Peaje bachiano (final)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En la columna anterior apuntamos que se proseguiría con el relato de más fenómenos extraños ‒o de más cosas raras que podían entenderse también como señales‒ surgidos en relación con la obra y la figura de Johann Sebastian Bach, para quien no hay homenaje que pueda restituirle a su memoria lo que su música le ha prodigado a la humanidad. Juan Bañuelos escribió que su obra gira en el cosmos como un planeta gemelo de la tierra y no sobra agregar que basta acercarse a él para captar, ingrávidas e incorruptibles, las órbitas sonoras donde tiempo y espacio convergen y donde se funde uno de los crisoles más perfectos jamás alcanzados por la inteligencia y la espiritualidad humana.

Así pues, para retomar el hilo narrativo, vale repetir que la muerte del sumo compositor acaeció en Leipzig el 28 de julio de 1750 y que por la trascendencia de su partida la musicología decretó que con él moría una época, es decir, con su defunción se dio por concluido el barroco, aunque los albores del rococó o clasicismo llevaran años de gestación. Asimismo, es de resaltar que el 28 de julio de 1992 empezó a manifestarse para mí, amable lector, la fenomenología aludida. Cuerdas de violín reventadas, un foco que estalló y la rotura conjunta de una maceta y un cuadro ‒un dibujo de Bach‒, al tiempo de improvisarle un homenaje personal en mi morada italiana ‒residí en Milán de 1986 a 1994‒ fueron sólo el inicio.

Lo siguiente que viene a cuento tiene que ver con la decisión de volver a México y ponerme a pensar qué era lo que más habría anhelado antes de finalizar mi estancia europea. Fue espontáneo imaginarme un viaje a los lugares bachianos, en aras de recorrerlos con el conocimiento de dónde él había compuesto cuáles obras. En un inicio creí que ese viaje había de hacerlo en tren y solo, pero inesperadamente entablé amistad con el ingeniero milanés Sergio Rossi, quien además ser guitarrista aficionado era cultor de la música de Johann Sebastian. Cuando le comenté que no podía quedarme sin visitar las principales ciudades donde quedaba alguna huella de Bach, Sergio levantó las cejas con incredulidad, puesto que él acariciaba esa idea de tiempo atrás…

Armamos el itinerario y en él acomodamos los recorridos que podrían caber en los 3 días de los que ambos disponíamos faltando a nuestros trabajos. Por otra casualidad habrían de caer hacia finales marzo de 1993, por lo que los hicimos coincidir con el natalicio de nuestro amado músico (Bach nació el 21 de marzo de 1685). Dada la estrechez de tiempo, Sergio discurrió irnos en su coche para cubrir los 800 kilómetros de distancia que nos separaban de la primera parada. Era ésta Eisenach, el pueblo donde Bach vio la luz. Las siguientes serían Weimar y Leipzig, la primera por haber sido el lugar donde comenzó su vida profesional, donde estuvo preso y donde residió de 1708 a 1717 y la segunda por haber sido el sitio donde transcurrió los últimos 27 años de su vida. Las 8 horas previstas de viaje se redujeron a 5 ya que Sergio pisó el acelerador apelando a que no hay límite de velocidad en las autopistas alemanas. Grande era la emoción que nos embargaba y para acrecentarla llevábamos una dotación de grabaciones para escucharlas en los lugares donde se tenía certeza que sus músicas habían sido concebidas.

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El paseo por Eisenach no trajo mayores sobresaltos, salvo haber visitado la Bachhaus ‒una construcción del siglo XV que se adaptó como si hubiera sido la original‒, la Iglesia donde se cree que fue bautizado y, por supuesto, el Castillo de Wartburg, fortaleza donde Lutero tradujo la Biblia al alemán. Saqué muchas fotos, sobre todo de los objetos exhibidos en el museo entre los que destacaba un manuscrito original y el cráneo que hacen pasar por suyo (Bach fue enterrado en la fosa común y no hay forma de identificar sus restos). Acaso sea de consignar una extrañeza: como el buen católico que es, Sergio se sentó a orar en una banca de la Iglesia de San Jorge y poco después lo vi salir pálido y demudado. Según él, sintió con claridad que alguien le tocaba una pierna y, cuando volteó, cayó en la cuenta que no había nada ni nadie a su derredor.

En cambio, la visita a Weimar nos deparó muchas sorpresas agradables. Pudimos visitar la iglesia del castillo Himmelsburg donde Bach fue contratado como organista, otra de sus casas, de la que sobrevive únicamente el sótano donde estuvo su cava, la mazmorra LandRichter-Stube donde se piensa que transcurrió su encarcelamiento por haberse atrevido a buscar otro trabajo mejor remunerado y asistimos a un par de conciertos en los que se interpretaron varias de las composiciones que escribió en Weimar. Entre éstas serían de mencionar, nada menos que la primera parte del Clave bien temperado, los conciertos de Brandenburgo[1], 50 obras para órgano, 30 cantatas y las Sonatas y Partitas para violín solo.[2] Naturalmente tomé fotos de cuanto monumento y objeto creí que valiera la pena retratar (placas, estatuas y más partituras).

