Un manotazo en el tablero sirio

El jueves 6, Estados Unidos disparó casi 60 misiles Tomahawk sobre una base militar siria, desde donde se habría lanzado el criminal ataque con armas químicas dos días antes. El atentado del martes 4 contra civiles de la aldea de Jan Sheijoun –agresión cuya autoría se atribuye al ejército sirio– puso en evidencia que el régimen de Bashar al Assad engañó a la comunidad internacional: no sólo no destruyó sus arsenales químicos, tal como se había comprometido en septiembre de 2013, sino que los siguió utilizando. La airada respuesta estadunidense no fue más que un “manotazo” en la mesa, pues el gobierno de Donald Trump avisó a Moscú de lo que pensaba hacer, lo cual permitió que los militares rusos destacados en Damasco se pusieran a salvo… y los sirios también.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Pese a la destrucción de la base militar siria de Shayrat, con el lanzamiento por parte de Estados Unidos de 59 misiles Tomahawk el jueves 6, la reacción de Rusia se limitó a desconocer un memorando signado en 2015 para evitar choques entre los aviones de las dos potencias en Siria. No anunció ni realizó acciones que pudieran poner en peligro a los 900 militares estadunidenses desplegados dentro de ese país.

De hecho, Washington le avisó a Moscú que realizaría esta acometida, con la antelación suficiente para que las tropas rusas presentes en la base pudieran retirarse. El bajo número de víctimas (seis soldados sirios, aunque otro funcionario dio la cifra de 16, incluidos nueve civiles) sugiere que no sólo los rusos salieron de ahí.

El presidente Donald Trump afirmó el jueves 6 que el ataque químico del martes anterior “cruzó muchas, muchas líneas”, y que su “actitud hacia Siria y Assad ha cambiado mucho”. Sin embargo, al cierre de esta edición, el viernes 7, la prensa estadunidense señalaba la falta de indicios de que este acto puntual se vaya a convertir en algo más que un manotazo en la mesa.

En la Casa Blanca nadie acusaba recibo de la petición presentada el jueves 6 por la oponente de Trump en las elecciones del año pasado, Hillary Clinton, de inhabilitar las aeropistas que utiliza la fuerza aérea siria para impedir que sus naves sigan bombardeando zonas civiles. Tampoco se dejaba ver algún interés por buscar el cumplimiento del compromiso asumido por el presidente Bashar al Assad, en 2013, de entregar la totalidad de su arsenal químico y destruir las instalaciones donde lo fabricaban y almacenaban.

“Esto indica con claridad que el presidente está dispuesto a actuar cuando se necesita”, declaró el secretario de Estado, Rex Tillerson. “Pero yo no trataría de extrapolar esto en un cambio de nuestra política o de nuestra postura relativa a nuestras actividades militares en Siria”. Esa política, enunciada por Tillerson mismo una semana atrás, es la de que sea “el pueblo sirio” quien decida el futuro del mandatario, abandonando la exigencia de Barack Obama de sacar a Assad del poder.

Un ataque que no debía suceder

Los bebés de la aldea siria de Jan Sheijoun se convulsionan. Algunos hombres tratan de limpiarlos con agua y otros los abrazan, deshechos en llanto, pese al riesgo de contaminarse. Los espasmos –documentados en uno de los videos que registraron el ataque del martes 4– se deben a que el gas sarín interfiere con la acetilcolina, un neurotransmisor que funciona como botón apagador para las glándulas y los músculos. Al bloquearlo, se produce una estimulación excesiva que desata las convulsiones.

El grado de envenenamiento depende del tiempo y la cantidad de gas sarín a la que una persona haya sido expuesta, así como de su resistencia: los niños son mucho más vulnerables. Pero en las imágenes es posible ver a mujeres y hombres adultos regados por el suelo de la pequeña comunidad, algunos inmóviles, otros aún con leves signos de vida: un movimiento agitado en el pecho mientras el resto del cuerpo permanece exangüe. Dosis grandes de sarín pueden provocar parálisis y fallo respiratorio, pérdida de conciencia y la muerte.

Los síntomas más evidentes que presentaban las víctimas corresponden a este producto. Sin embargo, la organización humanitaria Médicos Sin Fronteras reportó que su personal –que acudió en auxilio de las víctimas– también detectó un fuerte olor a cloro: el mismo que se usa diluido en las albercas fue usado letalmente por el ejército alemán en la Primera Guerra Mundial y es el arma química más simple de las conocidas. En forma de gas, reacciona con el agua al penetrar en los pulmones y destruye la capacidad de éstos para retener oxígeno.

