Marine Le Pen, atizando el odio

Marine Le Pen, candidata presidencial en Francia. Foto: AP / David Vincent Marine Le Pen, candidata presidencial en Francia. Foto: AP / David Vincent

Ante una audiencia entregada de antemano, Marine Le Pen, la candidata del Frente Nacional que lidera las encuestas de cara a las elecciones francesas del próximo domingo 23, modula hábilmente su voz, calcula los gestos y ademanes, hace pausas para acentuar la contundencia de sus frases. Sus bases la aclaman cuando asume la defensa de la patria “amenazada” por las “plagas mortales” de la globalización, el multiculturalismo, el islamismo y el terrorismo. Más allá de su discurso ultranacionalista y xenófobo, despliega su especial “talento” para despertar y atizar entre sus seguidores reacciones de violencia e instintos de odio.

LILLE, Francia (Proceso).- Domingo 26 de marzo. Son solamente las dos de la tarde y ya están ocupadas las 5 mil butacas de la sala de conciertos Zénith. El ambiente es eléctrico.

Representantes locales y dirigentes nacionales del Frente Nacional están sentados al pie del estrado junto a un grupo de eurodiputados de partidos de ultraderecha belgas y holandeses. En primera fila, erguida, sonriente, vestida de blanco, destaca Marie Charlotte Le Pen, hermana mayor de la candidata presidencial, Marine Le Pen.

Hay muchas familias entre los asistentes. Van tomando asiento en las butacas del patio mientras que una mayoría de hombres jóvenes se amontonan en las gradas. Omnipresentes, los miembros del servicio de seguridad destacan con su porte marcial y su complexión atlética, que contrasta con la desenvoltura de insólitas “vendedoras ambulantes”.

Son militantes que recorren los pasillos del Zénith con canastas de mimbre que desbordan “productos derivados” del FN: plumas, pulseras, collares, mancuernillas, llaveros… Todos adornados con una rosa azul marino, emblema de la candidata presidencial, o llamas tricolores, símbolo del Frente Nacional. Tienen particular éxito los pins que exhiben lemas explícitos: “Touche pas à mon peuple” (No toques a mi pueblo) y “Aime la France ou quitte la” (Ama a Francia o déjala) y por supuesto “Marine président”.

Dos y media de la tarde. Falta todavía media hora para que llegue la lideresa del FN. Voces viriles entonan “La Marsellesa” en las gradas. El resto del público se levanta como uno solo y a su vez canta el himno nacional agitando banderas azul, blanco y rojo.

Cinco para las tres. Se oyen las primeras notas de la “Danza ritual del fuego”, de Manuel de Falla. Baja la intensidad de la luz a medida que sube el volumen del sonido y se acelera el ritmo frenético de la música.

Las tres. La penumbra baña la sala, la música es endemoniada, el servicio de seguridad está en alerta máxima. Se abre una de las puertas traseras del Zénith y aparece Marine Le Pen en persona y en una pantalla gigante. La candidata recorre a grandes zancadas el ala lateral derecha de la sala de conciertos y sube al estrado.

Negro el vestido, rojos el saco y los zapatos; firme la mirada, triunfante la sonrisa. Fuerza y voluntad emanan de toda su persona, de cada uno de sus gestos, de su cuerpo macizo.

La sala está exultante: “¡Marine président!”, “¡Marine président!”.

Ondean miles de banderas.

La candidata presidencial se inclina. Los asistentes aúllan: “¡On va gagner! ¡On va gagner!” (Vamos a ganar).

Marine Le Pen impone silencio con un gesto de la mano.

“Gracias al norte”, lanza.

La sala está en ebullición. La candidata se nota satisfecha.

El norte de Francia es uno de sus feudos: 42% del electorado norteño votó a favor del Frente Nacional en las elecciones regionales de diciembre de 2015 y la candidata está convencida de que superará ese récord el próximo domingo 23, en la primera vuelta de la elección presidencial.

