Sobre Pedro Páramo

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El siguiente texto, “Formas que se niegan a ser olvidadas”, versa sobre la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo, que desemboca asimismo en una reflexión sobre un conjunto de fotografías del autor jalisciense.

Carlos Fuentes, hurgando en su archivo, encontró el trabajo –que supuso inédito, por lo menos en español–, y juzgó idóneo entregarlo para el libro México: Su apuesta por la cultura. El siglo XX, testimonios desde el presente (Proceso/Grijalbo/UNAM, 2003). Es, en todo caso, una pieza profunda que ciñe la frente de Rulfo con la corona literaria por “la mejor novela mexicana de todos los tiempos”.

Se reproduce con ocasión de los 100 años del natalicio del Rulfo, que se cumplen hoy.

“En 1955, publiqué un breve ensayo sobre el Pedro Páramo de Juan Rulfo en la revista francesa L´Esprit des Lettres. No iba yo mal acompañado, pues en el mismo número (6, Noviembre – Diciembre 1955) escribían Jules Supervielle y Lanza del Vasto, Paul Eluard y Jean Giono.

Señalo este hecho para recordar el esfuerzo que llevamos a cabo algunos escritores de ese momento en defensa de una novela que, medio siglo más tarde, es considerada una de las mayores, en cualquier lengua, de la pasada centuria y, para mí, la mejor novela mexicana de todos los tiempos.

No es que faltaran los elogios a Pedro Páramo en 1955, fecha de su aparición. Pero resulta asombroso, hoy, leer consideraciones acerca de la “desordenada composición”, la falta de unidad, la ausencia de argumento central, las escenas deshilvanadas, el esquematismo. Una “mera sinopsis”, una exposición “irresuelta” y “relatos inconexos que naufragan por falta de unidad”.

Todos estos reproches partían de concepciones inánimes de la novela como unidad de personajes, argumento y estilo. La elipsis narrativa de Rulfo desconcertaba a los críticos y lectores de novelas “bien hechas”, es decir, adheridas a la lógica y sin resquicio de misterio. La cercanía de Pedro Páramo a la forma poética enajenaba, también, a críticos y lectores acostumbrados a novelas que lo eran porque, a la manera de Zola, describían detalladamente muebles, calles, carnicerías y burdeles…

Rulfo estaba haciendo y diciendo algo distinto y tan simple como esto: La creación literaria pertenece al mundo plurívoco de la poesía. No se la puede juzgar con el criterio unívoco de la lógica. En la lógica, los hechos tienen un solo sentido. En la poética, tienen muchos sentidos.

Este es el hallazgo que separa a Rulfo de las categorías “realista”, “naturalista”, “costumbrista”, “documental” y otros “fieles reflejos de la realidad” que la preceptiva crítica mexicana de mediados del siglo XX exigía. Incluso, como para hacerle el gran favor, algunos críticos dijeron que Rulfo era un realista, para contraponerlo a la fantasía o “el arte por el arte” practicado por los malos (y reaccionarios) escritores, no sólo mexicanos, sino de la urbe y del mundo.

Semejantes excomuniones pontificias no afectaron, desde luego, el aplauso crítico y el entusiasmo de los lectores iniciales de Rulfo en México. Su fama europea se debe en gran medida a la devoción de la gran filóloga y traductora alemana Marianna Frenk, avecindada en México con su marido el crítico e historiador de arte Paul Westheim y salvados así del Holocausto nazi.

La fama norteamericana proviene de la traducción publicada por el lúcido editor Barney Rosset en The Grove Press y culmina, en nuestros días, con los prólogos críticos de Susan Sontag. En España e Hispanoamerica, en fin, hubo un sordo y profundo acontecer, como si el título original de la novela, Los murmullos, hubiese concertado una admiración soterrada que fue ganando legiones de elocuentes admiradores con el tiempo.

El desconcierto saludable que produjo la obra de Rulfo no es ajeno al hecho de que todos los elementos de la novela realista tradicional mexicana están allí, pero elaborados de una manera insólita, poética, renovadora. Yo lo decía de esta manera en mi reseña de 1955: La descripción de la naturaleza en Rulfo nunca se da como fenómeno aparte, jamás es descanso lírico sino más bien un todo completo que desde las primeras páginas penetra la coincidencia del lector y de los personajes:

“Mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos.”

Así es la naturaleza en Rulfo porque así la ven o la recuerdan o pueden llegar a verla los seres (vivos y muertos) que pueblan su novela. En seguida, hay que decir que no se trata de una naturaleza apacible. Representa un conflicto, el de un país que se crea y se sueña en la luz pero que vive en un llano de polvo seco, rocas ardientes y tumbas inquietas.

Hay un México de luz en Rulfo:

“En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores trasluciendo un horizonte gris. Y más allá una línea de montañas. Y todavía más allá, una remota lejanía.”

