La arquitectura y la piel, ¿van de la mano?

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La arquitectura y la vista van de la mano, pero ¿la arquitectura y la piel? Como una praxis sobre esa pregunta se ofreció el performance Primer Movimiento en el marco del Festival Internacional de Arquitectura y Ciudad, Mextrópoli 2017.

La propuesta consistió en articular tres actividades sensoriales consecutivas en un único fin de semana, en el edificio antiguo del siglo XVII Laboratorio Arte Alameda (LAA), las cuales se describen brevemente a continuación:

• Primer experimento o día uno: Las bailarinas Tania Solomonoff y Eve Bonneau activaron la piel de su cuerpo al retirar la ropa de éste ejerciendo suaves fricciones. Con la electricidad generada por esa manera de desvestirlo, Solomonoff elaboraba formas no fijas en el espacio que ella ocupaba. O bien, eran formas en tránsito construidas desde un cuerpo ocupado en la conciencia de sus improntas. Debido a su introspección, el espacio se hizo profundo hacia dentro del cuerpo, entre músculo, glándula, vaso sanguíneo y nervio.

Bonneau, por su parte, realizaba micro acomodos del peso de su cuerpo apoyándose en las articulaciones de su estructura ósea, como si la electricidad le hubiera recordado un saber aprendido en el pasado.

Ambas desarrollaron dos ciclos de esta inducción táctil. Sin embargo, el segundo ciclo fue menos elocuente que el primero porque suprimieron los estímulos sensuales al retirar la ropa del cuerpo derivando en una piel más ausente que presente.

• Segundo experimento o día dos: Solomonoff y Bonneau, como cuerpos recién nacidos, pasaron del espacio interior –del día uno– al exterior al incorporar a su percepción el gran salón del LAA, donde el performance se estaba desarrollando.

Para reconocer sus amplias dimensiones, ellas se lanzaron contra la pared de un extremo, se desvanecieron por el piso –que es límite con el subsuelo– y se recargaron en otra pared perpendicular a la primera.

En esta extensión espacial, absorbida táctilmente, sus nociones o impulsos hallaron salida en el desequilibrio de su cuerpo antes de colapsarse y en la explosión volcánica del acto de correr.

Fielmente mantuvieron en el orden de lo perceptual los movimientos de su cuerpo. Es decir, sus movimientos eran reacciones físicas a impulsos primarios o liberaciones de energía sin traducción a ningún lenguaje de danza reconocible.

Asimismo, hicieron aparecer la voz pura sin palabra durante este día dos.

• Tercer experimento o día tres y último: Solomonoff y Bonneau integraron a su conciencia la presencia colectiva de la mucha gente que asistió. Y la sonoridad de sus voces, que afectaba la epidermis de todos, fue la principal emisión de sus impulsos en esta ocasión. Además, corrieron laberínticamente entre ellos. Así, desvanecieron el límite que las separaba de los asistentes, formándose un único conjunto de personas reunidas.

Todos transgredieron los límites espaciales del salón –que habían sido reconocidos el segundo día– para hacer un recorrido a macro escala del edificio antiguo, un convento en sus orígenes coloniales.

Con la voz de ellas como parámetro, esta actividad final consistió en percibir la extensión global del recinto, constituido por nave, atrio, patio. O bien, con tan sólo escucharlas podía calcularse la altura y la profundidad de las cavidades arquitectónicas e históricas que lo componen.

De esta manera concluyó el ciclo performativo en el contexto del festival Mextrópoli 2017, cuya aportación giró en torno a la potencia cognoscitiva del sentido táctil en el reconocimiento de un espacio y su dimensión social, validando el nivel sensorial como un saber corporal primario antes del racional. Este estudio sobre la percepción humana fue realizado también por el curador David Gutiérrez, el iluminador Mauricio Ascencio y los artistas sonoros Luis Enríquez y Joaquín López Chapman, con el apoyo del Fonca.

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