Con sus 6 millones de habitantes, la región de los Altos de Francia es la tercera más poblada del país, y la segunda más pobre, después de Córcega: 18% de sus habitantes viven por debajo del umbral de pobreza y 16.5% de la población laboral está desempleada, mientras que el promedio nacional es de 13.1%. Antaño próspera zona minera e industrial, la de los Altos ha decaído inexorablemente desde mediados del siglo XX.

Por si eso fuera poco, su litoral es el más afectado por la crisis migratoria. Más allá del puerto de Calais y de su “jungla” –desmantelada en octubre de 2016–, todos los puertos de la región se han visto sacudidos por la tragedia de los migrantes. Y si bien parte de la población multiplica iniciativas de solidaridad con ellos, un amplio porcentaje los rechaza cada vez con más fuerza y considera que sólo el Frente Nacional puede “proteger al país de la invasión”.

“La hora del patriotismo”

En Lille, aún más que en cualquier otra ciudad, Marine Le Pen sabe que puede desplegar su programa con toda dureza. Y lo hace. Habla una hora. No improvisa. Lee su texto con cierta maestría.

“Fue en el norte donde hace 10 años recogimos la bandera nacional que yacía tirada en la cuneta”, proclama antes de tomar enérgicamente la defensa de la identidad francesa amenazada por “dos plagas mortales”: la globalización y el multiculturalismo, por un lado; y el islamismo y el terrorismo (hábilmente asimilados), por el otro.

La sola palabra islamismo desencadena una tempestad de abucheos y silbidos. Y de repente toda la sala aúlla: “¡On est chez nous! ¡On est chez nous!” (¡Estamos en nuestra casa!).

“Creemos en Francia y queremos estar exclusivamente al servicio del pueblo francés”, asegura Le Pen antes de insistir sobre la “prioridad nacional”, eje central de su programa electoral.

“¡On est chez nous!”, grita la multitud.

“Quiero acabar con la dominación de Alemania. No quiero que los migrantes de Merkel nos invadan y abaraten nuestros salarios.”

Adhesión total. “¡On est chez nous!”, braman todos.

La lideresa de la ultraderecha lanza diatribas de una violencia extrema contra la Unión Europea regida por “la oligarquía trasnacional”, contra el euro que empobreció a los pueblos, antes de pronunciar un largo alegato a favor del Frexit que “triunfará después del Brexit”.

“Convocaré a un referéndum sobre el tema. ¡Ustedes son quienes decidirán!”, anuncia.

Nueva adhesión total.

Pero el entusiasmo alcanza su clímax cuando la lideresa del Frente Nacional profetiza “la muerte cercana de la UE, el fin próximo de la mundialización salvaje y del multiculturalismo”, y reitera su firme intención de “volver a poner orden en Europa, que será de nuevo una Europa de naciones libres y soberanas, una Europa de los pueblos y no un juguete de las finanzas globales”.

“¡No vamos a agachar la cabeza ante el capital y el islamismo! ¡Revitalizaremos nuestro espíritu nacional! ¡Ya llegó la hora del patriotismo!”, advierte antes de mencionar sus entrevistas con Michel Aoun, presidente de Líbano, el pasado 20 de febrero, y un mes después, el 24 de marzo, con el mandatario ruso Vladimir Putin, “dos grandes hombres de Estado que llevan un combate implacable contra el terrorismo islámico”.

“En Estados Unidos (no menciona el nombre de Trump), Gran Bretaña, Rusia, Líbano, en India… Los patriotas hablamos todos el mismo idioma.”

La sola mención del nombre de Putin provoca aplausos atronadores.

La Francia de Marine Le Pen no se limitará a salir de la UE, también tirará la puerta de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y consolidará su propia defensa, a la que la candidata presidencial prevé dedicar 2% del Producto Interno Bruto.

“Defender a los franceses es mi misión”, repite.

Es también la obsesión de sus partidarios reunidos en el Zénith. En medio de la euforia general, la candidata enumera las medidas de “protección nacional” que aplicará apenas llegue al Palacio del Elíseo, de lo cual no parece tener la menor duda.

