Barghouti, la huelga de hambre del “Mandela palestino”

Marwan Barghouti hace la señal de victoria a su llegada a declarar en un juicio Jerusalén el 25 de enero 2012. Foto: AP Bernat Armangue Marwan Barghouti hace la señal de victoria a su llegada a declarar en un juicio Jerusalén el 25 de enero 2012. Foto: AP Bernat Armangue

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Si los palestinos hubieran celebrado elecciones en marzo de 2016, Marwan Barghouti habría sido elegido presidente, venciendo por 18 puntos al líder del Movimiento de Resistencia Islámica Hamás, Ismail Haniyeh, reveló un sondeo realizado en esa fecha.

Aunque ese sondeo no contrapuso directamente a Barghouti con el mandatario actual, Mahmoud Abbás, es posible inferir que también lo hubiera superado a partir de un segundo resultado: Haniyeh perdió ante Abás, 52% contra 41%, según un cuestionario aplicado a mil 200 personas por el Centro Palestino para la Investigación y las Políticas Públicas.

Abbás ha excedido su periodo inicial de cuatro años en la presidencia, de tal suerte que ya se acerca a los 12 años en el poder y no ha mostrado inclinación por llamar a unas elecciones que debieron celebrarse en 2009.

El hecho de que Barghouti esté en una cárcel israelí desde 2002, condenado a cinco cadenas perpetuas, es otro obstáculo a considerar. También lo es que Abbás y sus demás rivales han operado exitosamente para marginar a los partidarios de Barghouti y excluirlos de los puestos políticos.

A pesar de ello, Barghouti lanzó desde su celda un reto que está poniendo en dificultades al mismo tiempo a Abbás, Hamás e Israel: una huelga de hambre masiva de presos palestinos en demanda de mejores condiciones de internamiento. Dicha huelga “por la libertad y dignidad” inició el pasado lunes 17.

En un artículo publicado el domingo 16 en el diario The New York Times, Barghouti afirma que al encarcelar a todo tipo de personas Israel quiso “enterrar las aspiraciones legítimas de toda una nación”, pero en lugar de eso, “las prisiones israelíes se han convertido en la cuna de un movimiento duradero de autodeterminación palestina”.

Hasta el jueves 27 participaban en la huelga de hambre entre mil 200 y mil 500 palestinos presos de los seis mil 500 que se encuentran en cárceles israelíes. Se calcula que alrededor del 70% de las familias palestinas tienen a algún miembro en la cárcel y enfrentan dificultades cotidianas y humillantes para poder verlos. El éxito de la huelga radica no sólo en arrancar demandas a las autoridades de Israel, sino también en que los familiares de los presos salgan a las calles en Cisjordania y Gaza y pongan en jaque a los cuerpos policiacos de Fatah y de Hamás.

Unidad y liberación

La palabra clave es Mandela: para unos, amenaza; para otros, promesa. En ambos bandos se ha discutido si Marwan Barghouti es o puede convertirse en una figura de unidad y liberación similar a la que fue Nelson, el líder del movimiento anti-Apartheid en Sudáfrica.

Barghouti fue capturado en abril de 2002 en una sofisticada operación del ejército israelí. El general brigadier a cargo reconoció ante los reporteros Gidi Weitz y Jack Houry, del periódico israelí Haaretz, que Barghouti fue acusado de ser el autor intelectual de varios atentados sangrientos, pero “al final del día, él no había asesinado a nadie con sus propias manos” y “poner a un líder político en cautiverio no es cualquier cosa”. Miembros del gabinete del entonces primer ministro Ariel Sharon advirtieron que el palestino podía convertirse en un Mandela.

En una conversación con el jefe del ejército Shaul Mofaz, el anterior primer ministro Ehud Barak cuestionó si habían perdido la cabeza, pues “si esto es parte de su lucha contra el terrorismo, no tiene ningún valor. Pero si es parte de un gran plan para convertirlo (a Barghouti) en el futuro líder nacional de los palestinos, entonces es un esquema brillante, porque lo que está faltando en su currículum es una afiliación directa con el terrorismo. Él va a pelear por el liderazgo desde adentro de la prisión, sin tener que probar quién es. El mito va a crecer constantemente por sí mismo”.

