Chile: la muerte de un conspirador

Agustín Edwards Eastman. Foto: AP Agustín Edwards Eastman. Foto: AP

VALPARAÍSO (apro).- “Quedará en los registros de la historia de Chile el oscuro legado que Agustín Edwards Eastman dejó, tanto por sus acciones personales como por su manejo de las empresas periodísticas que controló, las que fueron el soporte comunicacional de la conspiración contra el sistema democrático al servicio del golpe militar”.

De esta manera reaccionó el Colegio de Periodistas de Chile –en declaración pública– pocas horas después de conocido el fallecimiento del poderoso dueño del diario El Mercurio, el más antiguo e influyente del país, acaecido la mañana del lunes 24 en su finca de Graneros, Región de O’Higgins, en la zona central de Chile.

El fallecimiento se produjo después de que permaneció casi dos meses en estado de “coma inducido”, tras una operación al corazón realizada en Nueva York a fines del año pasado.

Sus restos fueron velados en una capilla ubicada dentro de su propiedad. Su funeral, que tuvo carácter privado, se realizó un día después, en el mismo lugar.

Ni la familia ni El Mercurio informaron dónde fueron depositados sus restos. De hecho, todo lo relativo a su agonía y deceso se ha manejado con extrema discreción.

Conspirador empedernido

Edwards Eastman se hizo cargo de El Mercurio en 1958, tras la temprana muerte de su padre Agustín Edwards Budge. Su mandato se caracterizó, entre otras cosas, por dar amplia cabida –desde mediados de los sesenta– a ideas monetaristas o neoliberales, en tiempos en que el keynesianismo –que promovía una activa intervención del Estado en la economía– reinaba tanto en Chile como a nivel internacional.

Bajo su dirección este diario se transformó en una activa herramienta conspirativa. En 1964 colaboró con la CIA y el gobierno de Estados Unidos para evitar el inminente triunfo de Salvador Allende en las urnas.

La Comisión Church del Senado de Estados Unidos, que investigó las acciones encubiertas que ese país realizó en Chile entre 1963 y 1973, aseguró que la operación de 1964 “fue una campaña del terror, que se apoyó fuertemente en imágenes de tanques soviéticos y de pelotones de fusilamiento cubanos y que se dirigió en especial a las mujeres”.

En su biografía desclasificada de Agustín Edwards (2014), el periodista Víctor Herrero detalla cómo El Mercurio apoyó el citado esfuerzo: “Periodistas pagados por la CIA fabricaban cierto tipo de noticias, que eran divulgadas a través de contactos en agencias de prensa o por la Agencia de Información de Estados Unidos (USIA). El diario recogía y publicaba esa información, lo que llevaba a otras agencias de noticias a recoger el artículo de El Mercurio y difundirlo en un despacho a todos sus clientes en Chile y América Latina. Lo elegante de este método era que el diario podía alegar inocencia, por cuanto sólo había tomado informaciones de otras fuentes”.

Edwards Eastman fue el principal instigador del golpe militar que el 11 de septiembre de 1973 derrocó al presidente Salvador Allende Gossens.

Según reconoció el exsecretario de estado de Estados Unidos, Henry Kisssinger, “una visita de Agustín Edwards a Washington gatilló la decisión de Richard Nixon de apoyar un golpe de Estado en Chile”, tal como consigna el director del National Security Archive, Peter Kornbluh, en su libro El archivo Pinochet (2003).

Herrero relata en su citada biografía que el 10 de septiembre de 1970 –seis días después que Allende se impusiera en las elecciones presidenciales al candidato derechista Jorge Alessandri– Edwards se fugó de Chile. “Salió en su avión particular con destino a Buenos Aires. Tres días después aterrizó en Nueva York. Donald Kendall, dueño de PepsiCo, lo esperaba en el aeropuerto. En la noche éste telefoneó a Nixon: Ambos eran viejos amigos y correligionarios políticos. (…) Le confirmó al mandatario que Agustín Edwards ya se encontraba en el país y que al día siguiente irían a Washington a reunirse con Kissinger”, narra el libro.

