verdugo: el dilema del Tribunal Penal Internacional

PARIS.- Víctima y verdugo… El caso de Dominic Ongwen plantea un grave dilema a los jueces del Tribunal Penal Internacional (TPI) de La Haya, en el que comparece este jefe de guerra que sembró el terror en Uganda, República Democrática de Congo, República Centroafricana y Sudán.

Ongwen debe responder por 70 cargos de crímenes de guerra y de lesa humanidad: masacres de civiles indefensos en campos de refugiados, torturas, mutilaciones, violaciones, reclutamiento forzado de niños soldados y de niñas convertidas en esclavas sexuales…

Tan larga es la lista de sus crímenes, tan impresionante es el número de testigos de su barbarie –cuatro mil oficialmente registradas por el TPI– y tan compleja resulta su biografía, que ese juicio que inició el pasado 6 de diciembre, amenaza con durar varios años.

Dominic Ongwen fue un niño soldado deshumanizado por el Ejército de Resistencia del Señor (LRA, por sus siglas en inglés) antes de convertirse en uno de sus principales líderes militares y de cometer atrocidades.

¿Cuál es su grado real de responsabilidad? ¿Cómo distinguir los efectos del adoctrinamiento y del adiestramiento del LRA? ¿Por qué Ongwen no huyo de sus raptores como lo hicieron nueve mil combatientes del LRA?

Es lo que tendrá que determinar el TPI que, por primera vez desde su creación en 1998, juzga a un exniño soldado.

Nacido en Uganda en 1974, Ongwen tenía apenas 14 años cuando fue secuestrado junto con su hermana por combatientes del LRA. Fue “entregado” a instructores militares del grupo armado milenarista, mientras que la niña fue “regalada” a Joseph Kony, líder de la organización.

Al igual que todos los demás menores de edad víctimas del LRA a lo largo de casi tres décadas –60 mil, según acusaciones de las Naciones Unidas–, Ongwen fue sometido a un entrenamiento de una violencia extrema.

Algunos de sus excompañeros, hoy rehabilitados, hablan de la obligación de matar a golpes en la cabeza a sus familiares y amigos, de ritos de canibalismo, de cruentos servicios físicos…

Muchos niños soldados murieron en combate o por maltratos, otros arriesgaron la vida para huir y algunos se convirtieron en máquinas de matar. Fue el caso de Ongwen, quien no tardó en destacar por su ferocidad.

Totalmente “habitado” por la ideología delirante de esa organización –hoy prácticamente desmantelada– que mezcla brujería y una interpretación enmarañada del cristianismo, y cuya ambición es instaurar un Estado Bíblico exclusivamente regido por Los Diez Mandamientos, Ongwen ascendió rápidamente en la jerarquía del LRA.

Se impuso como mayor a los 18 años, como brigadier a los 25 y acabó comandante de la brigada Sinia que causó estragos en África central.

La captura

En 2005, el TPI emitió una orden de arresto en su contra, mientras que los países centroafricanos involucrados integraron una fuerza regional para capturarlo, erradicar a su brigada y a las demás brigadas del LRA. No pasó absolutamente nada.

Ongwen siguió escondiéndose entre la maleza, burlándose de las muy porosas fronteras centroafricanas, multiplicando masacres y saqueos.

En 2007 corrió el rumor –rápidamente desmentido– de su muerte y Estados Unidos se sumó al operativo de búsqueda. Sin mayor efecto.

Para 2013, el Departamento de Estado decidió meter mano al asunto y ofreció una recompensa de cinco millones de dólares a quien facilitara su captura. El resultado no se hizo esperar mucho: el 5 de enero de 2015 cayó el fugitivo.

Fue Amat Mounir, oficial de la Seleka, grupo armado de filiación musulmana e integrado por mercenarios de Chad, Sudán y Libia, quien capturó a Ongwen en el pueblo de Koto, al nordeste de la República Centroafricana y lo entregó a las fuerzas especiales estadunidenses, muy activas en la región.

Pero hasta la fecha Mounir y sus hombres no han cobrado un solo centavo de dólar. En una entrevista publicada por el vespertino Le Monde en su edición del pasado 6 de diciembre, el jefe militar rebelde da rienda suelta a su frustración.

“Cuando los soldados llegaron por Ongwen nos dijeron que volverían con la recompensa –enfatizó–. Regresaron sin nada. Sólo nos explicaron que era imposible darnos dinero en efectivo porque la Selekaera un grupo armado rebelde y que podríamos utilizar ese dinero para comprar armas. Les propusimos otra solución: construir casas, escuelas, un hospital y un centro de recreo para los jóvenes. Volvieron otra vez. Nos dejaron unos cuantos bancos y mesas para una escuela y un poco de medicinas. Fue todo”.

Complejo para el TPI, el juicio contra Ongwen es también tema que desata muchas polémicas en África, donde el problema de los niños soldados es apremiante.

Hay debates entre, por un lado, quienes aprueban los alegatos de los abogados del criminal que insisten sobre su adolescencia arruinada y las profundas secuelas psíquicas de la crueldad de la que fue objeto; y por otro, quienes exigen su condena en aras de la justicia y recalcan que la sanción permitirá poner en marcha un sistema de reparación para las víctimas.

Las autoridades judiciales de algunos países europeos, en particular de Francia, siguen de cerca el juicio de Ongwen. Están conscientes de que tendrán que enfrentar el mismo tipo de dilema que el TPI si les toca juzgar crímenes cometidos por los llamados leoncitos del califato, niños soldados adiestrados por el Estado Islámico (EI). A raíz de los reveses militares de Daesh en Siria e Irak, familias jihadistas empiezan a volver a Europa después de pasar varios años en estos dos países.

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