“Limitaré a 10 mil personas el cupo de migrantes autorizados a entrar anualmente en Francia, una cifra 10 veces inferior al cupo actual.”

Los asistentes aplauden.

“Suprimiré la reagrupación familiar para los inmigrantes.”

Ovaciones.

“Impondré un impuesto específico a toda contratación de asalariados extranjeros.”

Frenesí.

“Prohibiré el financiamiento público de lugares de culto y actividades culturales comunitarias y, por supuesto, expulsaré a todos los extranjeros vinculados de una forma u otra al fundamentalismo islámico.”

Vituperios contra los terroristas y el Islam.

Instintos de odio

Despiadada con los extranjeros, sobre todo cuando son de origen árabe o de religión musulmana, la lideresa del Frente Nacional también lo es contra sus contrincantes.

Desprecia ostentosamente a los seis llamados pequeños candidatos independientes; ningunea a Jean Luc Mélenchon, candidato de la izquierda radical que, según un sondeo publicado el 28 de marzo, podría atraer a 14% de los votantes en la primera vuelta electoral; desprecia a Benoit Hamon, desafortunado candidato del Partido Socialista, que parece atraer sólo a 12% de los electores; dispara flechas envenenadas contra Francois Fillon, candidato de Los Republicanos, cuyos escándalos de corrupción desacreditan a la derecha y que junta apenas 18% de las intenciones de voto. Pero es contra Emmanuel Macron que la candidata del Frente Nacional saca su artillería pesada.

“OPNI” (objeto político no identificado, como lo califican sus detractores), que se presenta como independiente, exejecutivo del banco Rothschild y exministro de Economía de Francois Hollande, que se asume como social-liberal, Macron alcanza 24% de la intención de voto y Le Pen, 25% para la primera vuelta de los comicios presidenciales.

En el Zénith de Lille la candidata nacionalista, implacable, se desata en su contra y lo echa a la rabia popular como quien tira un hueso a perros hambrientos.

Todo tiene que quedar claro: ante el espectacular desmoronamiento del Partido Socialista y de Los Republicanos, que monopolizan el poder en Francia desde hace más de tres décadas, el enemigo número uno de Le Pen se llama Emmanuel Macron.

“Es el peor representante ‘del sistema’.”

Abucheos de la sala.

“Es el agente de las finanzas internacionales.”

Gritos e insultos.

“Es un ser fibroso (sic). No se sabe lo que piensa. No se entiende casi lo que dice. Pero lo poco que se puede captar es inquietante.”

Alaridos y carcajadas.

“Es el consentido de los medios de comunicación controlados por poderosos intereses económicos o al servicio del poder…”

Nuevos abucheos.

Pero la lideresa del Frente Nacional electriza literalmente a la audiencia cuando recuerda las declaraciones de Macron en su viaje oficial a Argel el pasado 14 de febrero.

Entrevistado por la cadena de televisión argelina privada Echorouk News, el contrincante de Le Pen calificó la colonización de Argelia por parte de Francia de “crimen contra la humanidad”.

Enfurecida, la lideresa del Frente Nacional habla de alta traición. La sala se exalta. El odio es palpable.

Más allá del contenido ultranacionalista y xenófobo de su discurso, Le Pen despliega su especial “talento” para despertar y atizar entre su público reacciones de violencia e instintos de odio.

Y ese talento lo cultiva con profesionalismo. Lo controla todo: tono de voz hábilmente modulado, breves silencios después de cada ataque, ademanes, gestos…

El mitin termina en apoteosis. Los invitados especiales suben al estrado, rodean a la candidata que entona “La Marsellesa” junto con los asistentes, ahora de pie. Los rostros son graves, duros inclusive, y el estribillo del himno nacional francés cantado con fuerza por 5 mil voces suena más violento que nunca: “¡A las armas ciudadanos! / ¡Formen sus batallones!/ ¡Marchemos, marchemos! / Que una sangre impura / Inunde nuestros surcos”.

Este reportaje se publicó en la edición 2109 de la revista proceso del 2 de abril de 2017.

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