El negocio de la desesperación

A la par de la crisis migratoria que Europa enfrenta, han florecido negocios que lucran con la desesperación de los desplazados. Por ejemplo: los traficantes cobran mil 400 dólares por un lugar en una lancha inflable –sobrecargada de pasajeros, sin timonel y con motor defectuoso– que penosamente atravesará el mar Egeo. Y sin embargo, familias enteras lo intentan una y otra vez. Las periodistas Irene L. Savio y Leticia Álvarez Reguera cuentan esta “epopeya migratoria” a través de sus protagonistas. Lo hacen en el libro Mi nombre es refugiado. Crónica de un exilio, que la editorial UOC lanzó en España el miércoles 21 y que próximamente circulará en México.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Viven de la desgracia ajena, como buitres carroñeros. El dolor los atrae y la desesperación hace su negocio. Están allí donde hay migrantes, expectantes de clientes que a su vez son desdichados. Estas aves de mal agüero se han multiplicado en Izmir al mismo tiempo que el Egeo y el Mediterráneo se han convertido en fosas comunes. Abu Alaa es uno de ellos.

–Soy popular porque trato bien a los refugiados sirios, mis embarcaciones son seguras. Los ayudo a buscar un futuro mejor –dice el coyote.

–¿A cuánta gente hiciste cruzar hasta ahora?

–Todos los días trasladamos a unas 150 personas, en dos o tres botes diferentes.

–¿Y si hay mal tiempo?

–Miramos las mareas, y si es peligroso, los barcos no salen. A no ser que nos lo pidan.

Lo dice Abu Alaa y, con impudicia, argumenta que la suya es una tarea bondadosa, que él ayuda a huir de la guerra. Y asegura que hay miles de personas esperando para cruzar a Grecia y que todos los días recibe cientos de llamadas. Por eso ha creado un grupo cerrado de Facebook titulado “El camino a Europa”, donde ofrece sus servicios. “Pronto partiremos de nuevo a Europa desde Izmir. Se puede elegir entre un pequeño barco con 35 personas por 800 dólares o uno más grande y seguro para las familias por mil 400 dólares. Los menores de 12 años pagan la mitad y los recién nacidos gratis”, se lee en su página. Fátima y Mohamed han decidido viajar en uno de sus botes.

Es el reflejo de un negocio en auge. Un tráfico que, de acuerdo con Europol (Oficina Europea de Policía), involucra a 40 mil personas que provienen de 100 países diferentes, siendo los más recurrentes Bulgaria, Egipto, Hungría, Irak, Kosovo, Pakistán, Polonia, Rumania, Serbia, Siria, Túnez y Turquía.

Aun así, se opera en al menos 230 localidades de Medio Oriente, norte de África y Turquía, entre Amán, Argel, Beirut, Bengazi, El Cairo, Casablanca, Estambul, Izmir, Misrata, Orán y Trípoli.

En Izmir, desde hace tiempo, se respira un aire enrarecido.

–Mira éste: cuesta 10 euros– dice Mohamed mientras señala un chaleco salvavidas en una tienda de zapatos que está en el zoco de la ciudad.

–¡¿Cuánto?!

–El problema es que no sirve, es falso– dice el avispado kurdo avanzando algo que quedará comprobado más tarde.

No tienen límites las aves carroñeras. Lucran con todo. No sólo organizan viajes de la muerte en frágiles barcazas de plástico y producen pasaportes falsos, también venden imitaciones baratas de chalecos que, en lugar de ayudar a los náufragos a flotar, los hunden más.

Pasaportes a la carta

Atenas. Soubhi, un intérprete de Latakia, camina por una plaza de Omonia reconvertida en punto de encuentro de migrantes y pequeños delincuentes. Con unos vaqueros desgastados y una boina de cuadros, Soubhi tiene aspecto de turista algo excéntrico, parece un hypster en busca de experiencias. Habla varios idiomas, incluido el español y el griego, y por ello se mueve con naturalidad en el entorno.