Al anochecer del miércoles 5, el registro del ataque en Jan Sheijoun incluía 86 muertes y un centenar de heridos que fueron trasladados a hospitales de la vecina Turquía.

Es un ataque que, en principio, no debió suceder, si el acuerdo alcanzado en septiembre de 2013 por Washington y Moscú –al que se sujetó el gobierno sirio del presidente Bashar al Assad– se hubiera cumplido plenamente. Aunque hasta ese momento había negado enfáticamente poseer armas químicas, al signar el pacto Assad se comprometió a informar con detalle de todas las instalaciones y actividades relacionadas, y a entregar la totalidad de su arsenal químico para su destrucción.

Los habitantes de Jan Sheijoun aseguran que las bombas cayeron del cielo. El gobierno ruso repone que sí, que aviones sirios atacaron la zona, pero que los químicos estaban bajo control opositor y que se dispersaron cuando el almacén fue destruido.

El hecho es que, de nuevo, decenas de personas murieron por esta causa, y buena parte del mundo, que creía que la amenaza había desaparecido, sólo se pregunta cómo pudo ocurrir esta tragedia.

La tragedia de Yusef

El diario británico The Telegraph recogió la que puede ser la historia más estremecedora de este último ataque. Abdulhamid al Yusef, de 29 años, estaba trabajando en su tienda cuando su mujer, Dalal, lo llamó para decirle que los aviones habían atacado en las inmediaciones. Él corrió a casa. La encontró a ella y a sus gemelos –Ahmad y Aya, un nene y una nena de nueve meses– en buen estado, o eso parecía. En prevención de una segunda operación aérea, los llevó al sótano, con otros parientes.

Había pasado alrededor de una hora cuando empezaron a mostrar síntomas de envenenamiento. “La familia estaba a salvo, allá abajo, pero de pronto se empezaron a ahogar”, declaró al Telegraph Alaa, primo de Yusef.

“Los gemelos empezaron a sacudirse y les costaba trabajo respirar. Entonces vio que los químicos se apoderaban de su esposa, luego de su hermano, de sus sobrinas y sobrinos. Todo el mundo murió ahí, en el sótano, no hubo tiempo de llevarlos al hospital. Todo lo que Abdulhamid me decía era: ‘No pude salvarlos, hermano, no pude salvar a ninguno’.”

Perdió a 22 miembros de su familia.

Éste no es, sin embargo, el peor ataque registrado en la guerra en Siria, que ya rebasa los seis años de duración y ha dejado 312 mil muertos y 10 millones de desplazados.

En la madrugada del 21 de agosto de 2013, tres cohetes tierra-tierra cayeron en Ghouta Oriental, uno de los suburbios de la capital de Siria, Damasco, que han permanecido bajo control de la oposición durante casi todo el conflicto. Las imágenes de decenas de niños muertos alineados en el piso, entre las más de mil 400 víctimas, impactaron al mundo.

Los insurgentes acusaron al gobierno, que negó la responsabilidad y acusó a los rebeldes de matar a sus propios simpatizantes para culparlo.

Mediante cálculos trigonométricos, investigaciones periodísticas establecieron la trayectoria de los cohetes e identificaron el origen de los disparos en una base militar damascena. Un informe de 2014 del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas concluyó que se trató de “un ataque con sarín bien planeado e indiscriminado contra áreas habitadas por civiles, provocando víctimas en cantidades masivas”.

El reporte indica también que, dadas las características de los cohetes y los químicos utilizados, “los perpetradores tuvieron acceso al arsenal del ejército sirio, y tenían la experiencia y el equipo necesarios para manipular con seguridad grandes cantidades de agentes químicos”.

Pero no dijo quién era responsable.

Ataques sin responsables

El ataque de Ghouta Oriental fue cometido casi como para marcar el aniversario de una célebre declaración del entonces presidente de Estados Unidos: el 20 de agosto de 2012 Barack Obama marcó su “línea roja”: si el gobierno sirio atacaba con armas químicas a sus ciudadanos, Washington tendría que intervenir.

Esto provocó numerosas críticas entre los sectores de la oposición siria que demandaban apoyo militar de los países occidentales. Como enviado de Proceso en la ciudad de Alepo, este reportero vio carteles y conversó con personas que hacían chistes que pintaban al presidente Assad mutilando sirios y hundido hasta la cintura en roja sangre, y a Obama, desde lejos, advirtiéndole que no se atreviera a cruzar su línea roja.

