Peaje bachiano

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En el texto anterior de esta columna se le dio voz al amor del poeta Juan Bañuelos por la música de Johann Sebastian Bach, citando íntegro su poema Viola de gamba cuyo epígrafe reza: “Es la Antigua alianza: Hombre debes morir”. Con ello, sobra decirlo, se armó una elegía para el vate chiapaneco recientemente fallecido, al tiempo que se reveló la influencia que la creación bachiana ejerció en su oficio poético. Ahora, sin ulteriores preámbulos, es oportuno exponer, en primera persona, la pasión del titular de esta columna por la obra del inmarcesible compositor sajón, puesto que en ella se entreveran vivencias ‒carentes algunas de una explicación racional‒ dignas de ser narradas.

Mi madre solía leerme en las noches de mi infancia y uno de los libros que más me atrapó se intitulaba Bach, el niño creador. El volumen, de pasta dura y hojas gruesas, lo había publicado una editorial argentina con la idea de acercar al niño a la música a través de biografías, bellamente ilustradas, de los grandes compositores. Lo encomiable del asunto es que además de las atractivas viñetas iban incluidas partituras, merced a las cuales se proporcionaba al público infantil la posibilidad de valorar la obra de los genios en cuestión con certezas inducidas. Yo tenía cinco o seis años en aquel entonces y todavía no sabía leer música, sin embargo, la visión de los enigmáticos pentagramas gestaría un interés que trascendería las deficiencias de nuestro sistema escolar notorio, cada día más, por impartir la música de manera burda, ineficiente y antipedagógica.

¿Cómo no quedar cautivado con las lecturas maternas si ellas preludiaban al sueño y cómo no soñar con los avatares existenciales de ese infante de la Thuringia cuyo amor por la música lo había capacitado para doblegar las adversidades que le deparó el destino?… Recuerdo con claridad muchas páginas; en una se veía al pequeño Juan Sebastián copiando a escondidas, bajo la luz de la luna, las partituras que su hermano mayor ‒con quien se fue a vivir después de la muerte de sus padres‒ guardaba bajo llave y que tenía prohibidas… En otra se veía al joven músico emprender la agotadora caminata de Ohrdruff a Lüneburg ‒de 375 Km‒ en pos de buscar su admisión en la escuela coral de San Miguel que dirigían los monjes benedictinos…

Más adelante, ya en mi remisa adolescencia, surgió un regalo inesperado que me heló el alma pero que, años después, mostraría su utilidad. A un compañero de las clases de violín lo había atropellado un camión en la extinta glorieta de Riviera, sin haber sobrevivido al impacto; incluso se dijo que el chofer lo había rematado. Iba en su bicicleta y, además de cargar su violín a la espalda llevaba un libro consigo. Puesto que su madre estaba enterada de la buena amistad que nos había unido, decidió que el libro fuera para mí, intuyendo que su hijo así lo hubiera querido. Se trataba de la biografía que J. N. Forkel publicó en 1802 ‒la primera de la historia‒ sobre J. S. Bach y que había publicado el FCE en 1975. Debo anotar que en el libro había fotografías ‒varias de la Casa Museo de Bach en Eisenach‒, un incipiente catálogo ‒con las pocas composiciones otrora localizadas‒, amén de que subsistían rastros de sangre en una de las orillas y de contar con las anotaciones de mi amigo… Una de ellas suscitó mi curiosidad en la veloz hojeada que hice del presente, mismo que no lograría leer, sino años después, por la impronta de dolor que acarreaba: había un incisivo signo de interrogación junto a la cita de una extraña sinfonía para violín y orquesta de la que, al parecer, no existía grabación ni conocimiento. Y en investigaciones posteriores me enteraría que era una obra inédita ‒cuyo final estaba trunco‒ perteneciente a una de las tantas cantatas que se habían perdido (más dos quintos de ellas se extraviaron de forma irreversible ‒de recordar el hallazgo hecho por Mendelssohn de la Mathäus-Passion en una carnicería‒)

Vinieron después mis estudios en la Universidad de Yale, donde tuve la fortuna de ser alumno de un notable estudioso bachiano quien, para acreditar su materia exigía el análisis de muchas de las partituras de Bach, y donde fui discípulo de una renombrada violinista japonesa, famosa por desglosar, nota por nota, las obras que le recetaba a sus pupilos; entre éstas iban, naturalmente, las seis Sonaten und Partiten para violín del sumo Kantor sajón.[1] Para cumplir con las tareas del citado curso de análisis recuerdo que se escogieron las Suites Francesas para teclado y las Suites para violonchelo[2], motivo por el cual hube de dirigirme a la Yale Music Library ‒un recinto fabuloso que resguarda verdaderos tesoros, entre los que destacan por ejemplo, los 33 preludios corales para órgano de Bach que estaban inéditos y que se estrenaron mundialmente hasta 1985‒[3] para fotocopiarlas. ¡Cuál sería mi sorpresa al hurgar en los anaqueles dedicados a Bach, y toparme con un facsímil de la desconocida sinfonía para violín concertante y orquesta que ya para entonces ostentaba el Bach Werke Verzeichnis[4] número 1045…! No sabía aún para qué habría de servirme, al igual que otras obras de las que quise proveerme, no obstante presentí que, quizá, algún día podría darles vida más allá de su estatus de museo.

