Emmanuel Macron, tras el voto de los ignorados de siempre

Emmanuel Macron, candidato de En Marcha. Foto: AP / Lionel Bonaventure Emmanuel Macron, candidato de En Marcha. Foto: AP / Lionel Bonaventure

Ante la inminente implosión del Partido Socialista y de Los Republicanos, numerosos electores sólo ven una opción para impedir que Marine Le Pen gane las elecciones en Francia: votar por Emmanuel Macron, candidato de En Marcha, quien capitaliza el descontento de diversos sectores de la población por el anquilosamiento de los partidos y los políticos tradicionales. A juicio de especialistas, Macron “encarna el deseo de una generación de tirar por la borda sectarismos fósiles de izquierda y derecha. Entendió muy bien esa aspiración y eso explica su éxito creciente. Pero también puede ser su punto débil”.

DIJON, Francia (Proceso).- Difícil imaginar dos mítines electorales tan radicalmente distintos como los de Marine Le Pen y Emmanuel Macron. Único punto en común: el nombre –Zénith– del lugar en el que se llevan a cabo.

Las puertas de esa sala de conciertos –más pequeña que la de Lille– llevan dos horas abiertas. El público de Dijon –hermosa capital vinícola y gastronómica de Borgoña, de 150 mil almas– va ocupando sin prisa las 3 mil butacas del recinto.

Predominan jóvenes y jubilados pero, en la medida en que avanza el tiempo, el tipo de asistentes se diversifica.

Según estudios sociológicos recientes, En Marche (En Marcha), movimiento político fundado por Macron el 6 de abril de 2016, seduce cada vez más a franceses involucrados en la llamada “nueva economía”, a quienes trabajan en el sector de la tecnología de punta, a dueños de empresas pequeñas y medianas, a jubilados decepcionados por los políticos de su generación y a amplios sectores de la juventud que abarcan tanto a estudiantes de clase media como a jóvenes de los suburbios de las grandes metrópolis, quienes en su mayoría descienden de migrantes, se sienten plenamente franceses y luchan para salir de la marginalidad.

Lo novedoso de En Marcha atrae además a numerosos electores que se habían apartado de la política.

“Ese bebé político logra combinar la virtud de su gran juventud y actitudes ‘degaullistas’. Sólo habla en nombre propio en una relación directa con el pueblo ciudadano, partiendo de un diagnóstico pragmático. No habla en nombre de una doctrina, de un partido o de una línea. No se inscribe en tradición política alguna”, recalca Marcel Gauchet, respetado y veterano filósofo e historiador francés.

Y precisa: “Macron encarna el deseo de una generación de tirar por la borda sectarismos fósiles de la izquierda y de la derecha. Entendió muy bien esa aspiración. En realidad se nutre del sectarismo de los demás. Es lo que explica su éxito creciente. Pero también puede ser su punto débil”.

Otro factor explica ese éxito: en la medida en que los sondeos anuncian como inevitable la presencia de Marine Le Pen en la segunda vuelta de la elección presidencial y ante la casi implosión del Partido Socialista y de Los Republicanos, muchos electores consideran que votar por Macron el próximo domingo 23 es la única manera de impedir que el Frente Nacional acceda al poder.

El iconoclasta

El ambiente en el Zénith es tranquilo: poca música, ningún intento de “calentar” el ambiente. Los únicos en agitarse son los marcheurs –así se designan los militantes de En Marcha–, que buscan afanosamente a voluntarios que acepten sentarse en el estrado y rodear al candidato presidencial mientras pronuncie su discurso.

El casting es difícil. Necesitan un amplio abanico de edades, clases sociales y orígenes étnicos. El mensaje de Macron tiene que ser claro: reconciliar a Francia con su propia diversidad, reconciliar a los progresistas de derecha e izquierda. Ardua tarea en un país históricamente bipolarizado.

Finalmente los marcheurs logran reclutar a una treintena de personas. Una “directora artística” se apresura en explicarles cómo mover sus banderas tricolores de manera armoniosa y cómo gritar “Macron président” con entusiasmo pero sin histeria. Esa puesta en escena es importante para los canales de televisión que difunden el mitin en vivo…

19:15 horas. Llega Brigitte Trogneux-Macron, esposa del candidato presidencial. La acoge un grupo de invitados especiales, en su mayoría alcaldes de la región, unos socialistas, otros centristas del Movimiento Demócrata (Modem), liderado por Francois Bayrou, quien renunció a su propia candidatura presidencial el pasado 22 de febrero para apoyar a Macron.

