Tres aniversarios, tres

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- No podemos dejar que finalice este año 2016 sin dedicarles unas líneas a tres músicos eminentes a quienes hubo de celebrarse por el primer centenario de su natalicio. Dos son mexicanos y como podemos suponer, su aniversario pasó prácticamente inobservado en nuestro país (aunque repárese la paradoja: a uno de ellos se le han rendido múltiples homenajes en España). El tercero es argentino y, para vergüenza nuestra, su patria si lo homenajeó a cabalidad en sintonía con múltiples celebraciones planetarias. Asumamos pues, la inobservancia que nos caracteriza ‒desdén e incultura también aplican‒ para cumplir con el deber de recordar a estos personajes cuyos frutos creativos son savia, de manera inequívoca, del impetuoso árbol de la cultura hispanoamericana.

Una niñez cobijada por pirámides De chico, Armando Montiel solía recorrer a caballo los vestigios de Teotihuácan ‒todavía la Calzada de los muertos seguía parcialmente enterrada‒ y uno de sus pasatiempos preferidos era ascender a la pirámide del Sol para otear el mundo desde ese epicentro. A lo lejos reconocía el pueblo de Xometla que lo había visto nacer y se deleitaba en discernir cuáles labrantíos eran los que pertenecían a su familia. De ésta sólo quedaba su padre, un hacendado rico cuyos ancestros provenían del Campo de Montiel en España, el mismo donde Cervantes sitúo la aventura quijotesca de los molinos de viento. Con respecto a su madre, la memoria de Armando no la registraba pues había muerto de la llamada influenza española ‒la infausta pandemia que infectó a un tercio de la población mundial de esa época‒ cuando él tenía apenas 18 meses de vida. De manera que la orfandad materna fue suplida con la devoción de una abuela que se dedicó a educarlo con especial cariño. De ella aprendería a tocar el piano y a comportarse como lo habría hecho un verdadero caballero de La Mancha.

No obstante, esa infancia de privilegios habría de dar un giro violento con los coletazos de la Revolución. Su piano de cola, por ejemplo, fue utilizado como leña para que los revolucionarios se calentaran en una de las noches heladas en que habían decidido pernoctar en la requisada hacienda. Con privaciones a cuestas, Armando descubrió que la música podría ser el medio de subsistencia idóneo; y así se convirtió en el pianista oficial que musicalizaba las primeras películas mudas que llegaban a su pueblo. Natural fue entonces que quisiera estudiar en serio y que para ello pensara en emigrar a la Ciudad de México. Una vez en la capital, se acercó a Manuel M. Ponce quien se convertiría en su mentor y maestro (Ponce lo hospedó en su casa y lo eximió de los pagos de inscripción del Conservatorio). En las aulas conservatorianas Armando destacó por su seriedad y empeño, tanto, que habría de convertirse en un concertista de altos vuelos y en un sólido compositor decidido a seguir con la huella nacionalista de sus maestros (también fue alumno de José Rolón, Candelario Huízar, Joaquín Amparán y José Rocabruna).

Lo que nadie hubiera podido profetizarle es que en los salones del Conservatorio habrían de fraguarse los signos más persistentes de su destino; entre éstos el de conocer a la insigne soprano Rosa Rimoch con quien ligaría su existencia ‒hasta que la muerte los separó‒ y la convicción de fundir sus ocupaciones y requiebros con los derroteros de su Alma Mater, de la que no se separaría nunca más (el maestro Montiel fue también catedrático y director, hacia el final de sus días ‒de 1978 a 1983‒, de la misma).

La vida de casado no fue obstáculo para proseguir con sus inquietudes artísticas ‒se dedicaría también a la dirección de orquesta y a la promoción del repertorio operístico a gran escala‒ al contrario, fue en su calidad de compañero musical que recorrió los escenarios teatrales más afamados del orbe[1], recibiendo ovaciones a la par de su consorte.

En lo que concierne a su obra hay que enfatizar que le sobreviven 71 composiciones ‒para canto, para piano, para órgano, para violín y para piano y orquesta‒ y que sólo un par ha sido editado. Nada que nos sorprenda, ya que en México la desmemoria corre al parejo de la ingratitud. Si así sucede con sus partituras, ¿podríamos haber esperado que se le honrara como a uno de los directores del Conservatorio más decentes y caballerosos de su historial y que hubiera habido una celebración digna por su primera centuria?…

Un porteño universal Desde sus mocedades, Alberto Ginastera se embelesaba viendo la llegada de buques y trasatlánticos al puerto de Buenos Aires, donde había nacido. Esa afición le surgía por saberse, él también, un hijo de inmigrantes; de aquellos humildes labriegos que surcaban el océano para rehacer sus vidas. Su padre era catalán y su madre era italiana, así que Alberto fue trilingüe por derecho propio, y también por derecho de nacimiento recibió una educación esmerada ‒como antídoto contra el anonimato que depara la ignorancia‒, en la que la música tenía precedencia. Le gustaba pensar que alguna vez sería llamado para darles voz a sus compatriotas a través de las composiciones que fuera capaz de escribir. Y en ello la razón y las evidencias se pondrían de su lado.

