La llamada de Trump a Taiwán, afrenta para Beijing

Tsai Ing-wen, presidenta de Taiwán. Foto: AP Tsai Ing-wen, presidenta de Taiwán. Foto: AP

BEIJING (Proceso).- Aún no entra en la Casa Blanca y Donald Trump conduce a Estados Unidos hacia una colisión irremediable con China.

Hasta principios de diciembre Beijing había mirado al presidente electo con interés casi antropológico, intentando desentrañar a un personaje que se maneja a contrapelo. Tenía no obstante la certeza de que el pragmatismo compartido aceitaría las soluciones. Pero con Taiwán, China ha descubierto que la diplomacia heterodoxa de Trump, más apegada al Twitter que a los informes del Departamento de Estado, puede dinamitar los cimientos que han sostenido las relaciones bilaterales en las últimas décadas.

El conflicto nació con la conversación telefónica de 10 minutos en la cual la presidenta taiwanesa, Tsai Ing-wen, felicitó a Trump el pasado 2 de diciembre. El gesto era potencialmente explosivo porque ningún líder estadunidense había hablado directamente con su par isleño desde 1979. China, sin embargo, optó por la contención: desdeñó su relevancia, culpó a Tsai y la prensa más furibunda se mantuvo inusualmente comprensiva con un presidente en apariencia inexperto e incauto.

Latía la voluntad china de dejar la afrenta en una anécdota, pero Trump y su equipo se empeñaron en lo contrario. Stephen Moore, su consultor económico, propuso “que se jodan” los chinos si no les había gustado la llamada. Y dos días después Trump relegaba el sacrosanto principio de “una sola China” a simple elemento de cambalache. “No entiendo por qué tenemos que cumplir el principio de una sola China si no llegamos a acuerdos en otras materias, como el comercio”, señaló en una entrevista televisiva.

Sus predecesores republicanos ya habían lamentado el ostracismo impuesto por China a Taiwán, pero todos comprendieron que romperlo suponía un ataque sin marcha atrás.

Trump subrayó el cinismo: Estados Unidos puede vender millones de dólares en armas a Taiwán y comprometerse a defenderla militarmente en caso de ataque chino, y, en cambio, no puede recibir una simple llamada de felicitación. Pero en ese cinismo tácito ha descansado el equilibrio en una de las zonas más sensibles del planeta.

Basta recordar la llamada Tercera Crisis del Estrecho, de 1995, para certificar los riesgos. Beijing entró en cólera cuando Washington le ofreció una visa al entonces presidente taiwanés Lee Teng-hui, para una charla universitaria. China practicó ejercicios militares durante ocho días frente a la isla y Estados Unidos se vio obligado a enviar la mayor flota a Asia desde el final de la guerra de Vietnam. Esa presencia intimidó a Beijing y lo echó para atrás. Tomó conciencia en esa crisis de la necesidad de modernizar su ejército para hacer frente a las convulsiones futuras.

Llevar el principio de una sola China a la mesa de negociaciones equivaldría a que Beijing le exigiera a Trump derogar media docena de enmiendas constitucionales. Para China la unidad de su territorio es incondicional e innegociable, no sólo desde la perspectiva política, sino desde la emocional. Está ligada al doloroso siglo de colonialismo, cuando su debilidad permitió que la rapiña occidental cuarteara su territorio.

Cualquier sinólogo de Washington podría haber informado a Trump de las consecuencias de mercadear con el principio de una sola China. El presidente electo las desconocía o las despreció, y cualquier opción se antoja igualmente peligrosa. En juego están el futuro de las relaciones bilaterales, del mundo y, especialmente, de Taiwán.

El júbilo que desató en la isla la comunicación con Trump duró poco. Para la ejemplar democracia isleña fue humillante comprobar que el tan ansiado acercamiento estadunidense no llegó por elevados ideales, sino por la vía del chantaje negociador. Taiwán es el elemento más débil en la pugna geopolítica y Beijing ya anunció que se avecinan tiempos convulsos. No es casual que China practicara en diciembre las primeras maniobras militares con fuego real de su portaviones Liaoning y con decenas de cazas y buques de guerra.

China dispone de mecanismos para ahogar diplomáticamente a Taiwán más allá de las armas. La prensa ya advirtió que podría presionar a la escasa veintena de países que aún la reconocen para que se despidan de la isla. Y aún más eficaces serían las represalias económicas, por la dependencia de las exportaciones taiwanesas del vasto mercado chino.

Los expertos alertan del gravísimo error que supondría para Taiwán atar su destino a un líder tan inestable como Trump. Chen-Shen J. Yen, director del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de Chengchi, certifica que las relaciones bilaterales sin el reconocimiento del principio de una sola China son inviables y plantea sus dudas de que Trump vaya a acercarse mucho más a Taipéi.

“Si no ejerce otras acciones diplomáticas concretas, Taiwán se convertirá simplemente en un peón en sus negociaciones de comercio con China. Trump se precia de ser muy bueno en los negocios y Taiwán sólo sería un argumento de presión”, dice a Proceso, vía correo electrónico.

La crisis ya ha enturbiado las relaciones bilaterales. El Ministerio de Exteriores de China expresó su “seria preocupación” y la prensa oficial, ya sin bridas, ha aconsejado “acumular municiones”.

Un editorial del diario Global Times sostenía que Beijing podría ofrecer apoyo e incluso asistencia militar a los enemigos de Estados Unidos, alertaba que no descartaba la fuerza para recuperar Taiwán, tildaba a Trump de “ignorante como un niño” y animaba a tomar medidas para demostrarle que ni China ni el resto del mundo pueden ser intimidados. El medio le recordaba que el principio de una sola China no está en venta y que la geopolítica no son negocios.

El mundo ha criticado sin descanso a Trump durante meses. Su decisión de atreverse a aplacar a Beijing, percibida en el imaginario global como arrogante, ha sido recibida en cambio con una extraña satisfacción. La crisis de Taiwán es un inquietante augurio para el mundo: el millonario populista ya sabe que en tiempos complicados sólo tendrá que meter el dedo en el ojo a China para espolear su popularidad.

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