Conciencia acuática

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- A partir de 1993 se celebra cada 22 de Marzo el Día Mundial del Agua, por resolución acordada en la Asamblea General de la ONU para el Medio Ambiente y Desarrollo que se llevó a cabo en Río de Janeiro en 1992. Y desde entonces, los esfuerzos por difundir la trascendencia del mensaje no cesan, de hecho, en cada recurrencia calendárica, la ONU propone una temática relacionada con el uso eficiente y la preservación del recurso hídrico que cada día se vuelve más valioso y codiciado. Para la celebración de este 2017 se propuso como tema una pregunta capital: ¿Por qué desperdiciar agua?…

Como una reacción obligada de nuestra propia conciencia editorial, nos sumamos a la celebración con los elementos que nos son afines ‒las músicas de concierto que glosan, festejan o nacen a partir del agua‒, esperando que la iniciativa cobre más fuerza en nuestro país, donde la irracionalidad impera en el manejo del agua y donde su escasez tiene ya visos de emergencia nacional. Con esto en mente, no sobra citar algunos de los datos que proporciona la ONU para publicitar su campaña planetaria:

  • Más de 663 millones de personas carecen de suministro de agua potable, viéndose obligadas a trasladarse a fuentes lejanas, así como a enfrentar problemas de salud por beber agua contaminada. Más del 80% de las aguas residuales del planeta torna a los ecosistemas sin ser tratada ni reciclada.
  • 1800 millones de personas usan una fuente de agua contaminada por material fecal, poniéndolas en riesgo de contraer cólera, disentería, tifus o polio. El agua sucia y malas infraestructuras sanitarias, causan 842 000 ca. de muertes al año.
  • Las oportunidades de explotar las aguas residuales como recurso son enormes. El agua tratada es una fuente sostenible y asequible de agua y energía.

Vayamos pues a lo que nos atañe, haciendo la aclaración que ya en otra oportunidad nos acercamos a este tema (Proceso 1641) y que aquella vez escribimos sobre las obras más emblemáticas al respecto. La Música acuática de Händel, Las Fuentes de Roma de Respighi, los Juegos de agua de la Villa d´Este de Liszt, los Juegos de agua de Ravel, el Mar de Debussy, el Moldava de Smetana y el Danubio azul de Strauss fueron las partituras elegidas junto a los valses mexicanos En alta mar de Abundio Martínez y Sobre las olas de Juventino Rosas. Ahondaremos ahora en el repertorio acuático sin soslayar las cualidades evocativas y, por supuesto, la distintiva calidad de su factura.

El puerto de Hamburgo y sus mareas. Con este escenario a la vista, Gëorg Philipp Telemann (1681-1767) le dio vuelo a su inventiva para crear otra Música acuática ‒Wassermusik‒ en 1723, seis años después de la händeliana. El encargo provino del Almirantazgo de Hamburgo, que cumplía una centuria de vida y quería echar la casa por la ventana para su festejo. Telemann, a quien se considera como el compositor más prolífico de la historia ‒su catálogo alcanza las 3 mil composiciones‒, no tuvo reticencias, ya que al tiempo de satisfacer a los marinos podía rendirle un homenaje personal al río Elba (Telemann transcurrió su infancia en Magdeburgo, ciudad por donde atraviesa éste, en camino a su desembocadura en el Mar del Norte, precisamente en Hamburgo). En cuanto a la obra, está articulada en diez movimientos de danza, cada uno retratando a seres mitológicos que moran en el agua. Neptuno, su hijo Tritón, la diosa durmiente del mar Thetis y las Náyades pueblan los pentagramas para solaz de quienes se acercan a los cuerpos acuáticos con el alma enhiesta y agradecida…[1]

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El Sena se pone festivo. Con este extraño título Antonio Vivaldi (1678-1741) quiso rendirle un homenaje a Luis XV, a través de una obra vocal con forma de serenata. Esta forma, una vía intermedia entre cantata y ópera miniatura, fue cultivada asiduamente por el Preste Rojo, siempre a manera de encargos para celebraciones específicas, mas en el caso de La Senna Festeggiante las oscuridades son inmensas. Su manuscrito se extravió ‒sobrevive copia de un amanuense‒, se ignoran las fechas de su composición y estreno ‒se infiere por insinuaciones en el texto, que fue alrededor del ascenso al trono del Rey en 1723‒ y de dónde provino el encargo. Con respecto a esto, se presume que pudo suceder dada la relación que Vivaldi mantuvo con el embajador de Francia en Venecia, un tal Jacques Languet, quien además de nombrarlo compositor oficial de la Embajada, le encargó un Te Deum y las serenatas Gloria e Imeneo y L´unione della Pace e di Marte. Como quiera que sea, la obra invita a recrear auditivamente la belleza del Sena, con su flujo inagotable de historias alusivas.[2]