Cuando fue tiempo de matricularse en el Conservatorio lo hizo con la certidumbre de ingresar a un templo donde las oraciones se formaban de hechizos sonoros. Fue tal su pasión por el estudio que la carrera la concluyó en un santiamén y, ya recibido, fue espontáneo que buscara la manera de expandir sus horizontes. Viajó con una beca a los Estados Unidos, y a su regreso a la Argentina se preocupó por allanarles el camino a los nuevos compositores (Astor Piazzola fue uno de sus alumnos). En avalancha surgieron, por su mediación e insistencia, la Sociedad de Compositores, el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales (CLAEM) y la fundación de un nuevo Conservatorio, aquel que ostenta el nombre de Julián Aguirre, mismo que sólo alcanzó a dirigir un año debido a diferencias con las autoridades municipales que pretendían cambiarle la denominación.

No fue ese el único de sus altercados con los políticos, ya que también el CLAEM fue cerrado por decisión gubernamental y más adelante su ópera Bomarzo sería vetada por “amoral”. Ante tales despropósitos Ginastera se refugió en EUA ‒ahí se estrenó Bomarzo, con un éxito arrollador‒ y más adelante en Ginebra, donde fallecería en 1983. Tocante a su producción musical, sus títulos resumen su credo: Sinfonía porteña, Concierto argentino, Obertura Fausto Criollo, Pampeanas, Malambos, Tríptico Ollantay etcétera, no sobrando anotar que su testamento artístico se trató de la ardua musicalización del Popol Vuh.[2]

Dicha hazaña le costó ocho años de esfuerzos y aún así, la dejó incompleta.

De sangre hispana, mas nacido en Veracruz Cuando era aún infante, Salvador Moreno presintió que los paisajes y los sonidos de su natal Orizaba algún día le servirían como fuente de inspiración. No estaba tan seguro de cómo habrían de presentarse los embelecos creativos, sin embargo, se dejaba poseer por todas las artes por igual y en su casa se lo festejaban. Tanto la pintura, como la poesía y la música habrían de reservarle innumerables sorpresas apenas decidiera que no quería otra vida que no fuera al amparo de la belleza que emana el arte verdadero. Por ende, la senda oficial que marcó su emancipación como artista fue la del forjador de sonidos. Eso implicó dejar su tierra y trasladarse a la Ciudad de México, donde habría de inscribirse en el Conservatorio.

En la benemérita institución descolló por la finura de su sensibilidad y por las maneras sutiles de expresar sus talentos. Las lecciones de José Rolón y Carlos Chávez dieron frutos, comenzando en breve a darle forma a sus impulsos melódicos. Y lo mismo pasaría con su pasión por los colores y por la musicalidad de las palabras. Fueron primero canciones[3] y después llegaron óperas, junto a acuarelas y gouaches y la escritura de poemas y de ensayos sobre historia del arte.

Pero a pesar del amor que nutría por nuestro país, Salvador pensó en desterrarse para evitar los sufrimientos que le causaba el deterioro que percibía en todos los rubros patrios, especialmente el relacionado con la enseñanza y la preservación de las bellezas naturales. Fue así que rehízo la ruta de Indias para afincarse en Barcelona. Ahí, al cabo de treinta años de auto exilio, Salvador se labró un porvenir y la amistad de catalanes ilustres, aunque no estuvo exento de penas, como el encarcelamiento por mantener correspondencia con los republicanos que vivían en México. Fue tanto su involucramiento con la cultura de su segunda patria ‒promovió, por ejemplo, que se levantara una estatua de Jaime Nunó en su pueblo natal‒, que ahora que se cumplen cien años de su alumbramiento se llevan a cabo conferencias, conciertos y homenajes a granel en Cataluña. En México, en cambio, el menosprecio superó cualquier noción de pertenencia. Otra vez la “sonora miseria” de la Suave Patria lópezvelardiana…

[1] Se recomienda escuchar fragmentos de un concierto mancomunado en The Hall of the Americas de Washington, D. C. Asimismo, agradecemos la valiosa información proporcionada por Andrea Montiel Rimoch, para la redacción de estas líneas sobre sus padres. Audio 1: Maurice Ravel – Kadish (Melodie hebráique) (Rosa Rimoch, soprano. Armando Montiel, píano. Live Recording, 1964. ARTCO, 1999) Audio 2: Armando Montiel – “En esta clara mañana” (Idem)

[2] Se sugiere la audición de su primera sección. Audio 3: Alberto Ginastera – La noche de los tiempos del Popol Vuh op 44 (BBC National Orchestra of Walles. Gisèle Ben-Dor, directora. NAXOS, 2010)

[3] Se aconseja la escucha de sus canciones en náhuatl, interpretadas por la española Victoria de los Ángeles. Diríjase a los vínculos: www.youtube.com/watch?v=QuqNxgxmgrY   y www.youtube.com/watch?v=B0dLE7FHyJc

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