Más “trumpadas” al aire…

Cartón de Gallut. Cartón de Gallut.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Por más repulsión que nos produzca, el ascenso al poder del cuadragésimo quinto Presidente de la Unión Americana nos compele a adicionar nuestra óptica propia, es decir, la de la música de concierto aunque, ciertamente, vaya ser ésta aquella que menos brillará en su toma de posesión. Dicho esto, podría inquirírsenos, ¿por qué, entonces, la molestia de interesarnos en el próximo ocupante de la presidencia yanqui cuando, previsiblemente, sus gustos musicales no pasan del rock barato y del repertorio ligero de las “estrellas” que forja la televisión?… Pues por la sencilla y sugestiva razón de que han sido los profesionistas del espectáculo y el entretenimiento quienes han dado las muestras más contundentes de rechazo hacia el sujeto que el mundo habrá de padecer ‒y en mayor medida nosotros‒ hasta el 2021, o hasta el 2025 si consigue reelegirse.

Asimismo, estamos obligados a ocuparnos del desagradable acontecimiento por el relieve que adquirió gradualmente la música dentro del referido ceremonial, amén de que en ella, cual vehículo vivo de la historia, se transparentan las modas, las tendencias y los progresos, aunque también las involuciones, como en el caso de Trump. Hagamos, por tanto, un breve recuento evolutivo de las tomas de posesión estadounidenses.

La toma de posesión de George Washington en 1789, la primera de la lista, transcurrió en ausencia de manifestaciones sonoras ordenadas ‒sólo hubo fuegos de artificio‒, y sucedió lo mismo con Adams que se invistió presidente en 1797. Fue durante el aposentamiento de Jefferson en 1801, cuando se estableció la presencia de la Banda de Marina, la cual se encarga de las marchas reglamentarias, muchas de la cuales perviven.

Con el arribo de Madison a la Casa Blanca en 1809, se agregó a la Presidential Inauguration la usanza de ofrecer banquetes multitudinarios, en los que es imprescindible la presencia de grupos musicales con cuyos sones se realizan los bailables. Cabe decir que para los cinco días de festejos que se realizarán con Trump, a los asistentes se les cobrarán cifras que oscilan entre los 500 mil y el millón de dólares, nada más por el “privilegio” de codearse con esta nueva élite del poder político gringo, cuyo principal mérito es precisamente ese, el de su patológico amor al dinero.

Durante las siguientes cinco administraciones ‒las de Monroe, Quincy Adams, Jackson, Van Buren y Harrison‒ no se registraron variantes al protocolo, salvo el caso de Harrison, quien fue el primer presidente que, en 1841, llegó a la toma de posesión en tren (sus predecesores lo habían hecho en carrozas tiradas por caballos). Con respecto a William Henry Harrison vale anotar que a él le corresponde el record por la permanencia más breve en el solio. Estuvo en el cargo 31 días, tras los cuales una neumonía lo enterró (en el historial de regidores estadounidenses hay ocho muertos durante sus mandatos, cuatro por enfermedad y cuatro por asesinato).

Encumbrado Polk en 1845, la única novedad es que su ceremonia de ingreso a la Casa Blanca contó con el telégrafo para difundirle al planeta sus pormenores; siendo de resaltar que éste fue el sujeto que logró la aviesa anexión del territorio mexicano, en el que descuella California por ser el estado más rico de la Unión Americana.

Al advenir el turno del décimo quinto presidente en 1857, es decir James Buchanan, el suceso más destacable es que las imágenes de su toma de posesión fueron por vez primera fotografiadas. Y con respecto al ascenso de Lincoln en 1861, es de apuntar que fue la primera vez que un presidente electo contó con una nutrida caballería armada para escoltarlo. Incidentalmente, Lincoln inauguró la lista de magnicidios.

Entronizado Garfield en 1881, se volvió costumbre la construcción de las conspicuas gradas desde las cuales se vislumbra el desfile, y aposentado Mckinley en 1897, se tornó rutinario el uso de vidrios blindados para resguardar al jefe supremo; igualmente con la toma de posesión del último se verificó la primera filmación del acto.

Como dato de interés para las feministas, fue a partir de 1909, con el advenimiento de Taft, que a las consortes de los presidentes se les permitió desfilar con ellos ‒desde el Capitolio hacia la Casa Blanca‒ durante las tomas de posesión. Y como dato de interés para los coleccionistas de autos, fue a partir de 1921, con la unción de Harding, que los mandatarios dieron su primer recorrido encaramados en un vehículo motorizado.

Hacia 1929, con la toma de posesión de Hoover, la ceremonia se grabó en carrete y de ahí transcurrieron ocho años, con la reelección de Roosevelt en 1937, para que la televisión transmitiera el evento. Es entonces, cuando comienzan a acelerarse los cambios en el protocolo, dirigiéndose raudamente hacia los movedizos terrenos del espectáculo masivo. Tocó a Roossevelt en su tercer mandato, inaugurar la senda llamando a un cómico para darle más brillo a su toma de posesión. Se trató de Mickey Rooney, quien además de hacer sus gracias, cantó el himno nacional.

