De conchas y caracoles

De conchas y caracoles, de Francisco Toledo. De conchas y caracoles, de Francisco Toledo.

En 1963, en París, me alojé en un cuarto de servicio de la galería Flinker en la Rue du Bac, muy cerca de Le Maison Deyrolle, una tienda muy famosa donde vendían minerales, conchas, animales disecados y fósiles. Me recuerdo viendo maravillado las docenas de conchas en las vitrinas donde se exponían. Esas conchas venían de todas partes del mundo. Así que empecé a coleccionarlas en mis idas y vueltas, pero al final regalé todas.

El hombre y el caracol

Paul Valéry

Como un sonido puro o un sistema melódico de sonidos puros en medio de los ruidos, así un cristal, una flor, un caracol, se destacan en el desorden ordinario del conjunto de las cosas sensibles. Son para nosotros objetos privilegiados, más inteligibles para la vista, aunque más misteriosos para la reflexión, que todos los otros que vemos indistintamente.

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Este caracol que tengo y que hago girar en mis dedos, y que me ofrece un desarrollo combinado de temas simples de la hélice y el espiral, me sume, por otra parte, en un asombro y una intención que producen lo que pueden: observaciones y precisiones exteriores, preguntas ingenuas, comparaciones poéticas, imprudentes “teorías” en estado naciente… Y siento que mi espíritu presiente con vaguedad todo el tesoro infuso de las respuestas que se esbozan en mí ante una cosa que me detiene y me interroga.

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Si cada caracol es disimétrico, cabría esperar que, en un millar de ejemplares, el número de los que desarrollan sus espirales “en el sentido de las agujas del reloj”, fuera aproximadamente igual al número de los que giran en sentido opuesto. Nada de eso. Así como hay pocos “zurdos” entre los hombres, hay pocos caracoles que, vistos desde la cúspide, muestren una espiral que se aparte de este punto procediendo de derecha a izquierda.

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Está claro que el personaje bastante secreto, entregado a la simetría y a la torsión, que se forma una concha, ha renunciado hace largo tiempo a los ídolos postulatorios de Euclides. Euclides creía que una vara conserva su longitud en toda circunstancia; que era posible lanzarla hasta la luna o hacerle escribir un molinete sin que el alejamiento, el movimiento o el cambio de orientación alterasen su tranquila conciencia de unidad de medida irreprochable. Euclides trabajaba sobre un papiro donde podía trazar figuras que le parecían parecidas; y no veía al crecimiento de esos triángulos otro obstáculo que la extensión de su hoja. Estaba muy lejos –a veinte siglos luz– de imaginar que llegaría el día en que un tal señor Einstein amaestraría un pulpo para que capturase y devorase toda geometría; y no sólo ésta, sino el tiempo, la materia y la pesantez, y muchas otras cosas más, insospechadas para los griegos, que, trituradas y digeridas juntas, hacen las delicias del todopoderoso Molusco de referencia. Basta ese monstruoso cefalópodo contar sus tentáculos y en cada una de sus ventosas succionadoras para sentirse “dueño de sí como del universo”.

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Voy a tirar mi hallazgo como se tira un cigarrillo consumido. Este caracol me ha servido, excitando sucesivamente lo que soy, lo que sé, lo que ignoro… Así como Hamlet, recogiendo un cráneo de la tierra fértil y acercándolo a su cara viviente, se mira atrozmente, en cierta manera, como cae en una meditación sin salida que un círculo de estupor limita por todas partes, así, bajo la mirada humana, ese pequeño cuerpo calcáreo hueco y espiral concita a su alrededor numerosos pensamientos, ninguno de los cuales concluye…

De conchas y caracoles, de Francisco Toledo.
De conchas y caracoles, de Francisco Toledo.

La poética del espacio

Gaston Bachelard

La naturaleza tiene un modo muy sencillo de asombrarnos: la de hacer en grande. Con la concha que llamamos comúnmente la Gran Pila, vemos a la naturaleza realizar un inmenso sueño de protección, un delirio de protección y obtener, a fin de cuentas, una monstruosidad de la protección. El molusco “sólo pesa 14 libras, pero el peso de cada una de sus valvas es de 250 a 300 kilos, y tiene de un metro a un metro y medio de longitud”. El autor de ese libro que forma parte de la célebre Biblioteca de las Maravillas, añade: “en China… algunos ricos mandarines poseen bañeras hechas con una de esas conchas”. ¡Qué baño reblandecedor debe tomarse en la vivienda de un tal molusco! ¡Qué poder de relajamiento podía sentir un animal de 14 libras ocupando tanto espacio! Yo no sé nada de las realidades biológicas. No soy más que un soñador de libros. Pero con la lectura de la página de Armand Landrin [Les monstres marins] hago un gran sueño de cosmicidad. ¿Quién no se sentiría cósmicamente reconfortado imaginando que se baña en la concha de la Gran Pila?

Su fuerza va a la par con el tamaño de la masa de sus murallas. Un autor dice que es preciso enganchar dos caballos a cada valva para obligar a la Gran Pila “a bostezar a la fuerza”.