Kornbluh señala en su artículo Obituario desclasificado de Agustín Edwards –publicado este 24 de abril en el sitio del Centro de Investigaciones Periodísticas (Ciper)– que a las 9:15 del 15 de septiembre de aquel año, Kissinger había concertado una reunión entre Edwards y Nixon en el Salón Oval de la Casa Blanca. “A pesar de que no hay registros que confirmen que esa reunión se haya concretado, sí es seguro que ese mismo día, más tarde, en el Hotel Madison, en el centro de Washington D.C., Edwards se convirtió en el único chileno –civil o militar– del que se sepa que se haya reunido cara a cara con el director de la CIA Richard Helms”.

De acuerdo con esta misma fuente, a las 15:25 de ese día, Nixon convocó a Kissinger y a Helms al Salón Oval, donde los instruyó a orquestar un golpe militar.

“Tengo la impresión de que el presidente organizó esta reunión por la presencia de Edwards en Washington y lo que Edwards estaba diciendo sobre las condiciones en Chile”, testificó luego Richard Helms ante el Senado de Estados Unidos, según recordó Kornbluh.

Con armas y apoyo financiero provisto por la CIA, el 22 de octubre de 1970 un grupo de militares y ultraderechistas chilenos atentó contra la vida del entonces comandante en jefe del Ejército, general René Schneider, quien murió tres días después. Aunque el objetivo de esta operación era impedir que Allende asumiera el poder, éste ingresó con la banda presidencial a La Moneda el 4 de noviembre de 1970.

Entre 1971 y 1972 El Mercurio recibió por lo menos 1.5 millones de dólares de la CIA para llevar adelante su tarea conspirativa que se vio coronada con el derrocamiento de Allende, el 11 de septiembre de 1973.

El día del golpe Edwards estaba en Barcelona, España, cumpliendo funciones para la empresa Pepsico, de la que era vicepresidente. En el restorán Vía Veneto se reunía con ejecutivos de dicha empresa. La periodista española Josefina Vidal asistió a la cita, puesto que estaba casada con el director financiero de PepsiCo en España. Ella confesó –en 2003 al hoy extinto periódico chileno Plan B– que esa noche “anduvo todo el tiempo de la mesa al teléfono, del teléfono a la mesa, o sea que estaba continuamente en comunicación”. Afirma que él estaba “en un estado de agitación extraordinaria”. En un momento fue a su mesa y dijo: “¡champán francés para todos! (…) mi amigo el almirante Merino ya se ha hecho cargo de la situación”.

Merino y Edwards se reunían desde 1968 en la Cofradía Náutica del Pacífico Austral, instancia supuestamente abocada a la navegación, pero que en los hechos fue un espacio de reunión de los principales líderes golpistas en la que ellos eran los mandamases.

Pese a su rol protagónico en la gestación y defensa de la dictadura militar de Augusto Pinochet, Agustín Doonie Edwards murió sin ser tocado por la Justicia.

Quizás la única sanción que recibió en vida fue la expulsión del Colegio de Periodistas de Chile, determinada en abril de 2015 por el Tribunal de Ética de aquel ente gremial.

La medida se fundó en “faltas a la ética” relacionadas con dos casos específicos: la responsabilidad del diario El Mercurio en un montaje realizado durante la visita del papa Juan Pablo II a Chile –abril de 1987– para incriminar injustamente a dos jóvenes en hechos violentos, por los que fueron duramente torturados. Y por “la participación del imputado en hechos violatorios de la Carta Ética que contribuyeron a desestabilizar al gobierno del Dr. Salvador Allende”.