Reservada para el final fue la visita a Leipzig, mas para nuestro pesar los estragos de la Guerra y de la humana incuria hicieron que todo rastro bachiano auténtico quedara en la indefinición. Era una lástima, pues el corpus musical cincelado en Leipzig es aquel que corresponde a la plenitud de su estilo compositivo. No obstante, gozamos del paseo de varios sitios de nuestro interés. La plaza del Mercado en primer puesto y el exaltado recorrido de la Iglesia de Santo Tomás ‒sufrió reconstrucciones, mas ahí Bach fue Kantor, ejecutó muchas de sus obras sacras y fue sepultado‒[3], donde pretendí concederme un regalo inolvidable: quería escuchar la Misa en Si Menor ‒es su obra maestra y se tardó más de veinte años en completarla‒ como clímax de mi peregrinaje. Por tanto accedí a la Iglesia con el ánimo ensanchado. Me senté solo con mis pensamientos y me acomodé los audífonos del Walkman… Expectante apreté el botón de Play, pero la cinta del cassette comenzó a atorarse. Intenté de nuevo y se repitió el entuerto. ¿Eran las pilas? ¿Cómo podía pasarme eso si había previsto cada detalle para ese momento cumbre?… En fin, iracundo concluí la visita, no sin antes detenerme, cámara en mano, frente a la lápida de Bach… Al salir le comenté a Sergio el motivo de mi frustración y sólo atinó a darme un abrazo lleno de solidaridad. Sin embargo, cuando volví a manipular el Walkman, ya lejos de la Iglesia, funcionaba perfectamente bien…

De regreso en Milán comenzó para mí un periodo de estudio enfocado a entender la grandeza bachiana, desmenuzando las partituras que tenía en mi poder. Y esto en gran medida nació a partir de la sorpresa que me esperaba a la hora de desvelar las fotos del viaje. Resultó que de los tres rollos que mandé revelar la mayoría estaba velado. Las tomas irrelevantes de paisajes y edificios ‒al menos para la causa bachiana‒ salieron nítidas, así como las que nos contenían a Sergio y a mí. Las únicas visibles relacionadas con Bach ‒ni las de sus estatuas, ni su falso cráneo ni su lápida‒ eran las de los manuscritos y la de un par de instrumentos musicales. ¿Había un mensaje oculto atrás de estas revelaciones? ¿Podía asumirse que las energías que circundaron el viaje emitían señales de que al espíritu del maestro no le agradaban las cercanías ni las intrusiones?

Como quiera que fuere, opté por concentrarme en sus partituras derogando especulaciones estériles, y de esa decisión surgió la idea de reelaborar, cual justo peaje, la Sinfonía para violín y orquesta BWV 1045 que tenía el final trunco. Tal reelaboración habría de implicar anexarle otros movimientos complementarios, amén de despejar las incógnitas de su ejecución, pues a simple vista parecía intocable por estar escrita para tres y cuatro voces simultáneas. El estreno mundial de ese trabajo habría de quedar plasmado en un Cd que patrocinó Celanese Mexicana y que se realizó a los pocos meses de mi regreso al país. Para redondear el fonograma me permití hacer otros estrenos como el de la Fantasía para violín BWV 1025 y la versión para violín y flauta del concierto 1060.[4]

Para concluir mencionaré que otro 28 de julio, el de 2003, realicé una presentación en el Teatro de la Ciudad ‒antes Esperanza Iris del D. F.‒ centrado únicamente en obras de Bach coreografiadas y que en su decurso a todos los participantes se nos pararon los pelos de punta. A mitad de programa, antes de la salida a escena del piano ‒a cargo de Héctor Rojas‒, se atoró el mecanismo de una de las cortinas internas en medio del silencio incómodo de varios minutos de demora. No debían encenderse las luces hasta que todos estuviéramos en nuestras posiciones. Cuando finalmente se destrabó el mecanismo el piano comenzó a sonar con la obra esperada, sin embargo, lo que percibimos fue la sonoridad de un clavecín desafinado… Y no faltó quien aseverara que el rostro del maestro Rojas se había transfigurado y que, incluso, portaba una peluca…

[1] Se sugiere la audición del concierto BWV 1048. Audio 1: Johann Sebastian Bach – Allegro del concierto de Brandenburgo n° 3 en Sol Mayor BWV 1048. (Orchestra Mozart. Claudio Abbado, director. DEUYSCHE GRAMMOPHON, 2008)

[2] Se aconseja la escucha del Preludio BWV 1006. Audio 2: Johann Sebastian Bach – Preludio de la Partita n° 3 en Mi Mayor BWV 1006. (Arthur Grumiaux, violinista. PHILIPS, 1961)

[3] Bach era el encargado de suministrarle música a cuatro Iglesias, amén de ser maestro en la Escuela de Santo Tomás.

[4] Extractos de este CD están disponibles en la audioteca de Proceso. Audios 3, 4 y 5: Johann Sebastian Bach – Sinfonía para violín concertante y orquesta BWV 1045 reelaborada por Samuel Máynez Champion. (Orquesta de Cámara de la Ciudad de México. Benjamín Juárez Echenique, director. Samuel Máynez Champion, violinista. Estreno Mundial discográfico. CELANESE, 1994) Audio 6: Allegro de la Suite BWV 1025. (Samuel Máynez Champion, violinista. Patricia Castillo, clavecín. Estreno Mundial discográfico. CELANESE, 1994

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