Me gustaría mucho ver un grabado que inmortalizara esa proeza. Me lo imagino sirviéndose de la vieja figura, que contemplé tantas veces, de los caballos enganchados a los dos hemisferios entre los cuales se había hecho el vacío, en “la experiencia de Magdeburgo”. Esta imagen legendaria en la cultura científica elemental tendría una ilustración biológica. Cuatro caballos para dominar siete kilos de carne blanda.

La trata de esclavos

Hugh Thomas

A comienzos del XVI a veces se vendían esclavos a cambio de conchas únicamente. El precio corriente de un esclavo varón destinado a Santo Tomé era, en el río Forcados, de 6 mil conchas. Y aunque después los mercaderes pedían muchas más cosas, las conchas siempre fueron parte del comercio de esa región, a veces como un tercio, a veces como la mitad del precio. A menudo el precio de un esclavo se calculaba en conchas, que alrededor de 1760 era de 160 mil por cabeza.

En el siglo XVIII, cuando todavía se empleaban las conchas como moneda en la India, ya desempeñaban el mismo papel en gran parte del África occidental, especialmente en Ouidah, que en dicho siglo fue el mayor importador africano de conchas. Parece que entre 1700 y 1800, los tratantes europeos importaron a África más de 25 millones de libras en conchas. El año de mayor cantidad fue probablemente el de 1722, cuando solamente los capitanes ingleses y holandeses llevaron a África más de 700 mil libras de conchas. La RAC descubrió que en algunos lugares las conchas eran indispensables para comerciar, particularmente en Ouidah y en el estuario del Benin. Los mercaderes africanos insistían en que una cuarta parte, a veces hasta la mitad del precio de un esclavo, se pagara en conchas.

En el África occidental las conchas se enfilaban por cuarentenas, y entonces se llamaban toque. Cinco toques formaban una galhina y 125 toques formaban una cabeça. A mediados del siglo XVII, igual que un siglo más tarde, una cabeça, o sea, 5 mil conchas, parece que tenía el mismo valor que un lingote de hierro.

Las conchas tenían muchas virtudes en su calidad de moneda. Hacían posible una moneda internacional que circulaba por los mercados de grandes y pequeños Estados, en tanto que una sola concha tenía la virtud de poseer escaso valor. Y, así, la moneda de menos valor de la Gran Bretaña, el farthing, equivalía, en 1780 y en el delta del Níger, entre 25 y 32 conchas. Además, son agradables a la vista y fáciles de manejar, son duras, de modo que no se rompen fácilmente, y no se gastan ni decoloran. No pueden falsificarse, como le dijo el rey Gezo al explorador Richard Burton, son difíciles de atesorar y no tienen ninguna otra utilidad. Su única desventaja, comunidad de cuenta, era que resultaban molestas para el transporte, aunque a lo largo de los siglos los camellos, los asnos y los esclavos africanos se acostumbraron a acarrearlas.

De conchas y caracoles, de Francisco Toledo.
De conchas y caracoles, de Francisco Toledo.

The Shell. Five Hundred Million Years of Inspired Design

AA.VV. 1991

El murex recientemente acaparó la atención del público cuando, en octubre de 1957, la Compañía Shell de Transporte y Comercio (Shell Transport and Trading Company) publicó, en conmemoración de su sexagésimo aniversario, La Venera (The Scallop). A pesar de que esta publicación estaba dedicada a la concha que se había vuelto la imagen de la compañía –la concha de venera estilizada–, el trasfondo de la historia involucra otras familias de conchas y tuvo su inicio en la época victoriana. Marcus Samuel, fundador de la compañía original que atendía las necesidades de las embarcaciones y sus marineros, inició sus operaciones en Londres, en un distrito frecuentado por marinos que arribaban en sus navíos. Simultáneamente comenzó a coleccionar conchas, en especial aquellas provenientes del Lejano Oriente. Estas eran guardadas en cajas y vendidas. Con el tiempo el negocio de transporte y comercio se volvió tan exitoso bajo su gestión y la de su hermano que, al momento de su muerte y la liquidación de sus bienes, sus herederos pudieron construir el primer buque petrolero de la compañía, que fue bautizado como Murex en honor al patriarca Samuel y su apego a las conchas, y fue el primero de una flota de buques que llevarían nombres de distintos géneros de caracoles. La concha de la vieira que ahora usa la compañía como emblema le pertenece, por supuesto, a otra familia, sin embargo fue elegida por la misma razón: para honrar al fundador amante de conchas.

Colores. Historia de su significado y fabricación

Anne Varichon. Gustavo Gili, 2009

En Colombia, durante la cremación de un difunto de la etnia Kogui, se colocan pequeñas conchas sobre su cuerpo. Hay tantas conchas como hijos tuviera el difunto. Los hijos se representaban por medio de bivalvos, y las hijas como gastrópodos, pero todos azules, el color de la muerte. Este ritual tenía la finalidad de evitar que el difunto reclamara a unos de sus descendientes para que lo sirviera en el más allá.

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