Sin muros ni fronteras…

In support of the New Mexican David Wright

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Ante las zozobras y congojas que está ocasionando la presidencia del energúmeno Donald Trump, creemos que es aconsejable referirnos a los grandes intercambios que, en tópicos musicales, se han producido en la relación bilateral con la Unión Americana. Sobra decir que al hablar de intercambios, aludimos tanto a las oportunidades educativas y laborales que ofrece el vecino del norte, como a aquello que la presencia de músicos mexicanos ha significado para el desarrollo cultural y económico estadounidense.

Hemos de condenar, por principio, las inconsecuentes políticas del novel presidente yanqui, ya que no hay manera de entenderlas sin adjudicárselas a una mente perturbada por el hartazgo. Solamente en la psiquis de un sujeto desconectado de la realidad puede anidar la idea de “proteger” a su patria de “indeseables” ‒en esencia los que difieren de su biotipo‒ con murallas y deportaciones masivas… ¿Quién podría dudar siquiera de la riqueza que se acrisola con los mestizajes y los entrecruces de culturas…?

Asentado esto sin el ánimo de agriar conciencias, procedamos con lo que nos atañe. Así, podemos otorgarles a los miembros de la Orquesta Típica Mexicana[1] el mérito de haber sido pioneros en visitar los EUA como representantes de la música vernácula de nuestro país. Armados de salterios, bandolones, guitarras, cuerdas, arpa, flauta y xilófono cosecharon éxitos rotundos desde su primera aparición en la Exposición Universal de Nueva Orleáns de 1884. De los doce millones de visitantes de la Exposición, un número muy vasto de escuchas los aplaudió por el desenfado de su atuendo ‒con ellos se afianza la imagen prototípica del traje de charro‒ y el carisma de sus interpretaciones. De su director, el xilofonista y compositor Carlos Curti (1861-1926), podemos agregar que fue un emigrante italiano que después de residir en Nueva York se avecindó en México. Dio clases para el Conservatorio Nacional y compuso zarzuelas para los teatros mexicanos.[2] Con la anuencia de Porfirio Díaz armó la orquesta, precisamente para exhibirla en Nueva Orleáns y la magnitud de su triunfo determinó su continuidad. Es de apuntar que Curti fue su director nada más tres años, para dedicarse después a formar otras orquestas como la del Circo Orrín en México y la del Hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Con esta última duró doce años como titular, mas al ser dimitido por un gerente que detestaba a los latinos ‒Curti había castellanizado su nombre de pila y se ostentaba como un orgulloso connacional‒ volvió a cruzar la frontera, suicidándose en la Ciudad de México.

En esa misma línea tenemos a Miguel Lerdo de Tejada (1869-1941), quien estuvo al frente de La Típica durante cuatro décadas (1901-1941), llevándola a extensas giras por la Unión Americana. En 1901 para la Exposición Panamericana de Buffalo, N.Y., en 1904 para la Feria Mundial de Saint Louis, Missouri y en 1934 para la de Chicago. El culmen de la actividad de Lerdo y la orquesta quedó sellado al presentarse en el Carnegie Hall de Nueva York en 1917, llevando como solista al tenor más famoso de su era, el mítico Enrico Caruso. No es de sorprender que la calidad alcanzada por Lerdo y sus músicos abriera las puertas, tanto para las ganancias millonarias de los promotores musicales gringos, como para la internacionalización de la música mexicana. Los sellos Edison, RCA Víctor y Columbia dispusieron sus micrófonos para inmortalizar la actividad de Lerdo[3] y los frutos fueron tan generosos que a nuestro paisano le fue posible fundar otra orquesta en Nueva York (1928) con músicos yanquis y establecer una doble residencia entre México y los EUA. Como ciudadano neoyorquino, Lerdo recorrió el circuito de teatros ‒de vaudeville y comedia‒, sin tener jamás que repudiar su origen.

Con respecto a la compositora María Joaquina de la Portilla y Torres (1884-1951), hemos de apuntar que su vida es materia de novela y que quedó, asimismo, indisolublemente ligada a los Estados Unidos. Hija de una familia pudiente, María viajó por Europa ‒recibió lecciones de Debussy en París‒ y de regreso en México conoció al ingeniero León Grever, con quien contrajo nupcias. De esta unión surgió una prole[4] a la que, pensando que era imperativo proteger de los estragos de la Revolución, mudaron a Nueva York. Ya en la Urbe de Hierro la señora Grever entabló relaciones con la industria fílmica norteamericana, dándoles a ganar cuantiosas cifras merced a su talento melódico. Paramount y 20th Century Fox fueron las principales beneficiarias, aunque no son de excluir las disqueras que hicieron su agosto con los temas más populares de nuestra paisana.[5] Júrame, nada más, vendió miles de copias…

Pese a ser menos conocido, Pedro Luis Ogazón (1873-1929) es de traer a cuento pues, aparentemente, fue el primer pianista mexicano que ya no pensó en Europa para perfeccionarse sino en los Estados Unidos. Como virtuoso en ciernes recibió lecciones de grandes maestros, tanto en Nueva York como en Philadelphia y su estadía redundó en que regresara a México convencido de la importancia de compartir su experiencia norteamericana con las nuevas generaciones, de hecho, abandonó la vida pública para consagrarse a la enseñanza del piano (entre sus discípulos figura, por ejemplo, Carlos Chávez, quien merece una nota aparte por su dilatada conexión artística con EUA). De las obras de Ogazón, lamentablemente, los rastros están perdidos.