Un acuario a medida de la imaginación. Si citamos a Telemann como el compositor más prolífico de la historia, en el caso que aquí nos ocupa hemos de señalarlo como al más precoz de todos, más aún que Mozart. Y no sólo fue compositor, sino también pianista, director de orquesta, crítico musical, organista, filósofo, botánico, astrónomo, geólogo, caricaturista, entomólogo, dramaturgo, matemático, pedagogo, poeta, militar, arqueólogo y ensayista de altos vuelos (de su autoría son relevantes trabajos sobre acústica, ciencias ocultas, instrumentos musicales antiguos y escenografía teatral en la Roma Antigua). Se trata de Camille Saint-Saëns (1835-1921), quien se inicio en el supremo arte de configurar lo invisible, nada menos que a los cuatro años de edad. De su estro creativo es el Carnaval des Animaux, una obra escrita en 1886 sin afanes de inmortalidad. En ella, una trama zoológica dicta la aparición de los personajes. Como prueba irrefutable de su capacidad compositiva, Saint-Saëns armó un acuario de una hermosura pocas veces lograda por el ser humano.[3]

Frente a la caída de agua más poderosa del orbe. Reconocidas como una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo, las cataratas que se abaten entre Brasil y Argentina toman su nombre del río Iguazú. No hay quien se resista al impacto emocional que surge de su contemplación. Sin temor a equivocarnos, podríamos asentar que el horizonte se satura por esa inagotable línea acuática, que su estruendo es indescriptible y que la estupefacción se garantiza cuando la imponente mole de aguas se abisma. Asimismo, la exuberancia de la vegetación merece descripciones. “Grandes helechos, cañas de bambúes y miles de especies de árboles, con sus copas inclinándose sobre el abismo adornado con musgos, begonias rojas, orquídeas de oro, bromelias brillantes y bejucos con flores trompetas” escribió un botánico suizo en 1901. Y, por descontado, la exégesis sonora de las cataratas no podía quedar en silencio. Fue el compositor argentino Alberto Williams (1862-1952) quien primero cedió al embrujo, concibiendo un memorable Poema del Iguazú.[4] Imposible no prestarle atención…

Claro de luna sobre el Paraná. Así intituló Alberto Ginastera (1916-1983) al primer movimiento de su Suite de Ballet Panambi y merced a su subyugación acústica, huelga decirlo, los destellos argentinos de la luna sobre el majestuoso río quedaron atrapados en una arquitectura inmaterial que no se extinguirá nunca. Pero apuntemos las características que hacen del Paraná uno de los ríos más caudalosos de Sudamérica. Para empezar, atraviesa la mitad sur del continente y su cuenca sólo es superada por el Amazonas. Por su inmenso caudal ‒moviliza 16 mil metros cúbicos por segundo‒ es considerado como el sexto río de llanura más importante del planeta. En su cauce desembocan otros ríos sustanciales como el Uruguay, el citado Iguazú, el río Grande y el Paraguay. 3645 Km tiene de longitud, desde su nacimiento en Brasil hasta su desembocadura en el río de la Plata. Su nombre proviene de la lengua Tupi-guaraní y se traduce como “pariente del mar”. Tampoco sobra procurarle atención a la lectura que hizo Ginastera del río en aras de provocar una inolvidable ensoñación poético-musical…[5]

La contaminación nuestra de cada día. Podrá haberse inferido que los maravillosos ríos que surcan el territorio nacional también han sido objeto de homenajes por parte de nuestros compositores, sin embargo, es una amargura sin confines constatar que más que sujetos de admiración y hechizo sensorial, son entidades acuíferas que fungen como canales de desecho donde cabe toda inmundicia. Para nuestro orgullo patrio es de reconocer que nos relacionamos con nuestra madre tierra como si fuera un inmenso retrete con salida a los dos océanos. En su Balada de los ríos de Tabasco Carlos Jiménez Mabarak (1916-1994) plasmó la profunda impresión que le causaron las abundantes corrientes fluviales de Tabasco,[6] estado de los más pródigos, acuáticamente hablando, de la República, aunque también de los más prósperos en cuanto a las porquerías que reciben sus aguas. En el fastuoso Grijalva, por ejemplo, su flora y su fauna acuática están próximas a volverse recuerdo. Pero lo bueno es que eso ya no nos altera ni nos sorprende.

[1] Se sugiere la escucha del su Giga, en la que se aprecian con nitidez los movimientos sonoros de las mareas, merced a la destreza compositiva de su autor. Audio 1: Gëorgr Philipp Telemann – Wassemusik (Giga) (Collegium Pro Musica. Stefano Bagliano, director. AMADEUS, 2005)

[2] Se aconseja la escucha de una de sus arias. Audio 2: Antonio Vivaldi – La Senna Festeggiante Aria Cosí sol nell´aurora. (Concerto Italiano. Rinaldo Alessandrini, director. Sonia Prina, contralto. NAÏVE, 2001)

[3] Se recomienda su audición. Audio 3: Camille Saint-Saëns – Acuario del Carnival des Animaux. (Philippe Entremont, pianista y director. SONY, 1998)

[4] Se aconseja la escucha de su primer episodio. Audio 4: Alberto Williams – Poema del Iguazú op. 115. Las selvas dialogan con las cataratas. (Orquesta Sinfónica de Gran Canaria. Adrian Leaper, director. SONY, 1996)

[5] Se recomienda su audición. Audio 5: Alberto Ginastera – Suite de Ballet Panambi op. 1b Claro de Luna sobre el Paraná. (Orchestre National de Lyon. David Robertson, director. NAÏVE, 2000)

[6] Se sugiere la escucha de su último movimiento. Audio 6: Carlos Jiménez Mabarak – Balada de los ríos de Tabasco. Danza final. (Orquesta Sinfónica Carlos Chávez. Fernando Lozano, director. CONCULTA, 1993)

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