Pero también él quiere seguir su viaje. Pacta con su contacto un encuentro y permite que lo acompañemos. Solo hay una regla: por su seguridad, pide que no se revele el lugar del encuentro.

Nos adentramos en las callejuelas de uno de los barrios más deprimidos de Grecia hasta que finalmente llegamos a un café regentado por inmigrantes. Pedimos un frappé y esperamos hasta que llega un joven de ojos azules. Un sirio que, como Soubhi, huyó hace dos años de Alepo.

–Marhaba.

–Marhaba.

De voz pausada y amigable, el intermediario acepta nuestra presencia e insiste en que él no está haciendo nada malo, sólo intenta reunir dinero para seguir hasta Alemania, donde están su mujer y sus hijos. Explica que él se quedó sin dinero, durmió en la calle y trabajó en negro para empresarios griegos por menos de tres euros al día. Por eso decidió dedicarse a la venta de pasaportes falsos. El margen de beneficio es mayor y así espera poder reencontrarse pronto con su familia.

–Aquí tienes tu documento. Es de Polonia, como me pediste. ¿Qué te parece?

Soubhi mira detenidamente la tarjeta de plástico con su fotografía pegada y, tras unos segundos de silencio, resopla. Es una copia casi perfecta, de no ser por un pequeño detalle.

–Varsovia está escrito en inglés y, además, con una falta de ortografía. ¿Dónde se encuentra esta nueva ciudad?– exclama irónicamente Soubhi.

Avergonzado, el traficante le quita el documento de las manos.

–Nadie se dará cuenta en el aeropuerto de Atenas– le asevera.

Lo intentamos convencer de que así nunca lo logrará, pero Soubhi, seguro de su buena estrella, acepta el documento. Pocas horas después ya se encuentra en el aeropuerto. Ha estudiado bien su guion. Primer paso: recoger su billete imitando el acento polaco. Conseguido. Segundo: pasar el control de equipajes. Tranquilo y confiado, se quita el gorro de paja, que le hacía parecer un turista bronceado más, y cruza el detector de metales. Conseguido. Sigue hasta la puerta de embarque B31, donde, mientras está haciendo la cola, un policía se le acerca.

–¿De dónde has sacado este documento? –le pregunta el agente.

Soubhi no resiste y dice la verdad.

–Lo compré en Atenas.

El policía lo acompaña a la puerta de salida y no lo arresta. En el aeropuerto heleno llevan años acostumbrados a presenciar casos de documentos falsos. Soubhi piensa que los griegos tratan de forma distinta a los sirios, que se solidarizan con su situación. Por eso el agente no lo detuvo por fraude de documentos sostiene. O quizá lo persuadió el hecho de que un sirio le contestara en perfecto griego.

–¿No te dejaron pasar? Lo volveremos a intentar. Tengo aquí un documento italiano que podemos arreglar con pasaje a Alemania. ¿Te sirve? –le dice el traficante cuando lo vuelve a ver en el mismo café.

Ese mismo día, bromean por la falta de ortografía de la vez anterior. Soubhi recoge el nuevo documento. Esta vez, un trozo de cartón con su foto y unos apellidos que ni siquiera son italianos.

Días después, a las seis de la mañana, Soubhi parte de nuevo con destino el aeropuerto ateniense Evangelos Venizelos, repite el mismo guion y espera en la puerta de embarque. Y lo logra. Llega a Alemania, le envía el código bancario al intermediario para que este pueda acceder a la cuenta en la que había depositado el dinero del viaje. Más tarde se va a vivir a Varsovia, donde, cinco meses después, consigue regularizar su situación y obtiene un trabajo como intérprete.

El viaje de la muerte

Tendido sobre la manta que se ha convertido en la casa de su familia y en la de Fátima, Mohamed bebe café turco; de repente, el teléfono suena. Es la llamada que esperaba desde hace tiempo. Debido a la emoción, derrama la infusión sobre la manta.

–Muy bien, allí estaremos. Insh’Allah –le contesta al traficante.