La muerte de Edwards ha desatado una intensa polémica en torno a su legado. Entre sus defensores ha destacado el sociólogo e ideólogo de la centroizquierdista Concertación por la Democracia, Eugenio Tironi. En entrevista con Teletrece Radio declaró este 27 de abril que a Edwards “se le imputa una influencia y un poder que es completamente desproporcionado; pareciera que el golpe fue ejecutado por El Mercurio y no por Pinochet, que fueron más importantes los papeles del diario que los tanques o los aviones Hawker Hunter (…) ¿Por qué esta necesidad de depositar todo el mal en una figura como Edwards?”.

Tironi es miembro del directorio de la Fundación Paz Ciudadana, creada por Edwards en 1992 y cuyo fin declarado es combatir la delincuencia.

Desde la vereda opuesta, el Premio Nacional de Periodismo y director de la Radio Universidad de Chile, Juan Pablo Cárdenas, lanzó fuertes dardos. En su columna titulada La muerte de un gran encubridor, expresó que Edwards es un personaje “que dedicó su vida a colaborar con el Imperio, con la hegemonía estadunidense en el mundo, como con los regímenes de facto más repugnantes del Planeta”.

Añadió: “Se trata de un inescrupuloso empresario que corriera terriblemente asustado a Estados Unidos a demandar la intervención de este país para desestabilizar al gobierno de Allende e instalar en el mando político de la nación a Augusto Pinochet, acaso el personaje más favorecido por la inconsistencia democrática de Edwards y El Mercurio que siempre le sirvieron de plumarios”.

La dinastía

El recientemente fallecido es el quinto Agustín Edwards. “La historia de Chile no se puede entender sin conocer la historia de ellos, que de una u otra manera han movido los hilos del poder por 200 años”, señala Víctor Herrero en entrevista con Apro.

Afirma que los Edwards es una familia que “ha estado involucrada en todos los grandes sucesos nacionales e internacionales relacionados con Chile”.

Fundamenta: “Promovieron la Guerra del Pacífico (1879-1883) para defender sus intereses salitreros; conspiraron contra el presidente José Manuel Balmaceda, hasta conseguir derrocarlo, en 1891; financiaron la traída a Chile de los ‘Chicago Boys’; promovieron el golpe militar contra Salvador Allende; brindaron apoyo ideológico a la dictadura durante 17 años; y el modelo de transición pactada (a la democracia), en gran parte se cocina alrededor de El Mercurio y de Agustín Edwards Eastman”.

El primer miembro de esta dinastía fue el barbero George Edwards Brown, quien llegó en 1804 al puerto de Coquimbo en la fragata de corsarios Blackhouse. Fingió ser médico y, ejerciendo como tal, consiguió un capital que multiplicó en la minería, principal actividad del norte chileno.

Su sexto hijo, Agustín Edwards Ossandón, amasaría una fortuna que volvió a esta familia la más rica del país. Al morir –en 1878–, su fortuna representaba el 5% del PIB de Chile.

Su primogénito Agustín Edwards Ross jugó un papel clave –y muy poco conocido– en el desarrollo de la Guerra del Pacífico que enfrentó a Chile con Perú y Bolivia, que actuaron en coalición. “Lo que ocurre ahí es que en febrero de 1878 la Asamblea Constituyente de Bolivia revisó un acuerdo económico sellado con la Compañía de Salitres y Ferrocarril –que en un 40% era propiedad de los Edwards–, decidiendo cobrar un royalty a las salitreras que operaban en la región de Tarapacá, que en ese tiempo pertenecía a Bolivia y no a Chile como actualmente ocurre”, señala Herrero en su libro.

Como la Compañía de Salitres y Ferrocarril se negó a pagar el nuevo impuesto, el 5 de enero de 1879 La Paz aprobó un decreto de confiscación contra la compañía chilena, anunciando el inmediato remate de sus bienes.

Los capitalistas afectados, con Agustín Edwards Ross a la cabeza, quedan “indignados” y acuden al gobierno de Chile –entonces encabezado por el presidente liberal Aníbal Pinto– para pedir su intervención. Como no encontraron mucha acogida, el 14 de enero de aquel año se reúne el directorio de la citada empresa y “ellos deciden invertir en publicidad (…), comprar cobertura favorable, comprar periodistas”, señala Herrero en su biografía.