Susurros en la sala. La historia de la pareja hizo correr mucha tinta en Francia, sobre todo a partir de 2014, cuando Macron dejo su discreto puesto de asesor económico personal de Francois Hollande para asumir el cargo –mucho más visible y expuesto– de ministro de Economía.

En 1993 el líder de En Marcha tenía apenas 16 años cuando se enamoró de su profesora de francés, Brigitte Trogneux –entonces casada y madre de tres hijos–, que le llevaba 24 años. Ambos pertenecían a la burguesía de la pequeña ciudad de Amiens, poco tolerante a ese tipo de “deslices”. Los padres de Macron intentaron separarlos, pero fue en vano y en 2007 capitularon: asistieron a la boda en el exclusivo balneario de Le Touquet.

Lejos de perjudicarlo, esa relación que se burla de las “normas” consolida la imagen iconoclasta, anticonformista y moderna que quiere proyectar el joven candidato presidencial, quien cumplirá 40 años el próximo 21 de diciembre y se enorgullece de no pertenecer a la derecha ni a la izquierda, al tiempo que se defiende de ser centrista.

“Baño de multitud”

19:20 horas. Emoción general. Como lo hizo Marine Le Pen, Macron entra a la sala de conciertos por una puerta trasera; pero, a diferencia de su contrincante, se da “un baño de multitud”: estrecha manos, platica con sus seguidores y acepta tomarse selfies con ellos. Pasan casi 10 minutos antes de que llegue al estrado.

Sube. Ríe. Se ve feliz.

Mis vecinas lo encuentran “guapo y con mirada inteligente”; mis vecinos, “lleno de energía y distinto a los demás candidatos”; a todos les encantan su juventud y “carisma”. Hay quienes hablan de John Kennedy. Otros, de “un político del siglo XXI que le hará bien a Francia”.

“Amigos míos”, dice, “falta sólo un mes antes de la primera vuelta de la elección presidencial. Es un mes decisivo. Nuestra lucha es capital: es la de los patriotas que somos contra los nacionalistas del Frente Nacional.”

La sala aplaude convencida.

“Vamos a cambiar la democracia, la vida cotidiana, vamos a inventar un futuro.”

Nuevos aplausos.

Macron no lee su texto. Camina muy a gusto por el escenario e improvisa; o más bien da la impresión de improvisar su alocución. Insiste en lo que considera su misión esencial: revitalizar la democracia francesa –habla incluso de refundación– abriendo el espacio que merecen los ciudadanos.

De ser elegido, afirma, reducirá a 15 el número de ministros del gobierno, confiará por lo menos la mitad de las carteras ministeriales “a hombres y mujeres competentes, sin pertenencia partidista, representativos de toda la diversidad de la sociedad civil”. También se compromete a reducir a la mitad el número de dipu­tados y senadores, y asegura que 50% de los candidatos de En Marcha a las elecciones legislativas de los próximos 4 y 18 de junio pertenecerá a la sociedad civil.

Y hasta prevé “cursos de capacitación” para los ciudadanos que decidan someterse al sufragio para asumir responsabilidades políticas, así como “seminarios específicos” para acompañar a los políticos “obligados” a volver a la “vida normal”. Además pretende que el presidente de la República rinda un informe anual ante una comisión de ciudadanos designados por sorteo.

Su meta es clara: “Liberar” a Francia de una “casta” de políticos profesionales sin contacto con la vida real, que “gangrena” el sistema, monopoliza el poder y “puede caer en la tentación de la corrupción”.

La sala lo aclama con una alegría que se convierte en júbilo cuando enumera las medidas concretas que tomará para moralizar y sanear la vida política y pública.

En ningún momento bromea con los graves y patéticos enredos judiciales de Francois Fillon, candidato presidencial de Los Republicanos, y los de Marine Le Pen con el Parlamento Europeo. Y cuando uno de sus seguidores lanza invectivas contra ellos, el líder de En Marcha lo para en seco: “El respeto y la benevolencia tienen que ser siempre las características que nos distingan”.