Con aire nervioso, Mohamed se gira hacia el resto de los integrantes de su grupo y los anima a darse prisa.

–Vamos, vamos. En media hora hay que estar delante de las oficinas donde venden los pasajes de autobús.

La familia de Fátima y sus vecinos, los Kalid Kurdi, que entretanto se han sumado al grupo, recogen corriendo las bolsas repletas de flotadores y dos mochilas donde guardan sus pertenencias, lo poco que les queda. Las furgonetas pirata fletadas por los traficantes llegan a la hora prevista al sitio acordado. Hay cientos de personas con bolsas de plástico en las manos. Es un espectáculo surrealista. Los migrantes caminan cabizbajos, intentando disimular no parecer clandestinos.

Fátima siente que nunca se olvidará de ese momento. A lo lejos, se oye el sonido de un tango de Carlos Gardel que ella solía escuchar en Damasco, cuando su bella ciudad se asemejaba a una metrópolis de vida: “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”. La música le transmite una buena sensación. La policía turca, ensimismada e indiferente, se encuentra cerca, pero deja a los traficantes trabajar con total impunidad. Nadie pregunta. Nadie habla.

Mohamed y Fátima se despiden nerviosos, y la furgoneta arranca. El traficante, un joven afgano, sabe lo que tiene que hacer, cada día traslada a cientos de personas. Lleva cinco años en Turquía. Antes se ganaba la vida vendiendo productos robados y apenas sacaba dinero, pero con la crisis su sueldo mejoró.

–¡Cállense! ¡Cállense! ¡Ese niño, que pare ya de llorar!
¡Maldición!

Es Aisha, que está llorando. Tiene hambre. Con las prisas, Mohamed olvidó la leche en polvo en las mochilas. La madre le tapa la boca unos segundos y busca el chupete. Aisha mueve entonces sus mofletes rechonchos y deja de llorar.

Después de dos horas y media de viaje, y ya en la oscuridad, todos llegan a su destino, un bosque de las costas turcas. Mohamed y Fátima encienden sus teléfonos; están en Behram y tendrán que dormir esta noche sobre el barrizal, entre los pinos, hasta que los avisen para subir a la patera. Es verano, pero por la noche corre la brisa marina. Se abrazarán para calentarse. Y esperarán.

Antes de que el sol invada el cielo, empieza de nuevo el trasiego de personas. Van saliendo guiados por los traficantes, que los tratan como ganado. Todo está coordinado con cierta minucia. Las mafias utilizan el cambio de guardia de la policía turca para sacar los botes. En ese momento, el mar se plaga de puntos rojos y negros. Enfundados en sus abrigos de cuero negro y conduciendo automóviles último modelo con los teléfonos móviles pegados al oído, los inconfundibles traficantes ahuyentan a los turistas y curiosos que intentan aproximarse al lugar donde centenares de desamparados están intentando llegar a Europa.

Parte la primera barcaza de la madrugada, que tiene problemas con el motor y empieza a girar de un lado a otro.

–Es porque quien conduce no tiene experiencia, son refugiados a los que el viaje les sale gratis. No controlan la embarcación –explica una persona que se acerca.

Es uno de ellos, uno de los traficantes. Su tarea es fotografiar las embarcaciones que son bloqueadas por la Guardia Costera turca, confiesa.

–Ellos son los verdaderos mafiosos. ¿Detienen las embarcaciones? No. Sólo quieren que se hundan –añade.

En ese instante, el hombre recibe una llamada de teléfono y, acto seguido, se sube a su todoterreno Mercedes. A lo lejos, se oye un disparo.