Los palestinos están divididos en múltiples facciones. Las mayores son el partido Fatah (el creado por el extinto Yasir Arafat) y el movimiento Hamás. Ambos están enfrentados a muerte. El primero domina en las ciudades de Cisjordania; el segundo en el territorio bloqueado de la franja de Gaza.

Crítico abierto de la corrupción y el vandalismo prevalentes en Fatah, Barghouti (nacido en 1959) representa a la generación que debía reemplazar a la de Arafat (1929), pero su camino fue obstruido por los camaradas del antiguo líder, agrupados alrededor de Mahmoud Abbás (1935), electo presidente para el periodo 2005-2009.

El hecho de que Hamás, una agrupación islámica extremista que choca con la tradición laica del nacionalismo palestino, parecía enfilada a vencer en nuevas elecciones, le sirvió a Abbás para extender su periodo una y otra vez, sin que hasta ahora se haya definido un plazo para celebrar los comicios.

Después de fracasar en el objetivo de llegar a un acuerdo con Israel bajo el principio de la creación de dos estados soberanos, Abbás es visto hoy por muchos palestinos como el encargado de Israel para mantenerlos en calma, utilizando su fuerza policiaca.

Hamás, en cambio, ha impuesto en Gaza una dictadura religiosa que expone a la población, por sus objetivos partidarios, a guerras repetidas con Israel que causan enormes pérdidas humanas y extensos daños a la escasa infraestructura existente.

En contraste, al menos según sus declaraciones, Barghouti presenta una alternativa conceptual al proponer la reconciliación con Hamás, el cese inmediato de la cooperación en seguridad con Israel, apoyo –en lugar de represión- de la Autoridad Nacional Palestina (el cuerpo semi-autónomo de gobierno que preside Abbás) a las protestas masivas no violentas contra Israel, y el boicot a los productos israelíes.

Desde su punto de vista, la llamada “Intifada de los cuchillos” (de ataques espontáneos con puñales contra soldados y civiles israelíes) es un grave error porque una protesta eficaz debería ser sistemática y persistente, con cientos de miles de personas de todas las facciones palestinas, para crear la presión internacional que regrese a Israel a la mesa de negociación.

Su objetivo primario es “restablecer el papel de la Autoridad Palestina como instrumento de liberación de la ocupación” en lugar de uno que “valida la ocupación”.

Paralelismo

Desde el punto de vista del gobierno israelí, es absurdo comparar a Barghouti con Nelson Mandela, pues el primero es, afirma, “un terrorista”. Según el tribunal israelí que lo condenó, es el autor intelectual de cuatro ataques en los que murieron cinco personas: el de junio de 2001 en Ma’ale Adumim; el de enero de 2002 contra una estación de gasolina en Givat Ze’ev; el de marzo de ese año en el mercado de pescado de Tel Aviv; y uno con carro-bomba en Jerusalén.

Barghouti niega las acusaciones. Y es aquí donde empiezan los paralelismos con el dirigente negro: Mandela fue encarcelado cuando dirigía Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación), el brazo armado de la oposición sudafricana; en tanto que Barghouti, según los jueces israelíes, era jefe de las milicias Tanzim (La Organización) y dio órdenes –que él niega– a las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa de cometer atentados.

Ambos –Mandela y Barghouti—consideraron sus respectivos juicios como una farsa y utilizaron su derecho a la defensa para denunciar el sistema opresivo sobre sus pueblos. Cuando fue presentado ante la Corte, Barghouti elevó las manos esposadas e imprecó a los magistrados en hebreo fluido, un momento reproducido en un gran graffiti sobre el muro de separación en el conflictivo punto de Qalandiya.