El público aplaude con fervor.

Propuestas vagas

Muy explícito cuando toca el tema de la moralización de la vida política francesa, el líder de En Marcha se vuelve más difícil de seguir cuando se lanza a los campos económico y social. Propone un sofisticado coctel de “valores de izquierda y de medidas liberales para que el trabajo le cueste menos a la empresa y le rinda más al asalariado”. Y multiplica fórmulas sibilinas, como “asociar libertad y protección sin elegir entre las dos”.

Atento, y a veces desconcertado, el público sólo reacciona cuando Macron toca temas concretos que le conciernen directamente. Entre otros, despierta su interés un proyecto de “seguro profesional universal”, más generoso pero mucho más exigente para sus beneficiarios que el actual régimen de seguro de desempleo.

También son vagas sus propuestas para el mundo agrícola, que interesan a buena parte de los asistentes al Zénith en esa región vinícola. Su promesa de invertir 5 mil millones de euros en el sector agropecuario despierta ovaciones, pero nadie entiende cómo y dónde invertirá esa suma.

Los asistentes recobran la euforia cuando el candidato presidencial reitera su apego a la Unión Europea: “Soy decididamente europeo. Pero hay que ser exigente con la Unión Europea, que lleva 10 años sin proponer nada y se estancó. Francia y Alemania tienen una responsabilidad histórica. Les toca emprender la refundación de la zona euro y de la cultura europea en general.

También gusta su enfoque, que él mismo define como equilibrado, del lugar del Islam en la sociedad francesa y su concepción de la laicidad, “mucho más flexible que la del Frente Nacional o de los sectores más rígidos de Los Republicanos y del Partido Socialista”.

Pero lo que fascina realmente al público es la evocación de todas las polémicas que genera la indefinición ideológica del líder de En Marcha, sobre todo la “epidemia” de apoyos a su candidatura, que “afecta” a políticos de horizontes tan diversos como Robert Hue, exsecretario general del Partido Comunista; Daniel Cohn Bendit, exlíder de los movimientos estudiantiles de Alemania y Francia en 1968 y exeurodiputado ecologista; Francois Bayrou, líder centrista del Modem; Jean-Yves Le Drian, íntimo amigo de Francois Hollande y quien renunció el pasado 22 de marzo a su cargo de ministro de Defensa para sumarse a la campaña de Macron. La lista es exhaustiva; y a ella se sumó el pasado 29 de marzo Manuel Valls, exprimer ministro de Hollande.

El líder de En Marcha se cuida de todo triunfalismo. Sabe que esa cascada de adhesiones es un arma de doble filo: “Semejantes apoyos confirman la validez de mi programa, pero estoy perfectamente consciente de que muchos políticos que nos apoyan ahora no lo hacen por amor ni son desinteresados ¡Ni modo! Tendrán que apegarse a mi programa, que no es negociable. ¡No negocio adhesiones!”.

El público se levanta al grito de “Macron président”.

En realidad el apoyo de Valls, en particular, y el de un número creciente de socialistas inquieta a Macron, porque alimenta la campaña que desatan en su contra, con la misma virulencia, la ultraderecha de Le Pen, la derecha de Fillon, la corriente de izquierda del Partido Socialista (PS) encabezada por Benoit Hamon y la izquierda radical de Jean-Luc Melenchon. Unánimemente acusan al líder de En Marcha de ser la carta secreta de la corriente social-liberal del PS.

Macron advierte a sus partidarios: “¡Estén alerta, sean combativos, sean determinados y defiendan contra viento y marea nuestro proyecto generoso y patriota de reconciliación, de mano tendida a los progresistas! ¡Nada está escrito!”.

Tiene razón. Nada está escrito. A menos de un mes del escrutinio presidencial, uno de cada dos franceses confiesa no saber por quién votará.

Al igual que en el Zénith de Lille, el público, el candidato presidencial y los invitados especiales, de pie, entonan La Marsellesa, pero en Dijon el himno nacional suena menos bélico que en el norte de Francia.

Este reportaje se publicó en la edición 2109 de la revista Proceso del 2 de abril de 2017.

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