En lo que toca, nada menos que a Silvestre Revueltas (1899-1940), su relación con la Unión Americana fue determinante para el curso de su existencia. No sólo concluyó su formación musical ahí ‒llegó a los diecisiete años al St. Edward´s College de Austin, y obtuvo su diploma como violinista y compositor en el Chicago Musical College‒, sino que formó su primera familia con una norteamericana ‒la cantante Julie Klarecy, quien le dio una hija‒ e inició su carrera profesional. De ésta, debemos citar que formó un trío en San Antonio y que dirigió orquestas para la musicalización de filmes mudos, tanto en Alabama, como en Texas. Entre las huellas producidas por la docena de años de residencia estadounidense de Revueltas, destaca también la puñalada que le asestó en el el rostro un asaltante. Ya de manera póstuma, las utilidades por la obra revueltiana[6] comenzaron su inacabable flujo en manos de las compañías editoriales Schirmer y Southern Publishing, por supuesto, norteamericanas.

En el caso de Miguel Bernal Jiménez (1910-1956), es obligado que mencionemos que en sus últimos años de vida se vio compelido a aceptar un ofrecimiento de trabajo por parte de la Universidad de Loyola en Nueva Orleáns. Contratado como decano del Departamento de Música, Bernal Jiménez se prodigó como director de coros y maestro de materias teóricas para un alumnado que quedó profundamente influenciado por la magnitud de sus capacidades organizativas, pedagógicas y artísticas.[7]

Aunque nos veamos en la necesidad de postergar a otros mexicanos valiosos en su vinculación con EUA (indicativamente, Moncayo estuvo en Massachusets y Angélica Morales dio cátedra en las Universidades de Kansas y Oklahoma), no podemos omitir la presencia de la inclasificable personalidad de Augusto Novaro (1891-1960) a quien, por el alcance de sus aportaciones habremos de dedicarle un texto exclusivo. Considerado por muchos como un genio, Novaro publicó varias obras teóricas sobre los sistemas de afinación musical, haciéndose acreedor, en dos ocasiones de la beca Guggenheim. Como resultado de sus investigaciones, anotemos nada más, que las renombradas fábricas Steinway y Baldwin adoptaron su sistema y que afinados con él salen al mundo miles de pianos, con lo que eso significa para los dividendos de la industria musical yanqui.

A manera de coda nos permitimos divulgar la triste historia del violinista David Wright (1955), de New Mexico, dado que constituye un broche de plomo en la diatriba fronteriza de Trump contra México. David destacó desde niño por su talento musical y eso lo hizo idóneo para cursar un posgrado en la Universidad de Yale. Se graduó con honores. Al momento de iniciar su vida laboral ganó una plaza en la orquesta de Minnesota, mas un recorte de personal lo dejó, luego de 25 años de dedicación, sin trabajo. Y al no tener trabajo ya no pudo pagar sus créditos y perdió su casa. Reducido a vivir en su coche, un infausto día fue testigo de lo inverosímil: unos maleantes le prendieron fuego y las llamas incineraron su violín, sus partituras y el resto de sus pertenencias. Amurallado en su desventura, David afirma que el triunfo de Trump es la negación de su nacionalidad…

[1] Su nombre original como “Orquesta Típica” sufrió varias transformaciones (“Lerdo”, “Presidencial”, “Lerdo de Tejada”; “de Policía”), hasta convertirse en la actual Orquesta Típica de la Ciudad de México.

[2] La cuarta plana y su vals Predilecta fueron hits de su época. Escuche su polka La Típica en una grabación de 1921 hecha en Nueva York, en la dirección: adp.library.ucsb.edu/index.php/matrix/detail/700010301/C-25064-La_tipica

[3] Se aconseja la escucha de su canción Perjura en una grabación de 1913, realizada en Nueva Jersey. Pulse la dirección: adp.library.ucsb.edu/index.php/matrix/detail/200014391/B-14131-Perjura_danza

[4] Se sugiere la escucha de su canción Te quiero, dijiste, misma que fue dedicada a una hija que se le murió en los brazos. Disponible en la Audio 3: Maria Grever – Muñequita linda. (Minerva Hernández, soprano. Alauda Ensemble. Samuel Máynez, director desde el violín. NESTLË, HIM. 2003)

[6] Audio 4: Silvestre Revueltas – Ocho X Radio. (Orquesta Sinfónica de Xalapa. Luis Herrera de la Fuente, director. OPUS MAGNUM, 1992).

[7] Audio 5: Miguel Bernal Jiménez – Al caer la tarde. (Orquesta Sinfónica de Aguascalientes. Ramón Vargas y María Katzarava, voces. FESTIVALMORELIA, 2010)

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