Seis de la mañana. Finalmente, le toca a la familia de kurdos. Corren hacia la costa con los chalecos puestos y suben al barco. La escena es una barahúnda. Un traficante afgano apunta con una pistola a un joven que quiere subir a un bote. Su mujer y su hijo están allí. La barca sale, el joven corre, se tira al agua y empieza a nadar. Lo consigue. Mohamed saca una fotografía a hurtadillas, lleva todo el camino colgando instantáneas en Facebook; en muchas imágenes hasta sonríe. “Nuestra aventura en el mar”, se lee en una serie en la que aparece junto a su hijo pequeño con cara de enojado. A él le dijo que se imaginara el viaje como un videojuego en el que hay que pasar por muchas etapas y desafíos. Hay que caminar, nadar, saltar vallas y correr delante de los malos. La recompensa no será una princesa ni un castillo; será, con suerte, un hogar nuevo…

Fátima reza. El agua está inundando su barco y agarra con todas sus fuerzas a su hijo más pequeño, ninguno sabe nadar. Quiere vivir, pero prefiere no llamar a los guardacostas turcos, que los devolverían a Turquía. Por ello, se aferra a la esperanza de que los griegos los rescaten. No es la primera vez que ve la muerte cerca, pero esta vez es aterradora, lenta y dolorosa. Toda su familia, todo lo que tiene, está hundiéndose ante sus ojos. Intentan sacar agua, lanzar los flotadores para que la barca pese menos. El resto intenta comunicarse a través de los teléfonos.

Entonces, recibimos su mensaje.

–Ayuda –se lee junto a un mapa que muestra su localización.

Están en el mar ahogándose, sí. Es difícil de asimilar que al otro lado del teléfono alguien pide ayuda porque el mar lo va a engullir. Así, temblando, busco el teléfono de nuestro contacto en la guardia costera griega.

–Yasas. Acabamos de recibir una llamada de socorro de una familia siria que está hundiéndose en el mar. Tenemos las coordenadas del barco. Están a pocas millas del pueblo de Behram, delante de la costa de Lesbos.

–¿Están en peligro? ¿Dónde los has conocido? ¿Están en aguas griegas?

–Los seguimos desde Turquía. Nos enviaron un mensaje con Help y su teléfono se apagó.

–Mándame su localización, envío una patrulla. Dices que es delante de Behram, ¿cierto? Adjúntame tus datos, apellidos, pasaporte y tu teléfono griego, uno que funcione.

Los minutos parecen horas y la conexión se ha perdido, como tantos barcos que desaparecen en el mar, como tantas vidas que se ha tragado el Egeo sin que se sepa. Un cementerio a las puertas de Europa.

La familia de Mohamed también ha desaparecido, la última localización los situaba a tan solo tres kilómetros de la costa griega, pero hace más de una hora que su hermano, con el que mantenemos contacto, no sabe nada de ellos (…) Entre el desconcierto, Mohamed logra pisar tierra. Y enseguida manda una fotografía de Aisha empapada, dormida pero a salvo. Han tardado dos horas en cruzar los 10 kilómetros que separan Behram, en la costa turca, de la isla griega de Lesbos. Para los turistas, el mismo trayecto en ferry desde Ayvalik tan solo cuesta 20 euros y dura media hora de viaje; sin necesitad de pasaporte, es suficiente el DNI. Para la familia Kurdi, pisar Grecia es como llegar al “paraíso”. Todos están vivos.

Fue entonces cuando nos acordamos de Fátima. No sabíamos nada de ella desde que nos escribió un mensaje de texto pidiendo ayuda, se estaba ahogando con su familia en el mar Egeo. En los días posteriores buscamos información en medios locales turcos y griegos, ni rastro de naufragios en la costa de Lesbos. La guardia costera griega pidió a la turca efectuar el rescate, sin embargo, no figuraban en las listas de rescatados.

Al anochecer, ocurre el milagro. Fátima da señales de vida. Entre lágrimas, explica que el motor de su barco se detuvo y que los guardacostas turcos los rescataron y los llevaron de vuelta a Turquía. Lo intentará de nuevo, afirma encomendándose a Alá.

A finales de octubre, Fátima escribe:

–Ya estoy en Grecia. Tenemos un café pendiente.

En el segundo intento, Fátima desembarca en Grecia. Le toca recorrer la ruta de los Balcanes. Y debe darse prisa, porque Europa se está convirtiendo en una fortaleza.

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