Esa reanimación aludida llegaría por vías insospechadas, después de transitar dócilmente por las sendas que el destino me reservara. Fue así que concluidos mis estudios en Yale decidí mudarme a Italia para proseguir mi formación musical. En los ocho años que residí en la patria de Da Vinci y Michelangelo tuve oportunidad de tocar muchos conciertos bachianos pero, sobre todo, ahí comenzaron a materializarse los fenómenos que quise entender como señales. Una tarde del verano de 1992 junté fuerzas para comenzar a leer la biografía de Forkel que mi amigo estudiaba antes de morir ‒aunque no lo leyera, el libro me servía como talismán y era equipaje obligado de mis andanzas‒ y lo primero que leí fue el dato de que Bach había fallecido en Leipzig a las 5 p.m. del 28 de julio de 1750. Aquella tarde era la del 27 de julio, de manera que pensé en hacerle un homenaje personal a mi héroe de infancia y juventud, a la hora exacta y en el día preciso de su defunción. Repertorio bachiano tenía en abundancia y, para mi buena suerte, en ese verano tenía a unos amigos mexicanos hospedados en mi casa.

Les avisé que a las 17:00 horas en punto del día siguiente quería tocar para ellos sin darles mayores explicaciones. Repasé las obras que interpretaría ‒en ellas iba una transcripción que acababa de hacer para violín de la partita BWV 1013[5]‒ y concilié el sueño recordando a mi madre mientras me leía sobre el niño creador de Thuringia. Una sonrisa se me dibujó en el rostro y en el plexo solar volví a percibir la calidez del amor materno. A la mañana siguiente me desperté exaltado y acabando de desayunar me dirigí a mi estudio para seguir repasando las obras pero, ¡Diablos! a la hora de prender la lámpara, su foco estalló en pedazos. No le di importancia y me abstuve de cambiarlo ya que la luz que entraba por las ventanas, aunque era poca, bastaba (afuera de mi estudio había árboles frondosos que impedían que la claridad solar se aposentara en pleno). Mas cuando abrí el estuche del violín otra sorpresa me estaba aguardando. La cuerda Re se había tronchado durante la noche y para mi pesar no era tan vieja. La sustituí de inmediato procediendo entusiasta con mi ritual acostumbrado de estudio (ejercicios de calentamiento, escalas y el repertorio en curso). En eso estaba, ni siquiera habían transcurrido diez minutos de estar tocando, cuando apareció otro desaguisado: esta vez era la cuerda Mi la que se tronaba sin que hubiera mostrado indicios de usura…

Llegada la hora de la ejecución, senté a mis amigos en la sala y me enfrasqué, solemne, en la partita BWV 1006. Su poderoso Preludio transcurrió sin máculas, aunque no puedo eludir el comentario de que al momento de abordar la intrincada sección sobre tres cuerdas una sonoridad desacostumbrada inundó el espacio, como si una fuerza sobrenatural la arremolinara en el aire. Brotaron aplausos fuera de lugar y una de las presentes se pronunció diciendo que esa música era “atrozmente hermosa”… Continué con el Louré y faltando pocos compases para concluirlo un ruido espantoso surgió de mi estudio. Bajé el violín y mirándonos todos con azoro fuimos en tropel a la habitación contigua para constatar que una maceta de terracota que se apoyaba sobre un pedestal había cedido al peso de la planta que poco a poco había ido inclinándose hacia la ventana. Y en su caída había tirado, rompiéndolo, uno de mis cuadros preferidos. Era un dibujo de Bach en cuyo pie se leía: “¡Mensch du mußt sterben, es ist der alte Bund!” (Hombre debes morir…) Y no para aquí el recuento, pues avendría un viaje a la patria de Bach en el que las perplejidades superarían cualquier manual de fenomenología metafísica y después vendrían más y más cosas raras… ¿o eran más bien señales?  (Continuará)

[1] Se sugiere la audición de la Gavota en Rondó de la Partita n° 3 BWV 1006.

[2] Se recomienda la escucha de movimientos sueltos de ambas. Audio 1: Preludio de la sexta Suite para violonchelo en Re Mayor BWV 1012. (YO-YO MA., violonchelo. CBS RECORDS, 2009) Audio 2: Air de la cuarta Suite Francesa en Mi bemol Mayor BWV 815. (Murray Perahia, piano. DEUTSCHE GRAMMOPHON, 2015)

[3] No tienen BWV y proceden de un manuscrito anónimo alemán del siglo XVIII.

[4] Literalmente: “Número de obra del catálogo Bach”.

[5] La versión que subsiste es para flauta sola, mas se piensa que el original pudo haber sido para viola de gamba, de ahí que me pareciera atinado transcribirla para el violín, transportándola una quinta más abajo.

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