En los días y semanas siguientes, diversos diarios –como el Ferrocarril– “comenzaron a abandonar su línea periodística que se limitaba a informar del impasse en Antofagasta (…) para adoptar una postura más beligerante”.

Herrero estima que aunque no fue lo único que influyó, la campaña de prensa “fue evaluada exitosamente porque logró echarle bencina a este pequeño fuego, provocando finalmente que estallara la Guerra del Pacífico”.

Por cierto, los Edwards y otros grandes inversionistas chilenos e ingleses obtuvieron pingues ganancias de esta guerra: ampliaron sus propiedades mineras dado que Chile logró apoderarse de las regiones de Antofagasta y Tarapacá, ambas inmensamente ricas en minerales.

“Agustín Edwards Ross sacó dos lecciones valiosas del conflicto de 1879. La primera era que las guerras victoriosas son un negocio muy rentable y, la segunda, que la prensa es un factor clave en formar una opinión pública favorable a los intereses propios”, señala Herrero en su libro.

Esta conclusión llevaría Edwards Ross y luego a sus sucesores a invertir fuertemente en medios de prensa. En 1884 el inmigrante español y propietario de El Mercurio de Valparaíso –fundado en 1827–, José Santos Tornero, agobiado por las deudas con su principal acreedor, Edward Ross, debió venderle el periódico, que ya por entonces era conocido como “decano de la prensa chilena”.

Considerando estas trayectorias, Herrero sostiene que Edwards Eastman “no es muy original: es heredero ideológico de los cuatro anteriores agustines Edwards”.

En ese sentido asegura que El Mercurio “es la caja de resonancia donde se defienden los derechos permanentes de la clase alta y de la derecha chilena”.

Herrero subraya que Edwards Eastman alcanzó su mayor poder en el año 2000, cuando El Mercurio de Santiago cumplió su centenario. “El 30 de mayo de aquel año se hizo un gran evento al que asistieron los representantes de todos los poderes del Estado: el presidente Ricardo Lagos; el presidente de la Corte Suprema, Hernán Álvarez; los presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados, Andrés Zaldívar y Víctor Barrueto. También estuvieron los comandantes de todas las ramas de las fuerzas armadas y los más grandes empresarios”.

El autor reflexiona sobre este hito: “Nunca antes se había reunido toda la dirigencia del país para homenajear a Edwards y a El Mercurio (…) La identificación del diario con los intereses permanentes de la República, algo a lo que sus antepasados siempre habían aspirado, se volvió realidad esa noche”.

–Pero, ¿cómo Edwards, que fue tan cercano al dictador Augusto Pinochet, pudo ocupar un papel tan central durante los gobiernos posdictatoriales? –se le pregunta a Herrero.

–Dos fueron los factores clave. Uno, que en el marco de la “democracia de los consensos”, la Concertación por la Democracia (coalición política integrada básicamente por socialistas, democratacristianos y radicales, que gobernó entre 1990 y 2010) decidió asegurar la estabilidad política. Y para conseguirlo optaron por recurrir a El Mercurio, que es el poder fáctico de la derecha.

“El segundo aspecto es más bien emocional. Se trata del secuestro perpetrado el 9 de septiembre de 1991 a Cristián Edwards, hijo de Agustín, y que duró cinco meses. Esta acción, perpetrada por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, transformó al dueño de El Mercurio en una víctima de la violencia política.”

Sólo dos meses después de concluido el plagio, Edwards lanzó la Fundación Paz Ciudadana, que fue hasta su muerte presidida por Agustín Edwards: “Con esta fundación él logra reunir a grandes representantes de la Concertación, de la derecha, del empresariado en torno a una causa que era la lucha contra la delincuencia”, señala Herrero.

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