Ya con Eisenhower, en 1957, acabó de cimentarse la tradición de que cantantes profesionales aportaran sus talentos para el realce del ceremonial.[1] Eisenhower invitó a la distinguida contralto Marian Anderson, y después de ella la lista presumió a grandes figuras de la ópera y a actrices de teatro y comedia musical. Jessye Norman cantó para Reagan y Marilyn Horne para Clinton. Barbra Streissand y Ricky Martin hicieron lo propio para los execrables Bush, padre e hijo, respectivamente.

Tenemos que retroceder en el tiempo, para citar que con la toma de posesión de Kennedy en 1961, se verificaron varias innovaciones: fue el primer presidente que no usó el sombrero de copa para la ceremonia, así como el primero que propuso a un poeta ‒Robert Frost‒ para que declamara algo de su invención. Tampoco sobra apuntar que recayó en la ceremonia de Kennedy la novel transmisión televisiva a color.

De esta guisa, con una panorámica menguante en la que figuraron celebridades del espectáculo junto a oradores, maestros de ceremonia, coristas, predicadores e incluso futuros premios nobel como Bob Dylan ‒se plantó con su guitarra para entonar, en 1993, su canción Chimes of Freedom‒, llegamos a la toma de posesión de Obama en 2009, una de las más singulares de todas, al menos musicalmente hablando. No sólo se trató de encargarle una obra ex profeso a un compositor de renombre ‒John Williams es conocido, sobre todo, por su filiación cinematográfica‒, sino que para su ejecución se contrataron a solistas de fama internacional: Itzhak Perlman en el violín, Yo Yo Ma en el violonchelo, Gabriela Montero en el piano y Anthony Mcgill en el clarinete, sirviéndonos de contraste neto para lo que estamos por presenciar con el nefasto sucesor para quien no alcanzan vituperios.

Huelga decir que el ascenso al poder de Donald Trump es una prueba escalofriante de que los anti valores del norteamericano se impusieron en una campaña electoral plagada de insidia. Ya no importa recalcar que sus posturas inciviles son aquellas que lo catapultaron a la cima presidencial, con el lado más obscuro de la sociedad yanqui vibrando en sintonía, sin embargo, no sobra insistir en lo que su lema de campaña (Make America Great Again) significa: volver a los tiempos donde el imperio se consolidó a fuerza de genocidios, saqueos, invasiones y esclavitud, ergo, que nadie se sorprenda de lo que el reaccionario y misógino millonario nos tenga reservado para no desdecirse. Lo que si podemos hacer, ante nuestra propia sumisión patria, es regocijarnos con la serie de rechazos que Trump sumó para su causa y, acaso, darnos de santos de que no haya pensado en construir el “muro” kilómetros más abajo, para apropiarse, por ejemplo, de algún sitio turístico codiciado por los norteamericanos; Los Cabos para comenzar…

De los músicos populares propuestos para actuar en la ceremonia inaugural la mayoría declinó sin ambages. Elton John se rehusó declarando que no lo haría “ni en un millón de años”, al igual que el rockero Erick McCormak, quien aseveró que “tendría que estar lobotomizado para participar”. Bruce Springsteen y los Rolling Stones en la misma tónica, al igual que la cantante Zara Larrson y el actor Michael Rapaport, quienes manifestaron que “aquellos que lo hicieran deberían avergonzarse”. Análogamente, Jan Chamberlin, una integrante del Mormon Tabernacle Choir ‒una sociedad coral que si estará presente‒[2] ofreció su renuncia aduciendo que “no podría volver a verse en el espejo si cantaba para ese hombre que repetía las mismas estrategias de Hitler; no prestándose tampoco para un acto que respaldaba la tiranía y el fascismo”. Desde estas humildes páginas la aplaudimos y aprovechamos el espacio para augurarle a Trump una presidencia fulminantemente corta, tanto como su modestia, su conocimiento de la historia, sus miras intelectuales, su desapego por los bienes materiales y su empatía por los desposeídos…

[1] Se sugiere la escucha y la visión de algunas de las obras de concierto que han figurado en las tomas de posesión. 1.- Marian Anderson cantando frente al Lincoln Memorial www.youtube.com/watch?v=mAONYTMf2pk

2.- Aaron Copland – Simple gifts. (Marylin Horne, mezzosoprano) www.youtube.com/watch?v=K3G0B0YFdM0&list=RDK3G0B0YFdM0

[2] Recomendamos la escucha de un espiritual negro cantado por ella. Audio 1: He´s got the whole world in his hands. (Tradicional) (Mormon Tabernacle Choir. Richard Elliot, director. MORMON TABERNACLE LABEL, 2008)

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