Venezuela, enemigo favorito de Trump después de México

El presidente venezolano Nicolás Maduro. Foto: AP / Ariana Cubillos El presidente venezolano Nicolás Maduro. Foto: AP / Ariana Cubillos

Bogotá (apro).- Las acusaciones de narcotráfico que hizo el gobierno de Estados Unidos contra el vicepresidente de Venezuela, Tareck El Aissami, el lunes pasado, son un ataque frontal de la Casa Blanca al régimen de Caracas y un anuncio de la agresiva estrategia que desplegará el presidente Donald Trump contra el chavismo y su colega venezolano Nicolás Maduro.

De manera desconcertante para quienes lo consideran un dirigente combativo y genuinamente antiimperialista, Maduro ha intentado deslindar a Trump –una grotesca versión del imperialismo yanqui en pleno siglo XXI– de ese bombazo lanzado desde Washington.

Incluso atribuyó las acusaciones contra El Aissami al anterior mandatario estadounidense Barack Obama o a los malos consejos que estarían dando a Trump sus asesores para llevarlo “al terreno de la confrontación total” con Venezuela.

La aparente ingenuidad de Maduro, que sólo revela que el mandatario venezolano busca por todos los medios evitar confrontar directamente a Trump, es insostenible.

Es claro que Trump ya apostó por convertir a Venezuela en su segundo enemigo favorito, después de México, y que con las acusaciones de narcotráfico a Tareck El Aissami busca inhabilitarlo políticamente para suceder a Maduro como presidente de Venezuela en caso de que el referendo revocatorio que impulsa la oposición llegue a realizarse este año y el actual mandatario lo pierda.

El Aissami había sido designado vicepresidente por Maduro apenas el mes pasado. Y la ley venezolana indica que es el vicepresidente quien deberá suceder al presidente si el poder de este es revocado por el pueblo en las urnas luego de que haya cumplido más de la mitad de su periodo de gobierno, lo que ocurrirá en ocho semanas más.

Según la acusación del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, El Aissami ha facilitado el envío de grandes cargamentos de drogas desde Venezuela al cártel de Los Zetas, en México y Estados Unidos, y dio protección al narcotraficante colombiano Daniel “El Loco” Barrera, capturado en 2012 y considerado el último de los grandes capos de Colombia.

También habría protegido a los traficantes de drogas venezolanos Hermágoras González Polanco y Walid Makled García. Este último, al ser capturado en Colombia, en 2011, denunció que oficiales de la Fuerza Armada de Venezuela y altos funcionarios del gobierno chavista recibían sobornos a cambio de facilitar sus operaciones.

El Aissami, que entre 2008 y 2012 se desempeñó como ministro del Interior y quien antes de ser designado vicepresidente era el poderoso gobernador del estado Aragua, es acusado por el Departamento del Tesoro de supervisar “narcóticos de más de mil kilos desde Venezuela, incluso algunos con destino final a México y Estados Unidos, o fue uno de los dueños de esos cargamentos de narcóticos”.

Así como la administración Trump eligió el muro fronterizo y la renegociación de TLC de América del Norte como el armamento pesado contra México, es claro que ha elegido los expedientes por corrupción y narcotráfico contra la cúpula chavista y la “defensa de los valores democráticos” como las puntas de lanzas de su estrategia frente al régimen que encabeza Maduro.

Y las primeras reacciones de Maduro han sido no solo cautelosas sino abiertos llamados a la paz, como banderitas blancas en medio de una batalla.

Al defender a El Aissami, el presidente venezolano se dirigió a Trump en un video divulgado en su cuenta de Facebook con subtítulos en inglés. Le dijo que no quiere problemas con él, que está siendo mal aconsejado por sus asesores y que Venezuela siempre ha abogado por “las relaciones de respeto entre nuestros países”.

La decisión está tomada

Pero a pesar de los esfuerzos de Maduro por deslindar a Trump de la decisión de acusar a El Aissami y de “congelar” los bienes y activos que tiene en Estados Unidos a través de su testaferro Samark López Delgado (conocido también como José López Bello), el secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, sostuvo que esos cargos tienen una dimensión política.

El presidente Trump, dijo, quiere “enviar un mensaje claro al pueblo de Venezuela de que Estados Unidos está de su lado”.

Tanto Venezuela como México fueron elegidos como enemigos por el presidente de Estados Unidos. Algo diferente ocurre con Irán, país al que Washington aplicó nuevas sanciones este mes pero fue como reacción, luego de que el régimen de Teherán hiciera una prueba de un mísil balístico. Y con Corea del Norte, que tras probar la semana pasada tres misiles de largo alcance recibió advertencias del Pentágono.

Con México, Trump ataca con su verborrea demagógica. Con Corea del Norte e Irán, reacciona a los ataques.

Y como para que no quede ninguna duda de que Trump ya tomó la decisión de endurecer las políticas de Washington con el régimen venezolano, el presidente de Estados Unidos divulgó el miércoles 15 en su cuenta de Twitter una foto en la que aparece junto a Lilian Tintori, la esposa del encarcelado líder opositor venezolano Leopoldo López; el vicepresidente Mike Pence, y el senador republicado por Florida, Marco Rubio.

“Venezuela debería sacar de prisión inmediatamente a Leopoldo López, prisionero político y esposo de @liliantintori (la acabo de conocer con @marcorubio)”, escribió Trump en su cuenta de twitter.

Más allá de los réditos o costos políticos que le pueden generar a Tintori y a la oposición venezolana cobijarse en el alero de un personaje racista, autocrático y antiinmigrantes como Trump, es un hecho que el nuevo presidente de Estados Unidos está dispuesto a cumplir con Venezuela lo que anunció durante la campaña: solidarizarse con las “muchas personas oprimidas” que hay en ese país porque “anhelan ser libres”.

El problema con Trump –un presidente extremadamente impopular en Latinoamérica por sus hostiles y racistas políticas contra los inmigrantes no sólo mexicanos sino de toda la región– es que las agresiones y medidas unilaterales que pueda implementar contra los países del sur del Río Bravo pueden terminar generando inesperadas cohesiones internas en torno a gobiernos que, a pesar de su impopularidad, apuesten por dar una lucha diga en defensa de las soberanías nacionales.

Ni Lilian Tintori ni Leopoldo López –un innegable preso político que fue sentenciado a casi 14 años de cárcel por decisión del régimen, según ha denunciado uno de los fiscales que participaron en el juicio— representan a la variopinta oposición venezolana, dentro de la cual hay voces que han criticado las políticas de Trump.

El mismo Henrique Capriles, quien es uno de los tres líderes más visibles de la oposición –los otros dos son Leopoldo López y Henry Ramos Allup–, ha manifestado su preocupación por la posible deportación de venezolanos que viven en Estados Unidos y luego de triunfo electoral de Trump señaló que “todo lo que durante la campaña electoral se dijo contra mexicanos, contra latinoamericanos, contra afroamericanos, entonces ojalá que eso quede atrás, y que haya sido parte de una retórica de una campaña electoral”.

Trump, evidentemente, es la peor carta que la oposición venezolana puede elegir para defender la democracia y el estado de derecho y para poner fin al régimen chavista. Apostar por esa estrategia terminaría por darle veracidad a uno de los reiterados calificativos que usa Maduro contra la oposición, el que la tacha de “fascista”.

Hoy, una foto junto a Trump es, para la oposición venezolana, como un beso del diablo. Porque como dice el historiador mexicano Enrique Krauze: nadie como el presidente de Estados Unidos se ajusta hoy a “la tipología fascista”.

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