Hay un México de fuego, sombrío:

“Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren al llegar al infierno regresan por su cobija.”

Y el resumen de las dos tierras, agria y dulce:

“Son ácidas, padre… vivimos en una tierra en que todo se da, gracias a la Providencia; pero todo se da con acidez.”

Por eso, los personajes son prisioneros de dos sueños.

“Y todo fue culpa de un maldito sueño. He tenido dos: a uno de ellos lo llamo el maldito, y al otro el bendito.”

Las fotografías de Juan Rulfo ahora reunidas parecerían atestiguar, a primera vista, por más que retraten desiertos, pedregales y muros desnudos, una maravillosa transparencia líquida, como si fuesen retratos de agua. Es como si Rulfo se asomase fuera de las tumbas de Comala para descubrir la luminosidad de las sombras.

Pero esta belleza pura de luz e imagen del Rulfo fotógrafo no debe invitarnos a un reposo desatento. Con Rulfo siempre hay que estar alerta y preguntarse, ¿por qué tanta calma, tanta belleza, tanta luz? Habría que preguntarse por las sombras de esa luz, por las inquietudes detrás de esta serenidad.

Rulfo contrapone en dos fotografías, dos formalidades disímbolas que son como dos maneras de hacerse presente en el espacio. Una es la foto de la geometría creada por un cruce de ferrocarril que se desplazan, entreveran y diseñan como las líneas incásicas de Nazca.

Éstas, creadas por los dioses, no tienen origen conocido para la cultura. Los rieles, en cambio, son líneas de Nazca totalmente utilitarias, producto del diseño humano y de las necesidades del transporte… Otra es la foto de ese símbolo del paisaje mexicano, el maguey, o sea la “pita”, “planta vivaz”, la llama el Diccionario de la Lengua española, planta de pencas radicales, con espinas en la punta y formas de pirámide triangular. Es el agave, la planta emriagante del pulque y el tequila. Y es, en inglés, la “century plant”, la planta del siglo.

Escojo estas dos imágenes modestas porque me hablan de un Rulfo que en busca de las geometrías del mundo, retrata los extremos de unas formas totalmente artificiales y de otras totalmente naturales, casi como alfa y omega de un mundo material, fabricado o natural, que es apenas el paréntesis de una vida que se hace la pregunta fundamental de Pío Caro Baroja: ¿Cómo habitamos el espacio?

Entre los rieles y los magueyes, la humanidad rulfiana transita o de detiene en espacios históricos de los muchos Méxicos. Aparecen aquí los monumentos del pasado indígena pero también los del pasado español. Las ruinas zapotecas y las ruinas barrocas.

Lo extraordinario de la fotografía de Rulfo es que esa asociación refleja del “pasado” con la “ruina” desaparece para descubrirse como actualidad estática. Y algo más: como sostén cultural de una humanidad que parece surgir de las tumbas del pasado, como emerge la iglesia de Michoacán entre el mar de lava de un volcán.

En sus fotografías, Juan Rulfo resucita al pueblo entero de Pedro Páramo y El llano en llamas para darle su actualidad más precisa y más preciosa. Cada uno de los hombres, mujeres y niños de las fotografías de Rulfo poseen una riqueza inmediatamente reconocible. Se llama la dignidad. No siempre la alegría. Pero la dignidad sí. Yo veo en estas bellísimas figuras humanas un amor que ha decidido no sepultarse –lo contrario de Pedro Páramo– para dar cuenta de la persistencia de la dignidad a través del tiempo.

Las calamidades de la historia no están ausentes. Pero Juan Rulfo nos recuerda que si el espacio es configuración (el no-yo que protege al yo, para citar de nuevo al Baroja de Paisajes y ciudades) el tiempo es transformación. Podemos configurar un espacio, pero ello no nos salva de transformar y ser transformados por le tiempo. México, sus montañas, sus llanos, sus cielos, son el horizonte protector. El tiempo –la historia– es la clepsidra que va goteando las horas de nuestras vidas.

La maravillosa dignidad de las figuras humanas retratadas por Rulfo no es ajena a su estar enraizada ante el espacio que configura y el tiempo que transforma. Paradoja de México: las ruinas son eternas, la novedad es ruinosa. Las construcciones indígenas y españolas que retrata Rulfo han durado siglos. El rascacielos más reciente está destinado a desaparecer en cincuenta años.

No podemos, por ello, divorciar las figuras rulfianas de un saberse mortal que consiste en reclamar una parcela de inmortalidad. Cada hombre, mujer o niño de esta maravillosa colección de fotos posee la belleza de las formas que se niegan a ser olvidadas. En este punto convergen el arte literario y el arte plástico de Juan Rulfo”.

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