Creador de la “Universidad de la Isla Robben”, por la prisión en donde pasó la mayor parte de sus 27 años de confinamiento, Mandela cambió sus principios y estrategias políticas en ese tiempo, al ponerse como guía de la reconciliación y la paz.

A diferencia de Hamás y otros grupos que piden la destrucción armada de Israel, Barghouti mantiene el principio de dos estados que puedan convivir con seguridad y equidad; aboga igualmente por la protesta no violenta como método de lucha.

Los dos líderes hicieron del estudio en la cárcel una de sus marcas distintivas: Mandela se graduó de abogado y Barghouti terminó la preparatoria (cuando tenía 15 años fue detenido por lanzar piedras contra militares y condenado a un quinquenio de prisión) y estudió ciencia política en la Universidad de Bir Zeit (Palestina). A lo largo de este segundo periodo que ya alcanza 15 años de reclusión, Barghouti “inició e institucionalizó”, de acuerdo con un informe del Servicio Israelí de Prisiones, “la idea de estudios académicos clandestinos”.

Para el gobierno israelí, la equiparación Mandela-Barghouti es incómoda no sólo porque eleva el perfil del palestino, sino porque refuerza la idea de que Israel ha impuesto un sistema de exclusión parecido al Apartheid.

El mismo Barghouti ha querido enfatizar su asimilación a Mandela: la campaña en demanda de su libertad fue lanzada en 2013 desde la celda del dirigente negro en Isla Robben, con el apoyo de ocho premios Nobel, incluidos el expresidentes estadounidense Jimmy Carter y el arzobispo sudafricano Desmond Tutu.

Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz 1980, ha presentado la propuesta de que este galardón le sea entregado a Barghouti, como lo fue también a Mandela.

Esta huelga de hambre no es la primera que se realiza, pero a diferencia de las anteriores, sus demandas no son políticas, sino –como lo describen sus promotores– “humanitarias”:

Mayor acceso a teléfonos (aunque aceptan que las llamadas sean monitoreadas); ampliación de los derechos de visita para las familias (actualmente, sólo los padres, esposa o hijos pueden entrar); reintroducción de las visitas quincenales. Respecto de este último punto, cabe precisar que la Cruz Roja es responsable de facilitar el viaje de las familias a Israel para visitar a los prisioneros, pero recientemente la organización aceptó las presiones israelíes y redujo las visitas a una por mes; en un principio, la Cruz Roja dijo que era por problemas financieros, pero no ha respondido a la propuesta de la Autoridad Nacional Palestina que ofreció hacerse cargo de los costos.

El ministro de Seguridad Pública de Israel, Gilad Erdan, ha declarado que “Israel no se va a rendir” ante las demandas de los presos palestinos. Acompañando los dichos con hechos, dio a conocer la construcción de un hospital de campo afuera de la alejada prisión de Ketziot, de manera que si cientos de internos sufren crisis de salud, no será necesario trasladarlos a hospitales israelíes, donde podrían colapsar el sistema sanitario.

Por su parte, los islamistas de Hamás temen el ascenso continuo de un líder que puede renovar las filas de los nacionalistas laicos y apartar a muchos palestinos de su propuesta extremista religiosa.

Pero la clave política de la convocatoria tiene como primer objetivo a la Autoridad Palestina, sobre todo a partir de la Conferencia de Fatah en diciembre: a pesar de que Barghouti obtuvo la mayoría de votos de los delegados para elegir el Comité Central del partido, Abbás se rehusó a nombrarlo vicepresidente de Fatah y operó para excluir a sus simpatizantes de los puestos partidarios.

Abbás se ve entre la espada y la pared: o aparece como traidor frente a los presos o los apoya jugando la partida que le presenta Barghouti. Tras dejar pasar varias oportunidades de expresarse, y de ser acusado de regatear su respaldo, el presidente palestino recibió a la esposa de Barghouti, Fadwa, y a otros dirigentes, el miércoles 26 de abril, para hablar sobre la situación, en tanto que Fatah llamaba a movilizaciones de protesta.

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