El régimen sirio la traspasó y dos semanas después, el 6 de septiembre de 2013, el Congreso de Estados Unidos autorizó el uso de la fuerza militar contra el ejército sirio. Pero la administración Obama no se mostraba convencida de intervenir directamente. Tres días más tarde, el entonces secretario de Estado, John Kerry, afirmó que los ataques aéreos podrían ser evitados si Siria entregaba “cada pedacito” de sus armas químicas.

En pocas horas se produjo la reacción: el ministro ruso de Exteriores, Sergei Lavrov, anunció que Moscú le había “sugerido” a Damasco que se deshiciera de su arsenal tóxico, y antes de que terminara el día en Medio Oriente, su par sirio, Walid al Moallem, le dio la bienvenida a la propuesta.

El 27 de septiembre, la resolución 2118 del Consejo de Seguridad de la ONU, apoyada por Rusia y Estados Unidos, estableció un calendario de destrucción de la totalidad del arsenal químico sirio que debería ser completado el 30 de junio de 2014, bajo el control de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ).

Para el gobierno de Obama se trataba del solitario éxito del que podía presumir en el contexto bélico sirio. En una entrevista con la revista The Atlantic, el presidente dijo sentirse “muy orgulloso” de haber revertido su decisión de bombardear Siria y aceptar el acuerdo.

El 23 de junio de 2014, el último cargamento fue embarcado para ser eliminado en un buque en aguas del Mar Mediterráneo, y con eso desapareció oficialmente el armamento químico sirio… O al menos el armamento químico que el gobierno de Assad había declarado.

Seis meses antes, en diciembre de 2013, los funcionarios sirios dijeron a los inspectores de la OPAQ que una de las principales instalaciones de armas químicas, el laboratorio subterráneo Hafir 1, en las cercanías de Damasco, en realidad nunca había sido utilizada para producir sarín. Después de tres visitas, los expertos de la OPAQ empezaron a creer que habían agarrado a los sirios en una mentira, pues las muestras recolectadas revelaban la presencia del gas en el equipo utilizado para mezclarlo y colocarlo en las cabezas de misiles tácticos Scud y Tochka. Y hallaron, además, rastros de un agente nervioso todavía más letal, el VX, que Siria no había reconocido poseer.

Su descubrimiento no impidió que el proceso continuara como había sido previsto. La ONU no le exigió al gobierno de Assad que aclarara de inmediato lo que ocurría y, a lo largo de dos años y medio, las explicaciones fueron cambiando, a veces hasta la contradicción. Además, no era posible contrastar sus argumentos con los registros escritos del desarrollo del programa de armas químicas, porque los funcionarios sirios aseguraban haberlos destruido, de acuerdo con un reporte confidencial de 75 páginas preparado por el Equipo de Valoración de la Declaración (presentada por el gobierno sirio) de la OPAQ, y revelado en agosto de 2016 por la revista Foreign Policy.

Entre observadores y agencias de inteligencia se cree que, en realidad, el gobierno sirio sólo reveló la existencia de 19 instalaciones de armas químicas, en lugar de las 45 que en realidad tenía. Esto significa, de entrada, que el ejército dispone de este armamento, pero, además, también la organización terrorista denominada Estado Islámico, que fue creada en el verano de 2013 y un año después ya se había apoderado de la mayor parte de la cuenca de Mesopotamia, desde las cercanías de Alepo en el noroeste sirio hasta las de Bagdad, en el centro de Irak. En su avance, los yijadistas se apoderaron de algunos de los arsenales químicos que el gobierno había ocultado.

Esto dio lugar a una proliferación de ataques, que fueron investigados por varias misiones internacionales que coincidieron en dos cosas: confirmar algunos de ellos y no mencionar responsables.

En agosto de 2016, el diario The New York Times reveló el contenido de un informe confidencial, elaborado por un panel de especialistas de la OPAQ y de la ONU, que investigó nueve ataques recientes y, en tres de ellos, por primera vez identificó a los agresores: helicópteros del ejército sirio arrojaron bombas de cloro sobre el pueblo de Talmenes, en abril de 2014, y el de Sarmi, en marzo de 2015. Ambas poblaciones están en Idlib, la misma provincia de Jan Sheijoun donde se produjo el embate del martes 4.

Por su parte, militantes de Estado Islámico lanzaron mostaza sulfurosa sobre Marea, al norte de Alepo, en agosto de 2015.

Este reportaje se publicó en la edición 2110 de la revista Proceso del 9 de abril de 2017.

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